jueves, 29 de septiembre de 2016

50 años de Magnificat: La Iglesia de la Casa Matriz de las Hermanas de la Providencia

Una de los tantos templos de la ciudad de Santiago de Chile que ha recibido a nuestra Asociación es la Iglesia Matriz de las Hermanas de la Providencia, ubicada en Avenida Providencia, entre la calle Condell y Avenida Salvador, la que fuera destruida completamente tras un trágico incendio que tuvo lugar la tarde del día 24 de enero de 2011. El templo tiene además una particular importancia en la historia de la ciudad de Santiago ya que da el nombre a la comuna en la cual éste se ubica (Providencia) sirviendo de casa matriz de la Congregación de las Hermanas de la Providencia en nuestro país, la cual fuera fundada el siglo XIX en la ciudad de Montreal, Canadá. De hecho, la calle lateral lleva por nombre Bernarda Morin, el nombre de la religiosa que estableció en Chile la mentada congregación. 

Iglesia Matriz de las Hermanas de la Providencia
(Fuente: www.mapio.net)

Las religiosas se instalan en nuestro país de forma casi fortuita. En efecto, tras una serie de dificultades ocurridas durante su misión en el Estado de Oregon (EE.UU), las cinco misioneras, entre quienes se cuentan las hermanas Victoria Larroque y Bernarda Morin, deciden retornar a Canadá. El viaje a bordo del barco Elena las llevaría a la costa Este de Norteamérica cruzando el Cabo de Hornos. Extenuadas por el largo viaje y teniendo como parada obligada el puerto de Valparaíso, antes de emprender el peligroso cruce de nuestros canales australes, las religiosas deciden quedarse momentáneamente en el país, hospedándose en la casa de las Hermanas de los Sagrados Corazones.

Hermana Bernarda Morin 

La llegada de las religiosas fue vista como un evento providencial en atención a las necesidades de la época. En ese contexto, las religiosas se ponen a disposición del Arzobispo de Santiago, S.E.R. Rafael Valentín Valdivieso, quien les solicita hacerse cargo provisionalmente de una Casa de Expósitos, en espera de la autorización de la casa central de la orden. El año 1854 se establecieron, por decreto gubernamental, en la Chacra de Lo Chacón, situada en la que hoy es la comuna de Providencia. Desde ese lugar expandieron su labor al resto del país, fundando casas en Valparaíso, Andacollo, Concepción y La Serena.


El altar de la Iglesia de la Providencia preparado para celebrar la Misa de siempre

Ya con la autorización de la casa general en Montreal, el 3 de enero de 1857 las Hermanas de la Providencia abrieron un noviciado en Santiago, quedando como Superiora la Madre Victoire Larroque, quien había sido una de las fundadoras de la Congregaión en Canadá. A su muerte, pasa a ser superiora de la casa principal de Santiago, Sor Bernarda Morin, hasta el día de su muerte el año 1929. Considerando la heroicidad de sus virtudes cristianas, en la actualidad se sigue un proceso de beatificación de la hermana Bernarda ante la Congregación para las Causas de los Santos.


Vista general del interior

La Iglesia fue diseñada por el arquitecto y sacerdote franciscano italiano Eduardo Provasoli, siguiendo el mismo estilo neorenacentista presente en otras de sus obras, como la Iglesia de la Divina Providencia. Destacaba en el caso de la iglesia de la Casa Matriz su forma de cruz, articulando una secuencia patios y claustros del resto del complejo, situándose las naves de la iglesia al medio de la construcción. El tratamiento de los muros interiores, de finos estucos y mármoles, era similar al de una fachada exterior de un palacio de estilo italiano que mira hacia el interior de las naves. Al centro de la iglesia se ubicaba un imponente baldaquino que albergaba el altar mayor, presidido por un calvario de hermosa ejecución. Asimismo, bajo una lápida de mármol y en un costado de la nave central, se encontraban los restos mortales de la Venerable hermana Bernarda Morin. El complejo era completado por un asilo de ancianas, el convento de religiosas y un museo privado destinado a resguardar y documentar el legado de la hermana Bernarda.


