jueves, 19 de abril de 2018

Fundaciones de canónigos regulares tradicionales en Estados Unidos

En la presente entrada trataremos acerca del incipiente surgimiento en los Estados Unidos de diferentes canonjías y asociaciones de canónigos adscritas de alguna u otra forma al movimiento tradicional. En una entrada anterior (que se puede consultar aquí) ya hemos tratado de aquella más reconocida mundialmente, los Canónigos Regulares de San Juan de Kenty, quienes residen en la Arquidiócesis de Chicago. En ésta trataremos, en primer lugar, acerca de los Canónigos Regulares de la Nueva Jerusalén, quienes se encuentran ubicados actualmente en la diócesis de Wheeling-Charleston, Virginia del Oeste, y los Canónigos de la Abadía de San Miguel en Orange County, California, quienes se encuentran adscritos a la Orden de Canónigos Premostratenses (norbertinos), fundada por San Norberto de Xanten en 1120.


San Agustín discutiendo con los herejes

Valga recordar que, como hemos explicado anteriormente, un canónigo es un religioso que vive en comunidad, siguiendo la Regla de San Agustín, y está consagrado al servicio de una determinada iglesia. Su vida se articula así sobre tres pilares: la vida en común, la oración y el apostolado. Son precisamente ellos los que distinguen a los canónigos de los monjes (por el sacerdocio y el apostolado) y del clero secular (por la pobreza y la vida comunitaria). En este ideal de vida religiosa se apoyó, por ejemplo, la reforma gregoriana para restablecer el sacerdocio y los capítulos colegiales, así como para fomentar el apostolado entre los laicos.

Los Canónigos Regulares de la Nueva Jerusalén

Fundadores junto al Emmo. Cardenal Burke

Los Canónigos Regulares de la Nueva Jerusalén (CRNJ por su acrónimo) son un Instituto Clerical de Vida Consagrada fundado el año 2002 en la Diócesis de La Crosse, Wisconsin, siendo entonces obispo del lugar S.E.R. Cardenal Raymond Leo Burke. Los canónigos se encuentran actualmente asentados en la localidad de Charles Town, Virginia del Oeste, después de un período en la ciudad de Chesterfield, Missouri en la Arquidiócesis de Saint Louis, Estados Unidos. Su fundador es Dom Daniel Augustine Oppenheimer CRNJ.

El instituto celebra desde su fundación y de manera exclusiva la misa tradicional, reza el Oficio Divino y ofrece los demás sacramentos, de acuerdo con los libros litúrgicos editados y promulgados por San Juan XXIII en 1962, primero de conformidad a las disposiciones del motu proprio Ecclesia Dei (1988) de San Juan Pablo II, y desde su entrada en vigor, de acuerdo con las disposiciones contenidas en el motu proprio Summorum Pontificum (2007), de S.S. Benedicto XVI. Al igual que otras fundaciones de canónigos, como los canónigos de San Juan de Kenty y de los Canónigos de la Madre de Dios (de quienes hemos tratado aquí), sus miembros viven sujetos a la Regla de San Agustín, profesando los votos de estabilidad, conversión de vida, obediencia y vida en común.

Iglesia encargada a los canónigos

Los canónigos se establecieron de manera definitiva en la diócesis de Wheeling-Charleston, gracias a la hospitalidad y sabiduría de su obispo, Monseñor Michael J. Bransfield, quien accedió a otorgar reconocimiento canónico a la congregación e incardinó a sus clérigos en la diócesis.

Los Canónigos Regulares de la Nueva Jerusalén tienen su Priorato, dedicado a Nuestra Señora de la Anunciación, en la localidad de Charles Town, Virginia del Oeste. La dedicación evoca a la fundación agustiniana de Walsingham, antiguo santuario mariano inglés, y en ese sentido, pretende reparar la destrucción de dicho santuario y el abandono de la Fe Católica por los canónigos regulares durante la Reforma Protestante.

Localizada a una cuadra del centro histórico de Charles Town, fundada en 1786 por Charles Washington (hermano del primer presidente norteamericano), los canónigos regentan una pequeña iglesia que les fuera otorgada por la diócesis para su cuidado exclusivo y que les sirve de oratorio permanente. Es una hermoso y sencillo templo que los canónigos han convertido en un santuario destinado a la adoración y adoración, con lámparas y velas votivas permanentemente iluminadas delante del altar e imagen de la Santísima Virgen María.

Procesión a cargo del Grupo Scout de los Canónigos

Además de su quehacer religioso, los canónigos mantienen a pocas cuadras de su iglesia una cafetería atendida por ellos mismos, que les sirve de sustento económico, y desarrollan una importante labor de dirección y capellanía de grupos de niños scouts católicos en la región.

Abadía de San Miguel, Orange County

Canónigos de la Abadía de San Miguel junto a Monseñor Athanasius Schneider
(Foto: Newport Beach)

La Abadía de San Miguel es una canonjía de canónigos regulares de la Orden Premostratense, comúnmente conocidos como los “canónigos blancos”, ubicada en la localidad de Silverado, condado de Orange, California. Los miembros de ésta combinan la vida en comunidad adscrita a su canonjía, siguiendo según su espíritu la regla de San Agustín, y el ministerio activo con la comunidad. La abadía se encuentra alejada de núcleos urbanos, y se localiza en un terreno de aproximadamente 14 hectáreas en el cañón de Trabuco. Fundada en plena época conciliar por el Abad Ladislaus Parker, O. Praem (1915-2010) fue su intención que la fundación permaneciera adherido “a todo lo bueno presente en lo antiguo, pero sin cerrarse a la novedad”. Sus integrantes visten el tradicional hábito de la Orden Premostratense. La Abadía es reconocida por su excelencia en el canto litúrgico en latín, y por celebrar indistintamente con las formas ordinarias y extraordinarias del rito romano.

