sábado, 21 de enero de 2017

Benedicto XVI: últimas conversaciones (II)

Les ofrecemos en esta entrada la segunda parte de la selección de preguntas y respuestas tomada del último libro de entrevista de Peter Seewald con el Papa emérito Benedicto XVI. Se trata, como decíamos en la presentación de la primera entrada, de un sincero homenaje a nuestra Asociación a quien permitió que la liturgia tradicional de la Iglesia pudiese volver a ser celebrada libremente por cualquier sacerdote. Este año, el III Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile estará dedicado a celebrar el décimo aniversario del motu propio de igual nombre.

 S.S. Benedicto XVI junto a Peter Seewald
(Foto: Ignatius Press)

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Benedicto XIV: últimas conversaciones

Peter Seewald

Un temprano cambio [de su pontificado] fue la sustitución de Piero Marini por Guido Marini como maestro de ceremonias. Este reemplazo se interpretó en el sentido de que Ud. quería imprimir otra forma a las celebraciones papales.

No, Piero era y sigue siendo un hombre muy bueno. Es cierto que en la liturgia es más progresista que yo, aunque eso no importa. Pero él mimo opinaba que había llegado el momento de dar por concluidos sus servicios en esa parcela. Y así resultó que a Marini I le sucedió Marini II.

Sin embargo, Ud. usaba una férula papal (o cruz del pescador) distinta de la de su predecesor, añadió a la desnuda sotana blanca la muceta roja y daba la comunión en la boca. Según sus críticos, todo esto no era sino una «recuperación de ritos litúrgicos del pasado». ¿Lo era?

No. Yo me alegro de la reforma del concilio allí donde ha sido asumida de forma sincera y buena, en su auténtica esencia. Sin embargo, también hubo muchas arbitrariedades y destrucciones, a las que había que poner coto. La liturgia en la basílica San Pedro siempre había sido buena e intentamos seguir haciéndolo así. La comunión en la boca no está prescrita, yo siempre le he dado indistintamente de las dos formas.

Pero puesto que en la plaza de San Pedro hay tantas personas que pueden malinterpretar esto y que, por ejemplo, se guardan la hostia, me pareció que dar la comunión en la boca podía ser una señal muy adecuada. ¿Qué esto habría tenido un efecto en cierto modo restauracionista? Debo  decir en general que estas categorías de lo antiguo y lo nuevo no son aplicables a la liturgia. Las Iglesias de Oriente hablan sin más de liturgia divina, que no la hacemos nosotros, sino que nos es regalada. Para caracterizar la liturgia occidental, J. A. Jungmann acuñó la expresión «liturgia devenida» [gewordene Liturgie]. Con ello, el gran liturgista alude a la marcada conciencia histórica de Occidente, que ve en la liturgia crecimiento y maduración, declive y renovación, pero en ello percibe asimismo la continuidad de lo que nos viene dado por el Señor y por la Tradición apostólica. Desde esta conciencia he celebrado yo la liturgia.

[…]


S.S. Benedicto XVI revestido para celebrar la Santa Misa junto a Mons. Guido Marini

Después de que Ud., con motu proprio Summorum Pontificum, facilitara el acceso a la antigua Misa en latín, estalló un debate sobre la oración del oficio de Viernes Santo por la conversión de los judíos. Luego, en febrero de 2008 dispuso Ud. que se sustituyera ese texto por una nueva formulación. ¿No podría haberse evitado la polémica?

Eso fue orquestado en Alemania por teólogos no amigos. Las cosas son así: conocemos la nueva oración del Viernes Santo y es aceptada por todos. Pero entretanto habíamos acogido en la Iglesia, ya en tiempos de Juan Pablo II, a algunos grupos con liturgias antiguas, por ejemplo, la Fraternidad Sacerdotal San Pedro. Así pues, había ya muchas comunidades religiosas, muchas comunidades de fe, que celebraban la liturgia antigua. Y en concreto la antigua liturgia del Viernes Santo, que realmente no podía aceptarse en aquella forma. Y aún me asombro de que no se hubiere hecho nada contra ello.

Yo consideraba que eso no podía dejarse así, que también los partidarios de la liturgia antigua debían cambiar este punto. De ahí que hubiera que elaborar la oración de un modo tal que encajara en el estilo intelectual de la antigua liturgia, pero que al mismo tiempo estuviera en consonancia con nuestros conocimientos actuales sobre el judaísmo y el cristianismo. Esta renovada oración del Viernes Santo consta, como todas las oraciones del Viernes Santo, de dos partes: una invitación a la oración y el ruego propiamente dicho. La invitación a la oración la tomé a la letra de las preces de la Liturgia de las horas. Y la petición la formulé a partir de textos de la Escritura. En ella no se contiene nada, absolutamente nada que justifique los reproches que una y otra vez se me lanzan en Alemania.

Todavía estoy contento de haber conseguido cambiar positivamente la liturgia antigua en este punto. Retirar esta nueva formulación del texto, como una y otra vez se reclama, significaría tener que volver a rezar el antiguo e inaceptable texto que habla de los perfidi Iudaei [Nota de la Redacción: véase lo que se dice en esta entrada al respecto]. Pero determinadas personas en Alemania intentaron desde el principio derribarme. Sabían que la forma más fácil sería sirviéndose de polémicas relacionadas con Israel y por eso montaron esa mentira de que ahí se decía Dios sabe qué cosas. He de decir que eso me parece mezquino. Hasta entonces se había rezado la antigua petición; y yo la  reemplacé, para el círculo de quienes celebraban la liturgia antigua, por otra mejor. Pero esas personas a las que aludo no querían que esto se entendiera.

