sábado, 22 de abril de 2017

La estola

Queda comentar una última insignia litúrgica común a diáconos, presbíteros y obispos: la estolaElla consiste en una banda de tela de dos metros aproximadamente de largo y unos siete centímetros de ancho, con tres cruces, una en el medio y otra en cada extremo, los cuales usualmente se ensanchan de manera gradual hasta medir en los bordes doce centímetros.

Sacerdote con estola penitencia confesando a un monaguillo
(Foto: Francesco Lay)

Los orígenes de la estola son oscuros. Joseph Wilpert (1856-1944) es de la opinión que la estola de los diáconos deriva del mantile o linteum que ya usaban los ministros de los sacrificios paganos (camilli), dado su oficio de servir la mesa del sacrificio eucarístico. Poco a poco, cesando su servicio material, ella se transformó en un objeto ornamental y distintivo de su orden, convirtiéndose en lo que hoy es. En cambio, este autor piensa que la estola presbiteral fue en su origen un verdadero orarium (un paño normalmente fino que llevaban las personas distinguidas en Roma) para proteger del frío en invierno y secarse el sudor en verano. Ese doble origen explicaría la doble denominación con que los griegos diferencian la estola diaconal (orarion) y la presbiteral (epitrachélion, vale decir, sobre el cuello). Al convertirse en simple insignia, el ornamento protector del sudor pasó a ser el amito.

En cambio, Johann Braun (1801-1863) defiende la hipótesis según la cual el orarium fue instituido por la Iglesia desde la Antigüedad por una cumplir una disposición propia y concreta, como era el de ser un distintivo de las órdenes mayores. De hecho, desde el siglo IV, en Oriente y poco después en Hispania y en la Galia, el orarium se presenta como un elemento esencial en el rito de la ordenación de los diáconos, presbíteros y obispos. Incluso en Roma era tenido en tan alto concepto que recibía una especie de consagración, la que consistía en depositarlo durante una noche junto al sepulcro de San Pedro. 

San Josemaría Escrivá de Balaguer, con sobrepellliz y estola, durante la consagración del altar mayor del Santuario de Torreciudad (24 de mayo de 1975)

Mario Righetti (1882-1975) considera que debe preferirse la hipótesis de Wilpert en cuanto ella explica mejor el origen de la estola presbiteral, puesto que resulta inconcebible que se crease una insignia para ocultarla debajo de la casulla.

En la disciplina actual, la estola está prescrita para la Misa, la confección y administración de los sacramentos y sacramentales y siempre que el sacerdote debe tener contacto directo con la Sagrada Eucaristía.  El uso de esta insignia en la Edad Media era todavía más amplio. En algunas diócesis, como ocurría en Maguncia en el siglo IX y en Verona en el siglo X, los sacerdotes debían llevar la estola siempre puesta, incluso fuera de los actos litúrgicos. En otros lugares estaba mandado que los nuevos sacerdotes la llevaran durante un año entero contado desde el día de su ordenación. Al menos en Cataluña, hasta la reforma litúrgica de l beato Pablo VI, los misacantanos iban revestidos de estola blanca o dorada, siempre y en todo lugar hasta haber cantado las tres primeras Misas. 

Estola medieval
(Foto: Pinterest)

En los monumentos medievales, la estola aparece mucho más larga que las nuestras, llegando incluso hasta los pies. Así lo ordenaban muchos sínodos, como el de Lieja (1287) y el de Cambray (1300). La estola de San Bernulfo de Utrecht († 1054), hallada en su tumba, mide 7 cm de ancho y 2,74 mt de largo, sin contar con los flecos de 11 cm que la rematan. Igual que el manípulo, con frecuencia se adornaba con flecos, borlillas, campanillas y se enriquecía con esmaltes, piedras preciosas y suntuosas bordados. En razón de su longitud, para mantener la estola adherida a la persona, hacia el siglo XIII se hizo común en los países del norte de Europa el empleo de una placa de tela, que el celebrante se colgaba del cíngulo y descendía por delante. Tuvo el nombre de subcintorium, praecinctoirum o subcingullum. Después se consideró más cómodo sustituirla fijando la estola con los dos extremos del cíngulo, cayendo en desuso el subcíngulo. Sólo se conservó como un recuerdo bastante desfigurado en el ritual pontificio, donde una larga cinta de seda se ataba a la cintura del Papa y colgaba hacia delante como un delantal. 


Estola antigua con flecos en sus extremos


Espiritualmente, la estola recuerda la dignidad de hijos de Dios que desgraciadamente perdimos por el pecado de Adán y Eva; y así, al ver que el sacerdote, que es nuestro representante ante el Altísimo, lleva la estola puesta, podemos gozosamente contar con que la gracia divina nos devolverá aquella dignidad y herencia que le corresponde, es decir, la Gloria eterna. De ahí que la Iglesia haga pedir, al imponérsela el sacerdote, la inmortalidad, perdida por el pecado, y el premio de nuestro último y feliz destino. Por eso, el sacerdote se reviste con ella mientras recita la siguiente oración: «Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad, que perdí con la prevaricación del primer padre, y aun cuando me acerque, sin ser digno, a celebrar tus sagrados misterios, haz que merezca el gozo sempiterno».

Sacerdote revistiéndose con la estola sobre el alba, ceñida con el cíngulo

Sólo pueden llevar la estola quienes han recibido el sacramento del orden en alguno de sus grados, esto es, los diáconos, presbíteros y obispos. Ella se pone sobre el alba debidamente ceñida, pero cada uno de los ministros recién mencionados lo hace de un modo distinto. En la forma extraordinaria, el diácono la lleva sobre el hombro izquierdo y la cruza su lado derecho, sujetándola con el cíngulo; el sacerdote la viste cruzándola de derecha a izquierda sobre el pecho, y el obispo simplemente colgando del cuello. Su color se corresponde con el tiempo litúrgico.


Obispo, sacerdotes y diácono con el uso tradicional de la estola en la forma ordinaria

El modo de llevar la estola en la forma ordinaria difiere del uso existente en la forma extraordinaria. En ella, el sacerdote lleva la estola alrededor del cuello y pendiendo ante el pecho, sin cruzársela (OGMR 340). Esta última posición también existe en la forma extraordinaria siempre que el sacerdote lleve la estola puesta encima de la sobrepelliz, como ocurre cuando administra la Sagrada Comunión fuera de la Santa Misa o en ella pero sin ser el celebrante, cuando asiste a aquélla desde el presbiterio sin participar ministerialmente, cuando imparte la bendición con el Santísimo, cuando celebra algún otro sacramento o bien cuando predica. Generalmente, para estos fines de usa el estolón. Éste consiste en una pieza larga de tela de unos 25 cm de ancho (igual que la estola), pero con un trozo de tela que cuelga desde el cuello hacia la espalda (de forma semejante a una “Y” invertida). En estricto rigor, este ornamento era usado por el diácono en las Misas de los días feriados de Cuaresma, y se vestía sólo cuando se quitaba la dalmática y se quedaba  con el alba.


