sábado, 30 de abril de 2016

Robert Spaemann sobre Amoris Laetitia

Según lo consignáramos en una actualización previa, el destacado filosófo católico alemán Robert Spaemann (*Berlín, 1927), de quien hemos publicado antes una entrada, ha concedido una interesante entrevista (aquí el original en alemán) a la Catholic News Agency, en su versión alemana. 

En dicha entrevista, el Profesor Spaemann comparte con el señalado medio sus impresiones sobre la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, de S.S. el Papa Francisco. El sitio Infocatólica ha publicado ahora una traducción íntegra, la que reproducimos a continuación por considerarla de gran interés para nuestros lectores.

***
 


Entrevista a Robert Spaemann


(CNA/InfoCatólica


Profesor Spaemann, usted ha acompañado con su filosofía los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Muchos creyentes hoy en día discuten si la exhortación post-sinodal «Amoris Laetitia» de Francisco puede ser leída en continuidad con las enseñanzas de la Iglesia y de estos papas.

 


Para la mayor parte del texto es posible, a pesar de que su línea da lugar a conclusiones que pueden no ser compatibles con las enseñanzas de la Iglesia. En cualquier caso, el artículo 305, junto con la nota 351, que establece que los fieles «en una situación objetiva de pecado» pueden ser admitidos a los sacramentos «debido a circunstancias atenuantes» contradice directamente el artículo 84 de la «Familiaris Consortio» de Juan Pablo II.


¿Qué deseaba Juan Pablo II?

 


Juan Pablo II declara la sexualidad humana «símbolo real de la donación de toda la persona» y «sin ninguna limitación temporal ni de ningún tipo». El artículo 84 dice, entonces, con toda claridad que los divorciados vueltos a casar, si desean acceder a la comunión, deben renunciar a los actos sexuales. Un cambio en la práctica de la administración de los sacramentos por tanto no sería un «desarrollo» de la «Familiaris Consortio», como dijo el cardenal Kasper, sino una ruptura substancial con su enseñanza antropológica y teológica sobre el matrimonio y la sexualidad humana.


La Iglesia no tiene el poder, sin que haya una conversión previa, de juzgar positivamente unas relaciones sexuales desordenadas, mediante la administración de los sacramentos, disponiendo anticipadamente de la misericordia de Dios. Y esto sigue siendo cierto, sin importar cuál sea el juicio sobre estas situaciones, tanto en el plano moral como en el plano humano. En este caso, como en la ordenación de mujeres, la puerta está cerrada.

 Ejemplares de Amoris Laetitia
(Foto:  Andrew Medichini/AP)


¿No se podría argumentar que las consideraciones antropológicas y teológicas que usted ha mencionado tal vez sean verdaderas, pero que la misericordia de Dios no está sujeta a estos límites, sino que se conecta a la situación concreta de cada persona?

 


La misericordia de Dios está en el corazón de la fe cristiana en la Encarnación y la Redención. Ciertamente, Dios mira a cada persona en su situación particular. Él conoce a cada una de las personas mejor que lo que ella se conoce a sí misma. La vida cristiana, sin embargo, no es un entrenamiento pedagógico en el que uno se mueve hacia el matrimonio como un ideal, como «Amoris Laetitia» parece sugerir en muchos pasajes. Todo el ámbito de las relaciones, especialmente las de naturaleza sexual, tiene que ver con la dignidad de la persona humana, con su personalidad y libertad. Tiene que ver con el cuerpo como «templo de Dios» (1 Cor 6,19). Cualquier violación de este ámbito, aunque se haya vuelto frecuente, es, pues, una violación de la relación con Dios, a quien los cristianos se saben llamados; es un pecado contra su santidad, y tiene siempre y continuamente necesidad de purificación y conversión.


La misericordia de Dios consiste precisamente en que esta conversión se hace posible continuamente y siempre de nuevo. La misericordia, desde luego, no está vinculada a determinados límites, pero la Iglesia, por su parte, está obligada a predicar la conversión y no tiene el poder de superar los límites existentes mediante la administración de los sacramentos, haciendo así violencia a la misericordia de Dios. Esto sería orgullosa arrogancia.


