martes, 28 de febrero de 2017

A propósito de unas posibles "mejoras" a la forma extraordinaria (II)

Luego de publicar una refutación del Prof. Peter Kwasniewski a las propuestas del P. Stravinskas para, a su juicio, "mejorar" la llamada forma extraordinaria del rito romano (Usus antiquior) con elementos provenientes de la forma ordinaria (Novus Ordo Missae), publicamos un artículo de William Riccio, también aparecido en New Liturgical Movement, en el cual, en un tono principalmente testimonial, muestra cómo las sugerencias del P. Stravinskas no contienen nada nuevo: son las las añejas ideas de los liturgistas progresistas de los '60 que condujeron a las desastrosas reformas al ordinario de la Misa de 1965 y 1967, las que pavimentaron el camino hacia la instauración del Novus Ordo. El autor pone especial énfasis en mostrar como esas reformas tuvieron prontamente, pese a las intenciones manifestadas por los reformadores, un efecto catastrófico en la asistencia a Misa y en la devoción de los fieles.  El original, en inglés, puede leerse aquí.


Misa tradicional conforme al Misal de 1962 en la Catedral de Notre-Dame de París (2008)
(Foto: Liturgy Guy)

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¿Volver al futuro? ¡No, gracias, ya he estado en él!


William Riccio


El Catholic World Report probablemente no previó las reacciones que iba a suscitar cuando publicó un artículo del P. Peter Stravinskas titulado “Cómo la forma ordinaria de la Misa puede “enriquecer” la forma extraordinaria”. La sección “comentarios” todavía recibe respuestas a las opiniones emitidas en ese texto.

Mi reacción inmediata apenas lo leí fue: “¿Acaso no hemos estado ahí antes?”. De hecho, cuando se analiza las alteraciones que sugiere el P. Stravinskas, ellas ya han sido llevadas a cabo. El período de siete años anteriores a la implementación de la llamada Missa Normativa, que se convirtió en el Novus Ordo Missae, ya realizó muchas de esas alteraciones.

Como a alguien que vivió durante aquellas turbulencias (y eso es lo que fueron) desde 1963 a 1970, la lista enumerada por el P. Stravinskas me pareció algo así como regresar a cierto lugar que ya se ha visitado y al que no se quiere volver. 

  Las cosas como estaban alrededor de 1965
(Foto del artículo original)

Ellas me traen a la memoria un caleidoscopio de cambios, aparentemente interminables, en la liturgia, de confusión y, al cabo, de ruptura con lo previamente existente. Tal fue mi experiencia durante aquellos años. Y, como quien ha luchado durante la mayor parte de su vida adulta por ver la restauración de la Misa tradicional, me preocupan por los intentos de injertar partes de la forma ordinaria en la forma extraordinaria.

Por cierto, los cambios en la liturgia comenzaron en la década de 1950, con la revisión de la Semana Santa y la primera simplificación de las rúbricas en 1955. Una simplificación adicional tuvo lugar en 1961, que condujo a la publicación del Misal de 1962. Tales cambios prepararon, de diversos modos, el escenario para lo que habría de venir después, y los cambios subsiguientes fueron los más impactantes, especialmente después de Sacrosanctum Concilium.

El Misal de 1962 duró, en realidad, poco más de un año. En 1963 se promulgó cambios que truncaron las oraciones al pie del altar y eliminaron el Último Evangelio. Es interesante tener presente que, en poco más de siete años, pasamos desde Ultimos Evangelios especiales para ciertas fiestas, a supresión de todos los Ultimos Evangelios. También hubo cambios por los que varias partes de la Misa comenzaron a tener lugar desde el sitial del celebrante y no en el altar.

Pero todo esto no fue sino una nadería comparado con lo que sorprendió a los fieles que llegaron a la Misa del Primer Domingo de Adviento de 1965.

En aquellos años en que reinaba la confusión, yo era acólito. Mi parroquia de San Antonio, en New Haven, era administrada por los Padres scalabrinianos [Nota de la Redacción: se trata de los Misioneros de San Carlos Borromeo, fundada por el Beato Giovanni Battista Scalabrini (1839-1905), obispo de Piacenza, en 1887 para atender las necesidades de los inmigrantes italianos en el continente americano, apostolado que se extendió en 1967 a otros inmigrantes], quienes allí, al menos, estaban muy centrados en la liturgia. Para aquellos tiempos, se trataba de una buena liturgia parroquial. Usábamos el libro Our Parish Sings and Prays (“Nuestra parroquia ora y canta”), de St. John’s Collegeville, del cual cantábamos algunas Misas y del que aprendimos una buena cantidad de himnodia, buena especialmente para estudiantes de escuela. Naturalmente, tratándose de una parroquia scalabriniana, nos aprendimos algunas de las Misas del P. Carlo Rossini, miembro de la orden que era Director de Música de la Catedral de Pittsburgh. Todavía siento debilidad por la Missa Salve Regina. 


Misa conforme al Ordo de 1965
(Foto: Valor Crucis)

Aquel primer domingo de Adviento llegamos a la iglesia para encontrarnos con un altar portátil puesto delante del altar mayor. Se nos había preparado para esto por las monjas de la escuela, quienes nos dijeron que iba a tener lugar un gran acontecimiento, que la liturgia iba a ser más comprensible e iba a involucrarnos más en la celebración. Algunas palabras, como liturgia”, comenzaron a formar parte de nuestro lenguaje. No había que hablar más de “Misa”.

Pero las cosas no resultaron tan fáciles. Cuando uno da vuelta en ciento ochenta grados el altar, ocurren cosas extrañas: parece que se estuviera actuando frente a un espejo. Todo parece más o menos familiar, pero también muy diferente. Los sacerdotes en San Antonio tomaron esto deportivamente, pero creyeron que se trataba de un experimento y que se volvería a lo que funcionaba bien.