En cuanto a su historia, la Abadía fue fundada en 1961 por siete sacerdotes liderados por el Abad Ladislaus Parker, provenientes de la Abadía Norbertina de San Miguel en Csorna, Hungría, cuyos orígenes se remontan al siglo XII de nuestra era. Los fundadores abandonaron Hungría principalmente para evitar la persecución desatada contra la Iglesia Católica por el gobierno comunista, una vez que estos estatizaran los colegios católicos en 1948. La noche del 11 de julio de 1950, les llegó la noticia que la policía llegaría a la abadía de Csorna para encarcelar a sus integrantes y suprimir la comunidad. Esa noche, siete sacerdotes escaparon en dos grupos, para cruzar a pie el país y atravesar la frontera austriaca. Los sacerdotes llegaron a Nueva York el año 1952, siendo recibidos en la Abadía de San Norberto en De Pere, Wisconsin, donde residieron durante varios años, reuniendo fondos para iniciar su propio monasterio.


Miembros del Coro


Por invitación del cardenal James Francis McIntyre, Arzobispo de Los Ángeles, estos norbertinos se trasladaron a Santa Ana, California en 1957, para desempeñarse como profesores a cargo de la enseñanza del colegio Mater Dei, estableciendo la comunidad religiosa al año siguiente. En 1960, los padres norbertinos compraron el actual sitio de la abadía, abriendo un seminario menor en 1962, que se ha convertido actualmente en el colegio de San Miguel. En 1984, se le confirió el título de abadía a la fundación.

En 1997, la Abadía fundó un convento de religiosas norbertinas en Tehachapi, California, quienes se incorporaron en 2011 a la Orden Norbertina. En una ceremonia en la Catedral de San Juan Bautista de la ciudad de Fresno, las primeras nueve hermanas hicieron su profesión solemne como integrantes de la nueva Canonjía del Priorato de San José de Belén, a cargo del Abad General norbertino, Reverendo Thomas Handgrätinger. Actualmente cuentan con veinte hermanas, la mayoría de las cuales se encuentran en etapas de formación antes de profesar sus votos perpetuos.

Santa Misa
(Foto: Pinterest)

En la actualidad, los miembros de la institución sirven a cinco diócesis del sur de California: Fresno, Los Ángeles, Orange, San Bernardino y San Diego. Los sacerdotes de la Abadía sirven en colegios, parroquias, ofrecen retiros y dirección espiritual. Cerca de la mitad de sus setenta integrantes viven en el mismo monasterio y los demás en casas dependientes. El actual abad es el Rev. Eugene J Hayes, O. Praem., quien fue elegido en 1995 de manera vitalicia como abad, debiendo retirarse obligatoriamente a los 75 años.

La abadía acepta nuevos integrantes que posean entre 18 y 29 años de edad. Los primeros cuatro años se pasan en el monasterio, estudiando el noviciado y un ciclo de tres años de filosofía tomista, después de lo cual los hermanos son enviados al Seminario de San Felipe Neri, en Toronto, que se encuentra bajo la dirección de los padres oratorianos, y que sirve también de academia para los estudios filosóficos y teológicos de diversos oratorios en el Mundo, como el Oratorio de Londres (del cual hemos tratado aquí). Luego de sus tres años de Teología en el Seminario de San Felipe Neri, los postulantes deben cursar una experiencia apostólica, usualmente en el colegio dependiente de la Abadía. Tras la profesión solemne, el candidato debe vivir un año en Roma en la casa del Generalato Norbertino y seguir cursos de Teología Pastoral en el Angelicum de Roma, dependiente de la Orden Dominica. Al término de su formación, los hermanos pueden ser ordenados diáconos y luego presbíteros antes de servir en los variados apostolados de la Orden.

Proyecto de Nuevo Monasterio en Silverado, California

Para el futuro, los Canónigos están construyendo una nueva Abadía, más grande que la actual, en un extenso terreno ubicado en el Cañón de Silverado, California, cuya construcción se espera esté lista dentro de los próximos dos años.

martes, 17 de abril de 2018

Acerca de la auténtica vita liturgica:

Compartimos a continuación con nuestros lectores un excelente artículo del Prof. Peter Kwasniewski, ya antiguo amigo de esta bitácora, en la que se rescata la idea de la vita liturgica, es decir, aquel modo de vivir la vida cristiana que pone en el centro de ella la Sagrada Liturgia, que es consciente de los tiempos litúrgicos y de lo propio de cada uno de ellos y que, en definitiva, vive "desde la Misa y para la Misa".

En sus reflexiones, el Prof. Kwasniewski comparte con nosotros su experiencia como profesor universitario en un college católico norteamericano, en la que ha podido comprobar a lo largo de los años cómo esa vita liturgica se da de un modo mucho más natural y evidente en aquellos estudiantes que provienen de un entorno tradicional, cercano a la Misa de Siempre, mientras que en aquellos estudiantes que no han conocido otra cosa más que la liturgia reformada la vita liturgica está por regla general ausente. Ello no es sorpresa, pues sin grandes dificultades puede comprobarse que la falta de sacralidad y de ritualidad de la liturgia reformada y la banalidad con la que con frecuencia ésta se celebra no puede sino favorecer dicha ausencia.

El artículo fue publicado ayer en New Liturgical Movement. La traducción ha sido preparada por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.


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Vivir la Vita Liturgica: condiciones, obstáculos, perspectivas

Peter Kwasniewski

Desde hace unos 20 años soy profesor, en la universidad, de adultos jóvenes, tanto en pregrado como en postgrado. Ello ha sido para mí no sólo infinitamente beneficioso sino también infinitamente desafiante. Año tras año -y mucho más década tras década- advierto constantes novedades en lo que esos jóvenes dan por supuesto, en lo que advierten o no advierten, en lo que ponen en duda o cuestionan o asumen o esperan o pretenden. No creo ser el mejor analista de estos fenómenos, pero he tomado nota de esquemas que se repiten y que no pueden no ser significativos.

Una de las cosas que por más tiempo me ha causado perplejidad es cuán difícil resulta, en los comienzos al menos, persuadir a los adultos jóvenes católicos de que vivan una vita liturgica, es decir, una vida centrada en la sagrada liturgia [1]. Me refiero, con estos términos, a una vida que incluye seguir el calendario litúrgico, los tiempos litúrgicos, los días de ayuno y los de fiesta; prestar atención a los santos en sus celebraciones anuales; hacer de la Misa el centro del día; rezar las horas del Oficio Divino cada vez que es posible. Algunos autores del Movimiento Litúrgico resumían todo esto diciendo “vivir desde la Misa y para la Misa”.