Recepción de D. Alexander Robertson a la plena comunión con la Iglesia Católica
(Foto: Catholicvs)

Conviene recordar que, fuera del mundo hispánico, la bendición de matrimonios y la administración del bautismo, salvo en el caso de que los presidiese un obispo, se hacía sólo con la estola, por lo que éste era el único ornamento visible y, obviamente, por razones de decoro, requería un mayor tamaño y despliegue decorativo. Sin embargo, en Hispanoamérica, quizá por pervivencias del rito mozárabe se constata (incluso en la actualidad) un generoso uso de la capa pluvial en la administración de sacramentos, y bajo ella obviamente está la estola, pero no tan visible como para exigir un mayor desarrollo que el de una estola normal.


Celebración del sacramento del matrimonio según la forma extraordinaria en Guadalajara, México
(Foto: Catholicvs)

Asimismo, en la forma ordinaria se permite que, si hay una justa causa, por ejemplo, un gran número de concelebrantes o falta de ornamentos, los concelebrantes, con excepción siempre del celebrante principal, puedan omitir la casulla o planeta, poniendo la estola directamente sobre el alba (OGMR 209).


Concelebración de la Santa Misa en Macau

El Papa viste una estola grande y preciosa llamada orario


El papa Francisco impartiendo la bendición Urbi et Orbi con orario el día de Navidad de 2015
(Foto: Ahora mismo)

jueves, 20 de abril de 2017

A propósito de la prioridad dada a la palabra sobre el silencio y el canto

Les ofrecemos hoy la traducción de un artículo publicado por el Prof. Peter Kwasniewski, ya habitual de esta bitácora, el pasado 9 de enero de 2017 en New Liturgical Movement. En él se aborda la prioridad que la Misa reformada asigna a la palabra, sea merced a las moniciones que puede añadir el celebrante, sea a través de un canto litúrgico cada vez más banalizado y vulgarizado, la que contrasta con la función que desempeñana el silencio y el canto respectivamente en la Miza rezada y en la Misa cantada celebradas conforme a la forma extraordinaria. El original de este artículo puede leerse aquí. La traducción pertenece a la Redacción. 

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Morir de aburrimiento. 

Priorización de la palabra sobre el silencio y el canto


Prof. Dr. Peter Kwasniewski


Hace poco hablaba con un amigo de la diferencia que se da en la liturgia entre lo visto y lo oído. Si una liturgia se ve necia, como ocurre inevitablemente cuando el sacerdote está de cara al pueblo pero habla a Dios, uno puede, con todo, cerrar los ojos y retirarse al castillo interior (o, al menos, procurar hacerlo). Pero si lo que se da es una interminable blableta y/o un estentóreo canturreo, uno no puede cerrar los oídos, y sería incivil tapárselos con los dedos o ponerse tapones. Dicho de modo sencillo, el sonido de la liturgia es más inevitable y más determinante que lo que uno ve. 

La liturgia moderna está particularmente diseñada para ser un hablar sin descanso desde comienzo a fin. Ya es el sacerdote quien habla, ya son los lectores, ya son los fieles respondiendo o cantando. No hay ni un solo instante para absorber lo que se ha dicho, para reflexionar sobre lo que se ha cantado, o para prepararse para el siguiente episodio, cualquiera sea éste. Uno se siente como el desgraciado pupilo de una institutriz abrumadora que no para nunca de sermonearlo sobre cómo debe amarrarse los cordones de los zapatos, lavarse la cara, resolver correctamente las divisiones, y escribir en su cuaderno con buena caligrafía.


Misa "rockera" celebrada en la catedral de Tortosa por el Rvdo. Joan Enric Reverté en 2010
(Fuente: El País)

Seamos francos: una Misa dicha en vernáculo, con el sacerdote que habla y habla y habla de modo enloquecedoramente monótono, puede tener consecuencias fatales para el alma. Debido a que todo se dice en voz alta y de cara al pueblo, ella es lo contrario de la Misa rezada tradicional, que se dice en voz baja y de cara al Señor. Y debido a que hay tan poco canto y tan poco silencio, es también lo opuesto de una Misa tradicional solemne. En la Misa Novus Ordo, ni solemne ni rezada, uno se ahoga en un mar de aburridora palabrería. No sorprende el que la Iglesia se esté muriendo: ¿cómo podría sobrevivir a tales olas de tedio, peores, a su modo, que cualquier iconoclastia? 

Los jóvenes católicos que toman su fe en serio tienen ansias del silencio y la amplitud de la liturgia tradicional, de su modo de proceder lentamente, de respirar, de expandirse, de respetar y de exigir la oración de cada persona, hecha al modo y al ritmo de cada cual. Es tan liberador asistir a una Misa donde el foco está dirigido hacia un más allá que cada uno alcanza en la medida de sus posibilidades, sin que se le exija nada ni se lo presione…: es misericordioso con nuestras debilidades y, con todo, nos hace ejercitar nuestras fuerzas.  


Santa Misa en el Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe de Silver City, Nuevo México, Estados Unidos

Sacerdotes, queridos sacerdotes que tenéis que celebrar la forma ordinaria: ¡por favor, por favor haced todo lo que esté a vuestro alcance para evitar esta muerte por verbosidad! Rezad el Canon romano en voz baja, de modo que sea apenas audible y se preserve su dignidad, en vez de hacerlo como quien anuncia las últimas noticias, sacrificando su sacralidad. Haced el esfuerzo de cantar todo lo que puedan los textos de la Misa, y de que un coro o schola cante el Ordinario o los Propios. Aseguraos de que haya silencio. Sólo de este modo puede la forma ordinaria evitar ser una forma de tortura para los oídos del cuerpo y del alma.

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Con 50 años de saturación auditiva sobre nuestras espaldas, se puede apreciar mucho mejor la antigua sabiduría de la Santa Madre Iglesia, que ha dispuesto que la Misa solemne sea cantada de comienzo a fin, y de que la Misa rezada sea tan silenciosa como un susurro. En una Misa solemne o cantada, casi todo se lleva a cabo o con canto o en silencio. Sólo el Confíteor antes de la comunión (si tiene lugar) y el “Domine, non sum dignus” son recitados. Esto quiere decir que se canta el 99% de las palabras que se oyen. En una Misa rezada o Missa recitata, el celebrante lo pronuncia todo en voz baja o en silencio, de modo que queda perfectamente claro para los asistentes que el sacerdote habla íntimamente con el Señor, sin dirigirles a ellos mensaje alguno. El resultado es que para los laicos es mucho más fácil orar: son arrastrados por el río de oración que fluye de los labios del sacerdote. Y así la tradición nos ofrece el maravilloso espectáculo de dos formas de culto, una de las cuales alterna, extáticamente, canto y silencio, en tanto que la otra es absorbida por un coloquio de amor que no osa profanarse a sí mismo con los sonidos del habla cotidiana. Ambas fomentan admirablemente la oración: la oración de la comunidad, la oración de contemplación, la oración del corazón. 