Celebración de la Santa Misa

La historia de la Asociación Magnificat se entrecruza con este hermoso templo capitalino hacia el año 2007, una vez promulgado el motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, que reconocía plena libertad para celebrar la Santa Misa según los libros litúrgicos promulgados el año 1962. 



En ese contexto, se estimó conveniente y de gran provecho celebrar la Santa Misa con una frecuencia semanal, de modo que los fieles que así lo quisieran pudieran cumplir con el precepto dominical según la denominada forma extraordinaria, en un oratorio de mayores dimensiones y capacidad que la ofrecida por la capilla del Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica de Chile (véase aquí la entrada que le dedicamos en su día). Así, nuestro presidente, Dr. Julio Retamal Favereau, en compañía de un grupo de fieles acudió a una audiencia con el Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, a la sazón Arzobispo de Santiago, para expresarle nuestras inquietudes e intenciones, recibiendo una favorable acogida de su parte.

Nuestro presidente, Dr. Julio Retamal F. y capellán D. Milan Tisma D. en la sacristía

Gracias a las gestiones realizadas, a fines de ese año 2007 comenzó la celebración de la Santa Misa de manera regular, todos los domingos y fiestas de guardar, en la iglesia de la Casa Matriz de las Hermanas de la Providencia. 



Este período coincidió con un notable y providencial crecimiento de la feligresía de nuestra Asociación. Otro hito importante ocurrido en esta iglesia fue la celebración de una Misa Pontifical según la forma extraordinaria presidida por el Cardenal Jorge Medina Estévez, Prefecto Emérito de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, a fin de celebrar el segundo aniversario de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum. De dicha Misa pontifical celebrada el 14 de septiembre de 2009 dimos cuenta en otra entrada


Vista general del altar durante la Misa Pontifical

La celebración de la Santa Misa en este templo se mantuvo de manera regular hasta enero de 2011. Cabe destacar que, a diferencia de muchas otras iglesias de nuestra ciudad, esta construcción resistió estructuralmente el terremoto del 27 de febrero de 2010 que azotó la zona central de nuestro país, sin recibir más destrozos que el daño y resquebrajamiento de algunos estucos en el cielo de la iglesia y la destrucción de unas cuantas imágenes de yeso que la adornaban, las que fueron restauradas durante el curso del año.


Salida del Cardenal Medina al término de la Misa Pontifical

Sin embargo, la tarde del 24 de enero de 2011 un enorme incendio que se inició en el asilo de señoras destruyó completamente la iglesia y las demás secciones del complejo, con el consiguiente daño patrimonial involucrado. En este escenario, debimos trasladarnos nuevamente de iglesia, siendo acogidos por el Primer Monasterio de la Visitació ubicado en calle Huérfanos. Desafortunadamente, y pese a los esfuerzos desplegados por las religiosas de la Providencia, a la fecha no existen avances en la reconstrucción de la iglesia por falta de fondos. Cabe destacar de todas formas que existe un importante estudio arquitectónico y artístico de la iglesia en atención a que esta fuera completamente restaurada por la arquitecta chilena Amaya Irarrázaval en 1993. Esperamos sinceramente que, más pronto que tarde, esta iglesia sea reconstruida para el culto católico y también para la conservación de nuestro patrimonio y memoria histórica. 

A continuación les ofrecemos una galería fotográfica que muestra la destrucción ocasionada por el siniestro:


(Fuente: Emol)

(Fuente: Emol)







Nota de la Redacción: La historia del templo y de la congregación de las Hermanas de la Providencia está tomada fundamentalmente de aquí y aquíTodas las fotografías en que no se indique lo contrario pertenecen al archivo gráfico de la Asociación.

martes, 27 de septiembre de 2016

San Josemaría Escrivá de Balaguer y la Misa tradicional

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores una traducción de un artículo publicado por el Profesor Peter Kwasniewski sobre el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer, y su profundo amor por la Santa Misa, tal como ésta fue celebrada durante siglos por la Iglesia. El Profesor Kwasniewski reproduce diversos pasajes de los escritos del santo (Camino, Surco y Forja, el primero publicado en vida y los otros dos en forma póstuma), los que revelan el profundo sentido litúrgico que impregnaba su vida y su pensamiento. Conviene recordar que, pese a que San Josemaría alcanzó a vivir la reforma litúrgica aprobada por el Papa Pablo VI (1969), continuó celebrando la Santa Misa en su forma tradicional hasta su muerte, acaecida en 1975. 

