sábado, 30 de agosto de 2014

Propio del Domingo: Duodécimo Domingo Después de Pentecostés




(gentileza de Una Voce México)

Continuidad y Cambio en la Liturgia

A continuación, les ofrecemos la traducción al castellano de un interesante texto de Peter Kwasniewski*, publicado originalmente en el sitio web New Liturgical Movement, bajo el título “Permanence and change in liturgy”. Al texto original se puede acceder desde aquí.


Es un dato histórico el que la liturgia va cambiando y se desarrolla a través del tiempo. Normalmente lo hace lentamente, absorbiendo, en un proceso orgánico, las influencias que la rodean. Lo más frecuente es que a la liturgia se le añadan elementos, que la hacen crecer, expandirse, como cualquier planta o animal que crece hacia su madurez. Son menos frecuentes las ocasiones en que necesita podas, lo cual se hace, siempre, en forma cuidadosa y conservadora, por respeto hacia la calidad del crecimiento que ha tenido lugar con anterioridad.

Tal como cualquier organismo vivo alcanza un punto de madurez, luego del cual ya no sigue creciendo sino que se protege a sí mismo y reproduce su especie, así también, de modo análogo, se puede esperar que la liturgia se desarrolle más ampliamente en los primeros momentos, en su infancia, y que su ritmo de crecimiento disminuya radicalmente a medida que va alcanzando la perfección de su forma, la plenitud del ritual, del texto, de la música y del significado. Así, la liturgia se desarrolló más en los primeros 500 años de la historia de la Iglesia que en los 500 años siguientes, y durante el primer milenio más que durante el segundo milenio. Es un hecho que, al menos antes de mediados del siglo XX, el ritmo de los cambios litúrgicos disminuyó a medida que las formas heredadas adquirieron mayor coherencia y plenitud. Después de cierto momento, el cambio corresponde más a aspectos accidentales o accesorios, tales como el tipo de corte de una casulla o el diseño de un candelabro, que a cosas como lo que se hace y lo que se dice.

Por otra parte, dado que la naturaleza del hombre no cambia jamás y que tampoco lo hace el sacrificio de Cristo –o sea, dado que no cambian ni el hombre, para quien se crea la liturgia, ni Cristo, cuya digna alabanza y cuyo sacrificio la liturgia hace presente para nosotros y de las que nos permite participar-, uno podría preguntarse qué es lo que debiera desarrollarse en la liturgia y por qué. Por de pronto, no se puede decir que hubiera algo inherentemente erróneo en las liturgias apostólicas de la Iglesia primitiva, de tal modo que fueran defectuosas hasta que recibieron aumento y amplificación con el paso del tiempo. Sin embargo, en la medida en que se trata de una actividad humana, la liturgia no nos cae del cielo ya hecha, sino que se va armando lentamente a través de los siglos por obra de monjes, papas y otros santos que recibieron el privilegio de un saborear, en la experiencia, la belleza de Dios, de un contacto vivo con la gloria divina oculta bajo los velos sacramentales. Aunque el culto público no puede ser reducido a un mero artefacto o constructo, él es modelado y regulado por ser humanos que cooperan con un instinto de santidad y adecuación formal divinamente implantado en ellos.

La esencia de la liturgia estuvo presente desde el principio, tal como la encina lo está en la bellota, pero Dios quiso que la plenitud de su expresión, la riqueza de su significado y su belleza, se desplegaran a lo largo de muchos siglos ante la mirada del cristiano, hasta que éste pudo contemplar el árbol en toda su gloria y majestad y gustar abundantemente de la dulzura de sus frutos. No fue una necesidad el que la liturgia se desarrollara, pero fue supremamente conveniente que lo hiciera, y el Espíritu Santo, con sus alas brillantes, planeó sobre este desarrollo a medida que conducía a la Iglesia hasta la plenitud de la verdad. Recordemos las palabras de Cristo: “En verdad, en verdad os digo, quien cree en Mí, hará las obras que yo hago, y las hará aun mayores, porque Yo me voy al Padre” (Jn. 14, 22).