Todo esto ha sido proscrito del Novus Ordo. ¿Qué se han hecho los Propios cantados, el Ordinario cantado, las oraciones sacerdotales cantadas? ¿Qué se ha hecho el silencio profundo? En una celebración típica de día de semana, el 95% de la liturgia es dicha en alta voz, enfocada al pueblo en calidad de auditorio. Es un hablar, hablar, hablar, un tedioso caminar por textos que ni siquiera son especialmente notables por sus cualidades literarias (el revés, en este aspecto, de la liturgia del Ordinariato Anglicano, al que se le permite escoger de entre lo mejor de la prosa inglesa). He aquí por qué tiene tan poco impacto en el alma: ni crea el espacio que requiere la asimilación, ni exulta ni llora con el canto del divino amante. No es, si pudiera decirse así, ni frío ni caliente, ni mudo ni lírico; es tibio: y ya sabemos lo que le ocurre a lo tibio...


Misa rezada celebrada en la la Iglesia de Santa Águeda de Portsmouth, Inglaterra, perteneciente al Ordinariato personal de Nuestra Señora de Walsingham 

El canto es el reino del amante, del que llora, de la bacante, de la experiencia sublime, de la exultación y de la nobleza, de la belleza que encuentra su voz. El silencio es el reino de los místicos al borde de lo inefable, del genio que se concentra en un problema, del poeta que se esfuerza por encontrar una palabra, del hombre sencillo enfrentado a realidades que lo sobrepasan ampliamente, como el amor y la muerte. El habla, por su parte, es el reino de lo ordinario, de lo concreto, el reino del comercio y de la política. Esta es la razón por la que tanto la liturgia cantada como la silenciosa son gloriosas, efectivas y ricas, cada una a su modo, en tanto que la liturgia hablada es pálida, feble, empobrecida, un fracaso. Vemos aquí una diferencia fenomenológica que se centra en el corazón mismo del culto: qué hacemos, a quién lo dirigimos, quiénes somos los que lo hacemos, y por qué.

Hay leyes de hierro de la psicología que nos alertan contra la ingenua creencia de que nuestras teorías corresponden a la realidad, y en ninguna parte es esto tan verdadero como en la transición desde la teoría litúrgica a la práctica contemporánea. La era Novus Ordo ha sido testigo de gigantescas argumentaciones que ocupan muchos volúmenes, pero ninguna tiene la menor importancia para la experiencia concreta del culto. Cualquiera sea el número de libros teóricos que se escriba, el modo fundamental de una liturgia comunica un mensaje más obvio que cualquiera explicación. Quien entra en una iglesia y es cautivado por la música y el ceremonial de una Misa solemne, o es desafiado a hacer oración silenciosa por una Misa rezada –y ambas lo alejan de sí mismo y lo llevan hacia el numinoso Otro-, experimenta la adoración divina, pura y simple. Quien entra a una iglesia y es literalmente confrontado por un locutor que emite ingentes cantidades de palabras, lo que experimenta es un seminario de auto-ayuda, independientemente de a quién se dirijan esas palabras. 


Elevación durante una Misa rezada
(Foto: Physiocrat)

Podemos apreciar aquí las anticipaciones de Marshall McLuhan quien, intuyendo que el medio es de algún modo el mensaje, se dio cuenta de que instalar micrófonos y altoparlantes en las iglesias no podía sino perjudicar a la liturgia. El medio propio de la Misa es su primer y más fuerte mensaje a los fieles, en el cual todo lo demás encuentra su correspondiente lugar y adquiere su color y su tono adecuados. El canto litúrgico ennoblece todo lo que toca, convirtiendo la madera de las palabras en el oro de la gloria. El silencio otorga a todo lo que él envuelve un espíritu de tranquilidad y de orientación trascendente que permite a las palabras conservar su frescura primordial, como si fueran monedas que el uso constante no desgasta. De los tres hermanos, el habla es el modo que corre el peligro de caer en la profanación y la chabacanería. ¿Acaso hablar no está absolutamente fuera de lugar en los momentos más aterradores o maravillosos, en el abrazo íntimo que precede o viene luego de una larga ausencia, en los momentos de angustiosas crisis, de insuperable angustia, de victorias inesperadas, cuando uno se encuentra cara a cara con lo inescrutable, lo inexorable, lo inconmensurable?  El habla no puede hacer nada en estos momentos, salvo hacerse ridícula o desacreditar la ocasión. Es mucho mejor hundirse en el silencio o recurrir a una música de modulaciones misteriosas que deje atrás el reino del habla y penetre en aquello que se intuye, se siente, se musita. Es esto, precisamente, lo que la liturgia tradicional lleva a cabo: se hunde tranquila y agradecidamente en el silencio, o encuentra el canto que comunica, de un modo sutil y penetrante, esa “visión” interior a que apuntan las palabras.

El ejemplo más perfecto de esta dialéctica de música y silencio es la tradicional Misa solemne, de la cual la Misa cantada es un eco. El nuevo movimiento litúrgico debiera luchar nada menos que por una Misa solemne cada domingo en cada parroquia. Me doy cuenta de que esta meta es algo lejano, pero debe ser nuestra meta.


Misa pontifical celebrada por el Cardenal Raymond Leo Burke en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro del Vaticano (2010)

Vosotros, sacerdotes que no conocéis ni la paz de la Misa rezada ni la gloria de la Misa solemne , ¿qué estáis esperando? ¡Aprended a celebrar la Misa rezada, y a continuación, aprended la Misa cantada para que la podáis dar a conocer a vuestro pueblo! Los católicos tienen hambre de auténtica liturgia, de una liturgia en que los silencios y la música se integren con sentido, en vez de parecer unas adiciones casuales aportadas por unos cuantos hippies senescentes o unos voluntarios carentes de orientación. El habla ha tiranizado a sus hermanos [la música y el silencio] desde hace ya demasiado tiempo. Ya es hora de que el silencio y el canto litúrgicos recuperen el lugar que les corresponde en la vida de la Iglesia, para bien de la vida del mundo.   

martes, 18 de abril de 2017

FIUV PP 11

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 10 y que versa sobre la evangelización y la cultura occidental, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de septiembre de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. De igual forma, se han agregado tres notas con los datos de los firmantes de la carta que dio origen al llamado "Indulto inglés respecto de los que nada se decía en el original.  


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Evangelización y cultura occidental

Sumario

La tradición litúrgica latina nació en el contexto de la cultura latina de Occidente y fue grandemente influida por ella, pero la cultura moderna de Occidente ha abandonado los valores del Evangelio y se ha constituido en un terreno especialmente difícil para la evangelización. Son muchos los aspectos de la antigua liturgia que resultan muy poco atractivos para esta cultura debido a que los valores que subyacen a ella han sido rechazados. Estos valores, que incluyen el de la jerarquía y una combinación de razón, emoción, arte y rito, son, de hecho, los más importantes para la reevangelización de Occidente, y por eso es valiosa la presentación que de ellos hace la forma extraordinaria. Si bien es difícil para muchos habitantes del Occidente aceptarlos, dicha forma los exhibe de un modo muy atractivo gracias al uso en la liturgia de abundantes modos no verbales de comunicación, y la belleza de ésta, por usar muchas formas artísticas y rituales, es todavía considerada “clásica” en la historia de la cultura occidental.  