Conocida es la anécdota de una tertulia que tuvo lugar en 1973 en Roma, en que San Josemaría, junto con recalcar la naturaleza sacrificial de la Misa frente a quienes pretendían presentarla como un mero banquete, proporcionó un poderoso argumento en favor de la celebración ad Orientem: [...] la Santa Misa es la renovación incruenta del Sacrifico divino del Calvario. ¡Nada de cenas ni de comidas! El sacerdote es Cristo. Cuando yo estoy en el altar no soy presidente de nada: soy el mismo Cristo; le presto mi pobre cuerpo y mi voz. Por esto, cogiendo el Pan, digo: esto es mi Cuerpo. Y tomando el Cáliz del vino, digo: esta es mi Sangre. Es muy hermoso que el sacerdote esté de espaldas a los fieles: porque no podemos, con nuestra pobre cara humana, representar la faz divina de Jesucristo".


La traducción es de la Redacción y el artículo original puede encontrarse aquí (en inglés). Hemos creído pertinente complementar el artículo con algunas citas adicionales tomadas de los mismos escritos de San Josemaría, agregando también un anexo con dos apuntes que creemos pueden ser del interés de nuestros lectores. 

Respecto de las ilustraciones que acompañan esta entrada, cabe hacer una prevención. Existe una explicación para el hecho de que que haya pocas fotos de San Josemaría celebrando la Santa Misa. En primer lugar, no posaba nunca para ser captado por una cámara, por un pudor natural a ser fotografiado. Además, durante muchos años sólo permitía que, mientras celebraba Misa, las fotografías se hicieran o antes de la consagración, o después de la comunión, pero "nunca, mientras el Señor esté sobre el altar". La situación cambió a partir de 1967, cuando comenzaron a producirse ciertos cambios litúrgicos [véase el anexo (a) con que acaba esta entrada] y en demasiados lugares se trataban sin el debido respeto las especies eucarísticas. San Josemaría decidió entonces que, precisamente para subrayar, afirmar y honrar más la presencia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo sobre el altar, las fotos se tomaran también en los momentos de alzar la Sagrada Forma o el cáliz, al hacer el celebrante las genuflexiones de adoración y al besar el ara. Las imágenes así captadas se utilizaron para ilustrar publicaciones internas del Opus Dei, como Noticias o Crónica, por lo que son difíciles de encontrar en circulación. Las que aquí se utilizan han sido tomadas de distintos sitios de Internet y son ya de dominio público.  

San Josemaría celebrando la Santa Misa (1969)

***

Reivindicación de San Josemaría Escrivá para el New Liturgical Movement

Peter Kwasniewski 

San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), fundador del Opus Dei, durante su vida sacerdotal celebró la Misa tradicional en latín, y tuvo experiencias místicas vinculadas con ella. La amó tanto que consiguió autorización (se pensaba en aquel tiempo que era necesario un permiso) para continuar diciendo la Misa que siempre había celebrado en vez de cambiarse a la Misa Novus Ordo. Estos son hechos que vale la pena conocer mejor[1]. Se puede encontrar aquí una maravillosa galería de fotos del santo mientras celebra el usus antiquor.


En su lectura espiritual, mi hijo ha estado usando los tres famosos libros de aforismos de San Josemaría –Camino, Surco y Forja- y ha tenido gran gusto de compartir conmigo algunas de las estupendas observaciones sobre la liturgia y las virtudes que ella forma en el alma. Por la lectura, es obvio que esas observaciones surgen de la rica espiritualidad de la Misa tradicional y del período saludable del Movimiento Litúrgico. Los actuales miembros y cooperadores del Opus Dei se beneficiarán al descubrir este importante aspecto de su fundador y de su vida de oración[2].
  

