jueves, 30 de marzo de 2017

Memorias para Cecilia (I)

En 2016 Lumen reeditó el primer tomo de las memorias del poeta, abogado y profesor universitario chileno Armando Uribe Arce (*1933), Premio Nacional de Literatura 2004, dedicadas a su difunta mujer, Cecilia Echeverría Eguiguren, con quien contrajo matrimonio en 1957 y que lo acompañó hasta su muerte en 2001En esta y en la siguiente entrada queremos ofrecerles algunos fragmentos de esas memorias, los que se caracterizan por mostrar el catolicismo chileno en que se crió el autor y la forma en que éste ha vivido su Fe. Los destacados son de la Redacción.

 Armando Uribe junto a su mujer, Cecilia Echeverría
(Foto: Lucía Muñoz. Tomada de Paniko)

***

Memorias para Cecilia

Armando Uribe

Desde temprano me llevaron a Misa, incluso entre los primeros versos que oí estuvieron los cantos de la ceremonia. Y en latín, entonados por los curas y los monaguillos.

Me interesó ese idioma que no entendía, salvo algunas palabras semejantes al castellano. Hasta ahora, a pesar de que nunca aprendí de veras el latín. Entiendo, con el tiempo, un latín de sacristía y después cuando estudié en la universidad, los latinismos del Derecho. Sin embargo, me he permitido, con ayuda de traducciones a otras lenguas y en el curso de muchísimos años, traducir frases breves; las primeras fueron las que componen el epigrama de Catulo: «Amo y odio. Dirás: cómo es posible. No sé. Yo te amo y te odio».

Una tentación constante, a la cual cedo desde que tenía veinte años o antes, consiste en incluir en ciertos poemas algunas frases sencillas en latín. Son frases cuyo significado deducía por su contexto, en el que destacaba principalmente la brevedad. Pertenecen al latín de iglesia, de Misa, de ceremonia. Pero las escribía mal.

Cuando mucho más tarde el Concilio Vaticano II reemplazó el latín por las lenguas vernáculas, me molestó que cesara la lengua muerta en lo religioso y me sigue desagradando.

El misterio del latín es parte de la religión de una persona nacida en 1933, quien la conserva como un tesoro, incluso por su ambigüedad para los que no entiende la lengua. Los malentendidos creadores son provechosos, usándolos de intento mal.

 Lawrence Alma-Tadema, Catulo en casa de Lesbia (1865) 

Tal vez fue la primera lengua de la que tuve noticias, aparte del castellano, por mis idas dominicales a las iglesias, y a veces en otros días. Por ejemplo, en Semana Santa visitaba siete iglesias distintas por el Vía Crucis, procurando que no estuviesen a mucha distancia una de otras [Nota de la Redacción: se trata en realidad de la tradicional costumbre de visitar siete monumentos donde está reservado el Santísimo Sacramento durante la mañana del Viernes Santo, para ganar la correspondiente indulgencia]. A veces hacíamos el recorrido en auto, pero en el centro de Santiago la travesía era a pie. Cumplíamos dos pasos o estaciones por iglesia, hasta completar los catorce.

No me consta que asistiera a bautizos, pero tal vez sí. En el bautizo de mi hermana, dos años y medio menor que yo, seguramente estuve presente. Antes de mis cinco años dudo que asistiera a algún matrimonio. Mucho menos a extremaunciones u otros sacramentos, ceremonias y liturgias.

Pude haber ido a alguna Misa fúnebre, como cuando murió la media hermana de mi padre. Pero no recuerdo casi nada, pese a que hay dos cantos de iglesia, en latín, que recito como si me pertenecieran. Uno es el Pange Lingua y el otro es el tremendo himno de la muerte Dies Irae. Recuerdo una palabra que rimaba en forma consonante,  favilla (ceniza, pero también destello), que en mi entendimiento infantil  significaba «chispa y fuego».

Las jaculatorias debieron de ser las que oí más temprano. Jaculatorias y pequeños versos que se rezaban. La primera que recuerdo es El ángel de la guarda: «Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares de noche ni de día». Mucho después agregué: «Ni en la hora de mi muerte. Amén».

Sin duda el Padrenuestro lo balbuceé de antaño. Y seguro que también lo escuché en latín; y el Avemaría y otros rezos. Estoy convencido de que para un poeta con formación cristiana, en su casa y después en colegios de curas, las poesías con forma de rezos – algunos incluso rimados – jaculatorias o pequeñas líneas, influyen poderosamente en su futuro.

[…]

En materia religiosa no he querido meterme en cosas de orden teológico, a pesar de que me interesan. Sólo leo de eso, hasta ahora. En estos últimos días he vuelto a un libro del cardenal Daniélou sobre el padre de la Iglesia Orígenes, por ejemplo. Pero sigo lo que me dijo a los veinte años un monje benedictino alemán, que fuera comandante de tanques en la Segunda Guerra Mundial, en la Wehrmacht.