Por lo tanto, los clérigos que se atienen al orden existente no condenan a nadie, sino tienen en cuenta y anuncian este límite hacia la santidad de Dios. Es un anuncio saludable. Acusarlos injustamente, por esto, de «esconderse detrás de las enseñanzas de la Iglesia» y de «sentarse en la cátedra de Moisés... para lanzar piedras a la vida de las personas» (art. 305), es algo que no quiero ni comentar. Se debe notar, sólo de pasada, que aquí se utiliza, jugando con una deliberada interpretación errónea, ese pasaje del Evangelio. Jesús dice, de hecho, sí, que los fariseos y los escribas se sientan en la cátedra de Moisés, pero hace hincapié en que los discípulos deben practicar y observar todo lo que ellos dicen, pero no deben vivir como ellos (Mt 23: 2).


El Papa quiere que no nos centremos en las frases individuales de su exhortación, sino que se tenga en cuenta todo el trabajo en su conjunto.

 


Desde mi punto de vista, centrarse en los pasajes antes citados está totalmente justificado. Delante de un texto del Magisterio papal no se puede esperar que la gente se alegre por un hermoso texto y disimule como si nada ante frases cruciales, que cambian la enseñanza de la Iglesia. En este caso sólo hay una clara decisión entre el sí y el no. Dar o negar la comunión: no hay término medio.

 Robert Spaemann junto al obelisco delante de Santa Maria sopra Minerva, en Roma
(Foto: EWTN/Paul Badde)


Francisco en su escrito enfatiza repetidamente que nadie puede ser condenado para siempre.

 


Me resulta difícil entender lo que quiere decir. Que a la Iglesia no le es lícito condenar a nadie personalmente, y mucho menos eternamente - lo cual, gracias a Dios, ni siquiera puede hacer - es claro. Pero, cuando se trata de relaciones sexuales que contradicen objetivamente el orden cristiano de la vida, entonces realmente quisiera que el Papa me dijera después de cuánto tiempo y bajo qué circunstancias un comportamiento objetivamente pecaminoso se convierte en una conducta agradable a Dios.


Aquí, entonces, ¿se trata realmente de una ruptura con la enseñanza tradicional de la Iglesia?

 


Que se trata de una ruptura es algo evidente para cualquier persona capaz de pensar que lea los textos en cuestión.


¿Cómo se ha podido llegar a esta ruptura?

 


Que Francisco se coloque en una distancia crítica respecto a su predecesor Juan Pablo II ya se había visto cuando lo canonizó junto con Juan XXIII, cuando se consideró innecesario para este último el segundo milagro que, en cambio, se requiere canónicamente. Muchos con razón han considerado esta opción como manipulación. Parecía que el Papa quisiera relativizar la importancia de Juan Pablo II.


El verdadero problema, sin embargo, es una influyente corriente de la teología moral, ya presente entre los jesuitas en el siglo XVII, que sostiene una mera ética situacional. Las citas de Tomás de Aquino referidas por el Papa en «Amoris Laetitia» parecen apoyar esta línea de pensamiento. Aquí, sin embargo, pasa por alto el hecho de que Tomás de Aquino conoce actos objetivamente pecaminosos, para los que no admite excepción vinculada a las situaciones. Entre éstas se incluyen comportamientos sexuales desordenados. Como había hecho ya en los años cincuenta el jesuita Karl Rahner en un ensayo que contiene todos los argumentos esenciales, válidos aún hoy, Juan Pablo II rechazó la ética de la situación y la condenó en su encíclica «Veritatis Splendor».


«Amoris Laetitia» también rompe con esta encíclica. En este sentido, pues, no hay que olvidar que fue Juan Pablo II quien dedicó su pontificado a la misericordia divina, le dedicó su segunda encíclica, descubrió en Cracovia el diario de Sor Faustina y, más tarde, la canonizó. Él es su intérprete auténtico.

 Rogier van der Weyden, Matrimoniodetalle del Tríptico de los siete sacramentos (1445-1450)


¿Qué consecuencias ve usted para la Iglesia?

 


Las consecuencias ya se pueden ver ahora. La creciente incertidumbre y la confusión: desde las conferencias episcopales al último sacerdote en la selva. Hace sólo unos días un sacerdote del Congo me expresó toda su perplejidad frente a esto y frente a la falta de una orientación clara. De acuerdo con los pasajes correspondientes de «Amoris Laetitia», en presencia de «circunstancias atenuantes» no definidas, pueden ser admitidos a la confesión de los demás pecados y a la comunión no sólo los divorciados y vueltos a casar, sino todos los que viven en cualquier «situación irregular», sin que deban esforzarse por abandonar su conducta sexual y, por tanto, sin confesión plena y sin conversión.