Mi perplejidad desapareció cuando, con el correr de los años, comencé a tener entre mis alumnos un número creciente que provenía de un medio más tradicional (como, por ejemplo, las parroquias de la Fraternidad San Pedro o del Instituto de Cristo Rey). Descubrí que esos alumnos, en mayor o menor grado, ya vivían una vita liturgica. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de cuál era la esencia del problema.

Si todo lo que uno ha llegado a conocer es la liturgia reformada celebrada de un modo horizontal, el concepto mismo de vita liturgica resulta foráneo y, lo que es peor, imposible de alcanzarse. Si uno pide a quien ha crecido en ese medio que centre su vida en la Misa, probablemente reaccionará como ante alguien que viene de otro planeta: “¿Centrar en qué mi vida?” Es lo mismo que pedir a alguien que reconozca el mérito de cultivar la vida intelectual cuando jamás ha experimentado el gozo del pensamiento filosófico, o que persuadirlo del valor de dedicar cuatro años a estudiar los Grandes Libros cuando sólo ha leído con dificultad manuales de clase.

Cuando la liturgia que se celebra es muelle, rutinaria, hablada en el vernáculo de todos los días y con el tipo de música hoy al uso, ciertamente no nos parece -peor aun, no puede parecernos- ser la suprema actividad definitoria de la vida cristiana, el centro de gravedad, la acción más grave, más especial, más importante que podemos realizar mientras estamos despiertos. El mayor impedimento para vivir una vita liturgica es la propia liturgia reformada, precisamente por estar asimilada a una modernidad que es anti-sacramental, anti-ritual y anti-trascendencia. Cuando se asiste a la nueva liturgia, uno comienza a alienarse cada vez más del espíritu de la liturgia pura y simple, tal como ella está encarnada en la auténtica tradición, y la vita liturgica comienza a retroceder, a debilitarse, hasta que, al cabo, se disuelve en miasmas de sentimientos que derivan cualquier agarre que puedan tener del estímulo emocional.

No me sorprende, por tanto, que se pueda descubrir con bastante precisión cuáles estudiantes fueron criados en el Usus antiquior y cuáles en el Novus Ordo. Los jóvenes que se interesan en los tiempos litúrgicos y tratan de observarlos, que prestan atención a la fiesta del santo del día y que desean a sus amigos un feliz onomástico, que saben qué son las Témporas y qué son en realidad las vigilias, que regularmente ayunan y practican la abstinencia de carne, ésos son los que, con toda probabilidad, crecieron con la Misa tradicional o, al menos, lo hicieron en un medio influido por el Usus antiquior.

Por el contrario, los que consideran la Misa como “algo a lo que hay que ir los domingos” y tienen poca noción de las cosas que hemos mencionado recién, muy probablemente son huérfanos eclesiásticos separados, al nacer, de su propia tradición y, habiendo crecido en algún país lejano con una liturgia madrastra, son incapaces de hablar la lengua de sus antepasados. Excepto el caso de súbitas conversiones (las he visto, Deo gratias), la curva de aprendizaje para ellos es empinada: los progresos pueden ser lentos, con saltos y conatos, con regresiones, y raramente se logrará fluidez. A veces quienes están en esta situación parecen no interesarse en absoluto: consideran que lo que tienen “es suficientemente bueno”, y no sienten ninguna necesidad de retomar contacto con su familia, su patrimonio hereditario, su lengua nativa. Tal es el trágico resultado del laboratorio del Consilium: un hombre sin raíces, e ignorante de que carece de ellas.


“No se anteponga nada a la obra de Dios” (Regla, cap. 43). Este principio soberano del monasticismo cenobítico se transformó en el principio fundamental de la Cristiandad y de Europa. En cambio, ¿qué hemos hecho nosotros? Pues, hemos puesto docenas de cosas antes que el opus Dei: ecumenismo, diálogo interreligioso, servicio a la juventud, trabajo social, evangelización, en fin. No deja de ser irónico que la Prelatura del Opus Dei parece poner la vocación, la actividad y el espíritu de cuerpo antes que lo que se llama, con propiedad, “opus Dei” [2]. La causa de la gradual desaparición de la Cristiandad en Occidente no es otra que este eclipse de nuestra primera obligación, de nuestro primer amor.

Si un cónyuge traiciona al otro, no tiene importancia el número de hijos que tienen, o cuán grande es su casa, o cuánto éxito mundano han conseguido: el matrimonio está viciado en la raíz, y todo el resto se vuelve cenizas. La Esposa de Cristo tiene, como su deber principal y permanente, honrar y obedecer a su Esposo, y esto lo hace, del modo más puro, profundo y poderoso, en la liturgia. Todo lo demás fluye desde aquí y regresa aquí para incrementarlo, como la propia Sacrosanctum Concilium lo ha dicho (núm. 10), y se puede creer que muchos tuvieron de hecho esta convicción, antes de ser ella abandonada en calidad de estorbo medieval, aventada durante el Gran Despertar. Pero el Reich de Mil Años de piedad purificada y de exultante participación no se concretó jamás. Procurar el nirvana de la participación no sólo careció de todo contenido inteligible, sino que operó activamente para impedirla. Los fieles que no abandonaron la Iglesia fueron recompensados con décadas de banalidad, de mediocridad, de engaños mundanos, cosas todas que quedaron epitomizadas en las iglesias a medio llenar por católicos a medias comprometidos que cantaban a medias las tonaditas lideradas por el geriátrico Grupo Juvenil. Si éste era el “misterio escondido por siglos”, mejor hubiera sido que siguiera escondido. No es para sorprenderse que el agudo grito de los muecines y el disciplinado silencio de los budistas siga infiltrando a Occidente: ninguno de ellos encuentra resistencia espiritual, y reclaman como suelo propio el territorio abandonado por quienes alguna vez fueron católicos litúrgicos [3].