Si tiene sentido esto de que el desarrollo procede de los santos y el que se desacelera con el tiempo, ¿no sería acaso imposible para la Iglesia cambiar jamás legítimamente su liturgia de modo radical? Porque hacer tal cosa implicaría un juicio negativo sobre esas “obras mayores” a que se refiere Jesús, una especie de blasfemia contra el Espíritu Santo, porque querría decir que no fue en nombre de Cristo, sino de Beelzebub, que la Iglesia estableció su liturgia a través de los siglos (cf. Pío XII, Mediator Dei, nn. 50, 59, 61). Así, pues aunque el desarrollo es natural y bueno, cierto tipo de desarrollo –o sea, el que significa una tajante discontinuidad- sería necesariamente malo, una corrupción o desviación más que un florecimiento de una realidad orgánica.

Leí una vez un ensayo que planteaba que la razón por la que la liturgia debe cambiar con cada generación es que la existencia del ser humano es la de un peregrino o “viator”. El autor, perteneciente a la escuela de la “Reforma de la Reforma”, trataba de explicar cómo era posible que hubiera lugar para algo tan drásticamente diferente como el Novus Ordo, sosteniendo, al mismo tiempo, lo valioso que era mantener disponible el Usus Antiquior, tal como lo estipula el motu proprio Summorum Pontificum. La solución propuesta implicaba sostener que ciertos hombres modernos necesitaban una liturgia más moderna, en tanto que otros no, y se sentían satisfechos con una más antigua.

Sin embargo, el hecho de que el ser humano sea un peregrino es irrelevante para la cuestión de si la liturgia, como tal, debiera cambiar. Después de todo, el hombre no cambia jamás; es siempre un determinado tipo de ser, con ciertas capacidades que necesitan de ciertas cosas para alcanzar su perfección. Una liturgia llena de fuerza tanto divina como humana le vendrá siempre bien a este peregrino. Ni el Salvador cambia, ni tampoco el Sacrificio por el cual la salvación fue (y es) llevada a cabo. Un tipo diferente de liturgia, si se lo modelara, convendría sólo a un tipo diferente de hombre. Para que fuera permitido emprender una alteración litúrgica radical sería necesario no sólo que ocurriera un cambio sustancial en el ser humano –algo que pasa todo el tiempo, cada vez que tiene lugar una concepción o una muerte- sino un cambio esencial, la emergencia de una especie nueva, junto con la llegada de un nuevo Salvador y de un nuevo Sacrificio. Después de todo, hay una Cristología latente en cada acto de culto, en todo rito, expresión o música.

Ciertamente, la liturgia es una acción transitoria, pero su origen, significado y finalidad son permanentes: es un acontecimiento temporal dotado de una naturaleza permanente –y, en tal sentido, viene a ser como el hombre mismo, quien claramente nace y cambia a través de su vida, no obstante lo cual tiene la misma alma inmortal que le da una identidad singular y perpetua. El desarrollo espiritual de un individuo tiene lugar al interior de una liturgia que no cambia -y gracias a ella-, la cual le sirve como punto de apoyo para su elevación, como centro para sus modificaciones, como foco para su siempre cambiante mirada.
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* Peter Kwasniewski, Ph.D., es profesor de filosofía y teología del Wyoming Catholic College, Wyoming, EE.UU.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El Rito Romano

La generalización del rito romano en la Iglesia latina fue obra del Concilio de Trento (1545-1563) y, en especial, de san Pío V (1504-1572), a quien correspondió la ejecución de sus preceptos. A través de la bula Quo Primum Tempore (1570), este papa estableció que toda la Iglesia Católica latina debía adaptarse a los usos litúrgicos de la Iglesia de Roma, tomados en buena parte de la reforma litúrgica franciscana, debidamente reformados y depurados, sin que se vieran afectados aquellos ritos particulares que tuvieran una vigencia probada de más de dos siglos. Tal decisión permitió la pervivencia del rito mozárabe en algunas diócesis españolas, el bracarense en la arquidiócesis portuguesa de Braga, el ambrosiano en la arquidiócesis de Milán y los ritos pertenecientes a cuatro órdenes religiosas: el dominicano, el premostratense, el cartujo y el carmelitano. 

