sábado, 27 de septiembre de 2014

El beato John Henry Newman y la liturgia*

El beato John Henry Cardenal Newman (1801-1890) no alcanzó a conocer la reforma litúrgica emprendida después del Concilio Vaticano II. Sin embargo, podríamos decir que tuvo palabras proféticas que describen muy bien la crisis litúrgica actual.

Newman, haciendo eco de la publicación de Lyra Innocentium (1846), de John Keble (anglicano, gran amigo de Newman y fundador del Movimiento de Oxford), escribió una serie de comentarios respecto a la situación de la Iglesia anglicana de aquel entonces (sumida en una profunda crisis por su carácter “des-catolizado”) y el aporte que Keble realizó para recuperar lo que había perdido la iglesia desde la reforma, especialmente desde la fijación del rito por parte del arzobispo Thomas Cranmer (1489-1556). Para ello, el Beato Cardenal exhibe algunas facciones de la Iglesia católica (a la cual se había convertido poco tiempo antes, en 1845) que han sido poco captadas o estudiadas.

La correcta traducción de estos textos (cuyo original está en inglés) se debe a Jack Tollers. Son de gran provecho muchas de las traducciones y textos originales que este autor pone a disposición en su sitio web (Et Voilà), por lo que recomendamos visitar este sitio.

Dice el Cardenal:

[Keble] hizo por la Iglesia de Inglaterra lo que sólo un poeta podía hacer: la hizo poética [...] 

La poesía, tal como lo demostró el Sr. Keble en sus conferencias en la universidad, es un modo de aliviar la mente sobrecargada; es un canal a través del cual las emociones encuentran expresión, y eso de un modo seguro y ordenado. Ahora bien ¿qué cosa no es la Iglesia católica, vista desde un punto de vista humano, sino una disciplina para los afectos y las pasiones? ¿Qué son sus cánones y prácticas sino la expresión ordenada de un sentimiento agudo, o profundo, o turbulento y, por tanto, una “limpieza”, como diría Aristóteles, del alma enferma? La Iglesia es la poetisa de sus hijos; está llena de música para consolar al melancólico y controlar al rebelde—es fabulosa en sus historias para la imaginación del romántico; está repleta de símbolos e imaginería de modo tal que los sentimientos más delicados, que no sabrían cómo expresarse en palabras, pueden comunicarse silenciosamente y hacerse presentes en el alma de cada cual. Su ser mismo es poético: cada salmo, cada petición, cada colecta, cada versículo, la cruz, la mitra, el incensario, es la concreción de alguna ensoñación de la niñez o, tal vez, la realización de una ilusión de la juventud.

Y luego agrega:

Ahora bien, el autor de “Christian Year” [Keble] encontró al sistema anglicano completamente desprovisto de este elemento divino que es propiedad esencial del catolicismo—el ritual echado a los perros, pisado y roto en mil pedazos; las oraciones amputadas, trozadas, arrancadas, llevadas y traídas sin ton ni son hasta que el sentido de la composición original se perdió y los oficios que habían constituido tan noble poesía ahora ya ni siquiera eran buena prosa; antífonas, himnos, bendiciones e invocaciones, arrojadas al olvido; las lecciones de la Escritura convertidas en referencias vacías de significado; pesadez, debilidad, torpeza allí donde los ritos católicos antes habían desplegado alas livianas, frescura y la luz del Espíritu; suprimidas las vestiduras ceremoniales, apagados los cirios, robadas las joyas, aniquilada la pompa y circunstancia del culto divino.

Y se sentía ahora un vacío lúgubre—que parecía el santo y seña de una espuria colusión con el mundo y que se imponía a los ojos, al oído, a las fosas nasales de quien quisiera tributar un culto digno a Dios; un olor a polvo y a humedad en lugar del incienso; [...] las armas de la Corona reemplazando al crucifijo; horripilantes y desmedidas cajas de madera desde la cual predicaban ceñudos ministros emplazadas en lugar del misterioso altar de antaño; y largas naves laterales sin uso alguno, separadas por rieles, como las tumbas (que eso eran) de lo que había sido y ya no era; y en lugar de la ortodoxia, una dogmática frígida, rígida, inconsistente, aburrida, incapaz, desvalida, que no podía fundarse debidamente y que sin embargo se mostraba intolerante respecto de cualquier enseñanza que contuviera alguna lección iluminadora y que resentía cualquier intento de que se le diera sentido.