Cada sacerdote que se atenga al ordenamiento sacramental previo podría sufrir formas de intimidación por parte de sus fieles y ser presionado por su obispo. Roma ahora puede imponer el requisito de que sólo sean nombrados obispos los «misericordiosos», que estén dispuestos a suavizar el orden existente. Con un trazo el caos ha sido erigido como principio. El Papa debería haber sabido que con esa medida divide la Iglesia y abre la puerta a un cisma. Este cisma no residiría en la periferia, sino en el corazón mismo de la Iglesia. Dios no lo quiera.


Una cosa, sin embargo, parece segura: lo que parecía ser la aspiración de este pontificado - que la Iglesia superara su autoreferencialidad para salir al encuentro de las personas con un corazón libre - con este documento papal se aniquiló por tiempo indefinido. Se puede esperar un impulso secularizador y un nuevo descenso en el número de sacerdotes en muchas partes del mundo. Se puede comprobar fácilmente, desde hace tiempo, que los obispos y diócesis con una actitud inequívoca en materia de fe y moral tienen el mayor número de vocaciones sacerdotales. Hay que tener en cuenta aquí lo que escribe San Pablo en su carta a los Corintios: «Si la trompeta da un sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?» (1 Cor 14: 8).


¿Qué va a pasar ahora?

 


Cada cardenal, pero también cada obispo y sacerdote está llamado a defender en su propio campo el orden sacramental católico y profesarlo públicamente. Si el Papa no está dispuesto a hacer correcciones, le tocará al siguiente pontificado poner oficialmente las cosas en su sitio.



Traducción al castellano de InfoCatólica.

Actualización [5 de mayo de 2016]: En la edición de hoy del diario El Mercurio de Santiago de Chile, el profesor Hernán Corral, titular de Derecho civil y miembro de número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile, ha publicado una interesante columna sobre la última exhortación apostólica, donde ratifica una vez más que no puede haber cambio de doctrina en un documento que tiene carácter pastoral y menos a través de una nota al pie. 

Actualización [5 de diciembre de 2016]: El sitio OnePeterFive da cuenta de una reciente entrevista concedida por el filósofo Robert Spaemann a La Nuova Bussola Quotidiana (véase aquí el original), donde señala que resulta deplorable que sólo cuatro cardenales hayan manifestado sus dudas al papa Francisco respecto de la correcta interpretación de la exhortación postsinodal Amoris Laeticia, cuando se supone que todos ellos deben cumplir una función de consejo (como los antiguos senadores) enraizada en el Magisterio de la Iglesia y en el celo por las almas. 


Actualización [9 de diciembre de 2016]: el sitio First Things ha publicado una carta abierta a S.S. el Papa Francisco, a los obispos en comunión con él y a todos los fieles católicos de dos destacadísimos académicos católicos, los profesores John Finnis (Oxford University) y Germain Grisez (Mount Saint Mary's University). En dicha misiva, advierten al Santo Padre que la exhortación postsinodal Amoris Laetitia está siendo instrumentalizada por algunos para propagar tesis contrarias a la Fe Católica. En concreto, le piden al Papa y a todos los obispos en comunión con él condenar ocho tesis que están siendo respaldadas o probablemente lo serán mediante dicho uso abusivo del documento pontificio. 

jueves, 28 de abril de 2016

El manto papal, la capa coral y la capa magna

En dos entradas anteriores nos hemos ocupado de la capa pluvial y de la muceta. La primera de ellas comparte, junto con la casulla, la dalmática y la tunicela, el carácter de una vestidura litúrgica exterior. La segunda, por su parte, forma parte del traje eclesiástico y comporta una señal de dignidad. De ahí que ella haya sido tratada con el mantelete. Ahora queremos referirnos a tres vestimentas relacionadas con la capa pluvial por su forma y que representan símbolos de jurisdicción. Se trata del manto papal, la capa coral y la capa magna. 