El misal de san Pío V fue objeto de diversas adaptaciones durante los siglos siguientes y se mantuvo en vigor hasta el 30 de noviembre de 1969, primer domingo de Adviento, fecha en que comenzaron a regir las nuevas rúbricas sancionadas por el papa Pablo VI mediante la Constitución apostólica Missale Romanun (3 de abril de 1969). Estas nuevas prescripciones fueron fruto del deseo del Concilio Vaticano II de que los ritos reconocidos por la Iglesia Católica, si era necesario, fuesen revisados íntegramente con prudencia, de acuerdo con la sana Tradición, y recibiesen así nuevo vigor, teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades del tiempo presente (Constitución Sacrosantum Concilium, núm. 4).

En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles siguieron adhiriendo con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían embebido tan profundamente su cultura y su espíritu por siglos. Como explicaba el papa Benedicto XVI, «esto sucedió sobre todo porque en muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo misal, sino que éste llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, lo cual llevó a menudo a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable» (Carta a los obispos que acompaña el motu proprio Summorum Pontificum, de 7 de julio de 2007). De hecho, las súplicas para conservar la vieja liturgia romana no tardaron en aparecer. En 1971, un grupo de intelectuales ingleses, luego apoyado por europeos y americanos, se dirigieron al papa Pablo VI para rogarle que no dejara perecer el rito multisecular de la Iglesia. Lo hicieron en nombre de la cultura, a través del entonces Cardenal Primado de Inglaterra, S.E.R. John Carmel Heenan (1905-1975), quien accedió gustosamente a presentar el pedido. Cuentan que el Papa autorizó el indulto solicitado al ver que entre los firmantes figuraba Agatha Christie. Sin embargo, el entonces Prefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, S.E.R. Annibale Bugnini, encargado de comunicar la respuesta pontificia, anexó a ésta una nota personal sugiriendo que dicho permiso se mantuviera en la mayor reserva. En próximas entregas continuaremos la historia. 

Por esa razón, y teniendo en cuenta el derecho fundamental de los fieles a su propio rito (canon 214 del Código de Derecho Canónico), san Juan Pablo II otorgó el indulto especial Quattuor Abhinc Annos (1984), mediante el cual concedió la facultad de usar bajo ciertas condiciones el Misal Romano editado por san Juan XXIII en 1962 y que constituye la última edición típica de aquel promulgado originalmente por san Pío V (se usa, en realidad, la edición post-típica aprobada por Pablo VI, que incluye la reforma del canon para incorporar la mención a san José). Más tarde, con el motu proprio Ecclesia Dei (1988), este mismo papa exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad a favor de todos los fieles que lo solicitasen. Fruto de esta voluntad surgió la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, erigida por decreto de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, de 18 de octubre de 1988, también creada en esa ocasión, y extendida hoy por varios países.

Con el tiempo, la Santa Sede ha aceptado dos usos particulares del rito romano: el congoleño y el anglicano. El uso congoleño recibe su nombre por ser una codificación de la liturgia romana reformada según las prácticas de inculturación con que fue celebrada desde 1972 en Kinshasa y, desde 1977, en el resto de las diócesis de la República democrática del Congo (antes Zaire). Este uso se caracteriza por una mayor participación de los fieles, que se expresa principalmente mediante la danza. Otra particularidad es la invocación de los santos y de los ancestros, así como la bendición del sacerdote que recibe cada lector antes de ir a proclamar las lecturas. Las particularidades litúrgicas de este uso fueron aprobadas por la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos mediante el Decreto Zairensium Regionum, de 30 de abril de 1988. El uso anglicano, por su parte, tuvo aplicación inicialmente en siete parroquias estadounidenses que abandonaron la Iglesia episcopaliana para volver a la plena comunión eclesial (Congregación para la Doctrina de la Fe, Provisión pastoral, de 22 de julio de 1980), y después ha sido extendido a aquellas comunidades provenientes de la Iglesia anglicana que han conformado ordinariatos personales de acuerdo con la Constitución apostólica Anglicanorum Coetibus, de 4 de noviembre de 2009.