Como podemos ver con absoluta claridad en este último texto, pareciera ser que el Beato Cardenal está realizando una especie de “reconstrucción” o “sumario” de lo que ha significado la reforma litúrgica del post-concilio y de los excesos a que ella ha conducido cuando se ha intentado romper con el desarrollo orgánico de los ritos a partir de la Tradición. No sorprende que pocos años antes de que Newman escribiese estas proféticas palabras, Dom Prósper Guéranger OSB (1805-1875), abad de Solesmes y fundador del Movimiento Litúrgico, hubiese identificado en el capítulo XIV de sus Instituciones litúrgicas las características de lo que él denominó "la herejía antilitúrgica del protestantismo", cuya lectura aconsejamos. 




Surge claramente una interrogante poderosa: ¿qué podemos hacer para reconstruir lo que se ha perdido?

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Con algunos pequeños ajustes y desarrollos, el texto está tomado de: http://infovaticana.com/blog/sacram-liturgiam/newman-y-la-liturgia/

sábado, 20 de septiembre de 2014

Los tipos de Misa en la forma extraordinaria


En la forma extraordinaria hay dos clases de Misas, atendiendo al grado de participación de los fieles y la solemnidad con que ésta se celebra: la Misa rezada (también llamada Misa leída o Misa baja) y la Misa solemne o cantada (Missae in cantu).

La Misa rezada

La Misa rezada se caracteriza porque la celebración se realiza sin mayor solemnidad, sin asistencia de diácono y subdiácono, y sin canto del ordinario y el propio. En ella los fieles, si los hay, participan interiormente y con los adecuados gestos externos de reverencia hacia el sacrificio de Cristo que el sacerdote renueva sobre el altar. Se unen especialmente mediante la oración que éste eleva en nombre de toda la Iglesia y, en la medida de lo posible, participan también con oraciones o algunos cantos. 

Por esa razón, «el sacerdote que celebra, sobre todo cuando la iglesia es grande y numerosa la asistencia, debe decir en voz alta lo que, según las rúbricas, debe pronunciarse clara voce, de suerte que todos los fieles puedan seguir la acción sagrada cómoda y oportunamente» (Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción De musica sacra et sacra liturgia, de 3 de septiembre de 1958, núm. 34)

Cuando los fieles pueden responder adecuadamente a las oraciones del sacerdote, nos encontramos con una modalidad de Misa rezada que se llama «Misa dialogada», surgida por influjo del Movimiento Litúrgico, actualmente la más extendida y deseable (Instrucción De musica sacra et sacra liturgia, núm. 31). Como mínimo, la Misa dialogada implica que los fieles contesten ordenadamente en latín las respuestas más fáciles (Amen, Et cum spiritu tuo, etcétera) o aquellas que corresponden al que ayuda (oraciones al pie del altar, Confíteor, Dómine non sum dignus, etcétera). 

También es deseable que reciten con el sacerdote ciertas partes del ordinario de la Misa (Kyrie alternado, Gloria, Credo, Sanctus, Pater nóster, Agnus Dei). Donde los fieles tengan mayor formación y los subsidios adecuados (por ejemplo, la ayuda de un misal o de un folleto con idéntica función), la Misa dialogada puede llegar a su máxima expresión cuando todos rezan en voz alta con el sacerdote las antífonas que no son exclusivas de él (Introito, Gradual, Ofertorio y Comunión) y que son propias de cada Misa. Tal es lo que se prevé hoy en las rúbricas para la forma ordinaria.

Los fieles, o un coro, pueden intervenir también con algún canto devocional que no pertenezca al propio del día ni al ordinario de la Misa. Es lo que se llama un motete, que puede ser cantado en latín o en lengua vernácula. Dado que generalmente se forman sobre algunas palabras de la Sagrada Escritura, habrá que cuidar que estos motetes, polifónicos o no, sean acordes al tiempo litúrgico y a la parte de la celebración en que se interpretan.

Estas breves composiciones musicales son adecuadas, por ejemplo, acompañando la entrada (sin sustituir al Introito) o la salida del sacerdote, el ofertorio y la comunión. Sobresalen particularmente las antífonas marianas, también de acorde al tiempo litúrgico.