[…]

 Liturgia tradicional de Viernes Santo en el seminario de la FSSP en Denton, Nebraska (EE.UU.)

Una pregunta sobre la reautorización de la Misa tridentina: este esfuerzo tuvo algo titubeante. ¿Se debió a las resistencias dentro de la propia Iglesia?

Sin duda, porque existe, por una parte, el miedo a una restauración y luego, por otra, gente que entiende equivocadamente la reforma. No se trata de que ahora haya otra Misa. Son dos modos de celebrarla ritualmente, pero que forman parte de un rito básico.

Siempre he dicho y sigo diciendo que es importante que cuanto en la Iglesia antes era lo más sagrado para las personas no se convierta de repente en algo prohibido. No puede ser que una sociedad prohíba lo que antes consideraba esencial. La identidad interior del otro debe permanecer visible. De ahí que para mí no se trataba de consideraciones tácticas y Dios sabe qué, sino de la reconciliación interior de la Iglesia consigo misma.

La reautorización de la antigua Misa se interpreta con frecuencia sobre todo como una concesión a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

¡Eso es absolutamente falso! Para mí era importante que la Iglesia estuviera en armonía consigo misma, con su propio pasado. Que lo que antes era sagrado para ella no se considerara ahora algo erróneo. El rito no puede sino evolucionar. En este sentido, la reforma era conveniente. Pero no se puede quebrar la identidad. La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X se basa en que hay gente que tiene la sensación de que la Iglesia se ha negado a sí misma. Eso no puede ser. Pero, como ya he dicho, mi intención no era de naturaleza táctica; antes bien, lo que me preocupaba era el asunto en sí. Por supuesto, ese es también un punto en el que, en el momento en que se ve aflorar una escisión eclesial, el Papa está obligado a hacer lo posible por impedirla. De ello forma parte asimismo el intento de reintegrar a estas personas, si es posible, a la unidad de la Iglesia.

 Mons. Bernard Fellay, superior de la FSSPX, fotografiado junto a un retrato de S.S. Benedicto XVI

Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se quebaja Ud. del empobrecimiento y al uso de la liturgia. Al fin y al cabo, la liturgia es, a su juicio, el eje y quicio de la fe; de ella depende el futuro de la Iglesia. Si esto es así ¿por qué ha acontecido tan poco en este terreno? Ud. tenía todo el poder para obrar cambios.

Institucional y jurídicamente no se puede hacer tanto. Lo importante es que surja una visión interior de qué es la liturgia, de lo que realmente significa, que las personas lo aprendan desde dentro. Justo por ese motivo he escrito también libros al respecto. Por desgracia, todavía existen esas actitudes tensas de determinados grupos de supuestos especialistas que absolutizan sus teorías y no ven qué es lo esencial. Que no se trata de permitir jugueteos privados cualesquiera, sino de que la liturgia colme la Iglesia y sea celebrada desde dentro. Pero eso no se puede imponer por decreto.

Uno pensaría que el Papa tiene plenos poderes para ello, que puede hacer valer su autoridad.

No.

[…]

El caso Williamson puede considerarse en cierto modo como un punto de inflexión del pontificado. ¿Lo ve Ud. así también?

Desencadenó, por supuesto, una enorme batalla propagandística contra mí. Mis adversarios tenían por fin argumentos para decir: este no sirve, no es la persona idónea para el cargo. En ese sentido, fue un periodo de oscuridad, un tiempo difícil. Pero la gente comprendió luego que yo realmente no había sido informado

¿Es cierto que no hubo consecuencias de orden personal?

No, no lo es. Hubo consecuencias, por cuanto reorganicé de arriba abajo la comisión Ecclesia Dei, que era la que tenía la competencia en este asunto. El caso Williamson me hizo ver que no funcionaba adecuadamente.

¿No fue Ud. ahí demasiado blando?

A mi juicio, la culpa la tenía solo esta comisión. Y la reestructuré a fondo.

[…]

 Mons. Richard Williamson

¿[Usted calificaría su pontificado como] Reformador o conservador?

Siempre es preciso hacer ambas cosas. Hay que renovar, por lo que he intentado abrir camino hacia delante desde una reflexión moderna sobre la fe. Al mismo tiempo se necesita también continuidad; es importante no permitir que se desgarre la fe, que se quebrante.


Nota de la Redacción: Los textos reproducidos en esta y la entrada anterior están tomados de Seewald, P., Benedicto XVI: últimas conversaciones, trad. de Rosa Pilar Blanco, Viscaya, Mensajero, 2016, pp. 46, 72, 87, 101, 120, 121, 167, 181, 215, 217-218, 238-241, 244-245, 248-250, 274-275 y 287.

jueves, 19 de enero de 2017

50 años de Magnificat: la conferencia de Augusto Merino (sexta parte)

Les ofrecemos la sexta y última parte de la versión escrita de la conferencia impartida por el Profesor Augusto Merino Medina en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile celebrado el pasado mes de agosto de 2016.