sábado, 23 de agosto de 2014

Propio del Domingo: Undécimo Domingo después de Pentecostés




(gentileza de Una Voce México)

Los ritos: unidad en lo esencial y pluralidad en lo accidental


A partir del siglo V, cabe observar el desarrollo diferenciado que tendrá la liturgia en Oriente de aquel que experimentará en la Iglesia latina, caracterizado el primero por su tendencia centrífuga y el segundo por un fuerza centrípeta en incremento. Esto no impide que las iglesias particulares de Occidente y Oriente gocen de igual dignidad, de tal manera que ninguna de ellas aventaja a las demás por razón de su rito, y todas disfrutan de los mismos derechos y están sujetas a las mismas obligaciones, incluso en lo referente a la predicación del Evangelio por todo el mundo (Mc 16, 15), bajo la dirección del Romano Pontífice (Concilio Vaticano II, Decreto Orientalium Ecclesiarum, núm. 3). El Concilio Vaticano II (1962-1965) recordó solemnemente esta paridad y declaró que, ateniéndose fielmente a la Tradición, «la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios» (Constitución Sacrosanctum Concilium, núm. 4). Dada esta convergencia en la unidad de la Iglesia, se acepta que, en principio, los fieles participen en el Sacrificio eucarístico y reciban la sagrada comunión en cualquiera de los ritos reconocidos (canon 923 del Código de Derecho Canónico).

Las liturgias de las Iglesias orientales son designadas con frecuencia con el insatisfactorio término de «rito» (canon 28 § 2 del Código de Derecho Canónica para las Iglesias orientales), que comenzó a usarse en la Iglesia romana para situar la multiplicidad y la licitud de las tradiciones litúrgicas surgidas en Oriente, en el sentido, frecuentemente limitativo, de aspecto ceremonial o uso peculiar. Sin embargo, una comprensión cabal de estas liturgias sólo se logra a partir del estudio del primitivo conjunto de normas y tradiciones institucionales y culturales que forman el sustrato de la vida espiritual de cada Iglesia oriental en particular.

De esta manera, la génesis de estas liturgias se ha de buscar en la antigua ordenación patriarcal. Éste es un fenómeno de condensación administrativo-eclesiástica basada en las iglesias locales de los primeros siglos, que se centraliza primero en torno a un gran número de metrópolis y después alrededor de un número más restringido de centros patriarcales. La cabeza de éstos se llama, dentro del imperio romano, patriarca (Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Jerusalén, a los que se sumaba el patriarcado de Occidente con sede en Roma), y fuera de él, katholikos (Seleucia-Ctesifonte para los siro-orientales, Armenia, Georgia). El sistema patriarcal es centralizador, y determina una unificación cada vez mayor en los campos legislativo y disciplinar. La autonomía patriarcal concierne a la creación de sedes episcopales, a la elección o traslado de los obispos, a la fijación de la vida litúrgica (introducción de formularios y de fiestas, determinación de fechas y costumbres, reglas de ayuno, etc.), a la disciplina del clero, así como de los laicos.

La autonomía de las provincias eclesiásticas es la matriz de particularismos que explican el origen de las provincias litúrgicas. Sin embargo, el sistema patriarcal de los siglos IV y V no cubre exactamente el número de éstas, porque dentro de un mismo patriarcado ha habido regiones con una vida litúrgica muy particular e influyente, como en Éfeso o Capadocia, absorbidas después por la preponderante liturgia de Constantinopla. La iglesia de Jerusalén, convertida en patriarcado sólo después del concilio de Calcedonia (451), influyó en la liturgia de otras iglesias desde el siglo IV, cuando era todavía una iglesia local dependiente del metropolitano de Cesárea Marítima.