En principio, en las Misas rezadas, incluida la dialogada, no se usa incienso. Estas celebraciones terminan con unas oraciones finales prescritas en 1884 por el papa León XIII (de ahí su nombre: «preces leoninas») para encomendar la conversión de Rusia, que consisten en tres avemarías, una Salve (a la que se añade un versículo y la oración sacerdotal Deus refugium nostrum et virtus), la oración a San Miguel Arcángel y la triple repetición de una jaculatoria final al Sagrado Corazón de Jesús (agregada por san Pío X). Tanto el sacerdote como los fieles permanecen arrodillados durante su rezo y son recitadas alternadamente. Aunque actualmente estas preces no están prescritas para la forma ordinaria, san Juan Pablo II invitaba a todos a no olvidarlas y a rezarlas «para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo» (Regina Coelis, domingo 24 de abril de 1994), y siguiendo su ejemplo han sido restablecidas o sugeridas en algunas diócesis, como ha ocurrido en Estados Unidos de América (diócesis de Springfield y de Peoria) y Chile (diócesis de San Bernardo).

Según el grado de participación de los fieles, entonces, en las Misas rezadas cabe distinguir al menos cinco tipos de celebración: (i) Misa rezada en la que sólo responde el ayudante; (ii) Misa dialogada donde responden todos los presentes; (iii) Misa dialogada con exhortaciones y lecturas en lengua vernácula hechas por un lector; (iv) Misa rezada con cantos; (v) Misa dialogada con exhortaciones y lecturas en lengua vernácula y cantos.

La Iglesia se preocupa y desea que en cada una de estas formas de celebración la actuosa participatio de los fieles sea lo más intensa posible. Es evidente que no todos esos tipos son igualmente favorables para la plena participación activa, plena y fructífera del Pueblo de Dios que es el ideal de la vida litúrgica, según nos recuerdan la encíclica Mediator Dei de Pío XII (núm. 128), la Constitución Sacrosanctum Concilium (núm. 14) o la exhortación postsinodal Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI (núm. 52). El sacerdote ha de elegir entre todos el que sea más favorable, según las circunstancias en las que se encuentra su parroquia, comunidad religiosa o grupo estable, teniendo siempre presente que «la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana», y no con «referencia a una simple actividad externa durante la celebración» (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatem, núm. 52).

En este sentido, el grado más ínfimo de participación viene representado por la Misa rezada en la que sólo responde el ayudante. Por cierto, esto no significa que, también en este grado, no pueda haber o no haya de hecho una participación verdaderamente fructuosa de los fieles en la liturgia. Existe, ante todo, la posibilidad de que los fieles se asocien lo mejor que puedan a la acción sagrada, al menos con piadosos pensamientos y meditaciones, según sus posibilidades. Aunque se trate de un grado ínfimo desde el punto de vista del ideal de participación activa, también esta forma es legítima y, a su modo, fructuosa. Un grado más alto en la participación en la Misa rezada en este tipo se tiene en los que siguen privadamente, incluso sin responder, las mismas oraciones del sacerdote a través de la traducción que de ellas ofrece el misal de los fieles. Poco a poco, la traducción y las explicaciones ahí contenidas les harán seguir los ritos, para más tarde comprenderlos con frutos.

La misa dialogada admite varios grados, en los que es oportuno introducir sucesivamente al pueblo. Primero exhortándolo a responder: Amen y Et cum spiritu tuo; luego añadiendo también otras respuestas que, de otro modo, debiera hacer el ayudante: las preces al pie del altar con Confíteor incluido, la respuesta al Orate fratres y las aclamaciones al inicio del prefacio; por último, haciéndoles recitar junto con el sacerdote el Gloria, el Credo, el Sanctus y el Agnus Dei.