Este sacerdote, con quien una vez conversé acerca de La Divina Comedia –en particular de sus capítulos del «Infierno» y el «Purgatorio» –, me dijo: «No tome La Divina Comedia como si fuera un libro de teología». Seguimos con asuntos teológicos, hasta que él se detuvo entre unos eucaliptos (íbamos por un camino de tierra en el convento benedictino, que después fue la Academia de la Fuerza Aérea, donde se torturó gente, etcétera) y me advirtió: «No se meta jamás en teologías, porque es una ruta que a menudo lleva al Infierno». Y lo sigo creyendo, trato de no hablar de estas cosas sino conforme al catecismo, que lo aprendí de memoria, con preguntas y respuestas: «Decidme, hijo ¿hay Dios?»; «Sí, padre, Dios hay». Lo mismo con los misterios, los dogmas y el Credo. A este último he recurrido a medida que iba creciendo, no digo en virtud y sabiduría como dicen los Evangelios respecto a Jesucristo, y por cierto me lo sé de memoria en castellano y en latín.

 Agnolo Bronzino, retrato alegórico de Dante frente al monte del Purgatorio (circa 1530)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Empecé a oírlo durante las Misas y al final de las ceremonias en esa maravillosa página del Evangelio de san Juan, que se rezaba entonces. Rito que se suprimió en parte con el Concilio Vaticano II, en los años sesenta. La página decía: «En el principio era el Verbo». Más tarde, a los quince años, supe que dicha frase era denostada en el Fausto de Goethe, el cual, en forma blasfema desde el punto de vista católico, afirma: «En el principio era la acción». Lo que correspondía a lo que iba sabiendo de los alemanes: hombres de máquinas, hombres de muerte, hombres de masacre, hombres rojinegros…

[…]

Cincuenta años después me produjo un gran enojo que el Papa Juan Pablo II, no dictaminando ex cátedra sobre dogmas, sino hablándoles a turistas, dijera un día miércoles en San Pedro de Roma que el Infierno no era un lugar, ni tampoco el Purgatorio ni el Cielo. Para mí, tal cual lo aprendí en el Credo, se desciende a un sitio llamado ínferos, o sea, el Infierno. Desde temprano supe la diferencia del Infiero de fuego y hielo del Purgatorio, donde se sufría pero con esperanza, y de ese lugar infinito denominado Cielo.

Según mis maestros, Infierno, Purgatorio y Cielo son estados; pero como no se sabe realmente qué es un «estado», no creo que se pueda descartar el arriba y el abajo para ubicarlos.

Comoquiera que sea, las representaciones religiosas juegan un papel fundamental en los seres humanos, porque les permiten entender situaciones que rebasan su capacidad mental y psíquica. Lo contrario, así lo he aprendido, es una herejía, la de los iconoclastas, rechazada por la Iglesia católica romana.

[…]

 Armando Uribe
(Foto: La Tercera)

Era la época en que desde los siente años uno se confesaba con un sacerdote antes de comulgar o con cierta regularidad. Fui aficionado a las confesiones, me entretenían en cierto modo, sin perjuicio de resistirme mientras hacia mi examen de conciencia respecto de cuáles eran los pecados mortales y los veniales cometidos.

Los pecados veniales eran los que mejor recordaba. Pero había pecados mortales, como no asistir a Misa. Sin embargo, era válido llegar tarde a ella, en el momento del ofertorio y también marcharse prematuramente ya hecha la comunión.

Me confesaba con toda clase de curas. Reconozco que para esas instancias me gustaba cambiar de ellos, para que no me conociese solamente uno. Incluso tuve experiencias que constituían mofa de las confesiones, pero de buena fe.

Más de una vez, mientras me confesaba y el cura me daba consejos que casi nunca eran adecuados (admoniciones demasiado genéricas), me picaneaba la risa. Terminada la parte del sacerdote, cuando decía «Rece en acto de contrición» e iba a dar la señal de la cruz, dos veces lo detuve diciéndole: «¡Espérese, padre! Acúsome de que me he reído de usted mientras hablaba». Desde luego, los sacerdotes reaccionaban con estupor, pero igualmente me daban la absolución.

Después venían los rezos de la penitencia. Pocas veces era distinto a: «Rece un avemaría, o tres, o un Padrenuestro, un Avemaría y una Gloria». Más adelante se agregó el rosario. Prácticamente nunca se hacía una exigencia detallada para que cambiase una conducta, todo eran signos o fórmulas.

La penitencia se cumplía en la misma iglesia, hincado frente al Santísimo.

Me gustaban los confesionarios; pero a la vez repelía las confesiones en que uno se hincaba en una oficina parroquial, con el cura sentado en una silla. Prefería la rejilla: una placa de cobre con hoyitos para que se oyera al penitente. Me agradaba la oscuridad a ambos lados del confesionario, las diferencias de los mismos entre una iglesia y otra. Algunos estaban empotrados en la pared y muchos eran verdaderas construcciones, como casitas con adornos a veces de madera, como basílicas, iglesias o capillas en miniatura.