Algunas citas de su libro más famoso, Camino:

86. Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares.

522. Ten veneración y respeto por la Santa Liturgia de la Iglesia y por sus ceremonias particulares. —Cúmplelas fielmente. —¿No ves que los pobrecitos hombres necesitamos que hasta lo más grande y noble entre por los sentidos?

523. Canta la Iglesia —se ha dicho— porque hablar no sería bastante para su plegaria. —Tú, cristiano —y cristiano escogido—, debes aprender a cantar litúrgicamente.


524. ¡Hay que romper a cantar!, decía un alma enamorada, después de ver las maravillas que el Señor obraba por su ministerio.

—Y yo te repito el consejo: ¡canta! Que se desborde en armonías tu agradecido entusiasmo por tu Dios.

527. Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: "opus enim bonum operata est in me" —una buena obra ha hecho conmigo.

528. Una característica muy importante del varón apostólico es amar la Misa.

529. La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto.

530 [agregado por la Redacción]. ¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? 

543. Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta.

—Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?

Altar del Centro de calle Samaniego en Valencia (1940)

Ahora unas citas tomadas de Forja:

833. Debemos hacer nuestras, por asimilación, aquellas palabras de Jesús: “desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum —ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros. De ninguna forma podremos manifestar mejor nuestro máximo interés y amor por el Santo Sacrificio, que guardando esmeradamente hasta la más pequeña de las ceremonias prescritas por la sabiduría de la Iglesia.

Y, además del Amor, debe urgirnos la "necesidad" de parecernos a Jesucristo, no solamente en lo interior, sino también en lo exterior, moviéndonos —en los amplios espacios del altar cristiano— con aquel ritmo y armonía de la santidad obediente, que se identifica con la voluntad de la Esposa de Cristo, es decir, con la Voluntad del mismo Cristo.

834. Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos...

—Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma.

644. Te entendía bien cuando me confiabas: quiero embeberme en la liturgia de la Santa Misa.

645 [agregado por la Redacción]. ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!

Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!

—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.

—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa.


Para finalizar, un punto tomado de Surco:

937.  ¿Que es vieja esa idea del catolicismo, y por tanto inaceptable?... —Más antiguo es el sol, y no ha perdido su luz; más arcaica el agua, y aún quita la sed y refresca.

Addendum

He aquí algunos pensamientos de impresionante relevancia para los últimos tres años:

De Surco:

360. Aunque parezca una paradoja, no rara vez sucede que, aquellos que se llaman a sí mismos hijos de la Iglesia, son precisamente los que mayor confusión siembran

966. No cabe facilitar la conversión de un alma, a costa de hacer posible la perversión de otras muchas.

De Forja:

580. Ten siempre el valor, que es humildad y servicio de Dios, de presentar las verdades de la fe tal como son, sin cesiones ni ambigüedades.


Notas 

[1] Como era de esperarse, circula una serie de versiones sobre qué ocurrió exactamente en 1969, algunas más coloridas que otras. He aquí un muy sobrio relato, aunque su título es extrañamente anacrónico: “Por qué San Josemaría sólo celebró la forma extraordinaria” [en inglés].

[2] Algunos podrían decir que es indiferente en qué forma celebró el fundador. Pero tal cosa no resiste análisis. Después de todo, las dos maneras de celebrar son tan suficientemente distintas y diferentes que el Papa Benedicto XVI pudo declararlas como las dos formas o usos del rito romano. Por lo tanto, la formación global que cada una de ellas ofrece es distinta y diferente. Así, si se tiene el propósito de asimilar el espíritu del fundador de una comunidad, se debiera procurar todo lo posible formarse en la misma escuela de piedad en que él se formó, con los mismos textos, cánticos y ceremonias.