La situación en el resto de la Iglesia Católica es distinta. En la casi totalidad de las iglesias occidentales se utiliza el rito romano, que en sus orígenes era el uso propio de las ceremonias de la Iglesia de Roma, donde san Pedro instaló la sede del Colegio Apostólico tras dejar Antioquía. Los tres patriarcados nominales que todavía subsisten dentro del rito latino (Lisboa, Venecia y Jerusalén) no suponen una particularización de su liturgia.

Todo lo dicho sobre la formación de las grandes familias litúrgicas vale de manera especial para la iglesia romana. También sus comienzos hay que situarlos en el estado general de libertad que se instauró después del edicto de Milán del 313. El favor imperial ofrece a la iglesia romana la posibilidad de desarrollarse de gran manera, sobre todo en materia de construcciones: surgen los grandes edificios de la iglesia catedral de Letrán y las basílicas sobre las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo. Con todo, las exhortaciones preocupadas de diversos sínodos africanos dejan adivinar un desarrollo tumultuoso de textos litúrgicos: «[...] preces quae probatae fuerint in concilio, sive praefationes, sive commendationes seu manus impositiones, ab omnibus celebrentur, nec aliae omnino contra fidem praeferantur; sed quaecumque a prudentibus fuerint collectae dicantur». También san Ambrosio (340-397), pese a su celo por la autonomía de su iglesia de Milán, reconoce la importancia extraordinaria e irradiante de la liturgia romana.

Si todas las liturgias occidentales se distinguen claramente de las formas del Oriente, es necesario añadir que el rito romano se distancia también de las formas todavía más ricamente desarrolladas del rito hispánico o mozárabe, que comienza a consolidarse hacia el siglo VI. Distintivo particular de la liturgia romana es la plegaria eucarística, el canon romano único, inmutable para todos los días del año y con pocos textos intercambiables (Communicantes, Hanc igitur).

miércoles, 20 de agosto de 2014

Los ritos existentes en la Iglesia Católica


En materia litúrgica, el rito es una tradición eclesiástica que indica la forma en que se deben celebrar los sacramentos. Se trata, pues, de un conjunto de reglas establecidas para el culto litúrgico y las demás ceremonias sagradas, de repetición más o menos invariable para asegurar la estabilidad de la celebración, y engarzado con el sentir religioso y la tradición de una determinada comunidad. De ahí que, con términos más precisos, el Código de Derecho Canónico para las Iglesias Orientales (1990) defina el rito como el patrimonio litúrgico, teológico, espiritual y disciplinario que se distingue por la cultura y las circunstancias históricas de los pueblos y que se expresa por la manera propia en que cada Iglesia de derecho propio vive la fe (canon 28 § 1).

En la Iglesia Católica, los principales ritos litúrgicos se remontan a los tiempos apostólicos, donde ya se encuentran referencias al sacrificio eucarístico, el altar, las luces, la colecta, la lectura de las epístolas y evangelios, la oblación del pan y del vino, el prefacio, el Sanctus, el canon, el Pater Nóster, el ósculo de paz, etcétera (Hch 2, 42; 20, 7; 27, 35). Sin embargo, los Apóstoles no determinaron todas las prescripciones litúrgicas, y sólo fijaron los puntos fundamentales que, con los siglos y a través de un desarrollo orgánico, completarán la liturgia y su ciclo temporal (1 Co 10, 16 y 11, 23-29). Estas prescripciones litúrgicas se conservaron durante los primeros tiempos por medio de la Tradición. Hasta nosotros han llegado ciertas colecciones antiguas de esas tradiciones, como las refundidas en la Didaché (compuesta entre los años 65 y 80), la Traditio apostolica (215), las Constituciones Apostolorum (siglo IV), el Testamentum Domini (siglos IV ó V) y ciertas anáforas de tipo antioquenocuya redacción más antigua se conoce sólo merced a las reconstrucciones efectuadas a partir de mediados del siglo XX, las cuales, si bien son de elaboración posterior, contienen documentos litúrgicos antiquísimos.