Un grado superior de participación litúrgica es la Misa dialogada con exhortaciones y lecturas (epístola y evangelio) hechas en lengua vernácula por un lector, según las normas y las traducciones aprobadas por la Iglesia. Estas exhortaciones deben ser de suma sobriedad y discreción, evitando el peligro de que lleguen a ser una predicación o que distraigan a los fieles en vez de concentrarles en el rito litúrgico, rompiendo los intervalos de silencio indispensables para la oración. Para este efecto, una breve reseña antes de iniciarse la celebración sobre la Misa del día y sus particularidades, o una breve referencia al santo que se conmemora, es más que suficiente. El motu proprio Summorum Pontificum (artículo 6°) y la instrucción Universae Ecclesiae (artículo 26) permiten que en las Misas rezadas las lecturas sean proclamadas directamente en lengua vernácula.
La misa rezada con cantos en lengua vernácula, o con motetes o cantos gregorianos en latín correspondientes a las diversas partes del sacrificio, es otra forma, todavía mejor, de involucrar a los fieles, porque el gran medio de la participación activa es siempre el canto de toda la asamblea. Estos cantos, por expresa prohibición de la Santa Sede, no pueden ser traducciones literales de los textos latinos que en aquel momento lee el sacerdote en el altar. Sin embargo es posible ir combinando el Kyrie, Gloria, Credo y Agnus Dei con cantos vernáculos y motetes. Es la llamada «Misa solemnizada», porque no incluye el canto del Introito, del Ofertorio o de la Comunión, o de aquellas partes que corresponden al sacerdote en una Misa cantada (oraciones, prefacio, etcétera).
Por último, la Misa dialogada con exhortaciones y lecturas en lengua vulgar y cantos en lengua vulgar ofrece también varios aspectos positivos. El más importante es quizá que puede ser un buen eslabón hacia la Misa cantada, especialmente en algunas parroquias donde paulatinamente se desea reinstaurar la Misa según la forma extraordinaria de manera estable en horario dominical.

La Misa cantada

La Misa solemne o cantada (Missae in cantu) es aquella que se celebra con majestuosidad y con todo el aparato de las ceremonias de la Iglesia. Su característica principal es que el sacerdote canta, efectivamente, las partes del formulario que las rúbricas prevén que ha de decir de viva voz (Dominus vobiscum, Oremus, Colecta, Evangelio, prefacio, Pater nóster, postcomunión). Cuando quienes ayudan en la Misa cantada no son ministros sagrados, sino simples monaguillos, nos hallamos ante la Misa cantada en sentido estricto (Missae cantata). Si ella está servida por ministros sagrados (diácono y subdiácono debidamente revestidos y que actúan como tales) se denomina Misa solemne. En estos casos, el sacerdote que preside la celebración se llama preste. Si el que oficia en la Misa solemne es un abad, la Misa se llama «abacial»; si un obispo o un prelado, la Misa se llamada «pontifical»; y si el Papa, «papal». En estos casos, la forma de celebrar presenta algunas particularidades adicionales, contenidas en el Pontifical Romano y en el Ceremonial de los obispos.
La nota distintiva más característica de la Misa papal es que en ella hay dos diáconos y dos subdiáconos de oficio, representando el rito griego y latino y cantando la Epístola y el Evangelio en ambos idiomas.

En general, en esta clase de Misas el pueblo debería responder cantando los diálogos con el sacerdote. También puede cantar con el coro, o bien alternar con él, las partes previstas en el ordinario de la Misa (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Sed líbera nos a malo, Agnus Dei). El propio de la Misa se canta también, aunque sea interpretado por una sola o por pocas voces, con un semitonado o salmodiado sencillo.
Respetando estos cantos litúrgicos, que siempre son en latín, se pueden interpretar también otros motetes adecuados, por ejemplo, en la entrada, el Ofertorio, la comunión o la salida. Nótese que, en las Misas dialogadas, el Pater nóster está previsto recitarlo con el sacerdote; pero, en las Misas cantadas, lo entona sólo el sacerdote y los demás se incorporan al final, diciendo «Sed líbera nos a malo» (Instrucción De musica sacra et sacra liturgia, núm. 35). En las Misas cantadas está previsto también que el canto recubra algunas de las oraciones del sacerdote que son más devocionales o que, precisamente por ser más sagradas, recita en silencio.
En las simples Misas cantadas siempre se puede utilizar incienso, sin que sea precisa ninguna otra razón especial. En las demás Misas con canto (Misa solemne y pontifical), el incienso es preceptivo.

Después de la Misa cantada (Missae in cantu) nunca se recitan las preces leoninas. Por su parte, en las Misas rezadas estas oraciones se pueden omitir cuando ha habido homilía o cuando a la Misa siga alguna otra función o ejercicio piadoso, y también en las misas dialogadas que se celebran en domingo o en otro día festivo (Sagrada Congregación de ritos, decreto de 9 de marzo de 1960).