 Concordia-Discordia, ilustración de la Psychomachia del poeta hispanolatino cristiano Prudencio (348-410 d.C.),  poema que representa alegóricamente el combate por el alma humana de virtudes y vicios personificados
(Imagen: Wikimedia Commons

Texto

1. La antigua tradición litúrgica latina hunde sus raíces, primeramente, en la cultura de la Antigüedad mediterránea occidental y, enseguida, en la cultura del Occidente y del centro de Europa en la Edad Media. Dicha tradición, a través de los siglos, ha recibido el influjo de estas culturas y, a su vez, ha influido en ellas, siendo posteriormente llevada, junto con el resto de la cultura europea, a América, Oceanía y otras partes. Un punto central en el debate litúrgico del siglo XX y en el actual, ha girado en torno a si lo que llamamos cultura “occidental” (es decir, la cultura de la Europa latina y de los pueblos de cultura predominantemente europea que habitan otros continentes) ha cambiado hasta tal punto que aquella tradición litúrgica, en su forma conocida, ya no es un instrumento efectivo de santificación personal y de propagación de la fe, tomando en cuenta la necesidad de reevangelizar esta cultura[1], actualmente hostil, en muchas formas, al Evangelio[2]. Tal es el tema que queremos analizar en este ensayo.

2. El tema del lugar de la tradición litúrgica latina en otros contextos culturales será abordado por separado.

Rasgos problemáticos de la cultura occidental

3. Que la cultura de Occidente ha cambiado –o decaído- de un modo desfavorable para la antigua liturgia es algo que ya no se discute. El teólogo P. Aidan Nichols OP hace referencia a pruebas sociológicas que apuntan a que, por ejemplo, los niños que, en el contexto de una sociedad atomizada, son criados sin una comprensión clara de la jerarquía o del rito, encuentran difícil entender los mensajes transmitidos por los rituales sociales, como la liturgia [3].

4. La Iglesia siempre ha respetado las culturas paganas y, al purificarlas de elementos incompatibles con la ley natural, les ha permitido florecer[4]. Parecería posible, por tanto, que la Iglesia aborde la tarea de reevangelizar el Occidente con una mente igualmente abierta.

5. El problema reside en que las actitudes culturales más opuestas a la antigua liturgia son las que, históricamente, han derivado de un rechazo de la enseñanza de la Iglesia católica[5]. Por ejemplo, la tradición del Romanticismo enfatiza las emociones y la espontaneidad, en tanto que señales de sinceridad y autenticidad[6]. Esto se vincula históricamente con la focalización en la experiencia religiosa personal y con el rechazo de la razón en teología, tal como se encuentran en algunas ramas del protestantismo, cosas que son contrarias a la enseñanza católica[7]. Quien experimenta el influjo del Romanticismo tiene que desechar o modificar sustancialmente estos aspectos de su cultura, si es que ha de aceptar la fe.

6. En la cultura moderna de Occidente, el Romanticismo está en permanente tensión con el exagerado Racionalismo de la Ilustración. El Racionalismo, a su vez, plantea a la antigua liturgia ciertos problemas de un tipo diferente al rechazar, como manifestaciones de oscurantismo, los simbolismos, el rito y el sentido de lo misterioso. Todo esto no puede separarse de una actitud mental hostil a la fe misma, ya que no se ve cómo quien tiene una actitud racionalista podrá aceptar los misterios inefables de la Trinidad y de la Encarnación.

7. Benedicto XVI ha expuesto este tema con gran claridad al analizar el significado cultural de ponerse de rodillas: “Es posible que el arrodillarse sea un gesto ajeno a la cultura moderna –en la medida en que ésta es cultura-, porque ésta se ha alejado de la fe y ya no conoce al Uno delante del cual arrodillarse es el gesto que corresponde, más aun, el gesto intrínsecamente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse”[8].

En palabras de San Juan Pablo II: “La liturgia, aunque siempre debe estar adecuadamente inculturada, debe también ser independiente de la cultura”[9].

8. A la luz de lo anterior, el problema que enfrentamos ahora es el siguiente: ¿cómo podemos, en general y específicamente en la liturgia, superar los prejuicios enemigos de la fe, característicos de la moderna cultura occidental, y promover y apoyar la naturaleza contra-cultural de la colectividad de los creyentes?

 S.S. Benedicto XVI

Ventajas de la forma extraordinaria.

9. Hay muchos aspectos que considerar para responder plenamente esta pregunta, y a ellos se ha dirigido, de hecho, el Magisterio papal en los últimos años, y con urgencia cada vez mayor, dentro del contexto de la “Nueva Evangelización”. Exponemos a continuación algunas consideraciones que muestran que la antigua liturgia es una fuerza positiva en este sentido: ella no es en absoluto una desventaja.

10. Primero, la antigua liturgia se caracteriza por una rigurosa exposición de las verdades de la fe, evitando el peligro (según decía Benedicto XVI) “de repetir frases que podrían parecer más accesibles y más agradables para el pueblo”, así como el peligro de “hacer del misterio una banalidad”[10]. Por ejemplo, la realidad del pecado humano y nuestra necesidad de la gracia, que son quizá las verdades más vigorosamente evitadas pero más urgentemente necesitadas por la cultura moderna de Occidente[11], la forma extraordinaria las hace presentes con insistencia, no sólo en sus textos (como las colectas de Cuaresma) sino también en sus ceremonias, como el Confíteor del sacerdote que precede al de sus acólitos. Se trata de una especie de fortificación natural frente al peligro denunciado por el papa Benedicto: “El sentido debilitado del significado e importancia del culto cristiano sólo puede conducir a un debilitado sentido de la vocación específica y esencial del laicado a imbuir el orden temporal con el espíritu del Evangelio”[12].

12. Segundo, como decíamos, la forma extraordinaria echa mano de una amplia variedad de medios para comunicar la fe. Los textos, las ceremonias, los ornamentos y la música que acompaña a la liturgia, la disposición del presbiterio y el movimiento de los ministros y acólitos, la complejidad de sólo algunas ceremonias y no de otras, el contraste entre la oración que se dice, la que se canta y la silenciosa, la participación de los fieles, en fin, todo ello comunica la fe, de manera sutil, aun a aquéllos que, en los términos con que el papa Pablo VI describía al “hombre moderno”, están hartos de palabras[13]. Esto tiene un especial valor cuando se procura contrarrestar algunos subconscientes hábitos del espíritu, y puede servir de suave re-educación de la imaginación y las emociones, porque, como decía Benedicto XVI, la liturgia es “una escuela de oración”[14]. El sentido de lo sacro, que ha sido comentado como una de las características de la forma extraordinaria por Benedicto XVI[15], es precisamente una respuesta a la llamada que San Juan Pablo II hizo insistentemente en el contexto de la nueva evangelización, a renovar el sentido del misterio en la liturgia[16]. Este Papa se refería explícitamente a la forma extraordinaria: “El pueblo de Dios necesita ver a los sacerdotes y diáconos comportarse de un modo que esté lleno de reverencia y dignidad a fin de ayudarlo a penetrar en las cosas invisibles, sin necesidad de palabras ni explicaciones. En el misal romano de San Pío V, así como en varias liturgias orientales, existen muy hermosas oraciones con las cuales el sacerdote explicita el más profundo sentido de humildad y reverencia ante los sagrados misterios, que revelan la verdadera sustancia de la liturgia”[17].