De color rojo, el manto papal (mantum) constituía desde el siglo XI, junto con la tiara, las insignias características de la dignidad pontificia, carácter que hoy reviste el palio y el anillo de pescador. La imposición de esta capa (immantatio) tenía lugar inmediatamente después de la elección, a diferencia de los otros que se postergaban hasta su coronación. Tras la elección del nuevo papa y su aceptación del cargo, los doseles de los cardenales electores se plegaban, en signo de que a partir de ése momento el único soberano (y, por ende, el único con derecho a dosel) era el nuevo Papa, a quien se prestaba enseguida manifestación de obediencia tras su primer acto desde la Cátedra: escucha la palabra de Dios contenida en el Evangelio (Mt 16, 13-19 o Jn 21, 15-17 o Jn 21, 15-17) que proclama un cardenal diácono. De ahí la fórmula usada luego para la coronación: "Investio te de papatu romano ut praesis urbi et orbi". Ella era, entonces, una ceremonia de muchísima importancia dentro del ceremonial pontificio. Así, por ejemplo, en el cónclave de 1159, mientras el cardenal Rolando Bandinelli (Alejandro III), legítimamente elegido, dudaba sobre aceptar o no el pontificado, habiendo el cardenal Octaviano, candidato imperial, tomado por su cuenta el manto papal, el concilio de Pavía de 1160 se declaró a favor de este último precisamente por ese gesto. El manto cayó en desuso durante el destierro de Aviñón, pero volvió a ser utilizado posteriormente. 


El beato Pablo VI, revestido con manto de color rojo, se dirige a los cardenales electores tras su elección como Romano Pontífice

Con los siglos, el color del manto fue tanto blanco como rojo. Comportaba una capa amplísima, confeccionada en una tela de gran calidad y ricamente decorada, con una longitud mayor que la estatura del papa. De hecho, su amplitud hacía necesario que los cardenales diáconos sostuvieran los extremos mientras el papa se desplazaba. Su uso quedaba reservado para los casos en que el Sumo Pontífice asistía en el trono a las funciones pontificales celebradas por un cardenal, revistiéndose entonces con el manto papal rojo o blanco. La capa pluvial quedaba reservada para las ceremonias de carácter privado. 

 El Papa Pablo VI revestido con el manto papal blanco

El último que llevó el manto papal de manera habitual fue el beato Pablo VI. Al igual que otros ornamentos litúrgicos no fue abolido, pero cayó en desuso y fue reemplazada por, cuando se la usa, la capa pluvial. Aunque posteriormente ha habido algunas ocasiones que recuerdan el antiguo uso del manto papal. Por ejemplo, un manto que perteneció a San Juan XXIII fue recortado y convertido en una capa pluvial algo más amplia que las comunes, la que fue usada por Juan Pablo II para conmemorar el final del Jubileo de 1983. De ella se sirvió después Benedicto XVI con motivo de la bendición Urbi et Orbi de 25 de diciembre de 2007.


Benedicto XVI con el manto papal usado por Pablo VI y sostenido por dos diáconos

La capa coral, con capucha de color rojo o negro, se menciona desde el siglo XII como parte del hábito del clero durante los oficio de coro. Hacia el siglo XVI sufrió modificaciones que la redujeron a su forma actual. Hoy en día forma con la muceta el traje canonical para la asistencia al coro, aunque pocas veces se usa. Su empleo es alternativo, de suerte que la capa coral tiene un capirote en lugar de la muceta. 


 El Deán de la Catedral Metropolitana de Santiago de Chile despide al Presidente Arturo Alessandri luego del tradicional Te Deum del 18 de septiembre. 


Antiguamente, teniendo cola la capa indicaba jurisdicción: el que la vestía era canónigo o de corpore capituli por la jurisdicción que a éste compete. Por esta razón carecía de ese apéndice o era del todo redonda la de los racioneros y prebendados que no tenían canongía, ni, por tanto, voto en el cabildo de canónigos. Por eso, tal vez, cuando en algunas catedrales se ha concedido asiento en el coro a los capellanes o beneficiados asistentes, permitiéndoseles el uso del traje coral, se les ha dado siempre capa redonda. En la actualidad carece de cola. 

S.E.R. François Gayot, Arzobispo emérito de Cabo Haitiano, celebrando una Misa pontifical con ocasión de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de San Juan Bautista de Manhattan (2010). El caudatario lleva capa coral.