Hacia el siglo III existían tres sedes principales donde se había asentado la naciente Iglesia fundada por Cristo: Alejandría, Antioquía y Roma, cada uno de ellos con una liturgia sustancialmente idéntica, pero con algunas particularizaciones propias. A partir del siglo IV rivalizará también en importancia la refundada Bizancio, que se mantendrá como capital del Imperio romano de Oriente hasta su caída a manos de los turcos otomanos en 1452.

La Iglesia de Antioquía fue fundada por gentiles y judíos conversos que huyeron de la persecución iniciada tras el martirio de Esteban (Hch 7, 57-60). La ciudad recibió durante un año la predicación de san Pablo y Bernabé (Hch 11, 26 y 15, 35), y figura como la primera ciudad en donde los cristianos recibieron dicho nombre (Hch 11, 26). Tal era su importancia, proveniente de su carácter de centro geográfico donde convergieron los cristianos convertidos desde el paganismo, que la diócesis ahí erigida fue confiada inicialmente al cuidado espiritual de san Pedro (Ga 2, 11) y, más tarde, llegó a ser en uno de los cinco patriarcados que por entonces componían la Iglesia, con sede en la Basílica romana de Santa María Mayor. Debido a los múltiples cismas y divisiones que se han sucedido a lo largo de la historia, seis jefes eclesiásticos han llevado el título de patriarca de Antioquía, de los cuales cinco aún lo ostentan, dos ellos en comunión con la Sede Apostólica: el patriarca de Antioquía y de todo el Oriente de los Sirios, jefe de la Iglesia católica siria (en plena comunión desde 1656), y el patriarca de Antioquía y de todo el Oriente de los Maronitas, jefe de la Iglesia católica maronita (en plena comunión desde 1182). El sexto título pertenecía a un patriarcado hoy extinto. Para salvaguardar la fe en los territorios bajo ocupación musulmana, los cruzados crearon en 1098 el Principado de Antioquía, y erigieron en dicha cuidad el patriarcado latino de igual nombre, cuya sede fue trasladada a la basílica romana de San María Mayor cuando los turcos recuperaron la cuidad en 1268. Con la muerte de su último patriarca, S.E.R. Roberto Vicentini (1878-1953), la sede quedó vacante hasta su supresión definitiva en 1964.

La importancia que cobró Antioquía en los primeros tiempos del Cristianismo, unido a la cercanía geográfica entre dicha ciudad y Jerusalén, origen de la predicación apostólica, hace muy probable que el rito antioqueno sea el más antiguo de los existentes. Sólo podría rivalizar con él la liturgia de Jerusalén, compuesta por Santiago el Menor, quien fue considerado una de las columnas de la naciente Iglesia (Ga 2, 11), pese a no ser uno de los doce apóstoles (como sí lo era el hijo de Alfeo, con quien usualmente se lo confunde), y al cual se confió dicha ciudad después de que el resto del Colegio Apostólico emprendiera la evangelización del mundo por entonces conocido (Hch 15, 13-21). Como fuere, casi con seguridad esta última sea una derivación del rito antioqueno conforme con el cual celebraba el primer papa, como obispo de dicha diócesis. El origen geográfico de esta liturgia viene recogido todavía hoy después de la epíclesis, cuando se invoca: «Te ofrecemos oh Señor, por tus Santos Lugares, que glorificaste con las apariciones divinas de tu Cristo y por la venida de tu Espíritu Santo, especialmente para la santa y gloriosa Sión, madre de todas las Iglesias». La liturgia de Santiago sólo es seguida actualmente en la Iglesia de Jerusalén.