 Giuseppe Crespi, Confesión (1712)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Con todo, el contar mis cosas me repugnaba, porque alguien conocería mis aspectos secretos. Además, los pecados eran conocidos, desde que los cometía, por la Divinidad y el ángel de la guarda, por las tres personas Divinas que componen un solo Dios…

Una vez en la iglesia de las Agustinas, un sacerdote (no sé si el párroco) usaba unos zapatos muy anchos, parecían chancletas de Chaplin. Era un cura nervioso, que al dar la absolución decía: « ¡Espérese, espérese!» Tras el segundo intento repetía: « ¡Espérese, espérese!», y la daba por tercera vez. Lo obsesionaba el haberse equivocado en algunas palabras del latín.

Rendí confesiones con muchos curas. En el colegio y fuera de él. Los Jueves Santos, cuando visitaba siete iglesias para las catorce estaciones, aprovechaba para hacerlo. En ellas podía elegir a distintos curas de un año a otro.

Me ponía siempre en la fila, aunque me habían dicho que los hombres tenían derecho, cuando se formaban dos hileras a ambos costados del confesionario, a acercarse a la puerta del cura una vez terminada confesión y arrodillado pedirle su servicio. El sacerdote debía aceptar este privilegio, postergando a las mujeres de la columna.

Recuerdo que algunos sacerdotes, sentados en su sillón de madera y uno hincado con la puerta del confesionario entreabierta, cogían su manto y lo extendían sobre la cabeza del feligrés para no verle el rostro. Seguramente lo hacían por amabilidad en los fríos inviernos, pero no he olvidado el mal olor de esos mantos. Era como a musgo y tierra, y producía bastante asco. Pero terminada la confesión. Uno se levantaba con el gusto de no haber hecho la cola.

El respeto a los curas mientras impartían los sacramentos no lo conservaba cuando sostenía con ellos conversaciones civiles, o incluso religiosas, en las que estaba al «aguaite» de que cometieran algún error para contradecirlos. Mucho menos cuando hablaban de otras cosas, como de política. Era el caso del cura Rodríguez, el profesor de religión, cuando hacía sus recuerdos de seminarista en la España de los «rojos». De esas cosas yo no dejaba pasar ninguna, porque creía que exageraba o quería convencerme de algo contrario a lo que había aprendido en mi familia.

Nota de la Redacción: Los textos reproducidos en esta y la siguiente entrada han sido tomados de Uribe Echeverría, A., Memorias para Cecilia, Santiago, Lumen, 2016, pp. 48-50, 75-76, 118-119, 138-140, 191-193 y 199-202. 

martes, 28 de marzo de 2017

FIUV Position Paper 8: Los prefacios

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 8 y que versa sobre los prefacios, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de junio de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede, así como una numeración (a y b) donde se desarrollan las perspectivas histórica y de desarrollo orgánico relacionado con los prefacios.  



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Los prefacios


Sumario

Aunque existe una gran cantidad de prefacios latinos que datan de la Alta Edad Media, el rito romano se ha caracterizado históricamente por una muy limitada cantidad de ellos: el Hadrianum contenía 14; desde fines del siglo XI hasta 1919 hubo 12; se añadió 4 entre 1919 y 1928. Además, se permitió unos pocos prefacios adicionales a ciertas órdenes religiosas o en ciertos lugares. El exiguo número de prefacios, la ausencia de opción entre varios de ellos para una determinada Misa y su sobrio estilo latino, son rasgos que caracterizan a la antigua tradición litúrgica latina, representada por el Misal de 1962, y existen pocos precedentes que permitan aumentar su número, incluso para fiestas nuevas e importantes. Los Prefacios del Misal de 1970, de los que existen 82, son diversos tanto en su función como en su estilo, están destinados a complementar las nuevas plegarias eucarísticas y fueron escritos teniendo presente una diferente secuencia de oraciones en las que, contrastando con la antigua tradición romana, el prefacio no tiene un papel impetratorio. De ahí que la posibilidad de añadir nuevos prefacios al Misal de 1962 no nos parezca cumplir con el criterio de la Constitución Sacrosanctum Concilium en orden a que “el bien de la Iglesia genuina y con certeza requiera” un cambio litúrgico, especialmente en momentos en que la forma extraordinaria está todavía en una primera fase de adopción por la liturgia de la mayor parte de la Iglesia.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

 Manuscrito medieval con el comienzo del prefacio, incluyendo el monograma que representa sus primeras palabras (Vere dignum et justum est)
(Imagen: CC Watershed)


Texto


1. En la Carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007), el Santo Padre Benedicto XVI se refiere al estudio de las “posibilidades prácticas” de añadir prefacios a la forma extraordinaria y a la búsqueda de asesoría, en estas materias, entre las “comunidades dedicadas al usus antiquior[1]. Este ensayo responde a esa llamada a estudiar y consultar. El análisis requiere, primero, informarse sobre la historia de este tema (a) y, segundo, comprender en qué consiste el criterio del desarrollo orgánico (b).