*** 

Anexo de la Redacción 

Queremos ofrecer, como epílogo al artículo del profesor Kwasniewski, dos apuntes respecto de San Josemaría Escrivá de Balaguer: uno referido a la celebración del que podría denominarse "Ordo de 1967" y otra a las advertencias dadas a sus hijos sobre la situación de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, todavía vigentes y de mucho provecho espiritual.  

(a) La llamada "Misa del Campus" (1967). 

La segunda instrucción general dictada para dar aplicación a la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre sagrada liturgia (1963) lleva por título Tres abhinc annos (4 de mayo de 1967). Ella dispuso insertar en el misal existente (ya modificado en 1965) las reformas introducidas por la Sagrada Congregación de Ritos y el Consilium mediante el decreto Per Instructionem alteram (18 de mayo de 1967). 

Estas novedades consistían en la eliminación del manípulo y de determinados gestos del celebrante (genuflexiones, besos al altar, inclinaciones, señales de la cruz) y repeticiones (especialmente aquella referida a las oraciones del día y a la comunión diferenciada del celebrante y de los fieles), la posibilidad de recitar todo el Canon en voz alta y la añadidura de un momento de silencio entre la comunión de los fieles y la oración de Comunión, así como la introducción de la oración de los fieles prescrita por el decreto De oratione communi seu fidelium (1965). Se reguló también el leccionario ferial. Dos meses antes, el 5 de marzo de 1967, se publicó una nueva instrucción sobre música sacra, que sustituía la anterior de 1958 promulgada por el papa Pío XII. 

Los cambios introducidos en 1967, así como los precedentes de 1965, entrañaron la primicia de la Misa reformada que entraría en vigor tres años después, la que fue presentada como distinta de la precedente (de «novam Missalis Romani compositionem» califica su texto la constitución apostólica que lo precede).

Pues bien, una de las Misas más famosas de San Josemaría tuvo lugar el 8 de octubre de 1967 en el campus central de la Universidad de Navarra, en la ciudad de Pamplona. Dicha Misa fue celebrada con ocasión de la II Asamblea de la Asociación de Amigos de la universidad y congregó a 30.000 personas dispuestas sobre los prados del campus. Ella es célebre por la homilía que allí pronunció, posteriormente publicada con el título "Amar al mundo apasionadamente" dentro del libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, (1968), donde se condensa la predicación de su autor sobre la santidad en la vida ordinaria (aquí está disponible el audio de una parte de la homilía, y aquí su texto íntegro, debidamente revisado para su publicación).

Las imágenes de dicha Misa muestran una celebración litúrgica muy cercana a la que hoy conocemos, pues en un comienzo San Josemaría se plegó a los cambios introducidos por la Santa Sede. Así lo narran Salvador Bernal y Monseñor Javier Echevarría en Memoria del beato Josemaría Escrivá (disponible digitalmente aquí): 

Algunos lectores habrán advertido que buena parte de los comentarios precedentes evocan las rúbricas litúrgicas según el rito de San Pío V, vigente hasta las reformas derivadas del Concilio Vaticano II. ¿Qué sucedió cuando entraron en vigor esos cambios?

Mons. Escrivá de Balaguer aceptó con serenidad y obediencia la reforma, aunque los cambios le exigieron mucho trabajo: no por oposición o crítica a las innovaciones; sino porque la liturgia estaba muy integrada en su piedad, y había obtenido luces para su vida espiritual y su ministerio sacerdotal hasta de gestos que pueden parecer insignificantes en las rúbricas.

Notaba yo el esfuerzo que le suponía el cambio, teniendo en cuenta que llevaba cuarenta años siguiendo el rito anterior. Pero no aceptó excepción alguna, y me rogaba diariamente que no dejase de advertirle lo que hiciera menos bien en las nuevas rúbricas, dispuesto a manifestar su amor a la liturgia, a través del rito renovado.