12. Tercero, aunque algunos aspectos de la liturgia puedan provocar una reacción negativa entre quienes están formados en la cultura occidental, la belleza, especialmente la del patrimonio musical de la Iglesia, así como la de los ornamentos, de la decoración del altar y de la arquitectura, usado todo ello dentro del sentido que exige el contexto litúrgico, puede a menudo penetrar y ablandar el corazón endurecido frente a la fe. El papel del arte como “invitación a buscar el rostro de Dios” ha sido enfatizado por San Juan Pablo II[18]. Esta belleza puede lograr que se llegue a estar dispuesto a oír el contenido de la fe.

13. Cuarto, la forma extraordinaria es hoy el punto focal de un ambiente informado por autores tradicionales de espiritualidad y apoyado por algunas órdenes religiosas dedicadas a ella, lo cual constituye una forma de cultura católica conscientemente contra-cultural frente a la cultura secular dominante[19]: en términos de Pablo VI, “constituye una colectividad que evangeliza”[20]. La llamada que ha hecho Benedicto XVI y sus predecesores inmediatos a ser testigos de la fe incluso en los medios más hostiles ha sido acogida con entusiasmo por los católicos tradicionales, que están en posesión de los recursos de la Tradición católica, descuidados por tantos otros en la Iglesia.

14. Finalmente, la forma extraordinaria es valiosa por materializar formas culturales clásicas. Es imposible estudiar historia del arte o de la música sin advertir la contribución de la Iglesia y de la fe, y tal contribución se mantiene viva en la antigua liturgia. Aquí también, en lo propiamente litúrgico, la forma extraordinaria representa un ideal contra el cual han reaccionado muchas formas culturales, tanto protestantes como seculares. El hombre secularizado de Occidente que entra en contacto con ella puede reaccionar del mismo modo como cuando ve por primera vez una monja con su hábito tradicional, cosa que hasta entonces sólo ha conocido por películas de comedia o por dibujos animados ridiculizantes: puede darse cuenta de cuál era, en el fondo, la realidad, y podrá quizá, a continuación, revisar los juicios que, sobre la base de la parodia, se había formado.

15. Esta experiencia de ver, por fin, lo que hay en la raíz de la cultura occidental, a pesar de todos los intentos de desfigurarla y empequeñecerla[21], tiene una profunda importancia. El filósofo Alasdair MacIntyre describe la experiencia de quien descubre la cultura y las creencias  y se da cuenta, de pronto, que ellas son lo que ha estado tratando de asir, como “el impacto de darse cuenta”[22]. Algo semejante a este impacto lo expresa San Agustín en sus Confesiones: “¡Tarde te amé, oh belleza siempre antigua, siempre nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo estaba fuera de mí, y afuera te buscaba, y en las cosas bellas que hiciste yo irrumpía con mi fealdad. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. De ti me apartaban las cosas creadas que, si no existieran en ti, no existirían. Tú llamaste, tú gritaste, y destruiste mi sordera. Tú iluminaste, tú brillaste, y destruiste mi ceguera. Tú efundiste sobre mí tu fragancia; yo inhalé y te anhelo. Te gusté, y ahora tengo hambre y sed de más. Tú me tocaste, y ardí en tu paz”[23].

 Fra Angelico, La Conversión de San Agustín (detalle, Musée Thomas-Henry)


Apéndice: Personalidades de la cultura procuraron, en 1971, la preservación de la “Misa tradicional”.

En 1971 el cardenal de Westminster, John Heenan, presentó a Pablo VI, a nombre de la Latin Mass Society (de Inglaterra y Gales), una petición que solicitaba una norma clara que permitiera seguir diciendo la Misa antigua, después de la promulgación en 1970 del Novus Ordo Missae. La respuesta de Pablo VI fue el “Indulto inglés”, que animó a los obispos de Inglaterra y Gales a dar autorización expresa para la celebración de Misas públicas según el misal anterior. Este fue el primero de una serie de documentos papales que favorecen la forma extraordinaria y que culminan con el motu proprio Summorum Pontificum en 2007.

La solicitud fue firmada por cincuenta y seis personalidades de la cultura, y es una señal de la alarma que se había producido, aun entre los católicos, por el rumor de que la tradición litúrgica anterior había sido prohibida. Entre ellas figuran prominentes escritores, críticos, académicos y músicos de aquel tiempo, así como políticos de los tres partidos británicos de entonces, y dos obispos anglicanos. El texto y las firmas, en orden alfabético, son los siguientes:

“Si alguna necia norma hubiera ordenado la destrucción total o parcial de las basílicas o de las catedrales, sería obviamente la gente culta –cualesquiera fueran sus creencias- la que se alzaría con horror para oponerse a tal cosa. Ahora bien, esas basílicas y catedrales fueron construidas para celebrar un rito que, hasta hace unos pocos meses, constituía una tradición viva. Nos referimos a la Misa católica romana. Sin embargo, de acuerdo con las últimas informaciones llegadas de Roma, existe el plan de hacer desaparecer totalmente esa Misa hacia finales del presente año. Uno de los axiomas de la publicidad contemporánea, tanto religiosa como secular, es que el hombre moderno en general, y los intelectuales en particular, se han vuelto intolerantes de toda forma de tradición y desean con ansias suprimirla y poner algo distinto en su lugar. Pero, como tantas otras afirmaciones de nuestra maquinaria publicitaria, tal axioma es falso. Hoy, igual que en el pasado, las personas cultas están en la vanguardia en lo que se refiere a reconocer el valor de la Tradición, y son las primeras en alzar la voz de alarma cuando se la amenaza.  En este caso, no estamos,tomando en consideración la experiencia religiosa o espiritual de millones de individuos. El rito en cuestión, en su magnífico texto latino, ha inspirado una multitud de inapreciables logros en las artes, no sólo obras místicas, sino también obras de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores en todos los países y todos los tiempos. Pertenece, pues, tanto a la cultura universal como a los clérigos y a quienes se declaran cristianos. En la civilización materialista y tecnocrática que está amenazando cada vez más la vida de la inteligencia y del espíritu en su expresión creativa original, la palabra, parece especialmente inhumano privar al hombre de las formas verbales en una de sus más grandiosas manifestaciones. Quienes subscriben esta apelación, enteramente ecuménica y no política, provienen de todas las ramas de la cultura moderna en Europa y en otras partes, y quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la abrumadora responsabilidad que asumiría en la historia del espíritu humano si hubiera de rechazar la supervivencia de la Misa tradicional, aunque esta supervivencia tuviera lugar junto con otras forma litúrgicas”.