 Prof. Augusto Merino Medina
(Imagen: Youtube/Una Belleza Nueva)

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Lex orandi, lex credendi: cómo alterar la fe sin tocar la doctrina (VI)

Para finalizar, quisiera presentar algunos ejemplos musicales, muy breves, que ilustran el tipo de música religiosa que se toca durante la Santa Misa en nuestros templos. Los tres primeros provienen de una colección que tiene por título “Canciones para la Misa”:

1. El primer ejemplo nos muestra la ridiculez y trivialidad que es tan común, en un canto que apenas podría considerarse “religioso”, intitulado “Yo tengo un amigo que me ama”



2. El segundo describe bien el estilo de los cantos en la Santa Misa reformada y lleva por título “Aleluya por esa gente”


3. El tercero ilustra el estilo sentimental, lánguido, de letra sin riqueza teológica, que se ha impuesto como “canto de reflexión” para después de la comunión. Se titula “Jesús amigo”: 


Los siguientes ejemplos provienen de otras colecciones de música para la Santa Misa:

4. Hemos espigado aquí en una antología de música de mala calidad, en que el lenguaje musical, en tonalidad menor y descendente, es vehículo de un texto que proclama la resurrección del Señor, que es todo menos descendente, y que lo único que debe evitar es la sombría tonalidad menor. Su autor es Kiko Argüello y lleva por nombre “Resucitó, aleluya”


5. A continuación tenemos una canción, de un carácter relativamente culto, puesto que es obra de un clérigo cantautor (el jesuita Cristóbal Fones), pero con un texto inapropiado. Ella se intitula “Paz armada”


6. Un ejemplo de texto igualmente inadecuado, de carácter más popular, “comprometido” o “solidario”:, es la muy conocida canción “Baja a Dios de las nubes”


7. Y, finalmente, un ejemplo estupendo de incultura histórica y musical, como es la adaptación de una melodía satírica que se usaba en la parodia de la Misa, conocida como “la Misa del asno”, durante la Edad Media: 

Bendigamos al Señor”


Todos estos ejemplos nos muestran que el lenguaje musical es un poderosísimo lenguaje que puede ser usado y que está siendo usado para demoler la liturgia, en consonancia con otros esfuerzos afines: convertir la Misa en una “asamblea” o un “banquete” es algo que se puede lograr mediante la manipulación del vocabulario, y es algo que se está intentando, ciertamente; pero cuando el lenguaje musical proporciona su apoyo a esta empresa, las defensas y resistencias afectivas y emocionales de los fieles ya son demolidas de un modo verdaderamente admirable. Lo que queda es esa triste ruina litúrgica para cuya contemplación se nos ofrece una oportunidad diaria o, al menos, dominical.

Conclusiones

Si en algún momento este texto ha parecido estar escrito desde una perspectiva que ve, en los hechos que hemos descrito, conspiración para manipular la sensibilidad y afectividad del pueblo católico en lo que reza y en lo que canta, eso es precisamente lo que se quería dar a entender.

No reconocer esos designios ocultos o disimulados, que se van manifestando gradualmente y con ambigüedad, es situarse en un terreno de irenismo totalmente equivocado y fatal. No hay nada más propiamente evangélico que tomar para todo en cuenta la presencia de un enemigo, el Diablo, que está de continuo presente en la vida de la Iglesia, en su vida cotidiana, no menos que en la cotidianeidad de nuestras vidas individuales. El Nuevo Testamento en su conjunto contiene reiteradas advertencias de que la lucha que enfrentamos los católicos no es contra fuerzas terrenales o humanas, sino contra otras, muy superiores y mucho más poderosas, de carácter espiritual. En la hora de Completas, todas las noches del año se ha leído por siglos, en el antiguo Breviario, aquella lección breve tomada de San Pedro: “estad despiertos y vigilad, porque vuestro enemigo el diablo da vuelta alrededor de vosotros rugiendo y buscando a quien devorar”.


Sin embargo, si bien he querido denunciar este designio maligno, no ha sido mi propósito emitir un juicio sobre persona alguna determinada y sus intenciones más íntimas. Dios es el juez. Lo cual no significa que, mientras Él no juzgue, no podemos indicar la existencia de delitos y pecados.

Nuestro propósito ha sido, por el contrario, precisamente indicar la existencia de esos delitos y pecados contra la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia, pero no asumiendo nosotros el papel de árbitros, sino apoyándonos precisamente en la autoridad de la propia Iglesia, expuesta en su milenaria liturgia y, para mayor claridad, por si alguien tuviera dudas, en su Magisterio.

Específicamente lo que hemos querido denunciar es el propósito diabólico de ir solapada e hipócritamente produciendo cambios y alteraciones en la verdad revelada mediante el expediente de alterar, cambiar, modificar, “mejorar” y, si se permite la castellanización, aggiornar”, la lex orandi.  

martes, 17 de enero de 2017

FIUV Position Paper 2: Piedad litúrgica y participación

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 2 dedicado a la piedad litúrgica y la participación de los fieles, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de marzo de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 

 Imagen: FIUV

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Piedad litúrgica y participación

Sumario

El Movimiento Litúrgico, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, promovió una forma de piedad inspirada fundamentalmente en la liturgia. Naturalmente, esto hizo que se insistiera en la comprensión de la liturgia, lo cual llevó a que, junto con la catequesis litúrgica, algunos de sus miembros recomendaran que se hiciera una exposición de aquellos aspectos de la liturgia que, de algún modo, permanecían ocultos (debido al uso del latín, al silencio, a la celebración ad orientem, etcétera), y que se simplificaran algunos ritos. Sin embargo, como lo señaló San Juan Pablo II, la comprensión cabal de la participación litúrgica no se limita a una comprensión intelectual de los ritos, sino que incluye el impacto del rito en la persona en su totalidad. El Papa Benedicto XVI, al referirse a la “sacralidad” de la tradición litúrgica anterior, llama la atención hacia el hecho de que varios aspectos de los ritos que podrían parecer obscuros a la comprensión de los fieles (ceremonial complejo, el latín, el silencio, etcétera), en realidad facilitan la participación de la persona en su integridad, por cuanto comunican las realidades sagradas del rito en una forma que trasciende a las palabras.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