La siguiente historia, que cuento a menudo, es un buen ejemplo de lo que estaba ocurriendo en aquellos días. El P. Remegio Pigato era un simpático sacerdote, ex rector del seminario scalabriniano en Staten Island, culto, humilde y santo. Podía ser visto día tras día en el patio de la iglesia, caminando mientras leía su breviario. El P. Pigato dijo temprano la primera de las Misas del segundo domingo de Adviento, una semana después de que todo cambiara. Habíamos estado tratando de acostumbrarnos al nuevo orden, pero las cosas eran ahora diferentes. Los acólitos confundían el lado del Evangelio con el lado de la Epístola, y cambiar el libro se transformó en un problema. En esa ocasión el acólito encargado de trasladarlo lo tomó del altar que enfrentaba a los fieles, cruzó por delante de él , hizo la genuflexión y se detuvo confundido. No sabía qué hacer. Finalmente terminó depositando el libro en el lado del Evangelio, pero su confusión fue presenciada por todo el mundo.

El P. Pigato, que había celebrado durante toda esa semana y pudo ver a los acólitos hacer lo mismo, perdió la paciencia. “Señoras y señores”, dijo con su fuerte acento italiano, “les pido disculpas. No estamos diciendo la Misa de atrás para adelante”. Lo cual no hizo sino crear más confusión.

Pero las cosas no pararon aquí. Los introitos, las oraciones colecta, todo el Ordinario y el Padre Nuestro habían sido cambiados al inglés. Pero a partir del Prefacio, todo el Canon seguía en latín. 


Misa celebrada conforme al Ordo de 1965. En este caso, el sagrario se conserva todavía sobre el altar. Las sacras están directamente apoyadas sobre el altar
(Foto: Valor Crucis)

Se introdujo la Procesión del Ofertorio en la Misa, y un comentador leía un texto en que se nos explicaba qué venía a continuación. Añádase a esto la Oración de los Fieles y, de inmediato, el ethos entero había cambiado. Aunque se suponía que la Procesión del Ofertorio hacía presente las ofrendas de los fieles, no resultó ser sino otro acontecimiento realizado de modo muy burocrático que no añadía mucho a la solemnidad de la Misa. Al contrario, se la restaba. Era algo foráneo, que se ponía a sí mismo en el centro de la atención.

La Oración de los Fieles, en vez de ser algo de los fieles y para ellos, resultó ser un texto escrito al que se respondía repitiendo como loros “Señor, escucha nuestra oración” después de cada invocación. Ya comenzaba a verse que este nuevo cambio habría de introducir en la Misa algo que era muy ajeno al culto católico: la palabrería. Todo era dicho en voz alta.

A todo esto, se nos explicaba que, el darse vuelta los altares, iba a permitirnos ver lo que el sacerdote hacía. Eso fue verdad, pero las ceremonias fueron a la vez abreviadas en tal forma que no hacía falta ver lo que hacía el sacerdote. Con todo, el cambio sí alteró el foco, independientemente de cuán observante fuera el sacerdote: estar de cara al pueblo significó involucrar al pueblo. La custodia de la vista, que había sido siempre tan importante para el celebrante a fin de concentrarse en rezar la Misa, fue ahora echada por la borda y reemplazada por el diálogo. El último consuelo era que el Canon todavía se decía en latín. El sacerdote tenía que concentrarse durante la parte más importante de la Misa.

Se nos había dicho que el Canon, la más intraducible de las oraciones, no se diría jamás en vernáculo porque su significado era demasiado profundo. En 1967 se lo tradujo al vernáculo.

Mientras, se estaba suplantando la música sagrada. En algunas iglesias los fieles repetían monótonamente los Propios en inglés, en tanto que en la mayor parte de ellas cantaban en un estilo “adolescente-lánguido” o con himnos protestantes. Se reemplazó de inmediato los himnos católicos, con pocas excepciones. Estos cambios produjeron un efecto inmediato: la asistencia a Misa comenzó a caer en picada. Los fieles votaron con sus pies. La juventud, a la que se suponía que habrían de atraer la nueva música y los cambios litúrgicos, dijo “No gracias”. 



El "antes" (1964) y el "después" (1965) de una iglesia. Nótese el desmantelamiento de atrás del altar exento.
(Foto: Valor Crucis)


Junto con los cambios en la liturgia tuvo lugar una decadencia de la disciplina. Muchos sacerdotes en muchas iglesias comenzaron a decir a la gente que no se preocupara si no había asistido a Misa, que había un nuevo “espíritu del Concilio” que estaba acabando con la “rigidez” del pasado.

Agréguese a esto la abolición de la obligación de abstinencia los viernes y de otras normas de disciplina, y el asunto se volvió excesivo para mucha gente. Esto no era aquello con que se habían comprometido. Fue una anomalía que 1965 fuera un año significativo por la asistencia a Misa, por las conversiones, y por la cantidad de hombres y mujeres en los seminarios o en la vida religiosa. Un año después, al menos en New Haven, ya se comenzó a hablar de cerrar escuelas e iglesias, hasta tal punto se había derrumbado la asistencia a Misa.

Lo cambios habrían de continuar. Se hizo lugar a más y más vernáculo en la liturgia. A esto siguieron la comunión en la mano, el recibir la comunión de pie y la destrucción de los retablos, además de las Misas anticipadas los sábados. Finalmente, en 1970 se introdujo un nuevo Ordinario de la Misa, que fue incluso más sorprendente y más opuesto a lo que había existido antes. Para entonces, la asistencia a Misa en San Antonio y muchos otros lugares había caído a la mitad. La revolución de la segunda mitad de la década de 1960 había hecho dar un vuelvo a la sociedad. 


El entonces Arzobispo de Barcelona, Mons. Marcelo González Martín
(Foto: Valor Crucis)


Muchos de quienes defienden los cambios litúrgicos de aquella época dicen que parte del problema fue el surgimiento de una contracultura hacia fines de esa década, y que el declinar de la Iglesia se debió a esas fuerzas. Uno se pregunta si los cambios de 1965 y los posteriores no ayudaron a causar las turbulencias sociales de 1968. Es algo que hay que dejar a los historiadores.