En su encíclica Au Milieu des Sollicitudes, de 1891, León XIII abogó por la política del ralliement, y urgió a los católicos franceses a abandonar sus aspiraciones monárquicas y lanzarse a la política secular por el bien de la nación. Décadas más tarde, Pablo VI decretó un ralliement a los católicos para abandonar el misticismo medieval y lanzarse a la liturgia moderna por el bien de la Iglesia. Pero esta liturgia moderna, al menos en las manos de sus más ardientes promotores, demostró ser tan secular en sus supuestos y metas como el republicanismo sin Dios de Francia. Pío X se vio finalmente compelido a condenar, de una vez por todas, el principio de la separación de Iglesia y Estado en Vehementer Nos (1906). Estamos todavía a la espera de nuestro “Pío X” en lo que se refiere al republicanismo litúrgico y al “principio de separación” que se ha encarnado en la lex orandi de los nuevos libros litúrgicos.

Es posible que, para que ello ocurra, tengamos que esperar mucho tiempo. Pero la vida interior de cada individuo ha quedado entregada a sus propias manos. Se espera que cada uno de ellos viva una vida litúrgica, y necesitamos encontrar las condiciones adecuadas -o crearlas- para que ello sea posible, ayudando en ello a los demás. Un primer e insustituible paso en despertar las almas de los huérfanos litúrgicos a las grandezas del culto divino es, simplemente, invitarlos a que asistan a la Misa tradicional de vez en cuando y animarlos a que lo hagan. Tendrán en ella la experiencia de algo que es extraño e incómodo, algo que se dirige a Dios trascendente, y que no se inclina hacia ellos para incluirlos e instruirlos; algo que es curiosamente no moderno e incluso indiferente a su entorno, pero que es absolutamente en serio; y puede que logren gustar algo de lo que se siente en la adoración, en la súplica, en el arrepentimiento: verán, en efecto, que se ofrece un sacrificio.

La liturgia católica tradicional beneficia al hombre moderno precisamente porque acentúa lo que es profundamente no moderno: verdades y símbolos que nos vienen desde el Antiguo Testamento, de la época apostólica, de la Iglesia de los Padres, de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco, de todos los siglos que ha atravesado la Esposa de Cristo creyendo y adorando, ofreciendo al Señor -ofreciéndose ella misma- un sacrificio de alabanza. Como ha dicho el obispo Mons. Athanasius Schneider, la reforma litúrgica, con su implacable alejamiento de este vasto y viviente repositorio (a pesar de algunos guiños retóricos a ciertas fuentes antiguas, redactados en pesados términos), ha herido el Cuerpo Místico de Cristo en la tierra y le ha infligido una amnesia que crece cada vez más. Durante cincuenta años hemos privado al Señor de un culto adecuado, y nos hemos privado a nosotros mismos de sus beneficios; un culto que lo tenga a Él como único objeto y a nosotros como los humildes servidores de sus sagrados misterios. No sólo debemos reparar este daño sino que, como lo diría Aristóteles, inclinar el fiel en la dirección contraria, agarrándonos con todas nuestras fuerzas a las formas, cargadas de piedad, que hemos heredado de la Edad de la Fe.

Pero la liturgia tradicional hace más que volver a conectarnos con la sabiduría y el amor que reina en la comunión de los santos: ella beneficia al hombre en cuanto hombre, al homo liturgicus que fue creado para “adorar al Señor en la belleza de la santidad”, con el oro de la música sagrada, el incienso del ceremonial majestuoso, la mirra del silencioso homenaje, a fin de que podamos ejercer en plenitud la virtud de la religión.

Lo que está oculto a los sabios y entendidos y es obvio para los pequeños, es que, mientras más rico es el contenido de la liturgia, mayor es el incentivo -y la recompensa- de nuestro esfuerzo por entrar en ella. Si nos educamos a nosotros mismos en la tradición católica, perderemos algo, sí: perderemos nuestro analfabetismo contemporáneo y nuestra ilusión de ser superiores. Pero ganaremos, en cambio, algo que es muchísimo más precioso: la realidad, sólida como roca, de una herencia bimilenaria, la escuela exigente y deleitosa de los santos. Y encontraremos que comenzamos a vivir en serio la vita liturgica




[1] La expresión vita liturgica proviene de Sacrosanctum Concilium, núm. 18: “Que se ayude por todos los medios adecuados a los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, que ya trabajan en la viña de Señor, a comprender cada vez más plenamente qué es lo que realizan cuando celebran los ritos sagrados, y que se los ayude a vivir la vida litúrgica y a compartirla con los fieles encomendados a su cuidado”.

[2] Esta no es la explicación teórica que el Opus Dei daría de sí mismo. Sin embargo, no es difícil ver que la organización no está, en los hechos, centrada en el opus Dei tal como éste ha sido tradicionalmente definido y practicado, y en esta medida el nombre es perturbadoramente equívoco.

[3] Para argumentos a favor, véase una serie de excelentes “PositionPapers” publicados por la Federación Internacional Una Voce sobre la Forma Extraordinaria y China, la Forma Extraordinaria y África, la Forma Extraordinaria y el Islam, la Forma Extraordinaria y el movimiento New Age, etcétera. Yo no sostengo que todos los católicos anteriores a la revolución litúrgica estuvieran bien instruidos o que toda la práctica de entonces fuera ideal: estoy lejos de ello. Pero el Movimiento Litúrgico ya había calado de modo significativo, el método Ward, y otros semejantes, había enseñado a innumerables niños y adultos a cantar gregoriano, los seminarios y casas religiosas rebosaban, se tenía normalmente a la confesión en un lugar de honor como parte de la vida cristiana, y la lista podría extenderse indefinidamente. Quien no pueda ver que esta situación fue, de lejos, superior a nuestra enfermedad actual, vive en una situación de rechazo causada por ignorancia de los registros históricos, o por la influencia enceguecedora de la ideología, o por miedo a caer en la depresión. Pero el Señor nos dice que conocer la verdad nos hará libres, y ello ha de ocurrir también en este caso. Antes de que podamos rectificar el empecinado curso del postconcilio, debemos admitir que tomamos la curva equivocada y estamos extraviados. Sólo después se podrá hacer algo al respecto.  

domingo, 15 de abril de 2018

El simbolismo de las catedrales

Les ofrecemos a continuación algunos fragmentos que explican el simbolismo que hay detrás de las catedrales. La fe cristiana se basa en un hecho concreto: Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, pues vino a padecer por la redención del género humano. Eso significa que el catolicismo no desprecia la materia, sino que la asume y busca divinizarla, haciendo que todas las cosas vuelvan a Dios. Una buena muestra de ello son las catedrales, construidas para dar un testimonio material de esa fe y cumplir con su arquitectura una función catequética. 