La capa magna es una prenda a la que se hace mención por primera vez en el siglo XV. Es una suerte de capa coral magnificada, muy amplia, redonda, provista de una ancha capucha y con una larga cola (cauda), que desde 1952 es de 7 metros para los cardenales y de 3,5 para los obispos. Debido a su extensión, esta capa necesita de  un clérigo llamado caudatario, encargado de sostenerla (en presencia de un cardenal, sin embargo, los obispos la recogían en el brazo). En Roma, los cardenales llevaban la capa magna siempre recogida en el brazo, sin caudatario, por respeto a la jurisdicción universal del Papa, representada por su manto. Sólo se extendía el día en que los cardenales prestaban pleitesía al Romano Pontífice o cuando eran investidos de la púrpura cardenalicia, momento en que se cubrían además la cabeza con la capucha para recibir el galero.  


Un cardenal presta obediencia al Papa Pablo VI tras su elección, con capa magna desplegada y caudatorio. 

De la última costumbre descrita surge la capa magna recogida, también denominada cappa parva o cappa praelatitia reflexa, que no es más que la capa magna con la cola recogida, trenzada y atada bajo el brazo izquierdo, usada en las capillas papales por los obispos y los miembros de la prelatura romana que asistían en el coro sin ornamentos. También la usaban los miembros de algunos cabildos privilegiados con esa concesión, como ocurría con los de la Catedral de Westminster en Londres. 


Capa magna recogida

El uso de la capa magna era extralitúrgico, de suerte que el obispo la llevaba puesta al dirigirse a la catedral para funciones pontificales y al regresar, o cuando asistía al coro sin celebrar. Si la procesión era de carácter penitencial, quien la usaba debía cubrirse la cabeza con su capucha. Era de color rojo para los cardenales, y violeta para los obispos y arzobispos. El Papa también usaba capa magna, siempre de color rojo. Su uso quedaba reservado para los Maitines de Navidad y los Oficios de Difuntos y Tinieblas: en el primer caso era de terciopelo, y de sarga en los dos últimos. Ella dejó de usarse en el siglo XIX. 


S. Em. Rev. el Cardenal Raymond Leo Burke hace su ingreso a la Oratorio de San Francisco de Sales de la ciudad de San Luis (Estados Unidos de América)

Por considerarse un signo de jurisdicción, no se podía usar fuera del lugar donde ella se ejercía. Esto significaba que los obispos (salvo los auxiliares) podían usarla en su diócesis, los arzobispos en su provincia; los nuncios y legados apostólicos en los territorios de su legación; los administradores apostólicos, prelados y abades nullius y asimilados en sus iglesias exentas, y los cardenales y el Papa en cualquier sitio. Cuando el ordinario permitía por cortesía que un obispo visitante usase el trono (la sede episcopal) para una ceremonia, automáticamente le concedía para la ocasión el uso de la capa magna y de los diáconos de honor, aunque no la asistencia canonical.


 S.E.R Paul Cremona OP, Arzobispo de Malta, durante la procesión de la fiesta del Naufragio de San Pablo (2009).

Históricamente, existían dos clases de capa magna, una de verano y otra de invierno. La primera estaba confeccionada en lana para los obispos y en seda o muaré para los cardenales y nuncios papales, pero rematada siempre con una vuelta de seda en la parte superior. La capa de invierno estaba cubierta por una esclavina de armiño blanco que sustituía la vuelta de seda. En el caso de clero regular, la piel y la seda correspondían al color del hábito de la orden respectiva. 


S. Em. R. el Cardenal Raúl Silva Henríquez, Arzobispo de Santiago de Chile, con capa magna de muaré y esclavina de armiño

En la actualidad, la instrucción Ut sive sollicite (1969) prevé que la capa magna sin armiño para los cardenales ya no es obligatoria, pero puede utilizarse; la única restricción es que se use fuera de Roma y para fiestas muy solemnes (núm. 12). La misma regla se aplica para los obispos (núm. 15). De forma excepcional y por privilegio propio derivado del Statu quo de 1852, el Patriarca Latino de Jerusalén puede usar capa magna con armiño.  


S. B. Michel Sabbah, Patriarca Latino de Jerusalén, después de la visita a la Tumba de Jesús, si dirige a la Capilla de la Aparición desde donde partirá la procesión de Semana Santa (2003)

martes, 26 de abril de 2016

Marie-Alphonse Ratisbonne

En tiempos en que, lamentablemente, algunos prelados de la Iglesia parecen tender a relativizar el deber de realizar una labor misionera respecto del pueblo hebreo, queremos recordar la admirable vida y obra de Marie-Alphonse Ratisbonne (1814-1884), sacerdote y converso desde el judaísmo, quien, junto a su hermano Marie-Théodor (1802-1884), también sacerdote, volcó todos sus esfuerzos en ganar para Cristo a los hijos del pueblo de Israel.