Sin que hubiese por su parte el menor síntoma de rebeldía, nos comentaba a un grupo de sacerdotes en 1968: obedezco rendidamente en todo lo que han dispuesto para la celebración de la Santa Misa, pero echo de menos tantas rúbricas de piedad y de amor que han quitado: por ejemplo, ya no doy el beso a la patena, en el que ponía tanto amor -toda mi alma- para que Él se lo encontrara. Pero hemos de saber obedecer, viendo la mano de Dios, y tratando al Señor con delicadeza, sin robarle nada de tiempo.


Fue una temporada larga de esfuerzo. Si volvíamos a plantearle la posibilidad de pedir el privilegio, previsto para sacerdotes de cierta edad, se oponía: por espíritu de obediencia a las normas eclesiásticas, prohibió que se diera un solo paso en ese sentido [...].

Las siguientes fotografías de la conocida como "Misa del Campus" han sido tomadas de la nota publicada por la Universidad de Navarra para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la homilía "Amar al mundo apasionadamente" (véase aquí).










Posteriormente, empero, San Josemaría volvería a rezar sólo la Santa Misa conforme al misal de 1962, como da cuenta su sucesor, el beato Álvaro del Portillo en Entrevista sobre el fundador del Opus Dei (aquí el libro disponible en formato electrónico):

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que "la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado" (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro 
Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

(b) Las tres "campanadas" (enviadas entre 1973 y 1974).

Dentro del conjunto de cartas que el fundador del Opus Dei escribió para dejar para la posterioridad las bases espirituales de la llamada que había recibido del Señor en 1928, hay tres que se conocen con el nombre de "campanadas". Dichos textos fueron tres “toques” con los que el Fundador quiso concitar la atención de los suyos durante la grave y crisis en la Iglesia que siguió al Concilio Vaticano II y todavía persiste, evocando el repicar con que se anunciaba a los fieles la Misa mayor de los domingos. En ellas puede verse claramente la percepción que el Fundador tuvo de su propio carisma durante la etapa final de su existencia terrena, y también su perspectiva sobre el momento histórico que vivía la Iglesia, siempre confiado de la promesa de Cristo de que Él estaría con ella hasta el fin de los tiempos. Esa esperanza, unido a su fe y profunda caridad, no le hacen minusvalorar la gravedad de la situación y de los peligros, los mismos que tantos hoy parecen no considerar ni tomar en serio movidos por sentimientos contrarios al verdadero sentir cum Ecclesiae.


Las cartas están datas el 28 de marzo de 1973 ("Primera campanada"), el 17 de junio de 1973 ("Segunda campanada") y el 14 de febrero de 1974 ("Tercera campanada). La primera y la tercera suelen estar habitualmente a disposición de los fieles en la Dirección de los respectivos Centros, y se permite su lectura si se las solicita. La segunda, en cambio, es de acceso reservado, aunque debiese publicarse cuando se concluya el proceso emprendido de edición de las obras completas del santo emprendido por el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá (véase aquí su descripción; la serie III corresponde al epistolario). A estas tres célebres cartas hacen referencia los distintos biógrafos (véase aquí la mención de Vásquez de Prada, y aquí la de Peter Berglar), de manera que su autenticidad parece demostrada (también por el hecho de que ellas fueron incluidas dentro de la reclamación judicial por derechos de autor que el Opus Dei inició en España contra los sitios Opus Libros y Opus Dei info). Como fuere, hoy el texto de las cartas puede encontrarse en distintas páginas de Internet (véase, por ejemplo, aquí y aquí). 

Antes, el 19 de marzo de 1967, San Josemaría había escrito una carta que fue conocida como Fortes in fide, donde comenta las verdades de siempre y pide a sus hijos perseverar en ella frente al clima de apostasía que comenzaba a vivir la Iglesia. La carta fue posteriormente retirada de los Centros del Opus Dei, y su contenido sólo se conoce por fragmentos y referencias existentes en obras sobre dicho período. 

sábado, 24 de septiembre de 2016

Los ornamentos e insignias de los obispos (I): el calzado litúrgico, la cruz pectoral y la dalmática y la tunicela

Cuando el obispo celebra pontificalmente, agrega ciertos ornamentos e insignias propias a los seis que le corresponden por el sacerdocio (amito, alba, cíngulo, estola, casulla y manípulo). Ellos son el calzado litúrgico, la cruz pectoral, la dalmática y la tunicela, las quirotecas, el anillo, el solideo, la mitra, el báculo, el gremial y la palmatoria. En el caso de los metropolitanos, debe agregarse el palio. 