(a) La cuestión histórica.

2. Nuestra información sobre los misales usados en Roma (u otros lugares) antes del siglo IX está llena de lagunas, y no hay base para suponer que los documentos que han sobrevivido son exhaustivos. El representante clásico y más influyente del rito romano de este temprano período es, con todo, el Hadrianum del siglo VIII[2], que contiene catorce prefacios (véase el Apéndice, 1).

3. En contraste con lo anterior, muchos otros misales y colecciones de textos litúrgicos de los siglos VII a XI incluyen gran cantidad de prefacios[3]. Estos tuvieron, claramente, la función de proporcionar a la Misa una intención muy determinada, e incluso podrían ser considerados como oraciones “propias”. La colección moderna definitiva de prefacios latinos, el Corpus Praefationum, contiene 1.647 en total[4].

4. Sin embargo, un pequeño elenco de prefacios se convirtió en estándar en el siglo XI, muy probablemente como respuesta a la “falsa decretal de Pelagio II”, que autoriza sólo nueve, en adición, supuestamente, al Prefacio Común. Dicho documento, aunque se presenta a sí mismo como decretal de fines del siglo VI, es probablemente del siglo XI[5]. Cualquiera sea su origen, se lo incluyó posteriormente en algunas colecciones de derecho canónico[6], y sugiere, posiblemente con razón, que la antigua práctica romana contemplaba un número muy limitado de prefacios.

5. A la lista proporcionada por la “falsa decretal”, se añadió a fines del siglo XI el Prefacio de la Santísima Virgen María (el cual tiene su fundamento, sin embargo, en un prefacio del siglo VIII). Estos, más el Prefacio Común y el Prefacio de la Missa sicca para la bendición de los ramos el Domingo de Ramos, son los únicos prefacios que figuran en los misales romanos de 1474 y 1570. De éstos, siete se encuentran en el Hadrianum, y tres derivan de antiguas fuentes francas (véase Apéndice, 3).

6. En este período más tardío algunos otros ritos y usos de la Iglesia latina tuvieron unos pocos prefacios adicionales. Por excepción, se incluyó en el Misal de París de 1738 (véase Apéndice, 4) ocho prefacios que no se encuentran en el misal romano, lo cual fue un intento de preservar un rito específicamente galicano al interior de la Iglesia latina. Estos probablemente incluyen composiciones nuevas.

 Frontispicio del Missale Parisiense en su edición de 1738

7. Entre 1919 y 1928 se agregó cuatro prefacios al misal romano. Uno, el Prefacio de Difuntos (1919), provino del Misal de París de 1738; los demás, de San José (1919), de Cristo Rey (1925) y del Sagrado Corazón (1928), fueron composiciones nuevas. Todos ellos fueron introducidos en el contexto de desarrollos litúrgicos más amplios, es decir, la revisión de las liturgias de Todos los Santos[7], del Sagrado Corazón[8], la creación de la fiesta de Cristo Rey[9] y el desarrollo de la devoción a San José[10]. La revisión de 1955 de la Semana Santa utilizó un antiguo prefacio para la nueva Misa crismal (en tanto que el Prefacio de la Missa sicca para la bendición de los ramos desapareció). Ciertas ediciones especiales del misal de 1962 incluyen prefacios autorizados para lugares específicos y para ciertas órdenes religiosas: los más conocidos son los cuatro “Prefacios galicanos” autorizados para los países de tradición galicana (véase Apéndice, 7).

8. Un decreto de la Sagrada Congregación de los Ritos de 1968 introdujo ocho Prefacios adicionales[11]. Uno de ellos (casi sin cambios) es de antiguo origen; los otros son composiciones con importantes modificaciones o enteramente nuevas. Este decreto incluyó también nuevas plegarias eucarísticas. El misal de 1972 incluyó 82 prefacios, la mayoría de los cuales son composiciones nuevas, que se inspiran en una cantidad de textos. Algunos prefacios que se encuentran en el misal de 1962 y en el decreto de 1968 fueron abandonados o escritos de nuevo.

(b) La cuestión del desarrollo orgánico.

9. La Constitución sobre la liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium (1963), establece los criterios para definir el desarrollo litúrgico auténtico. Después de advertir la importancia de la investigación histórica y de las consideraciones pastorales, dice: “no debe haber innovaciones a menos que el bien de la Iglesia las requiera genuinamente y con certeza. Debe cuidarse que toda forma nueva que sea adoptada se desarrolle orgánicamente a partir de formas ya existentes”[12].

Estas son condiciones necesarias para cualquier desarrollo litúrgico y no simples recomendaciones entre muchas otras. Teniendo esto presente, se puede hacer las siguientes observaciones.