Firmantes:

Harold Acton[24], Vladimir Ashkenazy[25], John Bayley[*], Lennox Berkeley[26], Maurice Bowra[27], Agatha Christie[28], Kenneth Clark[29], Nevill Coghill[30], Cyrill Connolly[31], Colin Davis[32], Hugh Delargy[33], Robert Exeter[34], Miles Fitzalan-Howard[35], Constantine Fitzgibbon[36], William Glock[37], Magdalen Goffin[38], Robert Graves[39], Graham Greene[40], Ian Greenlees[41], Joseph Grimond[42], Harman Grisewood[43], Colin Hardie[44], Rupert Hart-Davis[45], Barbara Hepworth[46], Auberon Herbert[**], John Jolliffe[47], David Jones[48], Osbert Lancaster[49], F.R. Leavis[50], Cecil Day Lewis[51], Compton Mackenzie[52], George Malcolm[53], Max Mallowan[54], Alfred Marnau[55], Yehudi Menuhin[56], Nancy Mitford[57], Raymond Mortimer[58], Malcolm Muggeridge[59], Iris Murdoch[60], John Murray[61], Sean O’Faolain[62], E.J. Oliver[63], Oxford and Asquith[64], William Plomer [65], Kathleen Raine[66], William Rees-Mogg[67], Ralph Richardson[68], John Ripon[69], Charles Russell[70], Rivers Scott[***], Joan Sutherland[71], Philip Toynbee[72], Martin Turnell[73], Bernard Wall[74], Patrick Wall[75], E.I. Watkin[76], R.C. Zaehner[77].

 La escritora de misterio Agatha Christie, una de las firmantes y por quien el indulto recibió el apodo de "el indulto de Agatha Christie"
                         



[1] Benedicto XVI, Carta apostólica Ubicumque et Semper (2010), preámbulo: “En nuestra propia época [la misión de la Iglesia] encuentra nuevos y especiales desafíos por el abandono de la fe, un fenómeno que es cada vez más evidente en algunas sociedades y culturas que, durante siglos, parecieron estar imbuidas del Evangelio” (“Nostra aetatae singulare id est quod cum fidei desertione contenditur, quae precedente tempore apud societates et culturas sese manifestavit, quae Evangelio e saeculis imbutae videbantur”). Cfr. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo milenio ineunte (2000), núm. 40: “Aun en países evangelizados hace ya muchos siglos, ha desaparecido hoy la realidad de una 'sociedad cristiana' que, en medio de las fragilidades que siempre han afectado a la vida humana, se refiera explícitamente a los valores evangélicos” (“Pridem enim iam occidit, in civitatibus quoque antiquae evangelizationis, status ille “societatis christianae” quae, quamvis tot inter quibus humana signatur natura, manifeste sese evangelica ad bona referebat”).

[2] Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa (2003), núm. 9: “Estamos presenciando el surgimiento de una nueva cultura, vastamente influida por los medios de masas, cuyo contenido y carácter están a menudo en conflicto con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana”. Cfr. Benedicto XVI, Discurso en OscottCollege, Inglaterra, de 19 de septiembre de 2010: “Cuando proclaméis la llegada del Reino, […] aseguraos de presentar en su plenitud el mensaje vivificante del Evangelio, incluidos aquellos elementos que cuestionan los supuestos ampliamente difundidos de la cultura actual”.

[3] Nichols, A., Looking at the Liturgy (San Francisco, Ignatius Press, 1996), p. 74: “La relajación de los grupos y esquemas, debido a los cuales los cambios en los modelos sociales, especialmente en la familia, acarrean el desprecio del rito, y la falta de una fuerte articulación social en un mundo cada vez más amorfo, excesivamente personalizado, individualizado y des-jerarquizado: tales procesos, abandonados a sí mismos, tienden a producir una 'religión de la efervescencia' incompatible con la fe sacramental”.  

[4] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (2007), núm. 6: “Aunque el Evangelio es independiente de todas las culturas, es capaz de penetrarlas a todas, sin jamás permitirse hacerse servidor de ellas”. Este pasaje termina con una nota al pie que remite a Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1975), núm. 19-20.

[5] Esta tensión fue advertida por Pablo VI en Evangelii Nuntiandi (1975), núm. 63: “La evangelización pierde mucho de su fuerza y efectividad si no toma en consideración la realidad del pueblo a quien se dirige, si no usa el lenguaje de él, sus signos y sus símbolos, si no contesta las preguntas que él formula, y si no produce un impacto en su vida concreta. Pero, por otra parte, la evangelización corre el riesgo de perder su poder y de desaparecer totalmente si se vacía o adultera su contenido, so pretexto de traducirlo” (“cum evangelizatio multum suae virtutis suaeque efficacitatis amittat, nisi rationem habeat populi, ad quem reapse dirigitur, nisi eius lingua eiusque signibus et imaginibus utatur, nisi quaestionibus respondeat, ques ipse ponit, nisi demum verum vivendi morem tangat et moveat. Altero vero ex parte, evangelizatio in periculo est, ne naturam sibi propriam perdat et omnino evanescat, si, per speciem res, quas continet, in sermonem trasnsferendi”)

[6]  Pablo VI, Evangelii Nuntiandi (1975), núm. 76: “A menudo se dice hoy que el actual siglo tiene sed de autenticidad. Se dice, especialmente a propósito de la juventud, que ella tiene horror de lo artificial o de lo falso, y que busca, por sobre todas las cosas, la verdad y sinceridad” (“Saepius, enim, homines dictitant aetatem nostram sitire sinceritatem ac  veritatem rerum. Adulescentes praesertim dicuntur abhorrere prorsus ab omni falsa vel ficticia rerum natura, atque contra requirere totam earum veritatem et claritatem”).

[7] La emoción religiosa no es un indicio ni necesario ni suficiente del estado de gracia, y se puede probar la existencia de Dios racionalmente, y puede haber suficiente fundamento para aceptar racionalmente lo que la Iglesia proclama. Sobre lo primero, véase el texto del Concilio de Trento, sesión sexta, canon 16: “Si alguno dijere que está seguro, con una seguridad absoluta e infalible, de tener el gran don de la perseverancia final, a no ser que esto lo hubiere sabido por una especial revelación, sea anatema” (“Si quis magnum illud usque in fine, perseverantiae donum se certo habiturum absoluta et infallibili certitudine dixerit, nisi hoc ex speciali revelatione didicerit: anatema sit”). Sobre lo segundo, véase la Constitución dogmática Dei Filius, del Concilio Vaticano I, cap. 2: “La misma Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón a partir de las cosas creadas, pues desde la creación del mundo las perfecciones invisibles de Dios se han hecho visibles a la inteligencia a través de las cosas creadas” [Rom. 1, 20] (“Eadem sancta mater Ecclesia tenet et docet, Deum, rerum omnium principium et finem, naturali humanae rationis lumine e rebus creatis certo cognosci posse; invisibilia enim ipsius, a creatura mundi, per ea quae facta sunt intellecta, conspiciuntur”). Cfr. Benedicto XVI, Homilía en Notre Dame, París, 12 de septiembre de 2008: “San Pablo apela a la razón de sus lectores, a la razón de todo ser humano, a ese poderoso testigo de la presencia del Creador en la criatura: “Hablo a hombres sensatos. Juzgad por vosotros mismos lo que digo” (1 Cor. 10, 5 [sic]). Dios, de quien el apóstol es un autorizado testigo aquí, no pide jamás al hombre que sacrifique su razón. La razón no entra jamás en verdadero conflicto con la fe”.