El P. Stravinskas ha propuesto cosas que van mucho más allá de lo que tuvo lugar en 1965 y después. Sus opiniones son las mismas que expusieron los expertos en liturgia de aquella época. El problema de aquellos expertos fue que no eran párrocos: en su mayor parte eran profesores de universidad cuya experiencia pastoral era, en el mejor de los casos, limitada. Sus recetas para revivir la práctica católica y la liturgia han probado ser insuficientes.

Con la debida deferencia que merece el P. Stravinskas, sacerdote a quien conozco y respeto, lo que necesitamos es un período de paz litúrgica. Aunque podría añadirse algunas fiestas o permitirse algunos Prefacios, las alteraciones que el P. Stravinskas sugiere son un refrito de ideas que ya se implementó y que condujeron al Misal de Pablo VI. Yo ya he estado allí, lo he visto. No quiero volver al futuro. Ya he estado allí, y no es todo lo que se nos ha hecho creer que es.

viernes, 24 de febrero de 2017

La vida de José Luis (Dimas) Antuña Gadea (segunda parte)

Publicamos recientemente la primera parte de la presentación del libro inédito del seglar uruguayo José Luis (Dimas) Antuña Gadea (1894-1968) Inter convivas. Entre comensales. La Misa solemne contemplada y comentada, obra que será publicada por entregas en esta bitácora. Hoy ofrecemos a nuestros lectores la segunda parte de la presentación, redactada por el R.P. Horacio Bojorge SJ, a quien agradecemos nuevamente por poner gentilmente a nuestra disposición para su publicación esta profunda y valiosa obra de Dimas Antuña.


Ejemplar autografiado por Dimas Antuña de su La vida de San José


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Durante su vida Dimas Antuña fue testigo de cómo el modernismo y un proceso creciente de protestantización iban impregnando la cultura hasta penetrar en la del pueblo católico y haciéndolo cada vez más inhábil para entender el lenguaje ritual de los sacramentos, fuentes de su vida. Él expresó así este drama: “Cristianos sin Cristo ¿dónde está nuestro bautismo?” [1].

Dimas Antuña empleó su vida entera en re-acercar a los fieles a las ceremonias de la Misa solemne. Ese fue el camino que eligió para ayudarlos a participar en ella. Los últimos años de su vida coinciden con el ocaso del rito gregoriano que él tan profundamente vivió y enseñó.

Dimas fallece el 24 de agosto de 1968, a los 74 años de edad. El proceso para la instauración del Novus Ordo y del ocaso del ritual de la Misa que Dimas tanto amaba, va desde el año 1964 hasta 1969 y recorre hitos que, según nos consta, Dimas fue siguiendo con creciente aflicción. He aquí algunos de esos hitos principales: 

- El 25/01/1964 Jornada final del Octavario para la Unidad de los Cristianos, Pablo VI publica el Motu Proprio Sacram Liturgiam para poner en práctica la Constitución Sacrosanctum Concilium y anuncia la creación de una Comisión especial encargada de poner en aplicación la Constitución conciliar sobra la Sagrada Liturgia.

- El 29/02/1964, un mes después, Pablo VI crea el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia y nombra presidente al cardenal Lercaro y secretario al Padre Annibal Bugnini. Como iría a atestiguar más tarde Jean Guitton, la intención de Pablo VI era aproximar el rito de la misa a la celebración protestante, más exactamente a la celebración calvinista [2].

- El 19/03/1964, aún no transcurrido un mes, el P. Annibal Bugnini declara en el Osservatore Romano: La oración de la Iglesia no debe ser un motivo de malestar espiritual para nadie. Es preciso apartar toda piedra que pueda constituir hasta la más leve sombra de un riesgo de estorbo o de disgusto para nuestros hermanos separados.

- El 23/09/ 1964 Instrucción Inter Oecumenici.

- El 20/10/1964 Pablo VI interviene personalmente para zanjar el conflicto de potestades entre el Consilium con la Congregación Romana para la Liturgia debido a que el Consilium estaba entonces en conflicto con la Congregación Romana.

- El 07/03/1965 entra en vigor el Decreto Inter Oecumenici dado el 23/09/1964.

- El 04/05/1967 se da la Instrucción Tres abhinc annos.

- El 24/10/1967 Es presentada en la Capilla Sixtina la Missa Normativa – elaborada por el cardenal Lercaro y el P. Annibal Bugnini – a los 183 Obispos reunidos en Roma para el Sínodo. Tres días después los 183 Obispos votan así: Placet, 71. Non Placet, 43. Placet juxta modum, 62; Abstenciones, 4.

- El 03/04/1969 Pablo VI proclama la Constitución Apostólica Missale Romanum por la cual reforma el rito de la Misa a pesar del rechazo mayoritario de los obispos consultados.

- El 06/04/1969 la Sagrada Congregación de Ritos promulga el Novus Ordo Missae, con su Institutio Generalis. 

- El 30/11/1969 entra en vigor el nuevo Misal.

 El Papa Pablo VI

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Ha de advertirse que paralelamente a los actos del magisterio, de hecho, en la práctica, en los ambientes católicos, se iba mucho más allá de lo prescrito y aún de lo permitido y se desataba un espíritu no sólo rupturista sino aún abolicionista de los ritos y usos anteriores. Se experimentaba sin límites buscando nuevas formas rituales y cundía la indisciplina ritual. 

Isabel M. Antuña Cragnonlino relata así el impacto de los cambios litúrgicos en el espíritu de su tío Dimas:

Hubo un acontecimiento histórico que sacudió fuertemente a la Iglesia Católica de los años sesenta. Me refiero al Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII en 1959 y reunido por primera vez 1962, y que concluyó en 1965 bajo el pontificado de Pablo Vl. Este Concilio fue, en sí mismo, un fuerte impacto ya que propuso cambios significativos en las políticas de la Iglesia, entre otros, el lugar de participación de los laicos tanto en la pastoral como en la litúrgica. En la celebración de la Santa Misa fue donde se hicieron particularmente visibles estos cambios, a destacar:

1º) El giro en la visibilidad del sacerdote oficiante: tradicionalmente de espaldas a los fieles, ahora de frente a ellos. Esto exigió reubicar el altar y generar dos espacios: el de la celebración y el de la reserva del Santísimo Sacramento.