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Benedicto XVI y la Liturgia


A continuación, les ofrecemos una breve selección al libro-entrevista Luz del Mundo*, de Peter Seewald, sobre las reflexiones de S.S. Benedicto XVI respecto a la importancia de la solemnidad y orden con que se debe celebrar la Santa Misa. 



Usted lo ha hecho ver con palabras dramáticas: el destino de la fe y de la Iglesia no se decide en otro lugar más que «en el contexto de la liturgia». Como alguien de fuera se podría pensar que es más bien secundario qué palabras se pronuncian, qué posturas se asumen y qué acciones se realizan en una Misa.


La Iglesia se hace visible a los hombres en muchas cosas, en la acción caritativa, en los proyectos de misión, pero el lugar donde más se la experimenta realmente como Iglesia es en la liturgia. Y eso es correcto de ese modo. En definitiva, la Iglesia tiene el sentido de volvernos hacia Dios y de dar entrada a Dios en el mundo.

La liturgia es el acto en el que creemos que Él entra y que nosotros lo tocamos. Es el acto en que se realiza lo auténtico y propio: entramos en contacto con Dios. Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él. De dos maneras recibimos en ella instrucción y fuerza: por una parte, en cuanto escuchamos su palabra, de modo que realmente lo oímos hablar, recibimos de su parte orientación para el camino. Por la otra, en cuanto Él mismo se nos regala en el pan transformado. 

Naturalmente, las palabras siempre pueden ser diferentes, las actitudes corporales pueden ser diferentes. Por ejemplo, en la Iglesia de Oriente existen algunos ademanes diferentes de los nuestros. En la India, los mismos ademanes que nosotros utilizamos en común tienen en parte un significado diferente. Lo que importa es que la palabra de Dios y la realidad del sacramento estén en el centro; que no desintegremos a Dios a fuerza de palabras y pensamientos y que la liturgia no se convierta en una presentación de nosotros mismos.

¿La liturgia es, según eso, algo preestablecido?

Sí. No es que nosotros hagamos algo, que mostremos nuestra creatividad, o sea, todo lo que podríamos hacer. Justamente, la liturgia no es ningún show, no es un teatro, un espectáculo, sino que vive desde el Otro. Eso tiene que verse con claridad. Por eso es tan importante el hecho de que la forma eclesial esté preestablecida. Esa forma puede reformarse en los detalles, pero no puede ser producida en cada caso por la comunidad. Como he dicho, no se trata de la producción de uno mismo. Se trata de salir de sí mismo e ir más allá de sí mismo, entregarse a Él y dejarse tocar por Él.

En este sentido no sólo es importante la expresión, sino también el carácter comunitario de esta forma. Puede ser diferente en los ritos, pero debe tener siempre lo que nos precede desde el conjunto de la fe de la Iglesia, desde el conjunto de su tradición, desde el conjunto de su vida, y que no brota meramente de la moda del momento.

¿Significa esto tener que permanecer en la pasividad?

No. Pues justamente este enfoque nos desafía a dejarnos arrancar realmente de nosotros mismos, de la mera situación del momento; nos desafía a introducirnos en el todo de la fe, a entenderlo, a tener participación interior en ello y, entonces, a dar también a la celebración litúrgica la forma digna por la que llega a ser hermosa y se convierte en alegría. Esto ha sucedido de forma muy especial en Baviera, por ejemplo a través del gran florecimiento de la música sacra o también del florecer de la alegría en el rococó bávaro. Es importante que se dé también una forma bella al conjunto, pero siempre al servicio de lo que nos precede, y no como algo que, por de pronto, tenemos que hacer nosotros.

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* Benedicto XVI, Luce del mondo, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2010, p. 215

sábado, 13 de septiembre de 2014

El motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI: un mismo rito romano con dos formas de celebración


Después de largas reflexiones, múltiples consultas y de una intensa oración, el papa Benedicto XVI decidió establecer el Misal Romano vigente hasta la reforma litúrgica de 1969 como forma extraordinaria del rito romano, que coexiste desde entonces con la forma ordinaria que se celebra conforme con la tercera edición típica del Misal promulgado por el papa Pablo VI (2008). 