10. Se puede describir un pequeño número de prefacios como característicos de la antigua tradición del rito romano. Como se dijo anteriormente, el Hadrianum tenía catorce; entre el siglo XI y 1919 hubo doce; se añadió cuatro más a comienzos del siglo XX. Esto concuerda con el carácter en general sobrio y austero propio del rito romano, que se refleja también en su leccionario restringido, en una única plegaria eucarística (el Canon Romano), etcétera. En su estilo, los prefacios del rito romano son también sobrios y austeros en comparación con los que se encuentra en las fuentes galicanas y en otras. Como ha dicho el especialista en liturgia Adrian Fortescue: “La nota principal del rito romano ha sido siempre su austeridad y simplicidad. Tal es todavía su nota esencial, en comparación con los floridos ritos orientales. Vale por cierto la pena preservar también esta nota externa para reprimir cualquier tendencia bizantinizante en nuestras ceremonias”[13].

Apartándonos, quizá, del tono crítico de Fortescue, habría que enfatizar que lo que es valioso en una tradición litúrgica no corresponde necesariamente a lo que es defectuoso en otra. Los mismos fines últimos –la gloria de Dios y la salvación de las almas- pueden ser alcanzados por medios diferentes. Lo que hay que enfatizar aquí es, simplemente, que la simplicidad y austeridad de la tradición litúrgica romana son un medio para dichos fines y son dignas de preservación, como todo lo que se ha desarrollado en las tradiciones de la Iglesia bajo la guía de la Divina Providencia[14]. Esta simplicidad tiene ventajas prácticas, especialmente al hacer posibles misales que son, al mismo tiempo, completos y fácilmente transportables[15], y al facilitar una profunda familiaridad de los laicos con los textos del misal, lo que tiene importantes implicaciones para la participación litúrgica[16].

11. Casi no hay precedentes en lo relativo a la adición de prefacios al misal romano. No se agregó ninguno entre los siglos XI y XX, aunque durante este período surgieron nuevas fiestas y desarrollos en la devoción. Hay que subrayar también la importancia de la estabilidad en la liturgia, ya que permite que los fieles sigan usando los mismos libros y crecer en familiaridad con el misal a lo largo de la vida, lo que los une, en la experiencia litúrgica, con sus predecesores y sus sucesores.

12. A menudo ha ocurrido en el desarrollo del rito romano que se han hecho universales algunos usos locales de larga data, y este principio podría aplicarse a los prefacios galicanos y a otros prefacios locales o autorizados a ciertas órdenes religiosas. Pero esto no evita tener que preguntarse si existe actualmente urgencia de tales desarrollos, en el contexto tanto de la necesidad de estabilidad de los libros litúrgicos de la forma extraordinaria, que están recién comenzando a usarse más ampliamente en la Iglesia, como de la diferencia de genio entre los estilos galicano y romano. En todo caso, parece totalmente apropiado que los prefacios galicanos sigan siendo usados en los países de tradición galicana y, paralelamente, que lo sigan siendo en su caso otros prefacios autorizados para ciertos lugares o para ciertas órdenes religiosas. 

 Misa celebrada (2001) conforme al rito de Versalles, variante del uso galicano
(Imagen: Wikimedia Commons)

13. El curso de acción más prudente sería hacer opcional el uso de ellos por toda la Iglesia. Con todo, habría que señalar que una característica de la forma extraordinaria es que las opciones se reducen al mínimo[17]: de hecho, no existen precedentes de prefacios opcionales en los tiempos modernos[18]. La existencia de una multiplicidad de opciones hace más difícil para los fieles seguir la liturgia y tiende a someter la liturgia a la personalidad del sacerdote. El Santo Padre [Nota de la Redacción: aquí y en adelante, el texto se refiere al Papa emérito, S.S. Benedicto XVI] ha escrito sobre el peligro de la “creatividad” litúrgica lo siguiente: “Dios está cada vez menos en el centro. Cada vez es más importante lo que hacen los seres humanos que se reúnen y no gustan de someterse a “patrones pre-determinados”[19].

14. La posibilidad de introducir en la forma extraordinaria los prefacios compuestos para el misal de 1970 presenta las dificultades recién mencionadas y, además, otra especial, que es el cambio de papel del prefacio que se da en el paso de un misal al otro.

15. Uno de los motivos de este cambio de papel es que la antigua tradición litúrgica latina tiene muchos puntos en común con el antiguo rito de Alejandría, especialmente cuando se recuerda que el prefacio y el Canon Romano son anteriores a la inserción del Sanctus[20]. En ambas tradiciones el prefacio tiene un papel impetratorio y no puramente eucarístico (de acción de gracias). Por el contrario, el misal de 1970 usa plegarias eucarísticas principalmente derivadas de (o inspiradas en) otros ritos orientales, en que las impetraciones son parte de la plegaria eucarística y no del prefacio[21]. Así, igual que muchos otros prefacios latinos antiguos, el Prefacio de los Apóstoles en el misal de 1962 es “impetratorio”: se suplica al Señor que “no abandone su rebaño”[22]. En el misal de 1970 se ha reescrito este prefacio para quitarle su carácter impetratorio[23].