El Espíritu Santo congrega a la Iglesia para ofrecer a Dios el sacrificio preanunciado por Malaquías (1, 11): "un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso".

La mayoría de las catedrales medievales están "orientadas", es decir, edificadas mirando al este. La parte frontal de una catedral es el ábside, el lugar donde se sitúa el altar. Lo que significa que la fachada, que se orienta al oeste, hacia donde se pone el sol, es verdaderamente la parte de atrás. Eso justifica lo imponente y agresivo de las fachadas de las grandes catedrales, pues son como muros o escudos enfrentados a los poderes de las tinieblas, a todo aquello que la Iglesia se opone. 

La fachada de la Catedral de Amiens (Francia) iluminada con proyectores láser 

Y dijo Jesús a Pedro: "Larga a lo profundo, y soltad vuestras redes para la pesca" (Lc 5, 4).

Otra imagen bíblica de la Iglesia es el Arca de Noé, el lugar seguro cuando el tofu-va-bohu [el caos primordial del cual Dios sacó la creación] de las aguas del diluvio arrasaron la vida en la tierra. Se interpretaba el arca, tanto por parte de los rabinos como de los padres de la Iglesia, como un microcosmos del recto orden de Dios, en un tiempo de caos en el que se preservó la vida tras unos muros cuidadosamente construidos en un período de muerte.

La Catedral de Notre Dame de París, situada en medio de la Île de la Cité
(Foto: Geo.fr)

Y por esto precisamente los arquitectos medievales trataron de construir las catedrales medievales semejantes a grandes embarcaciones. La nave (del latín navis, nave o barco) queda rodeada de altos muros, a la vez apoyados por arbotantes que claramente recuerdan a los remos saliendo de los costados de un barco. La semejanza naval es especialmente evidente en Notre Dame, la catedral de París, situada en la isla de la Cité, en medio del río Sena. La idea, es que que la Iglesia es el arca de Noé, navegando por las tormentosas aguas del pecado; es el arca de la salvación a la que han sido llamados los pecadores. 

"Y Yo te dijo que: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18).

La basílica de San Juan de Letrán en Roma es la Iglesia catedral del Papa, es decir, el lugar que contiene la silla desde la cual el obispo de Roma enseña de forma definitiva. Situados a lo largo de la nave de la basílica se encuentran imponentes estatuas de los doce apóstoles de Jesús, a modo de elementos estructurales, como las costillas del mismo edificio. Y vemos este mismo motivo repetido en la arquitectura eclesial a lo largo y ancho del mundo, normalmente en forma de doce columnas que aguantan la cubierta. Se no recuerda así a esos doce aprendices del Maestro que nos han transmitido la fe. 

Interior de la Basílica de San Juan de Letrán, Roma
(Foto: Viajejet)

Nota de la Redacción: Salvo la introducción y los títulos de cada apartado, el resto del texto está tomado de Barron, R., Catolicismo. Un viaje al corazón de la fe, trad. de Marciano Escutia, Madrid, Rialp, 2017, pp. 165-166 y 184.

jueves, 12 de abril de 2018

Del silencio en la liturgia

Recientemente, un gran Príncipe de la Iglesia y pastor valiente y fiel, el Cardenal Sarah, nos quiso recordar en un libro el valor inestimable del silencio en la vida del espíritu. Sin embargo, al mismo tiempo, altos jerarcas de la Iglesia, tristementemente y en contra de la enseñanza y la práctica de la Iglesia durante dos milenios, relativizan el valor del silencio y la contemplación. 

Por eso conviene recoger testimonios sencillos como el siguiente, el cual, desde la perspectiva de un fiel, rescata el sentido del silencio en la vida de oración y, especialmente, en la liturgia. Difícilmente puede en este punto la liturgia reformada, a menudo llena de cháchara y escasa en momentos de silencio, equipararse a la liturgia tradicional, la cual sabe, particularmente en la Misa baja o rezada, darle el lugar que le corresponde al silencio, que no es en caso alguno un silencio vacío, como la modernidad, amante del ruido, suele pensar, sino un silencio colmado de sentido y de la Presencia de Dios. 

El autor, John Paul Sonnen, quien cuenta con estudios de pregrado en la University of Saint Thomas (St. Paul, EE.UU.) y de pregrado en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de Roma (Angelicum), es docente de historia, operador turístico y escritor de temas de viajes. Ha sido responsable de varios blogs, entre ellos Orbis Catholicus Travel. El artículo apareció originalmente en la página Liturgical Arts Journal y la traducción es de la Redacción.

 (Foto: OC-Travel)


Del silencio en la liturgia

J.P. Sonnen


Recientemente, durante una peregrinación con el P. William Barker, FSSP (de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei), experimenté el privilegio sobrecogedor de asistir su Misa rezada privada en la diminuta "Capilla de las zapatillas" (Slipper Chapel) de la Basílica Católica de Walsingham [Nota de la Redacción: llamada así por la costumbre de los peregrinos de removerse el calzado al llegar a esta capilla para continuar descalzos durante la última milla hasta Walsingham, la llamada "milla santa"].

Este oculto lugar de peregrinaje es uno de los secretos católicos mejor guardados del mundo angloparlante. Es un santuario encantador y un venerable lugar de peregrinaje. La capilla, la cual se remonta a 1340, es tan pequeña que sólo puede acoger a un reducido grupo. Un escenario muy apropiado, pensé, para la "Misa silenciosa" ("Quiet Mass"), la Forma Extraordinaria del Rito Romano [Nota de la Redacción: en inglés la denominación "Quiet Mass" es una forma coloquial de referirse a la Misa baja o rezada].
 