2º) El paso del latín, lengua oficial y única del culto cristiano romano, a las lenguas vernáculas propias de cada comunidad católica.

3º) Los cánticos litúrgicos pasaron gradualmente del órgano a la guitarra, lo que fue modificando también el uso y destino del espacio sagrado.

4º) El lugar de los laicos en la celebración, desde ese momento lectores habilitados en la transición de la palabra en epístolas y otras lecturas, involucrándose activamente en el acto litúrgico. La lectura del evangelio y la homilía siguieron a cargo del sacerdote oficiante.

5º) Otro aspecto a señalar es el lugar que fueron tomando las mujeres en las celebraciones litúrgicas, tradicionalmente sólo protagonizadas por figuras masculinas de distinta jerarquía, y donde niños y adolescentes se desempeñaban como monaguillos, lo que muchas veces significaba un privilegio para ellos.

Yo estaba enterada, por el relato familiar, de que Dimas, en los años de su temprana juventud, durante su estadía en Buenos Aires, había atravesado una crisis de fe muy importante. También sabía, por el relato familiar, que había sido a través de la liturgia y en particular del oficio de la Santa Misa, desde donde se reavivó su más primitiva adhesión a la fe en Cristo. Habiendo superado sus dudas y sus conflictos adoptó el nombre de Dimas, el buen ladrón arrepentido, quien se sentía no merecedor del perdón que recibió de Cristo crucificado y agonizante: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

La misa se constituyó para Dimas desde entonces en su espacio-tiempo-dinámica preferencial, tanto desde lo vivencial profundo como desde la necesidad de profundizar y analizar cada momento del ceremonial del acto litúrgico:

1º) lugar de la lectura y la palabra, 2º) espacio de convocatoria de la entrega y sacrificio generoso de Cristo a los hombres, 3º) participación activa e involucrada del sacerdote y del laico en el acto central de la liturgia cristiana de la Iglesia Católica.

Recuerdo con nitidez y fuerza cómo los cambios en la celebración de la misa fueron un tránsito doloroso muy importante para él, hombre de fe, profundamente cristiano y que había recuperado su fe profundizando y vivenciando cada día su participación en la Santa Misa. 

El Concilio Vaticano II terminó en 1965. La situación política internacional y muy en particular en el Río de la Plata, lugar que él conocía ya que había vivido en las dos orillas del mismo, era la de los comienzos de la guerrilla y de cambios muy importantes y significativos en las concepciones políticas. La Iglesia en nuestro medio había consagrado a Mons. Parteli [3] como obispo. A su vez un fuerte desarrollo de la teología de la liberación se repartía entre los que adherían a las nuevas propuestas pastorales en diálogo con las políticas e ideologías del momento y aquellos que las repudiaban.

 Mons. Carlos Parteli Keller (izq.)
(Foto: Umbrales)

El nuevo discurso eclesial a partir del Concilio Vaticano II impactó mucho en Dimas, quien lo consideraba como una desviación en el plano de la recta lectura de la doctrina que él vivenciaba con intensidad en el plano de la liturgia. Las nuevas prácticas introducidas le parecían responder a lo que él llamaba ‘el instinto de profanación’ que dominaba a buena parte de los responsables eclesiásticos.

Para Dimas fue un momento de mucho dolor, tensión, sufrimiento entre su adhesión a la fe y los lineamentos jerárquicos de la Iglesia, y los nuevos discursos que se adherían a ideas consideradas por él en el límite de lo satánico y condenable [4]

Existe un paralelo cronológico entre los hitos documentales del magisterio en la reforma litúrgica y de la instalación de una cierta anarquía celebratoria por un lado, y por el otro los últimos cinco años de vida de Dimas Antuña, acotados por un primer derrame cerebral hacia la mitad de 1964 y el que en agosto de 1968 se lo llevó piadosamente a la tumba ahorrándole mayores sufrimientos. 

Reproducimos como capítulo primero de esta obra la Conferencia Ver la Misa subtitulada La Misa y su Misterio con la que Dimas inauguró un Curso sobre la Misa dictado en la Academia de Estudios Religiosos.

Dimas afirma en las primeras líneas: “Destruida la Misa queda destruida la Iglesia”. Esta frase, agregada al margen con lápiz rojo, pareciera brotarle de una preocupación por la Misa cuyo carácter de misterio veía ahora en peligro. 

Hasta entonces Dimas había escrito y hablado sobre “Ver la Misa”. Ahora ese ‘Ver’ es un mirar inquieto al verla amenazada de una agresión a su carácter de misterio intocable. Y eso motiva el subtítulo: “Ver la Misa. La Misa: un Misterio”. En el capítulo cuarto ahondaremos en tan significativo exordio.

Podríamos decir que Dimas Antuña fue víctima de la epidemia maligna que suscitó después del Concilio la hermenéutica de la ruptura. Treinta y siete años después de la muerte de Dimas, el papa Benedicto XVI la definió y descalificó con ese nombre: “hermenéutica de la ruptura” oponiéndola a la “hermenéutica de la reforma” que practicara san Juan Pablo II: 

“Por una parte – enseña Benedicto XVIexiste una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura"; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la "hermenéutica de la reforma", de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino. La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar” [5].

 S.S. Benedicto XVI (2012)

A la luz de este discurso, como del Via Crucis en el Coliseo [6], del Motu Proprio Summorum Pontificum y de la apenada carta al Episcopado mundial [7], debe entenderse con cuánta perspicacia profética había percibido Dimas Antuña, cuarenta años antes, la gangrena de la rebeldía modernista y progresista enquistado en la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI enseña en su Motu Proprio Summorum Pontificum que, no obstante la reforma de Pablo VI, el rito romano del que participó Dimas Antuña toda su vida y al que dedicó tanto amor, estudio y escritos, no fue nunca declarado abolido, sino que muy por el contrario merece seguir siendo tenido y celebrado en grande estima: 

El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la Lex orandi (“Ley de la oración”), de la Iglesia católica de rito latino. No obstante, el Misal Romano promulgado por San Pío V, y nuevamente por el beato Juan XXIII, debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma Lex orandi y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la Lex orandi de la Iglesia en modo alguno inducen a una división de la Lex credendi (“Ley de la fe”) de la Iglesia; en efecto, son dos usos del único rito romano. Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que nunca se ha abrogado, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia [8].