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Wilhelm Leibl: Tres mujeres en la iglesia (1882, Kunsthalle Hamburg)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Texto

1. La expresión “piedad litúrgica” se refiere a la piedad que es fomentada por la frecuente participación en la liturgia, que se alimenta del desarrollo de los sagrados misterios a través del ciclo litúrgico anual, y para cuya formación los textos de los libros litúrgicos y las ceremonias de los ritos litúrgicos son centrales y no periféricos. Se diferencia esta piedad de la que se forma predominantemente mediante devociones no litúrgicas, ya sean públicas o privadas. El fomento de la piedad litúrgica y la participación en la liturgia que a ella conduce, son, podría decirse, los objetivos finales del Movimiento Litúrgico desde sus principios en el siglo XIX hasta el influjo que él tuvo en la liturgia después del Concilio Vaticano II. Los sucesivos Papas se encargaron de alentar este movimiento y, simultáneamente, de advertir contra las conclusiones exageradas y erróneas que derivaron a veces de este ideal. El concepto de piedad litúrgica es particularmente interesante en el contexto de la forma extraordinaria del misal romano, ya que su ideal sigue influyendo en la discusión sobre la participación de los fieles en la liturgia, sobre cómo debiera celebrarse dicha forma extraordinaria y cómo debieran evolucionar sus libros litúrgicos al paso del tiempo. El presente ensayo, en particular, se propone iluminar el problema de si la tradición litúrgica anterior es, en sí misma, un obstáculo a la debida participación litúrgica de los fieles, y de si los argumentos del Movimiento Litúrgico, así como el magisterio que le fue contemporáneo, como la encíclica Mediator Dei de Pío XII, debieran ser entendidos como una indicio de que tal obstáculo es real.

2. El deseo de una mayor piedad litúrgica surgió espontáneamente de dos observaciones. Primero, la liturgia católica es una fuente inmensamente rica de devoción. El Cardenal inglés Wiseman exclamaba ya en época tan temprana como 1842: “No hay, ni en todos nuestros libros modernos considerados en conjunto, lugar u objeto alguno sobre los cuales se haya prodigado, por decirlo así, más rica poesía y más oraciones solemnes, que sobre los del culto a que asiste el católico”[1]

 Eduardo Cano de la Peña, Retrato del Cardenal Nicholas Wiseman (c. 1865, U. de Sevilla)
(Imagen: Wikimedia Commons)

3. Segundo, la liturgia, en particular la Eucaristía, es por su naturaleza misma una oportunidad privilegiada para que el cristiano se comunique con Dios. La liturgia es la oración pública de la Iglesia, y la Misa es la representación del Sacrificio de Cristo en la Cruz: al unirse a la primera, el fiel puede tomar parte en la perfecta oración que a Dios presenta su Esposa sin mancha; al unirse al segundo, los fieles pueden asociar sus propias ofrendas al perfecto Sacrificio que se ofrece al Padre, el Sacrificio de la Víctima sin mácula.

4. Para que la liturgia tenga en la vida de devoción del católico corriente el lugar que debiera, la participación del mismo en la liturgia debe ser todo lo profunda que se pueda. Un modo de fomentar esto fue promover la formación litúrgica tanto del clero como de los fieles[2], especialmente mediante libros de liturgia –misal de los fieles- como sobre liturgia, como el monumental Año litúrgico de Dom Prosper Guéranger, publicado entre 1841 y 1844. Dom Guéranger escribió en el prefacio, luego de hacer ver el valor especial de la oración unida a la Oración de la Iglesia: “La oración litúrgica se volvería rápidamente impotente si los fieles no tomaran realmente parte en ella o, por lo menos, no se asociaran a ella de corazón: ella puede sanar al mundo, pero a condición de que sea comprendida”[3].

5. Desde sus mismos principios, las metas y aspiraciones del Movimiento Litúrgico implicaron una tensión. Por un lado, la riqueza, es decir, la profundidad, densidad y complejidad teológicas de la liturgia católica es una de las razones para promover un mayor aprecio de la misma, en particular como fundamento de la devoción contemplativa. Por otro lado, si la participación en la liturgia, que se recomendaba también por el Magisterio de la época[4], requiere una adecuada comprensión de la misma, parecería que dicha participación podría ser favorecida tanto por la explicación de las partes de la liturgia que tradicionalmente están ocultas de un modo u otro (diciéndose en voz alta las oraciones que se dicen en silencio, usándose el idioma vernáculo, diciéndose la Misa versus populum), como por la simplificación de los ritos.

6. Esta tensión explica el porqué del debate al interior del Movimiento Litúrgico sobre la reforma litúrgica, el que se prolongó por más de un siglo. Hubo en el Movimiento muchos escritores profundamente apegados a la liturgia tal como ella les había sido transmitida, y opuestos, por ejemplo, al uso de vernáculo: Guéranger mismo fue un ejemplo de esto. Otros fueron de la opinión contraria[5].