[8] Ratzinger, J., The Spirit of the Liturgy (San Francisco, Ignatius Press, 2000), p. 194.

[9] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de la región noroeste de los Estados Unidos en su visita ad limina (1998): “La participación activa significa, ciertamente, que con sus gestos, palabras, cantos y ministerios, todos los miembros de la colectividad toman parte en el culto, que no es jamás inerte o pasivo. Pero a la participación activa no empecen el silencio, la quietud y el escuchar […]. En una cultura que no favorece ni alienta la quietud meditativa, se aprende con dificultad el arte interior de escuchar. En esto vemos cómo la liturgia, aunque siempre debe estar adecuadamente inculturada, debe ser también contra-cultural”. El término “contra-cultural” ha sido usado también por Benedicto XVI en su Discurso a losobispos de los Estados Unidos de América (Washington D.C., 16 de abril de 2008), en el contexto de la importancia de la oración en común: “Si esto parece contra-cultural, ello no es sino una prueba más de la urgente necesidad que hay de una renovada evangelización de la cultura”. Cfr. Ratzinger, J., Discurso a los catequistas y profesores de religión, Jubileo de los Catequistas, 12 de diciembre de 2000: “Por tanto, convertir significa: no vivir como viven los demás, no hacer lo que los demás hacen, no sentirse justificado en el caso de actos dudosos, ambiguos o malos sólo porque los demás se sienten justificados; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios, buscando lo bueno, aunque sea incómodo; no buscar el juicio de la mayoría, de los hombres, sino la misericordia de Dios. En otras palabras: buscar un nuevo estilo de vida, una nueva vida”. Cfr. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, 30 de mayo de 2011: “ocurre a menudo que la gente desea pertenecer a la Iglesia, pero está fuertemente influida por una visión de la vida que es contraria a la fe”.

[10] Ratzinger, Discurso a los catequistas y profesores de religión (2000): “Nuestra manera de celebrar la liturgia es, a menudo, demasiado racionalista. La liturgia se transforma en enseñanza, cuyo criterio es darse a entender, con la frecuente consecuencia de hacer del misterio una banalidad, de hacer prevalecer las palabras, de repetir frases que parecieran ser más accesibles y más agradables a la gente”. 
 
[11] Ratzinger, Discurso a los catequistas y profesores de religión (2000): “Conversión (metanoia) significa exactamente lo contrario: abandonar nuestra auto-suficiencia para descubrir y aceptar nuestra indigencia”.

[12] Benedicto XVI, Discurso a los obispos del estado de Nueva York, 26 de noviembre de 2011. Estas observaciones se refieren a la nueva traducción inglesa del misal.

[13] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, núm. 42: “El hombre moderno está harto de palabras. Está obviamente cansado de oír y, lo que es peor, se ha hecho impermeable a las palabras” (“Qui sunt hodie homines, eos novimus, orationibus iam saturatos, saepe saepius audiendi fastidientes atque –quod peius est- contra verba obdurescentes videri”).

[14] Ratzinger, Discurso a los catequistas y profesores de religión (2000). Dice también: “No puede darse a conocer a Dios sólo con palabras. […] Proclamar a Dios es presentar la relación con Dios: enseñar a orar”. Cfr. Nichols, Looking at the Liturgy, cit., pp. 81-86, quien piensa que la liturgia puede ser una fuerza capaz de restaurar el sentido de lo sagrado, de la jerarquía, etcétera, cosas de la que la sociedad moderna, por lo general, carece: “el culto forja nuestro ser de cristianos” (p. 84).

[16] Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, núm. 70. “Algunas señales apuntan a un debilitamiento del sentido del misterio en las mismas celebraciones litúrgicas que debieran fomentarlo. Es, por tanto, urgente que renazca en la Iglesia el auténtico sentido de la liturgia”.

[17] Juan Pablo II, Discurso a la sesión plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 21 de septiembre de 2001.

[18] Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, núm. 60: “Tampoco debiéramos olvidar la positiva contribución que hace el uso prudente de los tesoros culturales de la Iglesia. Estos pueden ser especialmente instrumentales para reavivar el humanismo de inspiración cristiana. Estos testimonios vivientes de la fe,  tal como han sobrevivido a través de los siglos, si se los preserva adecuadamente y se los usa inteligentemente pueden ser un útil instrumento para la nueva evangelización y para la catequesis, y conducir a un redescubrimiento del sentido del misterio […] la belleza artística, como una especie de eco del Espíritu de Dios, es un símbolo que apunta al misterio, una invitación a buscar el rostro de Dios hecho visible en Jesús de Nazareth”. Cfr. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, núm. 51: “Una cantidad casi sin fin de medios pueden ser usados para este fin: la prédica explícita, por cierto, pero también el arte […]” (“Ad hunc enim finem assequendum adhiberi potest series paene interminata subsidiorum, veluti predicatio aperta, quemadmodum liquet, sed etiam ars”). Pablo VI se cita aquí a sí mismo: Discurso a los miembros del Consejo de los Laicos (1974) [AAS 66 (1974), p. 568].  

[19] Cardenal Darío Castrillón Hoyos, "Entrevista", The Latin Mass Magazine (mayo de 2004): “No me gustan, por cierto, aquellas opiniones que quisieran reducir el 'fenómeno' tradicionalista sólo a la celebración del rito antiguo, como si fuera un porfiado y nostálgico apego al pasado […] En realidad, lo que a menudo encontramos es una visión cristiana de la vida de fe y de devoción -compartida por tantas familias católicas enriquecidas a menudo por muchos hijos- que tiene características especiales, pudiéndose mencionar como ejemplos: un fuerte sentido de pertenencia al Cuerpo de Cristo, un deseo de mantener sólidos vínculos con el pasado –que quisiera ver no en contraste con el presente, sino en continuidad con la Iglesia- en la presentación de las principales enseñanzas de la fe, un profundo deseo de espiritualidad, de sacralidad, etcétera”.

[20] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, núm. 13, y también núm. 42: “El hombre moderno escucha más a los testigos que a los profesores y, si escucha a éstos, es porque son testigos” (“homo nostrae huius aetatis libentius testes quam magistros audit; qudsi suas hisce praebes aures, ita facit, quoniam testes sunt”).

[21] Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, núm. 108: “No cabe duda de que la fe cristiana pertenece, de un modo radical y decisivo, a las fundaciones de la cultura europea. En efecto, el cristianismo ha formado a Europa, imprimiendo en ella ciertos valores básicos. Incluso la Europa moderna, que ha dado al mundo el ideal democrático y los derechos humanos, extrae sus valores de su herencia cristiana. Más que un área geográfica, se puede describir a Europa como un concepto primordialmente cultural e histórico, que denota una realidad que constituye un continente gracias también a la fuerza unificadora del cristianismo, el que ha sido capaz de integrar pueblos y culturas entre sí, y que está íntimamente vinculado con la cultura europea como un todo”. Cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America (1999), núm. 14. “El mayor don que América ha recibido del Señor es la fe que la ha formado en su identidad cristiana. El nombre de Cristo ha sido proclamado por más de quinientos años en este continente. La evangelización que acompañó a las migraciones europeas ha formado el perfil religioso de América, caracterizado por valores morales que, aunque no siempre son practicados coherentemente y a veces son puestos en duda, comportan en cierto sentido el patrimonio hereditario de todos los americanos, aún de aquéllos que no reconocen explícitamente este hecho”.