“No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso tenido como perjudicial [9]

Horacio Bojorge SJ


Montevideo, 24 de agosto de 2016 [10]




[1] Discurso en Honor de San Juan de la Cruz para celebrar el IV Centenario de su nacimiento, pronunciado en los Cursos de Cultura Católica. Buenos Aires, el 9 de setiembre de 1942.  La cita la tomamos de El Testimonio página 149,

[2] Véase la entrevista realizada el 13 de diciembre de 1993 en el programa radiofónico francés Ici lumiére 101.  El presentador, el luterano francés  Francois Georges Dreyfus, invitó a Yves Chiron, autor de un libro sobre Pablo VI, y a Jean Guitton, el renombrado académico francés, autor de renombre e íntimo amigo de Pablo VI que conoció como pocos el pensamiento del Papa. Entrevista reproducido en revista Iesus Christus N° 81 – Mayo/Junio de 2002. Reproducido también por Augusto del Río en El drama litúrgico, Edit. Santiago Apóstol – Teodicea Buenos Aires 2008. En esta entrevista Jean Guitton afirma que la intención de Pablo VI era aproximar el rito de la misa a la cena protestante. El entrevistador, un luterano, hace notar que Pablo VI tenía en vista la cena calvinista y no la luterana.

[3] Carlos Partelli Keller (* 8 de marzo de 1910, Rivera - + 26 de mayo de 1999  Montevideo) Obispo de Tacuarembó nombrado por Pablo VI ( 17 de diciembre 1960): Adminsitrador Apostólico de Montevideo (25 de febrero 1966) Arzobispo de Montevideo (2 de enero 1977)

[4] Memorias manuscritas de Isabel Martha Antuña Cragnonlino.

[5] Discurso del Sto. Padre Benedicto XVI a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados superiores de la Curia romana, Jueves 22 de diciembre de 2005

[6] “Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace agua por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los ensuciamos nosotros mismos. Nosotros somos quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, te arrastramos a tierra, y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos” (Oración de la novena estación en el Via Crucis en el Coliseo de Roma, guiado por el Cardenal Joseph Ratzinger el Viernes santo 25 de marzo de 2005)

[7] (Carta del Sto. Padre Benedicto xvI a los Obispos que acompaña la Carta apostólica "motu proprio data" Summorum Pontificum sobre el Uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970

[8] Benedicto XVI, Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, Art. 1º

[9] Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña a Summorum Pontificum sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma de 1970 (AAS 99 (2007) 798)

[10] Aniversario de la muerte de Dimas Antuña.

martes, 21 de febrero de 2017

A propósito de unas posibles "mejoras" a la forma extraordinaria (I)

Recientemente, un artículo del P. Peter Stravinskas en The Catholic World Report ha formulado diversas propuestas para "enriquecer" la llamada forma extraordinaria  del rito romano (Usus antiquior) con elementos tomados de la forma ordinaria (Novus Ordo). Al tratarse muchas de estas propuestas de ideas que han sido reiteradamente sugeridas desde la trinchera de los liturgistas "progresistas", queremos ofrecer a nuestros lectores en dos entradas traducciones de dos refutaciones de los argumentos esgrimidos por el P. Stravinskas aparecidas en el sitio New Liturgical Movement. La primera de ellas, que publicamos hoy, es de el Prof. Peter Kwasniewski, cuyo original (en inglés) puede leerse aquí.

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(Foto: New Liturgical Movement)

Una montaña rusa litúrgica:

Recientes propuestas para 14 “mejoras” a la Misa tradicional

Peter Kwasniewski

Justo cuando uno cree haberse bajado del vertiginoso y bamboleante carrito (o del barco azotado por las olas) del cambio litúrgico, surge alguien, de impecable mentalidad reformista, que propone dejar caer Sacrosanctum Concilium sobre el usus antiquior, o volver a 1965, o pegotear la forma ordinaria con la forma extraordinaria, o alguna otra monstruosidad por el estilo. Hay tantos proyectos de éstos que ya han sido estudiados, agitados, discutidos y re-estudiados que uno hubiera pensado que ya habíamos alcanzado un período de sano escepticismo en este asunto de meter mano en aspectos que están casi siempre mejor que lo que se piensa. A medida que uno va entrando en la intimidad de la Misa tradicional y conoce mejor su estructura, sus oraciones, ceremonias y costumbres, va encontrando que todo calza perfectamente.

En la edición de The Catholic World Report del 31 de enero, el P. Peter Stravinskas ha publicado “Cómo puede la forma ordinaria enriquecer la forma extraordinaria”. A medida que fui leyendo sus 14 propuestas, no pude menos que advertir que casi todas ellas ya han sido tema de artículos en New Liturgical Movement que critican lo que él propone ahora. Debido a la complejidad de los temas y a que no hace falta volver a escribir lo que ya está escrito, el presente artículo tomará la forma de una serie de remisiones a los artículos que argumentan contra las ideas del P. Stravinskas. Un buen punto de partida sería el siguiente: “¿Puede la Misa tradicional ser mejorada? ¿Debería intentarse mejorarla?”

Antes de abordar los 14 puntos, debo decir que aprecio la honestidad del P. Stravinskas de admitir que el Novus Ordo no tiene casi nada que ver con lo que los Padres dijeron en Sacrosanctum Concilium, aunque estamos conscientes de que Bugnini y compañía dejaron en el documento suficientes portillos de un tamaño tal como para dejar que lo atraviese una flota de camiones. Pero vamos a lo nuestro.