 Dom Gueránger
(Imagen: Crisis Magazine)

7. Esta tensión puede solucionarse, sin embargo, con dos observaciones. En primer lugar y muy claramente, si se la lleva a sus conclusiones lógicas, la idea de facilitar la comprensión de un rito simplificándolo es contradictoria, porque el proceso de simplificación tiene como resultado el que habrá menos materia que comprender. La supresión de oraciones  y ceremonias claramente suprime cosas que podrían ser objeto de una fructífera meditación. 

8. En segundo lugar, la “comprensión” de que se discute en la participación litúrgica no es primariamente una cuestión de captar el significado de determinadas proposiciones, sino que se refiere más bien al impacto espiritual de la liturgia en el participante. El P. Aidan Nichols OP, analizando las opiniones de varios sociólogos que estudian el ritual religioso, dice:

“Para el sociólogo no es en absoluto evidente que los ritos breves, claros, tienen un mayor potencial transformador que los ritos complejos, abundantes, ricos, largos, provistos de un elaborado ceremonial”[6].

Y añade:

“La noción de que el signo, mientras más inteligible sea, más efectivamente penetrará en la vida de los fieles no es aceptable para la imaginación sociológica […] una cierta opacidad es esencial a la acción simbólica, según lo explican los sociólogos […][7].

9. No está en juego aquí sólo el impacto estético, sino la cuestión general relativa a la comunicación no-verbal. El ceremonial complejo indica, en un lenguaje universal, la importancia de lo que fuere que está en el centro de la ceremonia. El uso del latín sirve para enfatizar la antigüedad y universalidad de la liturgia, como lo observó San Juan XXIII[8]. El uso del silencio es un medio muy efectivo de subrayar el carácter sagrado de lo que está teniendo lugar[9]. Lo mismo puede decirse de muchos aspectos de la tradición litúrgica anterior que podrían parecer, superficialmente, impedimentos para la comprensión de los fieles. San Juan Pablo II se refiere a tales cosas al hablar de la liturgia de las Iglesias de Oriente:

“La larga duración de las celebraciones, las reiteradas invocaciones, todo expresa una gradual identificación de la persona entera con el misterio que se celebra”[10].

Y como lo señala la Instrucción Liturgiam Authenticam:

“La Sagrada Liturgia compromete no sólo el intelecto del ser humano sino toda su persona, la cual es el 'sujeto' de una participación plena y consciente en la celebración litúrgica”[11].

 El Siervo de Dios Pío XII celebrando la Santa Misa
(Imagen: Orbis Catholicus)

10. El punto es subrayado por la encíclica Mediator Dei de Pío XII. Junto con aprobar una serie de iniciativas de los seguidores de Movimiento Litúrgico y con condenar otras, el Papa hace una importante cualificación: muchos fieles son incapaces de usar el misal romano aunque esté escrito en vernáculo, y no pueden en absoluto comprender correctamente los ritos y fórmulas litúrgicos. Los talentos de los seres humanos son tan variados y diversos que es imposible que todos se sientan movidos y atraídos en la misma medida por las oraciones colectivas, por los himnos y las ceremonias litúrgicas. Además, las necesidades e inclinaciones no son las mismas en todos, ni están constantemente presentes en un mismo individuo. ¿Quién podría decir, si se aceptara semejante prejuicio, que no todos estos cristianos pueden participar en la Misa o aprovechar sus frutos? Por el contrario, ellos pueden usar algún otro método más fácil para ciertas personas: por ejemplo, pueden meditar amorosamente los misterios de Jesucristo, o realizar otros actos de piedad o recitar oraciones que, aunque sean diferentes de las de los ritos sagrados, están, sin embargo, esencialmente en armonía con ellos[12].

11. Mediante esta más amplia comprensión de la participación, que es ciertamente activa y litúrgica pero que involucra a toda la persona y no meramente su intelecto, podemos enfrentar nuevamente el problema planteado por el Movimiento Litúrgico sobre la forma que debiera tener una piedad propiamente litúrgica. Estar empapado con el espíritu de la liturgia, poner a la liturgia en el lugar de honor que le corresponde en la vida espiritual de cada uno, exige cierto grado de catequesis litúrgica, pero, sobre todo, exige repercutir en nosotros precisamente del modo que la Iglesia, en la liturgia, quiere que repercuta, o sea, con un profundo sentido de sagrado temor, temor que es la respuesta racional a la aprehensión de lo Santo. Es este sentido lo que nos estimula a participar espiritualmente en el Sacrificio del modo más intenso posible. El Papa Benedicto XVI  ha observado que uno de los carismas propios de la forma extraordinaria es su “sacralidad”, su evocación del temor sagrado[13]. Lo misterioso de las ceremonias; el hecho de que las oraciones se digan en un lenguaje sagrado, aun en silencio; el hecho de que algunas partes se la liturgia sean sustraídas a la vista, todo ello contribuye de por sí a ese temor sagrado, y de este modo más facilita que impide la participación de los fieles.   

 El entonces Cardenal Ratzinger pontificando en la forma tradicional del rito romano
(Imagen: Watershed)




[1] Wiseman, N., “On Prayer and Prayer Books”, Dublin Review, noviembre de 1842. Esta idea se repite en la Constitución sobre la liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, núm. 33.

[2] Es muy impresionante la energía de Sacrosanctum Concilium en la promoción de la formación litúrgica: véase los núm. 14-22.

[3] Guéranger, P., El año litúrgico: Adviento, pp. 6-7.