16. En la misma línea, los prefacios en el Misal de 1970 fueron redactados para ser usados con las Plegarias Eucarísticas II y III[24], que son mucho más cortas que el Canon Romano (hoy Plegaria Eucarística I), a fin de complementarlas ya que, como lo dijo en su momento el Cardenal Lercaro, la reforma aspiraba a que la plegaria eucarística formara una unidad con su prefacio, el Sanctus y la anamnesis[25].

17. Estas consideraciones hicieron que la mayoría de los antiguos prefacios latinos se volvieran inadecuados para el misal de 1970, a pesar de su gran abundancia[26]. Lo contrario es, lógicamente, verdadero también: los prefacios del misal de 1970 no son apropiados para el misal de 1962.


Pablo VI celebrando Misa (NOM) en la Basílica de San Pedro en 1977 junto a grupo de cardenales recién creados. A la der., el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Arzobispo de Múnich y Frisinga.

Conclusión

18. El centro de este tema es la preservación del auténtico espíritu de la antigua tradición litúrgica latina[27], tanto por la necesidad de tomar en cuenta los principios del desarrollo orgánico, como por el deseo del Santo Padre de preservar las riquezas que se han ido desarrollando en la fe y la oración de la Iglesia, dándoles su lugar apropiado[28]. Es interesante advertir, en relación con esto, la decisión del Santo Padre de reemplazar la oración por los judíos en la liturgia del Viernes Santo, pero no incorporando la oración equivalente del misal de 1970, sino una que se adecue mejor al contexto litúrgico. En relación con los prefacios, esta tradición se caracteriza por un estilo latino peculiar, por una cantidad muy pequeña de prefacios y por una muy limitada cantidad de opciones. 

19. Nuestra conclusión final es favorable a una moratoria en relación con nuevos prefacios. No nos parece que haya ninguna urgencia de agregar más prefacios, o de que se cambie el criterio de la Constitución Sacrosanctum Concilium de que sea el “bien auténtico y cierto de la Iglesia” el que exija un cambio: no existe aquí esa exigencia. Debe reconocerse que, después de un período de cambios litúrgicos sin precedentes en un breve lapso, que ha causado tanta confusión, tanto daño perdurable y tantos sufrimientos[29], se hace sentir la necesidad, por razones prácticas y, al cabo, profundas, de un período de tranquilidad, especialmente en todo lo que se refiera a más novedades. Podemos concluir con las palabras del Santo Padre: “Existe una objeción más importante, que es de orden práctico: ¿deberíamos realmente reacomodar todas las cosas en su totalidad? No hay nada más dañino en liturgia que un activismo constante, aun cuando se lo lleve a cabo en pro de una auténtica renovación”[30].


Apéndice

1. Prefacios del Sacramentario del papa Adrián (el Hadrianum): 14 en total.

            Común
            Navidad
            Epifanía
            Pascua
            Ascensión
            Pentecostés
            De los apóstoles
            In natali Papae
            Para la ordenación de un sacerdote
            Para la consagración de un altar
            Misa nupcial
            De San Andrés
            Dos de Santa Anastasia (uno de los cuales es, en realidad, uno extra para Navidad)

2. Prefacios contenidos en la “Falsa Decretal del Papa Pelagio”: 10 en total.

            Del Hadrianum:

                        Pascua
                        Ascensión
                        Pentecostés
                        Navidad
                        Epifanía
                        De los apóstoles

            De fuentes francas:

                        Trinidad
                        De la Cruz
                        Cuaresma
                        (Se da por sentado que hay uno que es Común)

3. Prefacios de los misales romanos de 1474 y 1570: 12 en total.

            Incluidos en la Falsa Decretal:

                        Navidad
                        Epifanía
                        Pascua
                        Ascensión
                        Pentecostés
                        De los apóstoles
                        Cuaresma
                        De la Cruz
                        Trinidad

            Más el Prefacio Común.
            Añadido en el siglo XI: De la Santísima Virgen María.
            También: Prefacio para la Misa sicca del Domingo de Ramos.

4. Prefacios del Misal de París (“de Vintimille”) de 1738: 19 en total.

            Adviento
            Navidad
            Epifanía
            Cuaresma
            De la Cruz
            Pascua
            Jueves de rogativas (y votivo del Santísimo Sacramento)
            Ascensión
            Pentecostés
            Trinidad
            Del Santísimo Sacramento y Corpus Christi
            Dedicación de una iglesia
            De la Santísima Virgen María
            De los apóstoles
            De los Santos Dionisio, Rústico y Eleuterio
            De los patronos y titulares
            Misa nupcial
            Prefacio Común
            De difuntos

5. Prefacios añadidos al Misal Romano desde 1919 a 1928: 4 en total

            De difuntos
            San José
            Cristo Rey
            Sagrado Corazón de Jesús
           (El Prefacio de difuntos está en el Misal de París de 1738, pero seguramente deriva               de fuentes más antiguas [31]).