1. La adopción de un leccionario revisado.

No está claro por qué con la expresión leccionario “más amplio” haya que entender un leccionario de varios años de duración, ni mucho menos una revisión del leccionario que ya tenemos. Las lecturas feriales ya existen en los ritos Occidentales y podría recuperárselas, sin necesidad de realizar ninguna modificación sustantiva en lo actualmente existente. Tal como sugerí en Resurgent in the Midst of Crisis, se podría enriquecer sin problema las lecturas para las fiestas de los santos  (por ejemplo, la fiesta de San Antonio de Egipto podría perfectamente tener una lectura y evangelio que se refiriera a su vida y prolongara su testimonio para la Iglesia de hoy: San Pablo acerca de nuestra lucha, que no es contra la carne y la sangre, etc., y el evangelio de “Ve, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres”, cosa que hizo el santo al convertirse).

Aparte de cosas como ésta, la adopción de un leccionario revisado que se extiende por varios años y que no tiene nada en común con los precedentes históricos romanos sería un absoluto desastre. Para consultar argumentos en contra de su contenido y estructura, véase “Una historia de dos leccionarios: análisis cualitativo vs. análisis cuantitativo”, y las referencias adicionales que ahí se da.

2. La incorporación de nuevos formularios de Misas.

La incorporación de “material eucológico histórico” a la Misa se llevó a cabo de un modo absolutamente inorgánico, como que los comités de expertos arqueologizantes se reunieron a discutir el producto de sus excavaciones: los huesos y dientes, las joyas y placas que habían descubierto, de las cuales muchas, sin duda, estaban en excelente estado, pero no aptas para ser injertadas simplemente mediante un fiat ejecutivo. En esta forma de “enriquecimiento” hubo también una enorme cantidad de supresiones y de nuevas redacciones progresistas; en otras palabras, distorsiones de la lex orandi. Esto ha sido sólidamente documentado por Lauren Pristas. Me he referido al problema de “hacer liturgia” mediante el método “cortar/copiar”, independientemente de cuán bueno es el material usado, en mis conferencias “El espíritu de la liturgia en las palabras y acciones de Nuestra Señora”, y “No basta con ser reverentes: la importancia de la Tradición” (Nota del Editor [Nota de la Redacción: se refiere aquí y en lo siguiente al colaborador de New Liturgical Movement que editó el original en inglés, Gregory DiPippo]: véase también el siguiente artículo, sobre el tema de hacer pedazos algunos textos antiguos y de recomponerlos, pegando de nuevo sus partes, para crear textos nuevos: “Una Tradición simultáneamente “venerable” y “defectuosa””, y este otro artículo que proporciona dos ejemplos: “Los prefacios del nuevo rito para adviento”).

3. El aumento de las posibilidades de solemnidad.

Aunque concuerdo con el P. Stravinskas en que la Misa cantada debiera ser la norma, o debiera ser al menos mucho más frecuente, especialmente en domingos y fiestas (véase “El problema del predominio de la Misa rezada y la excepcionalidad de la Misa Solemne”), el P. Kocik ha hecho ver el problema de los posibles fracasos del modelo de incremento de solemnidad mediante el método “mezclar/pegar” (“Todo-o-nada frente a “Solemnidad progresiva”: una invitación al debate”). Al respecto, Ben Yanque agregó una dosis de realismo (“Todo-o-nada frente a “Solemnidad progresiva”: una invitación al debate. Respuesta al P.Kocik”), y el P. David Friel hizo excelentes observaciones aquí

 Misa solemne tradicional

4. La eliminación de recitaciones duplicadas.

El P. Stravinskas objeta que, en la Misa solemne, se exija al sacerdote recitar varios textos que son simultáneamente cantados por otros ministros. Es verdad que ciertas familias monásticas han omitido estas recitaciones, lo que en su caso parece haber funcionado bien. Sin embargo, no está en absoluto claro que en el clero secular o los fieles exista ninguna petición o aspiración en este sentido. Hay un argumento en contra de esta idea en “¿Corresponde que el sacerdote recite todos los textos de la Misa?”

5. La restauración de la procesión del ofertorio y de la oración de los fieles.

La “procesión del ofertorio”, tal como fue diseñada por el Consilium, no tiene ningún precedente histórico en Occidente, sino que es una creación fantasiosa fundada, aparentemente, en la costumbre del pueblo de entregar pan y vino antes del comienzo de la ceremonia (véase el artículo de Paul Bradshaw “Gregory Dix y la procesión del ofertorio”). En su forma actual, parece ser simplemente otro método de distribuir tareas entre el laicado, como un plan de empleos para los cesantes en los tiempos de la Depresión.

En lo relativo a la oración de los fieles (o intercesión general), véase, en contra: “La distractiva oración delos fieles”, con la nota adicional añadida por el P. Friel aquí. Sí, se podría rezar esas oraciones, pero ¿para qué? En el Canon romano y varias otras oraciones de la Misa se reza por todas las cosas por las que pedimos habitualmente.

6. La reordenación del rito de despedida.

Si se entiende la Misa como el ofrecimiento del Santo Sacrificio, entonces el Ite missa est resulta perfectamente apropiado cuando el ofrecimiento ya está cumplido, es decir, después de la postcomunión. La bendición al pueblo es algo que apareció posteriormente –y es muy bienvenida, igual que el Ultimo Evangelio-. Luego que el pueblo responde Deo gratias, el sacerdote se da vuelta para rezar una última oración, el Placeat tibi, que permite a los fieles arrodillarse para recibir la bendición del sacerdote (Nota al margen: he aprendido a apreciar ese arrodillarse antes de la bendición final, que me ha acostumbrado a valorar la bendición del sacerdote como algo especial, tal como el rito tradicional de bendecir el agua bendita nos enseña a apreciar este sacramental más que la apresurada pseudo-bendición del Ritual de Bendiciones). El hecho de que ciertas cosas sean “agregados” no significa que deban ser podadas, como lo admite el propio P. Stravinskas.

 Bendición final

7. El traslado de la Fractio desde el Libera nos al Agnus Dei.

Aquí también los reformadores fueron mucho más allá que lo que mandó el Concilio, alterando una antigua costumbre sin ningún motivo comprensible. El Agnus Dei es una adición posterior al Ordo de la Misa (y ciertamente muy valiosa) hecha por el Papa San Sergio I a fines del siglo VII. La fracción, por su parte, es tan antigua y universal como la Misa misma. La consagración separada del pan y del vino, también un rasgo antiguo y universal de todos los ritos cristianos históricos, representa el derramamiento de la Sangre de Cristo, es decir, la separación de su Sangre y su Cuerpo, y por tanto, su Muerte. El rito de la fracción, en que ambos se reúnen, representa la Resurrección.