[4] En especial el motu proprio de San Pío X Tra le sollicitudine (1903): “Llenos, como estamos, de más ardiente deseo de ver florecer el espíritu cristiano en todos los aspectos y de que lo preserve por todos los fieles, Nos estimamos necesario proveer ante todo a la santidad y dignidad del templo en el cual los fieles se reúnen para nada menos que adquirir este espíritu de su principal e indispensable fuente, que es la activa participación en los santísimos misterios y en la oración pública y solemne de la Iglesia”.

[5] El artículo de 1916 de Joseph Gottler “Pia Desideria Liturgica” pedía la “antemisa” en vernáculo y la supresión de algunas ceremonias. Romano Guardini puso, de hecho, en práctica la Misa versus populum en el período entre guerras.

[6] Nichols, A., Looking at the Liturgy: a Critical View of its Contemporary Form (San Francisco, Ignatius Press, 1996), p. 59.

[7] Nichols, Looking at the Liturgy, cit., p. 61.

[8] Juan XXIII, Constitución apostólica Veterum Sapientia (1963), núm. 8. Véase también Pablo VI, Carta apostólica Sacrificium Laudis (1968): “porque este lenguaje [el latín] es, en la Iglesia Latina, una fuente abundante de civilización cristiana y un riquísimo venero de devoción”.

[9] El Papa Benedicto XVI escribe en El espíritu de la liturgia (Madrid, Ediciones Cristiandad, 2001), p. 209: “Cada vez nos damos más cuenta y más claramente de que el silencio es parte de la liturgia. Con el canto y la oración respondemos al Dios que nos habla, pero el misterio mayor, que supera a todas las palabras, nos exige silencio”.

[10] Juan Pablo II, Encíclica Orientale Lumen (1995), núm. 11: “Extractum longius celebrationum tempus, iteratae invocationes, omnia denique comprobant aliquem paulatim in celebrandum mysterium ingredi tota sua cum persona”.

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Liturgiam Authenticam (2001), núm. 28: “Sacra Liturgia non solum hominis intellectum devincit, sed totam etiam personam, quae es “subiectum” plenae et consciae participationis in celebration liturgica”.

[12] Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 108: “Haud pauci enim e christifidelibus “Missale Romano”, etiamsi vulgata lingua exarato, uti nequeunt; neque omnes idonei sunt ad recte, ut addecet , intelligendos ritus ac formulas litúrgicas. Ingenium, índoles ac mens hominum tan varia sunt atque adsimilia, ut nos omnes queant precibus, canticis sacrisque actionibus, communiter habitis, eodem modo moveri ac duci. Ac praeteream animorum necessitates et propensa eorum sustia non eadem in omnibus sunt, neque in singulis simper eadem permanent. Quis igitur dixerit, praeiudicata eiusmodi opinione compulsus, tot christianos non posse Eucharisticum participare Sacrificium, eiusque perfrui beneficiis? At ii alia ratione utique possunt, quae facilior nonnullis evadit; ut, verbi gratia, Iusu Christi mysteria pie meditando, vel alia peragendo pietatis exercitia aliasque fundendo preces, quae, etsi forma a sacris ritibus different, natura tamen sua cum iisden congruunt”. La preocupación por las varias formas de participación se reitera en Sacrosanctum Concilium, núm. 26: “[las ceremonias] involucran a los miembros de la Iglesia en diversas formas, de acuerdo con su diferente rango, oficio, y participación efectiva” (“Quare ad universum Corpus Ecclesiae pertinent illudque manifestant et afficiunt; singula vero membra ipsius diverso modo, pro diversitate ordinum, munerum et actualis participationis, attingunt”).

[13] El papa Benedicto XVI habla de “la sacralidad que atrae a muchas personas hacia el uso antiguo” [Carta a los Obispos, que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007)].

sábado, 14 de enero de 2017

Benedicto XVI: últimas conversaciones (I)

Este año se cumple el décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, merced al cual el papa Benedicto XVI permitió que cualquier sacerdote pudiese celebrar, sin ninguna autorización especial, la Santa Misa y los demás sacramentos conforme a los libros aprobados por San Juan XXIII y vigentes en 1962. Por eso, la tercera versión del congreso que con ese nombre realizamos en Santiago de Chile desde 2015 estará dedicado a conmemorar ese documento, cuyo provecho espiritual para toda la Iglesia se ve ostensiblemente.

En homenaje al hoy Papa emérito, que desde su retiro en el monasterio vaticano Mater Ecclesiae apoya con su oración y penitencia a toda la Iglesia y, en especial, a su sucesor, queremos ofrecerles en esta y una próxima entrada algunos fragmentos escogidos del último libro de entrevista escrito por Peter Seewald, con quien Joseph Ratzinger ya había colaborado en tres libros anteriores (Sal de la tierra, 1996; Dios y el mundo, 2000; y Luz del mundo, 2010). El libro fue publicado originalmente en alemán con el título de Benedikt XVI. Letzte Gespräche por la Editorial Droemer. La versión española, que lleva el título Benedicto XVI. Últimas conversaciones con Peter Seewald, se debe a Mensajero, una editorial fundada por la Compañía de Jesús.  En Chile está ya disponible en librerías y puede también adquirirse en línea aquí.