Sin embargo, no cabe hablar de la existencia de dos redacciones del Misal Romano como si se tratase de dos ritos distintos, sino de un doble uso o modo práctico de celebrar de un mismo y único rito. Esta autorización general para que cualquier sacerdote pueda celebrar la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano sin necesidad de ningún otro permiso está contenida en el motu proprio Summorum Pontificum, de 7 de julio de 2007, cuyas reglas han sido desarrolladas con posterioridad por la instrucción Universae Ecclesiae, de 30 de abril de 2011, preparada por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. Dichos textos permiten también la celebración de los restantes sacramentos y del Oficio Divino conforme con los libros en vigor hasta la reforma litúrgica que implementó las directrices del Concilio Vaticano II.

Benedicto XVI escribió también una carta dirigida a todos los obispos en la que explica las razones que lo llevaron a permitir que el rito romano se pudiese celebrar de dos formas distintas, recordando que el Misal Romano de san Juan XXIII nunca fue abrogado ni derogado por acto alguno de la Sede Apostólica, como ya había concluido una comisión de cardenales formada en 1982 por el entonces recién nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En esa carta, el Papa explica que la forma extraordinaria no comporta en modo alguno un peligro para la reforma litúrgica querida por los padres conciliares, cuyas bases se hallan recogidas en la Constitución Sacrosanctum Concilium (1963). Incluso, «las dos formas del uso del rito romano pueden enriquecerse mutuamente: en el misal antiguo se podrán y deberán insertar nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios». En esta tarea de revisión trabaja hoy la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, dependiente desde 2009 de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Paralelamente, la influencia en «la celebración de la Misa según el misal de Pablo VI se podrá manifestar, en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo. La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal».



En suma, como recuerda Benedicto XVI en la mentada carta, «no hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande, y no puede ser súbitamente prohibido del todo o, más todavía, ser considerado perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y darles el justo puesto».

viernes, 12 de septiembre de 2014

Santo nombre de María

"Y el nombre de la Virgen era María" (Lc. 1,27).

Hablemos un poco de este nombre que significa, según se dice, Estrella del Mar, y que conviene maravillosamente a la Virgen Madre. (...) Ella es verdaderamente ésta espléndida estrella que debía levantarse sobre la inmensidad del mar, toda brillante por sus méritos, radiante por sus ejemplos.

¡Oh! tú, qui...en quiera que seas, que te sientes lejos de tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta estrella.

Si el viento de las tentaciones se levanta, si el escollo de las tribulaciones se interpone en tu camino, mira la estrella, invoca a María.

Si eres balanceado por las agitaciones del orgullo, de la ambición, de la murmuración, de la envidia, mira la estrella, invoca a María.

Si la cólera, la avaricia, los deseos impuros sacuden la frágil embarcación de tu alma, levanta los ojos hacia María.

Si, perturbado por el recuerdo de la enormidad de tus crímenes, confuso antes las torpezas de tu conciencia, aterrorizado por el miedo del Juicio, comienzas a dejarte arrastrar por el torbellino de tristeza, a despeñarse en el abismo de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María.

Que su nombre nunca se aparte de tus labios, jamás abandone tu corazón; y para alcanzar el socorro de su intercesión, no descuides los ejemplos de su vida.

Siguiéndola, no te extraviarás, rezándole, no desesperarás, pensando en Ella, evitarás todo error.

Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer; si Ella te conduce, no te cansarás; si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.

Y así verificarás, por tu propia experiencia, con cuánta razón fue dicho: “Y el nombre de la Virgen era María”.
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* San Bernardo, Alabanzas de la Virgen María, “Super missus”, 2ª homilía, 17 - apud Pierre Aubron SJ, L’ouvre mariale de Saint Bernard, Edition du Cerf, Paris, Les Cahiers de la Vierge, n° 13-14, marzo de 1936, pp. 68-69.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Mons. Athanasius Schneider: Algunas notas sobre el origen de la comunión en la mano

De un tiempo a esta parte, se ha extendido la idea de que la práctica de la comunión en la mano tiene su origen en la Iglesia primitiva. A continuación, transcribimos una entrevista concedida en 2011 a Radio María Alemania por S.E.R. Athanasius Schneider, experto en Patrística y obispo auxiliar en Kazajistán, donde explica que dicha idea es errada. En palabras de Mons. Schneider: "La comunión en la mano no tiene nada que ver con la Iglesia primitiva, es de origen calvinista".


Athanasius Schneider tiene 50 años, nació en Kirguistán y desde 2006 ha ejercido como obispo auxiliar en dos diócesis de Kazajistán, una ex república soviética con un 26% de población cristiana, mayoritariamente ortodoxa, pero con una pujante comunidad católica. 