6. Efectos de la reforma de Semana Santa de 1955: se añade 1 y se suprime 1

            Prefacio de la Misa sicca del Domingo de Ramos, eliminado
            Antiguo Prefacio usado en la Misa crismal, añadido

7. Prefacios de 1962 pro aliquibus locis y para ciertas órdenes religiosas.

Sin que esta lista sea exhaustiva, las órdenes religiosas tienden a tener prefacios para la fiesta de su fundador. Aquí se incluyen:

            San Benito y San Juan de la Cruz*
            San Agustín y Santa Teresa de Avila*
            San Francisco de Sales y San Elías*
            San Norberto y Virgen del Carmen*
            Santo Domingo*
           [* aprobados en 1919 o después]

El Misal Romano-Seraphicum de los Franciscanos tiene prefacios propios adicionales para las fiestas de San Francisco, Santo Domingo y Santa Clara.
        
Varias diócesis francesas tienen prefacios propios que derivan de la tradición neo-galicana (véase Apéndice, 4), particularmente Lyon, que los tiene no sólo para algunos santos, sino también para Adviento y Corpus Christi, Jueves de rogativas y dedicación de una iglesia.

Las diócesis de España tienen prefacios propios para la fiesta de Santa Teresa de Ávila.

En todas las diócesis de Francia y Bélgica se autoriza cuatro prefacios tomados del Misal Neo-Galicano de 1738:

            Adviento
            Santísimo Sacramento
            Todos los Santos/San Pedro y San Pablo
            Dedicación de una iglesia




[1] Carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007): "las dos formas del uso del rito romano pueden enriquecerse mutuamente: en el misal antiguo se podrán y deberán inserir nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios. La Comisión Ecclesia Dei, en contacto con los diversos entes locales dedicados al usus antiquior, estudiará las posibilidades prácticas". 

[2] El Sacramentario enviado por el papa Adrián I (772-795) a Carlomagno, a pedido de éste, formó parte de la base de la reforma de la liturgia franca por Alcuino de York.

[3] El Sacramentario Leonino (Sacramentarium Veronense, ed. L. C. Mohlberg, Roma, Herder, 1966) desde aproximadamente comienzos del siglo VII, contiene más de 240 prefacios (el número exacto depende de cómo se cuente las cuasi-duplicaciones; pueden ser hasta 268; además, están ordenados por calendario, pero falta el período desde enero a mediados de abril). Sin embargo, aunque incluye material romano, esta colección tiene otras numerosas fuentes italianas, y es más una colección que un libro apto para ser usado en una iglesia o diócesis específica.  El “antiguo”  Sacramentario Gelasiano, que contiene materiales romanos, francos y otros producidos hacia 750, alrededor de París (Liber Sacramentorum Romanae Aecclesiae [sic] ordinis anni circuli, ed. L. C. Mohlberg con L. Eizenhöfer y Peter Siffrin, Roma, Herder, 1960), incluye 53 Prefacios; el Sacramentario de Angulema contiene cerca de 219 prefacios (este número incluye algunas cuasi-repeticiones pero tiene también algunos vacíos). St. Gall 348 tenía 48 diferentes prefacios en su versión original, a la que la edición revisada añadió otros 175.   

[4] La colección incluye nuevos prefacios publicados hasta 1969.

[5] B. Capelle sospecha, con razón, que este texto es una invención del mismo Burchard: "Les origines de la Préface romain de la Vierge", Rev. d’Histoire Eccl. 38 (1942), pp. 46-58, especialemente p. 47.

[6] Corpus Iuris Canonici (Decretum Gratiani III 1, 71 (Friedberg, I, 1313). Cfr. Durandus, IV, 33, 35.

[7] Sigue en esto a la reforma de la liturgia de Todos los Santos de San Pío X, quien creó un oficio completo para esta fiesta por primera vez, elevando su rango y permitiendo a los sacerdotes celebrar tres Misas.

[8] El formulario de la fiesta del Sagrado Corazón fue enteramente revisado, con nuevos cantos especialmente compuestos, en 1928.

[9] La fiesta de Cristo Rey fue establecida por Pío XI en su encíclica Quas Primas, de 1925.

[10] Los honores litúrgicos tributados a San José presentan un desarrollo histórico continuado. No es posible encontrar su fiesta en el misal romano antes del siglo XV; la fiesta de San José, Esposo de la Santísima Virgen María (“Iustus et palma”, 19 de marzo), que está en el misal romano de 1570, fue transformada en fiesta de obligación por Clemente XI en 1714. Pío IX estableció una fiesta de San José Patrono de la Iglesia (“Adiutor et protector”) en 1847; ésta fue trasladada del tercer domingo después de Pascua al tercer miércoles después de Pascua por Pío X, quien le añadió una octava. Esta última fiesta desapareció del calendario, aunque se conservó como Misa votiva de los miércoles, para dar paso a la fiesta de San José Obrero (“Sapientia reddidit”), creada por Pío XII en 1955 para el 1° de mayo. San Juan XXIII insertó el nombre de San José en el canon de la Misa en 1962. La promulgación en 1919 de un prefacio para ser usado en esta fiesta y en Misas votivas, es un capítulo dentro de este desarrollo más extenso.