Misa Pontifical (Usus antiquior) celebrada por S.E.R. Mons. Alexander Sample, Arzobispo de Portland, Oregon (Foto: New Liturgical Movement)

 Misa Pontifical (Novus Ordo) celebrada por S.E.R. Mons. Antônio Carlos Rossi Keller, obispo de la diócesis de Frederico Westphalen (Brasil)

Al llegar a la sacristía, la capa magna que porta el obispo (prenda que hemos tratado aquí) es removida, para lo cual está prevista la siguiente oración: "Exue me, Domine, veterem hominem cum moribus et actibus suis: et indue me novum hominem, qui secundum Deum creatus est in justitia, et sanctitate veritatis" ("Desnúdame, Señor, del hombre viejo con sus costumbres y actos y revísteme del hombre nuevo, que ha sido creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad). 

El revestimiento del obispo para la celebrar pontificalmente comienza con el calzado litúrgico, el que se compone de dos partes: una interior y otra exterior. 

La parte interior son las cáligas, que es el término con que se mienta cada una de las polainas o medias que usaron los monjes en la Edad Media y posteriormente los obispos. Consta por los monumentos que en origen ellas fueron blancas y se hacían generalmente de lienzo hasta al menos el siglo X, cuando toman el nombre con que hoy se las conoce. Desde el siglo XIII se usan de seda de color, ya de punto, ya de piezas de estofa convenientemente cortadas y cosidas. 

La parte exterior del calzado corresponde a las sandalias. En un principio, ellas eran propias de los cortesanos. Después pasaron a la jerarquía de la Iglesia, sobre todo durante la dominación bizantina de Italia. Los mosaicos de Ravena muestran al obispo Maximiano y a un diácono con ricas sandalias. Para quienes no era obispos siempre se consideró su uso como un privilegio especial concedido por rescripto papal a ciertos abades, presbíteros o diáconos. Así, por ejemplo, San Gregorio Magno las prohibió para los diáconos de Catania, señalando que que predecesores sólo las habían concedido a los de Mesina.  

Hasta el siglo XI las sandalias tuvieron una forma parecida a unas alpargatas abiertas y se ataban con finas correas. Desde entonces, fueron cerrándose y elevándose más y más sobre el pie quedando del todo cerradas y altas, como ocurre durante los siglos XIII y XIV. Después se han usado bajas y algo abiertas. En su origen, este calzado sólo se fabricaba en cuero, pero desde el siglo XII aparecen con frecuencia confeccionadas en ricas telas, incluso recamadas en oro y piedras preciosas, conservándose el cuero para la suela (a veces ella ella de tabla y luego recubierta en cuero). Pronto se fabricaron siguiendo el color litúrgico del día. 

En la actualidad, el obispo viste estas piezas cuando participa en la Misa solemne cantada por él mismo, excepto en la Misa de difuntos y en el Oficio de Viernes Santo. Su uso no está previsto, empero, para la forma ordinaria. Ellas representan el celo que debe tener el obispo por predicar el Evangelio, y la protección divina de la cual tiene necesidad para ser fiel al cumplimiento de su misión. 

Al vestirse con este calzado, el obispo recita la siguiente oración: "Calza, Señor, mis pies para preparar el evangelio de la paz y protégeme a la sombra de tus alas".

 Sandalias pontificales

 Juego de cáligas y sandalias pontificales

Al comenzar una Misa Pontifical (Usus antiquior), el Arzobispo de Cebu (Filipinas), S.E.R. José S. Palma, es revestido con las cáligas
(Foto: New Liturgical Movement)
 
La cruz pectoral pontifical es un tipo de cruz episcopal que se utiliza exclusivamente durante las ceremonias litúrgicas. Generalmente está ricamente adornada o enjoyada. Cuelga de un cordón de seda (crucicordio) cuyo color varía según la dignidad del que la lleva: éste es verde con hilos de oro en el caso de los obispos y arzobispos; rojo con dorado para los cardenales; y todo de hilos de oro para el Papa. 