Recientemente, monseñor Schneider, quien es experto en Patrística e Iglesia primitiva, explicó en la emisora de Radio María en el sur del Tirol las diferencias entre la forma de comulgar en la Iglesia primitiva y la actual práctica de la comunión en la mano. 

Según afirmó, esta costumbre es "completamente nueva" tras el Concilio Vaticano II y no hunde sus raíces en los tiempos de los primeros cristianos, como se ha sostenido con frecuencia. 

En la Iglesia primitiva había que purificar las manos antes y después del rito, y la mano estaba cubierta con un corporal, de donde se tomaba la forma directamente con la lengua: "Era más una comunión en la boca que en la mano", afirmó Schneider. De hecho, tras sumir la Sagrada Hostia el fiel debía recoger de la mano con la lengua cualquier mínima partícula consagrada. Un diácono supervisaba esta operación. 

Jamás se tocaba con los dedos: "El gesto de la comunión en la mano, tal como lo conocemos, hoy era completamente desconocido" entre los primeros cristianos.


Origen calvinista:


Aun así, se abandonó aquel rito por la administración directa del sacerdote en la boca, un cambio que tuvo lugar "instintiva y pacíficamente" en toda la Iglesia. A partir del siglo V, en Oriente, y en Occidente un poco después. El Papa san Gregorio Magno en el siglo VII ya lo hacía así, y los sínodos franceses y españoles de los siglos VIII y IX sancionaban a quien tocase la Sagrada Forma.


Según monseñor Schneider, la práctica que hoy conocemos de la comunión en la mano nació en el siglo XVII entre los calvinistas, que no creían en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. "Ni Lutero", que sí creía en ella aunque no en la transustanciación, "lo habría hecho", dijo el obispo kazajo: "De hecho, hasta hace relativamente poco los luteranos comulgaban de rodillas y en la boca, y todavía hoy algunos lo hacen así en los países escandinavos".

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Actualización [22 de agosto de 2015]: El sitio Adelante la Fe informa que S. Excia. Revma. Mons. Cristóbal Bialasik, obispo de Oruro (Bolivia), ha prohibido en su diócesis la práctica de la comunión en la mano, con el fin de asegurar la digna y reverente recepción de la Eucaristía y evitar el peligro de sacrilegio. La noticia puede leerse aquí.

Actualización [4 de febrero de 2015]: El sitio Adelante la Fe reproduce el decreto por el cual S. Excia. Revma. Mons. Cristóbal Bialasik, obispo de Oruro (Bolivia), prohíbe en su diócesis la práctica de la comunión en la mano, medida de la que ya habíamos dado noticia en su día. El texto puede ser consultado aquí.

Actualización [16 de abril de 2017]: El sitio Life Site News informa que S.E.R. Robert Morlino, obispo de Madison, Wisconsin, Estados Unidos, ha dispuesto que a partir del próximo otoño la comunión sea recibida en su diócesis directamente en la boca y de rodillas, para así promover la reverencia hacia el Santísimo Sacramento. 

jueves, 4 de septiembre de 2014

Marguerite Yourcenar a propósito de los viejos misales

Marguerite Yourcenar (1903-1987) fue una conocida escritora francesa posteriormente nacionalizada estadounidense. Su obra más recordada es Memorias de Adriano (1951), donde recrea la vida y muerte de ese emperador romano con notable erudición. Aunque no era creyente, su amor por la cultura la llevó a interesarse por el cristianismo y el budismo, y dejó plasmado ese interés en sus libros. En sus memorias, intituladas El laberinto del mundo (1973, 1977 y 1988), encontramos este texto a propósito de un viejo misal que había pertenecido a su madre: «Un Misal de los fieles, en dos volúmenes, publicado en Tournai por Desclée, Lefevbre et Cie. en 1897, había sido muy utilizado, según daba a entender su degastada badana; una corona dibujada encima de las iniciales de Fernande mancha de vanidad su tapa. El Misal contiene un calendario perpetuo que yo consulto de cuando en cuando; también releo alguna vez las notables oraciones en latín que según Fernande imaginaba deberían seguirse recitando hasta el fin del mundo, y que la Iglesia, hoy en día, ha arrinconado» (El laberinto del mundo, trad. de Emma Calatayud, Barcelona, Alfaguara, 2012, p. 56).