De acuerdo con la antigua tradición de la Iglesia de Occidente, el sacerdote hasta este momento se ha dirigido sólo a Dios Padre en la oración desde el Prefacio hasta el Libera nos (una mínima cantidad de Secretas se dirigen al Hijo, todas las cuales, salvo una, son adiciones tardías; en la mayoría de las Misas, el sacerdote habla al Padre desde el comienzo del ofertorio, excepto la oración Suscipe, Sancta Trinitas). Sólo después de la fracción, que representa la Resurrección, se dirige al Hijo con el Agnus Dei, mientras el coro lo canta: el Cordero de Dios a quien San Juan contempla en la Corte celestial aclamado por ángeles y santos: “El Cordero que fue degollado es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición”. Y sólo después de que ha terminado esto, invita el celebrante a los fieles a entrar en la paz de Cristo Resucitado, con lo que comienza el rito de la paz (el agregado de “siempre” a las palabras que el sacerdote dirige al pueblo, “La paz del Señor esté siempre con vosotros”, que ocurre solamente aquí, enfatiza esta visión de Cristo en la eternidad).

El desplazamiento moderno de la Fracción al Agnus Dei convirtió uno de los momentos más cruciales de la Misa en algo como pensado a último momento, que por lo general no es advertido por los fieles, ocupados en estrecharse mutuamente la mano.

8. La aclaración de que la homilía es una verdadera parte de la sagrada liturgia.  

Lo que habría que decir es, más bien: que quede en claro que la homilía no es parte de la liturgia. ¡Por favor! Ya es suficiente reservarla a quienes han sido ordenados para el oficio de predicar, sin otorgarle el estatus de parte del culto público de la Iglesia, que es llevado a cabo por Cristo, la Cabeza, en unión con sus miembros. Véase el punto 3 de este artículo.

9. La conservación de la integridad del Sanctus.

Por el contrario, uno de los momentos más bellos del antiguo rito es aquél en que el coro, que canta un Sanctus polifónico, se detiene después del primer Hosanna, como si gritara aclamaciones al Rey que viene, y se arrodilla en silencio, adora al Santísimo Sacramento elevado, y reanuda el canto con palabras perfectamente adecuadas: “Bendito sea El que viene en el nombre del Señor”, con un clamoroso Hosanna final al Hijo de David, exaltado a lo alto en su Carne y Sangre glorificados, presente ahora sobre el altar (Nota del Editor: es perfectamente esperable que todo el “corpus” de obras como ésta han de desaparecer, ya que nadie va a querer esperar seis minutos para comenzar el Canon).

10. La adopción de las rúbricas de la forma ordinaria para el rito de la comunión.

En los ritos históricos de Occidente, el celebrante es siempre quien canta el Padre Nuestro, sea en el Oficio Divino o en la Misa, en su calidad de ministro del Sumo Sacerdote y de representante de los fieles. Que esto es una antigua costumbre puede verse en el hecho de que el canto desciende de tono en el Et ne nos inducas in tentationem (luego del tono, claramente sacerdotal, que se usa en otros lugares y que termina con el Per omnia saecula saeculorum), después de lo cual el pueblo responde Sed libera nos a malo. Es uno de los huesos, se podría decir, del rito.

En cuanto a decir el resto de las oraciones en voz alta, sólo añade palabrería. Todos saben qué está rezando el sacerdote, y podemos unirnos a él en intenso silencio. El breve silencio después del Padre Nuestro es bien apreciado por los fieles, en la transición entre la adoración del Cordero y el reparto del Mismo en la Comunión. 

11. La imposición de la idea de dar la cara al pueblo cuando se habla al pueblo, y a Dios cuando se habla a Dios.

Defiendo, al pasar, la costumbre de leer las lecturas de cara a Dios en el siguiente artículo: “En defensa de la preservación de las lecturas en latín”.

 Lectura de la Epístola

12. La unión de los calendarios de las formas ordinaria y extraordinaria.

El P. Stravinskas piensa que Cristo Rey debiera celebrarse el último domingo del año litúrgico. Los católicos tradicionalistas no lo piensan así. Ciertamente, estoy de acuerdo en que algunos de los santos más recientes deberían agregarse al calendario de 1962, pero el calendario de la forma ordinaria es un desastre (pérdida de la octava de Pentecostés, pérdida de los días adecuados para Epifanía y Ascensión, pérdida del tiempo de Epifanía, pérdida de la Septuagésima, etc.): necesita ser limpiado, tomando el calendario de la forma extraordinaria como la norma general o regional, con los santos recientes añadidos cuidadosamente a él (Nota del Editor: la drástica mutilación del ciclo temporal privó al rito romano de casi todos sus rasgos característicamente romanos, como lo explico en el artículo “La octava de Pentecostés: una propuesta de mutuo enriquecimiento”. Esto es uno de los más notables ejemplos de cómo los reformadores fueron muchísimo más lejos de lo mandado por el Concilio Vaticano II).

13. La modificación de las rúbricas.

El P. Stravinskas reitera la llamada a suprimir las “repeticiones inútiles”. Hay muchísimas razones para no reducir o suprimir repeticiones, de las que no es menor la de que no son inútiles. Véase esta comparación del Rosario con la Misa. Es una curiosa parte de la mentalidad moderna la de que hay que suprimir todo lo que no resulte inmediata y obviamente útil. Si ello debiera ser así, habría que operar de amígdalas y de apendicitis a todo el mundo. Por el contrario, necesitamos ampliar nuestra noción de lo que es útil, pensando en lo que es noble y adecuado.

14. La asignación de otro nombre para las dos partes principales de la Misa.

El P. Stravinskas alega contra la antigua división de la Misa, la que no se modificó hasta que los revolucionarios de 1960 se sintieron bien listos para actuar. Para una refutación, véase “Por qué “Misa de los catecúmenos” tiene más sentido que“Liturgia de la Palabra””.