El resto de las familias litúrgicas nacieron precisamente merced a esos viajes de misión emprendidos por los Apóstoles para extender el mensaje de Cristo a todas las gentes (Mc 16, 15). Después de celebrado el primer Concilio en Jerusalén (aproximadamente hacia el año 50), la tradición católica muestra a Colegio Apostólico expandiéndose por el mundo. A san Pedro corresponderá llevar el Evangelio desde Antioquía a Roma, donde morirá crucificado sobre la colina Vaticana el 29 de junio de 64. San Marcos, después de servirle de intérprete durante sus primeros tiempos romanos, continuará con su misión en Egipto, recibiendo la palma del martirio en la cuidad de Alejandría hacia el año 68. Santiago el Menor permanecerá en Jerusalén, diócesis sujeta a la jurisdicción del patriarcado de Antioquía hasta el Concilio de Éfeso (431), donde también padecería el martirio en torno al año 62. En esta última ciudad tendrá igualmente su residencia san Pablo, desde la cual emprenderá tres viajes misionales y será  arrestado acusado de violar la ley judía (Hch 21, 27). Así nacen, producto de la inculturación, los ritos latino y alejandrino.

Proveniente del rito antioqueno, y dada la importancia que adquirió Bizancio como capital del Imperio Romano de Oriente desde que fuera refundada por el emperador Constantino (324-330), la Iglesia de esa ciudad adoptó un rito litúrgico propio a partir de la liturgia de Santiago, ya según la forma codificada por san Basilio (330-379), ya según aquella, más común, fijada por san Juan Crisóstomo (347-407), dando origen a una nueva familia litúrgica en Oriente.

Quedan así establecidas las cuatro grandes familias de ritos que la Iglesia Católica reconoce actualmente: latino, antioqueno, alejandrino y bizantino.

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Siendo, en verdad, nuestro vivísimo deseo que el verdadero espíritu cristiano vuelva a florecer en todo y que en todos los fieles se mantenga, lo primero es proveer a la santidad y dignidad del templo, donde los fieles se juntan precisamente para adquirir ese espíritu en su primer e insustituible manantial, que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia.





Hoy, 20 de agosto, se conmemora el centenario de la muerte de san Pío X (1835-1914). En honor a este papa, que reconoció el trabajo del Movimiento Litúrgico iniciado por Dom Prosper Guéranger (1805-1875), abad de Solesmes, hemos elegido este día para comenzar la andadura de esta bitácora de la Asociación litúrgica Magnificat, capítulo chileno de la Federación internacional Una Voce, que desde 1966 promueve la celebración de la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano en la ciudad de Santiago de Chile. Ella se nutrirá de entradas originales, traducciones, reseñas y citas literarias referidas a la tradición litúrgica de la Iglesia romana. Nuestro propósito es actualizar esta bitácora dos veces a la semana.   


Oración a San Pío X

Oh San Pío X, gloria del sacerdocio, esplendor y decoro del pueblo cristiano; tú, en quien la humildad pareció hermanarse con la grandeza, la austeridad con la mansedumbre, la piedad sencilla con la doctrina profunda; tú, pontífice de la Eucaristía y del catecismo, de la fe íntegra y de la firmeza inquebrantable; vuelve tu mirada hacia la Iglesia santa, a la que tu tanto amaste y a la que ofreciste lo mejor de los tesoros, que con mano pródiga, la divina Bondad depositó en tu alma; obtén para ella la incolumidad y la constancia en medio de las dificultades y  persecuciones de nuestro tiempo; socorre a esta pobre humanidad, cuyos dolores  tan profundamente te afligieron y que al final detuvieron los latidos de tu gran corazón; haz que en este mundo agitado triunfe aquella paz, que debe de ser armonía entre las naciones, acuerdo fraterno y sincera colaboración entre las clases sociales, amor y caridad entre los hombres, de manera que aquellas ansiedades que de tal modo consumieron tu vida apostólica, se vuelvan, gracias a tu intercesión, una feliz realidad, para gloria de Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


Discurso Questa'ora pronunciado el 29 de mayo de 1954 por el papa Pío XII con ocasión de la canonización de su predecesor.