 Portada de la versión original alemana
(Foto: Droemer Knaur)

El criterio para seleccionar las partes que transcribimos aquí para nuestras lectores, cuya referencia exacta viene cumplidamente indicada en una nota final, ha sido principalmente litúrgico: hemos escogido aquellas respuestas que dicen relación con la liturgia de la Iglesia, tan cara desde siempre para Joseph Ratziger, y el modo en que ella ha imbricado su ministerio sacerdotal, episcopal y petrino. Se reproducen también algunas respuestas relativas a su pensamiento teológico y al Concilio Vaticano II, respecto del cual es conocida la exhortación del Papa a los pocos meses de iniciar su reinado de interpretarlo bajo una matriz de reforma en la continuidad, leyendo sus textos conforme a la Tradición de la Iglesia (véase aquí ese célebre discurso). 

 S.S. Benedicto XVI junto a Peter Seewald. 
(Imagen: Youtube/MK-Online)

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Benedicto XVI: Últimas conversaciones 

Peter Seewald

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¿Por qué [redactó su renuncia] en latín?

Porque algo así de importante se anuncia en latín.

Además, el latín es una lengua que domino hasta el punto de poder escribir correctamente en ella. También podría haberlo escrito en italiano, claro, pero con el peligro de que se me deslizaran un par de errores.

[…]

En una carta al Niño Jesús le pide como regalos de Navidad «un misal del pueblo Schott, una sotana verde de monaguillo y un Corazón de Jesús». ¿No es una petición bastante insólita para un niño de siete años, los que tenía Ud. cuando escribió esa carta?

(Ríe). Sí, claro, pero para nosotros la participación en la liturgia era desde el principio realmente constitutiva y una gran vivencia, un mundo misterioso en el que uno deseaba adentrase más. Y jugar entre nosotros a los párrocos era, se mire como se mire, un bello juego. En aquel entonces todavía estaba muy extendido [Nota de la Redacción: sobre este tema hemos publicado antes una entrada]. 

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En sus memorias dice que la vocación al sacerdocio «creció en mí con toda naturalidad, sin espectaculares vivencias de conversión». Si no hubo grandes vivencias espirituales, al menos las había pequeñas, ¿no?

Diría que fue la cada vez más profunda inmersión en la liturgia. El reconocimiento de la liturgia como verdadero centro y el intento de entenderla a fondo junto con toda la urdimbre histórica que hay tras ella. Teníamos un profesor de religión que acababa de escribir un libro sobre las iglesias estacionales romanas.

Y había preparado su trabajo en cierto modo en la clase de religión. Gracias a él aprendimos asimismo muy bien, de forma muy concreta, la base histórica. 

Eso realmente me procuraba alegría. En este sentido, me ocupé entonces de las preguntas religiosas en conjunto. Era el mundo en el que más a gusto me sentía.

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 El pequeño Joseph Ratzinger
(Foto: The Benedict Forum)

En sus memorias destaca Ud. en especial las grandes celebraciones litúrgicas en la catedral, pero también la sosegada contemplación en la capilla de la casa.

Ambas cosas eran muy importantes. La catedral con su resplandor, esto es, una iglesia de sobrecogedora belleza. También la música litúrgica era allí muy hermosa. La capilla era pequeña –más tarde se amplió, para que hubiera sitio para todos; nosotros nos arrodillábamos muy atrás, estábamos un poco de lejos de más–, pero a pesar de ello tenía, por el retablo y por la atmósfera espiritual, una fuerza realmente conmovedora.

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Aquí se trata evidentemente de algo que lleva más allá, de algo que trasciende el sacerdocio [con referencia a su vocación de teólogo] .

Bueno, Dios exige a cada cual algo específico. Yo estaba convencido de que también querían algo de mí. También pensaba, sin embargo, que tendría que ver con la teología. Pero no estaba definido aún de forma más precisa

O sea, ¿qué también Ud. practicaba totalmente en serio con aquel muñeco de bebé junto a la pila bautismal?

¡Que sí, que sí!

¿Y qué tal se le daba? ¿Se las apañaba o  no?

En eso no era tan torpe como suelo serlo. También en mi primer año de coadjutor en Bogenhausen celebré muchos bautizos, porque dentro de los límites de la parroquia había una clínica de obstetricia, en la que todas las semanas celebraba un par de ellos.

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En la invitación a su primera Misa figura el siguiente lema: «No somos dueños de vuestra fe, sino cooperadores de vuestro gozo». ¿Por qué se decidió por esta frase?

A consecuencia de nuestra visión moderna, no solo cobramos conciencia de que las ínfulas eclesiásticas constituyen un error y de que el sacerdote siempre es siervo, sino que también trabajamos intensamente para no llegar si quiera a subirnos a ese pedestal. Yo no me habría atrevido a presentarme como «monseñor» o «reverendísimo». La conciencia de que no somos señores, sino colaboradores, servidores, fue para mí, aparte de consoladora, personalmente importante para dar el paso de la ordenación. De ahí que dicha frase representara para mí un motivo central. Un motivo que había encontrado en el epistolario litúrgico, en la lectura de la Sagrada Escritura, en los textos más diversos, y en el que me veía reflejado de manera especial.

Recuerdo de la ordenación y primicia de Joseph Ratzinger y de su hermano Georg
(Imagen: Süddeutsche Zeitung)

Sus discípulos dicen que han observado a lo largo de décadas que, en la celebración de la Eucaristía, Ud. nunca cae en la rutina, sino que siempre se entrega por completo a la consagración como si fuera la primera vez.

Bueno, es que es algo tan emocionante que uno se siente conmovido por ello cada vez que celebra. Quiero decir, es del todo extraordinario que ahí se haga presente el Señor en persona. El hecho de que el pan no sea ya pan, sino el cuerpo de Cristo, le penetra a uno en el alma, naturalmente.