 Marie-Alphonse Ratisbonne


***

Nacido el 1° de mayo de 1814 en Estrasburgo como undécimo hijo de trece en una acaudalada familia judía con tradición en la banca, sentía una profunda animadversión por el cristianismo. Este sentimiento creció luego de que su hermano mayor Théodor se hiciera católico en 1827 y fuera ordenado sacerdote en 1830.

 Retrato de Théodor Ratisbonne, N.D.S.

Luego de concluir sus estudios de Derecho y de haberse incorporado al banco de la familia, en enero de 1842, con ocasión de un viaje de placer antes de la planeada boda con su prima Flore, llegó Alphonse a Roma. Allí encontró inesperadamente a su antiguo compañero de colegio, el Barón Gustave de Bussière. Éste prolongó su estadía y visitó al día siguiente a su amigo y conoció a su hermano convertido al catolicismo. Luego de una acalorada discusión, este último preguntó si, como espíritu libre, tendría el valor de someterse a una prueba inocente, la que consistiría en que Alphonse llevaría una medalla de la Virgen María. Con la intención de llevarse la medalla como souvenir a casa, éste aceptó y, cuando la medalla ya colgaba de su cuello, se obligó también a recitar por las mañanas y por la tarde la oración del Acordaos (Memorare), atribuida a San Bernardo de Claraval (1090-1153).

El 20 de enero de 1842, último día de su estadía en Roma, debía esperar al Barón delante de la iglesia de Sant'Andrea della Frate, confiada a la Orden de los Mínimos. El Barón encontró sin embargo a Alphonse en el interior de la iglesia, completamente transformado y lleno de Fe, luego de que éste experimentara una visión de una hermosa Señora rodeada de luz, en quien reconoció a la Madre de Dios bajo idéntica apariencia de la representación de la Medalla Milagrosa, la misma que la década anterior se había aparecido a Santa Catalina Labouré (1806-1876) en París. El 31 del mes pudo recibir Alphonse el bautismo en la iglesia jesuita Il Gesù, añadiendo Marie a su nombre, tal como lo hiciera antes su hermano, para recalcar el papel de Nuestra Señora en su conversión. La sobrenaturalidad de la visión fue aprobada en 1842 por la Iglesia, luego del proceso canónico correspondiente (Perella, Salvatore, Le apparizioni mariane, San Paolo, 2007, p. 118).


La boda con su prima nunca tuvo lugar, ya que ésta rechazó convertirse a la Fe de su prometido. Pocos meses después ingresó a la Compañía de Jesús y en 1848 fue ordenado sacerdote. Sin embargo, en 1852 abandonó con autorización de sus superiores la Compañía para trabajar junto a su hermano en la labor misionera iniciada por éste, orientada al pueblo judío, ministerio que había encontrado el beneplácito y la bendición del Papa Gregorio XVI en una audiencia concedida a Théodor en 1842.

El 12 de septiembre de 1855 llegó Marie-Alphonse por primera vez a Tierra Santa como misionero, donde realizó tres fundaciones para la Congregación de Nuestra Señora de Sión, establecida por su hermano, primero con una rama femenina y luego con otra masculina, dedicada a procurar la conversión de los israelitas. Luego de una vida llena de bendiciones, murió en Ein Karem el 6 de mayo de 1884 en una de las casas de la Congregación, donde también fue sepultado.

 Tumba de A. Ratisbonne en Nuestra Señora de Sión, Ein Karem

***

Nota de la Redacción: la reseña biográfica, traducida desde el alemán con agregados, adaptaciones y correcciones de la Redacción, está tomada del libro del P. Martin Ramm, FSSP, Heiliges Land. Wegbegleiter auf den Spuren Jesu, Thalwil, 2014, p. 115.

Actualización [28 de de diciembre de 2016]: Religión en libertad ha publicado un reportaje sobre el itinerario espiritual de Luciana Rogowicz, argentina nacida y educada como judía, madre de tres hijas, quien relata la influencia que tuvo la Santa Misa en su conversión al catolicismo.