Para mi meditación diaria aproveché el silencio del Canon Romano. Siempre he dicho que uno de los puntos fuertes de la Misa de la Forma Extraordinaria es el silencio que promueve al murmurar el sacerdote en voz en voz baja el Canon de la Misa.
 
En un mundo de ruido estático, este silencio es una bienvenida tregua y un reposo para el cerebro. El silencio litúrgico no es vacío, está lleno de respuestas. Vale la pena hacer notar que los estudios recientes prueban que el silencio es mucho más importante para nuestros cerebros de lo que jamás pudimos haber imaginado. Por esta razón, siento que su papel debe ser reconocido y restaurado en la liturgia.

El efecto que la contaminación acústica puede tener en la ejecución de tareas cogniticas ha sido intensamente estudiado y documentado. En mi opinión, el ruido puede dañar el desempeño de las tareas, especialmente la oración, y puede ser la causa de motivación disminuida respecto de la oración mental.

Mientras que el silencio revitaliza nuestros recursos cognitivos, el ruido puede tener un marcado efecto físico en las personas, resultando en un elevado nivel de hormonas del estrés. Esto no es auspicioso para la oración.

Las funciones cognitivas más fuertemente afectadas por el ruido son la atención lectora, la concentración, la memoria y la resolución de problemas. Por supuesto esto incluye la capacidad de rezar.

Cuando se promueve un entorno silencioso con bajos niveles de estímulos sensoriales, el cerebro es capaz de recobrar algunas de sus habilidades cognitivas, bajando la "guardia sensorial" y restaurando algo de lo que se ha perdido a través del exceso de ruido.

Mientras que el ruido puede causar estrés, el silencio alivia la tensión del cerebro y del cuerpo, a través de cambios en la presión sanguínea y en la circulación sanguínea en el cerebro. El silencio es atractivo. Calma el alma y el cuerpo. En el acto de rezar, el cerebro está descansando, al tiempo que constantemente internaliza y evalúa la información que recibe.

El silencio le deja al cerebro en su trabajo consciente un espacio para descansar y procesar información y emociones. Durante los momentos de silencio en los textos litúrgicos, el cerebro tiene la libertad que añora, permitiéndole encontrar su lugar en el mundo interno y externo.
 
El silencio permite al cerebro pensar acerca de cosas profundas de un modo imaginativo. Como alguna vez escribiera el escritor del "Renacimiento Americano" Herman Melville: "Todas las cosas profundas y las emociones respecto de las cosas son precedidas y asistidas por el silencio".

martes, 10 de abril de 2018

FIUV Position Paper 16: La proclamación de las lecturas en latín en la forma extraordinaria

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 16 y que versa sobre la proclamación de las lecturas en latín en la forma extraordinaria, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de julio de 2013. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


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La proclamación de las lecturas en latín en la forma extraordinaria

Abstract

De acuerdo con la Instrucción Universae Ecclesiae, se permite la repetición de las lecturas en vernáculo después de ser proclamadas en latín o, en la Misa rezada, su proclamación sólo en vernáculo. Este ensayo aspira a explicar y defender la restricción del uso del vernáculo. Los argumentos que se dan son relevantes también para el debate sobre la posibilidad de que toda la Misa de los catecúmenos, o los Propios, sean en vernáculo. La primera consideración que se hace es la importancia de la tradición de cantar la Epístola y el Evangelio en la Misa cantada, protegida por la ley de la Iglesia. Esto plantea un tema más profundo: las lecturas tienen en la liturgia no solo un papel didáctico sino también uno latréutico, y reemplazar el latín por una lengua no litúrgica no sólo disminuye ese papel sino que disminuye también el sentido del tiempo litúrgico, sagrado, que resulta del uso del latín. El uso del vernáculo en más momentos en la liturgia, que implicaría una alternación más frecuente de lenguas sería, debido a esto, particularmente problemático.

Texto

1. La Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 26, dispone para la forma extraordinaria del rito romano lo siguiente: “Como está previsto en el artículo 6 del motu proprio Summorum Pontificum, las lecturas de la Santa Misa del Misal de 1962 pueden ser proclamadas solamente en latín, o en latín seguido por el vernáculo o, en las Misa rezadas, solamente en vernáculo. Por tanto, es obligatorio en las Misas cantadas y las Misas solemnes cantar en latín la Epístola y el Evangelio”[1]. En la Misa rezada se las puede leer sólo en vernáculo. La celebración práctica de la Misa rezada varía, por razones históricas, entre los diversos países, pero la lectura en latín es cosa general. La repetición, hecha antes del sermón, de las lecturas en vernáculo, cuando son leídas o cantadas en latín, es muy común en la práctica, aunque en modo alguno es universal.

2. Muchos de quienes promueven el latín en la forma ordinaria (la “reforma de la reforma”) sugieren que todos los Propios se lean en vernáculo, o que éste se use en toda la Misa hasta el Ofertorio[2]. Es por esta razón que la ley y la práctica de la forma extraordinaria requiere ser explicada; explicación que es importante también para cuestiones más amplias[3].

3. Este ensayo da por conocidos los argumentos generales en favor del latín dados en la Positio 7[4].

 Último Evangelio

El papel latréutico de las lecturas.

4. Un aspecto de la cuestión, que explica la distinción hecha por Universae Ecclesiae entre Misa cantada y Misa rezada, es el especial valor de la práctica de cantar las lecturas. Esta práctica data de los orígenes del canto gregoriano en el templo judío, cuya solemnidad, belleza y expresividad son extraordinarias. Claramente, su pérdida sería un serio empobrecimiento del patrimonio litúrgico de la Iglesia y de la vivencia litúrgica de los fieles.