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¿En qué bando se sentía encuadrado Ud. entonces [cuando comenzó su docencia]? ¿En el progresista?

Sí, diría que sí. A la sazón, ser progresista no comportaba todavía romper con la fe, sino aprender a comprenderla mejor y vivirla de manera más adecuada, desde el origen. En aquel entonces todavía creía que eso era lo que todos queríamos. De manera análoga pensaban progresistas famosos como De Lubac, Daniélou, etcétera. El cambio de las tendencias ideológicas ya se hizo perceptible en el segundo año del concilio, pero solo comenzó a perfilarse con claridad con el paso de los años.

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Como participante en todo ello [en los grupos de vanguardia teológica], como corresponsable, ¿no siente uno remordimientos?

Uno sí que se pregunta si lo ha hecho bien. En especial cuando el conjunto se salió de quicio en tan gran medida, esa fue una pregunta que ciertamente me planteaba. El cardenal Frings sintió después remordimientos muy intensos. Pero yo siempre tuve la conciencia de que cuanto de hecho habíamos dicho y conseguido sacar adelante era correcto y además debía acaecer. En sí, actuamos correctamente, aunque sin duda no previmos bien las consecuencias políticas y las repercusiones fácticas. Se pensó en exceso en lo teológico y no se reflexionó sobre la repercusión que tendrían estas decisiones.


El Cardenal Joseph Ratzinger celebra la Santa Misa tradicional en la Abadía de Santa Magdalena del Barroux (1995)

¿Fue un error convocar el concilio?

No, sin duda fue acertado, aunque cabe preguntarse, por supuesto, si era necesario o no. Y desde el principio hubo personas que estaban en contra. Pero, en sí, aquel era un momento en la vida de la Iglesia en el que se aguardaba algo nuevo, una renovación, una renovación desde el todo, no solo desde Roma, un encuentro de la Iglesia Universal. En este sentido, era el momento de hacerlo.

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 Joseph Ratzinger, profesor de Teología en la Universidad de Bonn (Alemania)
(Imagen: Un puente de Fe)

Pero sí diferencias. Se dice, por ejemplo, que los encuentros de oración del papa con representantes de las grandes religiones en Asís no eran precisamente de su agrado.

Eso es cierto. Pero no discutimos sobre ello, porque yo sabía que él quería hacerlo correcto y, a la inversa, él sabía que yo defendía una línea algo distinta. Antes de los dos encuentros de oración en Asís me dijo que le gustaría que yo también acudiera, y acudí. 

Y resultó que aquello estaba mejor estructurado que en la propuesta originaria. Se habían tomado en consideración mis objeciones, y el encuentro tenía una forma que me permitió participar con agrado. 

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La idea del catecismo universal [sancionado por San Juan Pablo II en 1992], ¿salió de Ud.?

No solo, pero también de mí. A la sazón cada vez eran más las personas que se preguntaban: ¿tiene la Iglesia todavía una doctrina común? Ya no se sabía qué era lo que la Iglesia realmente creía. Hubo corrientes bastante fuertes, incluso entre gente muy buena, que decía: ya no se puede hacer un catecismo. Yo, en cambio, opinaba: o bien tenemos aún algo que decir y entonces hay que ser capaces de presentarlo, o bien no tenemos ya nada que decir. En este sentido, me convertí en paladín de la idea, desde la convicción de que también hoy debemos estar en condiciones de decir qué es lo que cree y enseña la Iglesia.

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El antiguo nuncio Karl Josef Rauber, que lo conoce desde el concilio, dijo sobre Ud.: «Joseph Ratzinger es un erudito absolutamente íntegro, pero en realidad solo le interesa investigar y escribir».

(Se ríe). No, eso no es cierto, por supuesto que no. Ni si quiera sería posible uno no puede por menos de hacer muchas cosa prácticas, lo que también alegra.

Visitar parroquias, hablar con personas, impartir catequesis, mantener encuentros de todo tipo. Justamente las visitas a las parroquias son una parte bonita del ministerio, que depara asimismo gran satisfacción.

Nunca he sido solo profesor. Un presbítero no puede ser únicamente profesor. Si lo fuera. Se estaría equivocando. Al encargo sacerdotal le es inherente siempre una cierta medida de trabajo pastoral, de liturgia, de conversaciones con las personas. Quizá he pensado y escrito demasiado; es posible. Pero decir que no he hecho más que eso tampoco sería verdad.

 Escudo de Benedicto XVI
(Imagen: Sitio Oficial de la Santa Sede)

Cierto. Pues su ministerio comienza con una bomba: Ud. es el primer papa de la Edad Moderna y Contemporánea que sustituye en su escudo de armas la poderosa tiara por una sencilla mitra episcopal. ¿Hubo resistencias en el colegio cardenalicio?

Yo no oí nada. En cualquier caso, nadie presentó directamente objeciones. Se trataba también de algo necesario. Pues si no se usa ya la tiara, lo lógico es eliminarla también del escudo de armas.

[…]

Nota de la Redacción: Los textos reproducidos en esta y una siguiente entrada están tomados de Seewald, P., Benedicto XVI: últimas conversaciones, trad. de Rosa Pilar Blanco, Viscaya, Mensajero, 2016, pp. 46, 72, 87, 101, 120, 121, 167, 181, 215, 217-218, 238-241, 244-245, 248-250, 274-275 y 287.