El Cardenal Ricardo Ezzati, Arzobispo de Santiago de Chile, y los canónigos de la Catedral Metropolitana con hábito coral y cruz pectoral. 

Existe también otra cruz pectoral llamada sencilla. Ella es la usan habitualmente el Papa, los obispos, abades y otros prelados revestidos de dignidad colgando del cuello con una cadena y como parte de su traje diario o hábito piano (véase aquí el pronunciamiento de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos)


El Papa Francisco con la cruz pectoral sencilla colgando de una cadena

Probablemente, la cruz pectoral procede de los eucoplias, o láminas de metal en forma de cruz que contenían reliquias de mártires, cosas santas, sentencias de los Evanmgelios,  jaculatorias o incluso reliquias de la Veracruz. Los obispos solían llevar estas eucoplias. Se sabe que las usaron San Gregorio de Tours, San Gregorio Magno, San Aidiano, Rotadio de Soissons y Elfego de Caterbury. Como ornamento litúrgico del Papa es mencionada por primera vez por Inocencio III. Mucho antes, sin embargo, era ya usada por obispos y abades. 

El obispo viste la cruz pectoral como insignia sobre el alba y después de haberse atado el cíngulo y de colocada la estola. Al ponérsela reza la siguiente oración: “Dígnate, Señor Jesucristo, protegerme de todas las trampas mis enemigos por el signo de tu Santísima Cruz: y dígnate concederme a mí, tu siervo indigno, que esta cruz que tengo sobre mi pecho con las reliquias de tus santos en su interior, me permita tener siempre en mi mente el recuerdo de tu pasión y las victorias de los santos mártires”.

Conforme al Ceremonial de los obispos, la cruz pectoral se usa siempre debajo de la casulla o de la dalmática o del pluvial, pero sobre la muceta cuando corresponde (núm. 61). Pese a esta disposición, muchos obispos usan la cruz pectoral sobre la casulla. En 1997 se consultó a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos si era lícito que los obispos usasen la cruz pectoral sobre la casulla, como ocurre en la liturgia ambrosiana y en las orientales. El dicasterio consultado respondió en sentido afirmativo, indicando que podían hacerlo para distinguirse de los presbíteros concelebrantes. Con todo, previno que se trataba sólo de una posibilidad, pudiendo usarse la cruz pectoral conforme establecen las rúbricas (véase aquí el texto de la respuesta). 

 Cruz pectoral pontifical de obispo

La dalmática y la tunicela son las vestimentas litúrgicas exteriores del díacono y el subdiácono respectivamente. De ellas hemos tratado previamente en esta entrada. Ahora bien, en la Misa pontifical ambos ornamentos son vestidos por el obispo bajo la casulla, para indicar que en él reside la plenitud del sacerdocio (Rubricarum Instructum, núm. 134, 135 y 137). Ellas son igualmente del color litúrgico del día y deben usarse cada vez que utiliza el calzado litúrgico. Dado el peso que significaría que el obispo vistiera tres ornamentos ricamente acabados, la dalmática y la tunicela del obispo son réplicas en seda delgada y sin forrar de aquellas que portan el diácono y el subdiácono. Al vestirlas, el obispo reza la siguientes oraciones: "Tunica jucunditatis, et indumento laetitiae induat me Dominus" ("Que el Señor me revista con la túnica de gozo y con el ornamento de la alegría", al vestir la tunicela), e "Indue me, Domine, indumento salutis et vestimento laetitiae; et dalmatica justitiae circumda me semper" ("Revestidme, Señor, con el ornamento de salvación y con la vestidura de la alegría, y cubridme para siempre con la dalmática de la justicia", al ponerse la dalmática).

S.E.R. el Cardenal Burke es revestido para la celebración de una Misa pontifical en el usus antiquior