5. Esta tradición de las lecturas cantadas plantea por sí misma una cuestión más amplia, que es el papel de las lecturas en la Misa. En su origen, el canto de las lecturas y las inflexiones del canto correspondientes a las frases medias y finales, que la diferencian de declaraciones meramente indicativas, servían para hacer más claras la audición y la comprensión[5]; siguen hoy haciendo más fácil para los fieles seguir textos familiares o importantes, y señalan los momentos en que todos se arrodillan en ciertos momentos, como cuando se menciona la muerte del Señor en los Evangelios de la Pasión[6]. Sin embargo, dan también a la proclamación de las lecturas un carácter litúrgico profundamente solemne, análogo al del Prefacio, lo que subraya su calidad latreútica. Esto queda además puesto de relieve por las ceremonias, especialmente evidentes en la Misa solemne y en la pontifical, de bendición del ministro que lee el texto, de incensación del Misal, del beso del mismo, y de los movimientos que llevan a cabo los ministros y acólitos en el presbiterio. La lectura del Evangelio de cara al norte simboliza la proclamación del Evangelio a los paganos aún no convertidos del norte de Europa. En la Misa rezada la misma idea se encuentra en la proclamación de las Escrituras desde el altar del sacrificio.

6. Este valor de la proclamación de las Escrituras como un acto de culto es confirmado por el rito de la ordenación de diáconos y subdiáconos, a quienes se encarga leer el Evangelio o las Epístolas “tanto para los vivos como para los difuntos”[7].

7. Aunque las Escrituras tienen naturalmente un valor didáctico, esto es también verdadero respecto de todos los Propios de la Misa, incluido el Ordinario, y es imposible hacer una distinción clara entre la Misa didáctica de los catecúmenos y la Misa latréutica de los fieles. Como la Constitución sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II lo dice, “[l]as dos partes que, en cierto sentido, se unen para formar la Misa, es decir, la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, están tan íntimamente conectadas entre sí que no forman sino un solo acto de culto”[8].

8. Teniendo esto presente, es natural que las lecturas sean cantadas en latín, la lengua litúrgica de la Iglesia de Occidente. Es también natural que, en la Misa rezada, que deriva tanto histórica como lógicamente de la Misa solemne, sea también apropiado leer las lecturas en latín.

9. Hay otras dos consideraciones que se refieren también, en alguna medida, a la cuestión de tener otros Propios en vernáculo para la celebración de la forma extraordinaria.

 El subdiácono lee la Epístola (rito dominicano)

Consideraciones pastorales.

10. La primera es la cuestión del valor pastoral práctico de leer las lecturas en vernáculo. En las Misas con fieles, es práctica común, cuando ellas se leen en latín, repetirlas en vernáculo antes del sermón. No se puede argumentar, por tanto, que es un imperativo pastoral leer las lecturas en vernáculo en vez de en latín: no se da aquí el dilema de tener que optar por una u otra cosa. La única razón para omitir la lectura en latín parecería ser que se ahorra así un poco de tiempo.

11. Con todo, también se podría preguntar, en las condiciones de la mayoría de las celebraciones de la forma extraordinaria hoy, si la repetición de las lecturas en vernáculo es necesaria, ya que si los fieles no tienen misales individuales con la traducción, pueden tenerla muy fácilmente impresa en un simple hoja de papel. En este punto, la situación es algo diferente de lo que ocurría cuando se comenzó, hacia 1940, a autorizar, en algunas regiones, la lectura en vernáculo: en aquel tiempo los sacerdotes simplemente no podían imprimir de Internet copias de las traducciones.

12. Lo mismo se puede decir para los demás Propios, incluido el Ordinario de la Misa. El uso del latín no es, en realidad, un obstáculo para la comprensión de lo que se dice en la liturgia, ya que quien quiera saberlo puede seguir con toda facilidad su traducción, y todos los que opinan que es importante que los fieles puedan seguir la Misa en su propia lengua, pueden fácilmente asegurarse de que haya traducciones disponibles[9].

13. El experto László Dobsay da un argumento conclusivo: se debe conservar en latín la colecta, la secreta y la poscomunión, incluso si se traduce otras partes de la Misa, debido a la importancia que tiene el que los católicos se familiaricen con la rica terminología latina de esas oraciones[10].

La integridad de la liturgia.

14. La segunda consideración es la cuestión de la integridad de la liturgia. El escritor Martin Mosebach aborda esto en el contexto del “problema”, como lo denomina él, del sermón: “Al entrar en el espacio sagrado de la liturgia, toda interrupción me hace sufrir: sufro cada vez que las vestiduras de la liturgia se desgarran (para decirlo con una metáfora). […] [Al terminar la lectura del Evangelio] el fiel se halla profundamente sumergido en otro mundo. Ha comprendido que toda frivolidad y espontaneidad deben guardar silencio cuando llega el momento de hacer visible lo que, objetivamente, es 'enteramente otro'"[11].

15. Esta atmósfera, y la actitud que promueve, es interrumpida por el sermón, que tiene un carácter totalmente diferente, más personal y prosaico. Más estridente, incluso, es el anuncio de las noticias parroquiales. Mosebach no objeta que se ponga el sermón en este momento de la liturgia -su ubicación ahí es muy antigua-, sino que dice simplemente: “Creo que es muy importante darse cuenta de que hay aquí un problema, 'problema' en la medida en que no existe una solución obvia al alcance de la mano”[12].

16. Del mismo modo, aunque podríamos aceptar que ciertas lecturas en vernáculo tienen alguna ventaja, debiéramos reconocer que un abrupto cambio desde el latín (o desde otras lenguas antiguas)[13] al vernáculo y de nuevo al latín, da origen a un problema desde el punto de vista de la liturgia como esfera sagrada, que el uso del latín realza especialmente. Si hubiera más Propios que leer en vernáculo, la Misa implicaría un muy frecuente cambio entre una y otra lengua, de las cuales una es sagrada y la otra profana. El latín no puede crear y mantener el sentido de sacralidad si se lo interrumpe continuamente, y debiéramos lamentar incluso las interrupciones más necesarias[14]

 Evangelio 

Conclusión.