[22] MacIntyre, A., Whose Justice? Which Rationality? (Londres, Duckworth, 1988), p. 394: “Al encontrar una presentación coherente de una determinada tradición […] esa persona experimentará a menudo el impacto de darse cuenta: esto no es solamente […] lo que hoy pienso que es verdad, sino lo que, en cierta medida, siempre he pensado que era verdad”.

[23] San Agustín, Confesiones, 10, 27 (38): “Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi! Et ecce intus eras et ego foris et ibi te quaerebam et in ista formosa, quae fecisti, deformis irruebam. Mecum eras, et tecum non eram. Ea me tenebant longe a te, quae si in te non essent, non essent. Vocasti et clamasti et rupisti surditatem meam, coruscasti, splenduisti et fugasti caecitatem meam; fragrasti, et duxi spiritum et anhelo tibi, gustavi, et esurio et sitio, tetigisti me, et exarso in pacem tuam”.

[24] Sir Harold Mario Mitchell Acton KBE(1904-94), historiador católico, escritor y poeta.

[25] Vladimir Ashkenazy (1937), director de orquesta y pianista, no católico.

[*] John Bayley (1925-2015), escritor y crítico literario, profesor de inglés en Oxford, anglicano no practicante. 

[26] Sir Lennox Berkeley (1903-1989), compositor, convertido al catolicismo.

[27] Sir Maurice Bowra (1898-1971), Presidente de la Academia Británica, no católico.

[28] Dame Agatha Christie DBE (1890-1976), escritora, no católica.

[29] Kenneth, Baron Clark, OM, CH, KCB, FBA (1903-1983), historiador del arte, convertido al catolicismo in extremis.

[31] Cyril Connolly (1903-74), crítico, escritor, no católico.

[32] Sir Colin Rex Davis, CH, CBE (1927-), director de orquesta, no católico.

[33] Hugh Delargy (1908-76), parlamentario, laborista, católico.

[34] Robert Mortimer (1902-76), obispo anglicano de Exeter.

[35] Miles Francis Stapleton Fiztalan-Howard (1915-2002), Orden de Pío IX, KG, GCVO, CB, CBE, MC, DL, GCPO, Conde Mariscal, 17° Duque de Norfolk.

[36] Constantine Fitzgibbon (1919-83), historiador, católico.

[37] Sir William Frederick Glock, CBE (1908-2000), crítico musical (coordinador de música BBC, coordinador de los Proms), no católico.

[38] Magdalen Goffin (1923), escritora, católica.

[39] Robert von Ranke Graves (1895-1985), poeta, académico, escritor, no católico.

[40] Graham Greene OM, CH (1904-1991), novelista, convertido al catolicismo, no practicante.

[41] Major Ian Greenlees (1918-1988), escritor, académico, Director del Instituto Británico de Florencia, católico.

[42] Joseph, Baron Grimond,  CH, CBE, TD, PC (1913-93), abogado, escritor, político (líder del Partido Liberal), no católico.

[43] Harman Grisewood, CBE, Chambelán del Papa (1908-1997), actor, novelista, ejecutivo de radio y televisión (Controlador del Tercer Programa, BBC), católico.

[44] Colin Hardie (1906-98), académico (clasicista, Fellow del Magdalen College, Oxford), no católico.

[45] Sir Rupert Hart-Davis (1907-99), publicista, escritor, no católico.

[46] Dame Barbara Hepworth (1903-75), escultora, no católica.

[**] Auberon Herbert (1922-1974), terrateniente y abogado para las causas de Europa de Este después de la Segunda Guerra Mundial, católico.

[47] John Jolliffe (1929-85), académico, Director de la Biblioteca Bodleiana, Oxford, no católico.

[48] David Jones (1895-1974), artista, poeta, convertido al catolicismo.

[49] Sir Osbert Lancaster (1908-1986), dibujante.

[50] Francis Raymond Leavis, CH (1895-1978), crítico literario, escritor, no católico.

[51] Cecil Day-Lewis CBE (1904-1972), poeta, British Poet Laureate, no católico.

[52] Sir Edward Montague Compton Mackenzie OBE (1883-1972), escritor, convertido al catolicismo.

[53] George Malcolm, KSG, CBE (1917-1997), músico, director de orquesta, Maestro de Música de la Catedral de Wetsminster, católico.

[54] Sir Max Edgar Lucien Mallowan CBE (1908-1978), profesor de arqueología, Fellow del All Souls College (Oxford), católico.

[55] Alfred Marnau (1918-1999), poeta, novelista, coordinador de esta petición al Papa, católico.

[56] Yehudi Menuhin OM, KBE (1916-1999), violinista, director de orquesta, no católico.

[57] Nancy Mitford CBE (1904-1973), escritora, no católica.

[58] Raymond Mortimer (1895-1980), escritor, editor de The New Stateman, católico no practicante.

[59] Thomas Malcolm Muggeridge (1903-1990), escritor, convertido al catolicismo.

[60] Dame Iris Murdoch (1919-1999), filósofa, novelista, no católica.

[61] John Murray (1898-1975), teólogo anglicano.

[62] Sean O’Faolain (1900-1991), académico, escritor, católico.

[63] Edward James Oliver (1911-1992), biógrafo, convertido al catolicismo.

[64] William Edward George Asquith (1916-2011), 2° Conde de Oxford y Asquith, KCMG, administrador colonial, católico.

[65] William Plomer (1903-1973), escritor, no católico.

[66] Kathleen Raine CBE (1908-2003), poetisa, escritora, no católica.

[67] William, Baron Rees-Mogg (1928-2012), escritor, periodista (editor de The Times).

[68] Lt-Cdr. Sir Ralph Richardson (1902-1983), actor, católico.

[69] John Moorman (1905-1989), obispo anglicano de Ripon.

[70] Charles Ritchie Russell (1908-1986), Baron Russell of Killowen , Lord Justice of Appeal, Lord of Appeal in Ordinary, católico.

[***] Rivers Scott (1921-2014), editor y periodista, convertido al catolicismo. 

[71] Dame Joan Alston Sutherland OM, DC, OBE (1925-2010), soprano, no católica.

[72] Theodore Philip Toynbee (1916-1981), periodista, escritor, no católico.

[73] Martin Turnell (1908-1979), académico, escritor.

[74] Bernard Wall (1908-1974), publicista, escritor, católico.

[75] Major Sir Patrick Henry Bligh Wall (1916-1998), KBE, MC, VRD (Legión al Mérito, EEUU), parlamentario, conservador, católico.

[76] Edward Ingram Watkin (1888-1991), escritor, convertido al catolicismo.

[77] Robert Charles Zaehner (1913-1974), académico, escritor, convertido al catolicismo.