[11] Preces Eucaristicae, Notitiae, 40, mayo-junio 1968, p. 156.

[12] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 23.

[13] Fortescue, A., Ceremonies of the Roman Rite Described (Londres: Burn Oates, 1936), p. xix.

[14] Dice Benedicto XVI: "Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto" (Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum, 2007). Cfr. Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 78, sobre el desarrollo litúrgico a lo largo del tiempo: "También son dignos de estima y respeto los ritos litúrgicos más recientes, porque han surgido bajo el influjo del Espíritu Santo, que está con la Iglesia siempre, hasta la consumación de los siglos, y son medios de los que la ínclita Esposa de Jesucristo se sirve para estimular y procurar la santidad de los hombres".

[15] Tanto los Misales de altar (por ejemplo, los usados por los capellanes militares) como los misales individuales de los laicos.

[17] Antes de 1956 existieron más oportunidades para añadir colectas opcionales, y más oportunidades para que el celebrante, a discreción, celebrara Misas votivas, que lo que comenzó a ocurrir con las rúbricas de 1962. La reducción de las opciones ciertamente tuvo la ventaja de hacer más sencillo para los fieles seguir la Misa en sus misales individuales.

[18] Con anterioridad al decreto de 1759, que dispuso el uso del Prefacio de la Trinidad para todos los domingos corrientes, parece haberse permitido, en dichos domingos, ya sea el uso del Prefacio de la Trinidad,  ya el Prefacio común.

[19] Ratzinger, J., The Spirit of the Liturgy (traducción de Der Geist der Liturgie, San Francisco, Ignatius Press, 2000) pp. 79-80: “Ahora el sacerdote […] se ha convertido en el verdadero punto de referencia de la liturgia. Todo depende de él. Debemos verlo, responderle, involucrarnos en lo que él hace. Su creatividad sostiene toda la acción. Por ello no sorprende que la gente trate de reducir este papel recientemente creado asignando todo tipo de funciones litúrgicas a otros individuos […] Dios está cada vez menos en el centro del cuadro. Cada vez es más importante lo que hacen los seres humanos que se reúnen aquí, y que no quieren someterse a un 'patrón pre-determinado'”. [Nota de la Redacción: hay traducción castellana: El espíritu de la liturgia, Madrid, Cristiandad, 2001]. 

[20] El Sanctus apareció en el rito romano probablemente hacia el año 430.

[21] Esto se confirma por el análisis de las intercesiones en la Instrucción General del Misal Romano (2002), núm. 79.

[22] Prefacio de los Apóstoles: “En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, el suplicarte humildemente, Señor, que no desampares, Pastor eterno, a tu rebaño, sino que por la intercesión de tus santos apóstoles lo guardes con tu continua protección; a fin de que sea gobernado por los mismos directores que estableciste, para que lo gobernasen en calidad de Pastores, y acabasen como Vicarios tuyos, la obra que Tú empezaste. Por tanto, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, cantamos el himno de tu gloria y te alabamos sin cesar” (“Vere dignum et iustum est, aequum et salutare,Te, Domine, suppliciter exorare ut gregem tuum, pastor aeterne, non deseras: sed per beatos apostolos tuos continua protectione custodias”). [Nota de la Redacción: la traducción inglesa ha sido sustituido por la castellana, tomada del Misal Diario, Editorial Sagrado Corazón de Jesús, Santiago de Chile, 1954, p. 346].

[23] Prefacio de los apóstoles, Misal de 1970 [traducción española]: "En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso, Pastor eterno. Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que por medio de los santos Apóstoles lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía  la palabra de aquellos mismos pastores  a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio. Por eso,con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria: [...]" [Nota de la Redacción: la traducción inglesa del original ha sido sustituida por la castellana, que ha sido tomada de aquí]. 

[24] La Plegaria Eucarística IV, en el Misal de 1970, tiene un prefacio fijo. Véase Bugnini, A., The Reform of the Roman Liturgy (1948-1975) (Collegeville, The Liturgical Press, 1990), p. 458 [Nota de la Redacción: hay traducción castellana: La reforma de la liturgia (1948-1975), Madrid, BAC, 1999, con reedición posterior]. 

[25] Bugnini, The Reforma of the Roman Liturgy, cit., p. 4450, que cita un memorándum del Cardenal Lercaro de 1966.

[26] Véase nota 3 precedente.

[28] Benedicto XVI, Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum.

[29] Benedicto XVI, Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007): "Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la Liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia".

[30] Ratzinger, The Spirit of the Liturgy, cit., p. 83.

[31] La frase “vita mutatur non tollitur” aparece en SG 908 (siglos VI-VII, visigótico), y en 1738 puede haberse tomado el texto entero de tal fuente.