17. Este ensayo ha procurado dar un fundamento racional tanto a la ley de la Iglesia, expuesta en la Intrucción Universae Ecclesiae, de que las lecturas deben hacerse en latín en la Misa cantada, como a la práctica generalizada de leerlas en latín incluso en la Misa rezada. La razón es, esencialmente, que el latín no es un aspecto dispensable de la liturgia en la forma extraordinaria, y que reemplazarlo por el vernáculo en ciertas partes de la Misa no sólo disminuye la calidad de ellas, sino que interrumpe la liturgia en su conjunto.

18. Este argumento se basa en la observación de que la Misa de los catecúmenos no puede ser calificada simplemente como un elemento didáctico, que no necesita tener un carácter específicamente litúrgico, expresivo de un culto. Las oraciones y ceremonias de la forma extraordinaria simplemente no permiten esa interpretación de la estructura de la Misa.

19. Además, el argumento se aplica a fortiori a la posibilidad de que haya otros textos Propios en vernáculo. Por muy edificantes que sean para el pueblo, ellos son parte integral del culto que se da a Dios en la Misa, y un cambio constante entre latín y vernáculo dañaría gravemente el sentido que tienen los fieles de la Misa como tiempo sagrado.




[1] En la Misa cantada se permite que la Epístola sea leída en vez de cantada, aunque ello es raro.

[2] Conocida en el contexto de la forma extraordinaria como Misa de los catecúmenos, y en la forma ordinaria, como liturgia de la palabra.

[3] Es interesante advertir que algunos liturgistas tan amigos del latín como el P. Aidan Nichols, OP y el P. Jonathan Robinson, Cong.Orat., consideran que el caso de las lecturas en vernáculo no requiere de argumentaciones. Véase Nichols, A., Looking at the Liturgy: a critical review of its contemporary form (San Francisco, Ignatius Press, 1996), p. 120; Robinson, J., The Mass and Modernity: walking to heaven backwards (San Francisco: Ignatius Press, 2005), p. 336.

[5] Un sínodo en Grado, Italia, en 1296, restringió el uso de los melismas más complicados en el canto del Evangelio, porque ellos “impiden la comprensión de los auditores y con ello se disminuye la devoción de los fieles”. Citado por el Lang, U. M., The Voice of the Church at Prayer (San Francisco, Ignatius Press, 2012), p. 153. Como indica Lang, con anterioridad en aquel siglo San Francisco había recibido la inspiración de fundar los Hermanos Menores al oír la proclamación del Evangelio de la misión de los apóstoles durante la Misa de la fiesta de San Matías (Mt. 10, 7-10).

[6] Otros ejemplos de que los ministros sagrados y los fieles se arrodillan en ciertos momentos de las lecturas son: en Epifanía y su octava, al mencionarse a los Magos que adoran a Cristo-Niño; en el segundo domingo de Pasión, cuando se menciona la Invención de la Santa Cruz y su Exaltación, todos se arrodillan en la Epístola a las palabras “que al nombre de Jesús se doble toda rodilla”; en la tercera Misa de Navidad, al leerse el Prólogo de San Juan; al terminar el Evangelio del miércoles de la cuarta semana de Cuaresma (Jn 9, 1-38). Esto reitera las genuflexiones durante el canto en ocasiones como el tracto de Cuaresma Domine non secundum, y el versículo del Alleluia de Pentecostés Veni, Sancte Spiritus.

[7] En el Pontifical Romano, en la ordenación de los subdiáconos, el obispo dice: “Recibe el libro de las epístolas y el poder de leerlas en la Iglesia de Dios, tanto para los vivos como para los difuntos”. Al ordenar los diáconos, dice: “Recibe el poder de leer el Evangelio en la Iglesia de Dios, tanto para los vivos como para los difuntos”.

[8] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 51: Duae partes e quibus Missa quodammodo constat, liturgia nempe verbi et eucharistica, tam arcte inter se coniuguntur ut unum actum cultus efficiant.

[9] En relación con lenguas raras o minoritarias y con congregaciones multilingüísticas, el proporcionar una traducción a los fieles presenta más desafíos. Su solución es más fácil, sin embargo, que buscar un modo de usar las lenguas del caso desde el altar, cosa que no se puede hacer fácilmente en varios idiomas, aparte de que debiera implicar un proceso oficial más formal de aprobación de las traducciones que se use. 

[10] Dobsay, L., The Restoration and Organic Development of the Roman Rite (London, T&T Clark, 2010), p. 79: “Las citas y referencias de textos litúrgicos se encuentran en las obras de los Padres de la Iglesia y en muchos autores espirituales, así como también en las oraciones y meditaciones de los santos. Los sacerdotes y laicos que tienen un nivel alto de formación teológica pero que no conocen la liturgia latina extraordinariamente bien (lo que hoy quiere decir que no están familiarizados con los textos latinos), ciertamente se autoexcluyen de los registros históricos de la vida de la Iglesia. No conocer el vocabulario usado, o las frases citadas, significa que se es incapaz de reconocer su contexto y origen en la literatura teológica y espiritual de la tradición”.  Dobsay propone que otras partes de la Misa sean rezadas en vernáculo, especialmente el Pater Noster. Esta propuesta, sin embargo, parece carecer de valor pastoral, ya que el significado de su texto habrá sido conocido por la mayoría de los fieles desde su más tierna infancia.

[11] Mosebach, M., The Heresy of Formlessness: The Roman Liturgy and its Enemy (San Francisco, Ignatius Press, 2006), pp. 49-50.

[12] Mosebach, The Heresy of Formlessness, cit., p. 52. La misma razón puede aplicarse a otros antiguos usos del vernáculo en la tradición litúrgica latina, como en el caso de los votos matrimoniales: la necesidad del vernáculo aquí se relaciona con el aseguramiento de la validez del sacramento del matrimonio, y por ello no constituye un antecedente para usarlo en otras ocasiones: el “problema” litúrgico que representa no puede solucionarse, pero es manejable debido a su reducido ámbito.

[13] Especialmente el Kyrie, en griego.

[14] Un ejemplo de una interrupción más necesaria sería el uso del vernáculo para los votos matrimoniales, donde es máximo el valor de una inteligibilidad inmediata, según se ha dicho en la nota 12.