En todo caso, es extraño que un autor invoque la denuncia que hace Pío XII del “anticuarianismo” por querer retenerse la expresión “liturgia de los catecúmenos” (que nunca cayó en desuso, por lo que no es una recuperación anticuarianista), mientras que, al mismo tiempo, se apoya justo en el anticuarianismo denunciado por Pío XII para sostener la antigua venerabilidad de ciertos elementos obsoletos, como la procesión del ofertorio o la oración de los fieles.  

  El Siervo de Dios Pío XII
(Foto: Rorate Caeli)

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Véase, finalmente, dos artículos que presentan la otra cara del argumento, es decir, lo que la forma ordinaria necesita desesperadamente aprender de la forma extraordinaria: “Imbuir la forma ordinaria con la espiritualidad de la forma extraordinaria” [Nota de la Redacción: cuya traducción castellana ofrecimos en su momento a nuestros lectores], y “Cómo la Misa tradicional fomenta más la participación activa que la forma ordinaria” [Nota de la Redacción: la traducción castellana también puede leerse en esta bitácora].

sábado, 18 de febrero de 2017

¿Debería la Misa reflejar la personalidad de un determinado Papa?

En varias ocasiones hemos insistido en un principio básico de la liturgia, que forma parte de su regulación jurídica: La liturgia debe ser algo independiente de los caprichos y gustos personales del celebrante o de la autoridad religiosa. La liturgia debe ser contemplada como algo que crece y se desarrolla de modo orgánico, ajeno a las inclinaciones de la individualidad; como algo dado y no como un artefacto alterable a voluntad. Relacionado con este tema, queremos ofrecerles la traducción de un artículo de Nicholas Senz publicado en The Catholic World Report el pasado 7 de febrero de 2017, donde el autor se pregunta si la Santa Misa debería reflejar en su rito la personalidad de un determinado Papa. El original puede verse aquí. La traducción ha sido preparada por la Redacción. 

El autor es Director de Educación Religiosa en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen de Mill Valley, California (EE.UU.), y miembro del comité editorial de Catholic Stand, además de formador de catequistas para la diócesis de Sacramento, California. Nacido en Verboort, Oregon (EE.UU.), cuenta con grados de magíster en filosofía y teología otorgados por la Dominican School of Philosophy and Theology de Berkeley, California.

Nicholas Senz
(Foto: The Federalist)

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¿Debería la Misa reflejar la personalidad de un determinado Papa?

Nicholas Senz

El papa Francisco ha anunciado la creación de un comité para la revisión del documento Liturgiam Authenticam, que rige las traducciones litúrgicas. El P. Michael Ryan, de la Arquidiócesis de Seattle –uno de los principales opositores a la nueva traducción inglesa de la Misa, hecha según los principios establecidos por Liturgiam Authenticam- ha aplaudido esta noticia con gran alegría en un artículo publicado en el sitio web de la revista America [Nota de la Redacción: se trata de una publicación semanal de la orden jesuita en los EE.UU.]

El P. Ryan las emprende contra la nueva traducción con su acostumbrada batería, llamándola “Misal tieso, tristemente inadecuado, teológicamente limitado, pobre en poesía, rico en precisión”. Antes de seguir entrar en lo sustancial, hay que decir unas cuantas palabras para responder a esto.

Primero, estas quejas son en gran medida una cuestión de estética: lo que para uno es “tieso y sin vida”, para otro es “solemne, reverente y bello”. Hay que recordar también que “solemne” no quiere decir “sombrío” o “deprimente”, sino que es lo que explica C.S. Lewis en su Prefacio a El paraíso perdido:

“Esta cualidad puede ser entendida por quien realmente entienda el significado de la palabra “solempne usada en inglés medio, donde significa algo diferente, pero no totalmente diferente, de la palabra “solemn” del inglés moderno. Igual que “solemn”, ella se refiere a lo contrario de lo familiar, libre, fácil u ordinario. Pero, al contrario de lo que ocurre con “solemn”, no sugiere ni tristeza, ni opresión ni severidad. El baile, en el primer acto de Romeo y Julieta, es una “solemnidad”. La fiesta, al principio de Gawain y el Caballero Verde es algo muy próximo a una “solemnidad”. Una gran Misa de Mozart o Beethoven es una “solemnidad”, tanto en su regocijante Gloria como en su conmovedor “crucifixus est”. En este sentido, las fiestas son más solemnes que fastuosas. La Pascua es “solempne”, el Viernes Santo, no. Lo “solemne” es aquello que es festivo y que es, también, dignificado y ceremonial, una ocasión adecuada para la pompa. Y el hecho mismo de que “pomposo” sea hoy usado en un mal sentido da una idea del grado en que se ha perdido la vieja idea de “solemnidad”. (…) Sobre todo, hay que despojarse de la horrible idea, fruto de un muy común complejo de inferioridad, de que la pompa, en las ocasiones en que corresponde, tiene conexiones con la vanidad o el disimulo. (…) El hábito moderno de llevar a cabo cosas solemnes sin solemnidad no es prueba alguna de humildad, sino que comprueba, más bien, la incapacidad del transgresor de olvidarse de sí mismo en el rito y su tendencia a echar a perder para todos el placer del rito”.   

 C.S. Lewis
(Foto: Arthur Strong, 1947. Tomada de Wikimedia Commons)

En suma, el lenguaje “solemne” lo que nos recuerda es que lo que hacemos en la Misa no es una actividad igual que cualquier otra, sino que es una cosa santa, sagrada, literalmente “separada”.

Segundo, la objeción de que la gente no entiende ciertas palabras como “consustancial”, “oblación” o “regeneración”, sugiere que lo que ocurre en realidad es un problema distinto. Muchas décadas de pobre catequesis han conducido a que el lenguaje teológico del laico corriente esté atrofiado, por lo que algunos términos que antes eran comprendidos por todos resultan ahora misteriosos. Esto habla menos de la adecuación de las palabras mismas que del fracaso de la Iglesia en enseñar su significado. La gente podría aprender de nuevo su significado si se las usara y explicara. Deberíamos cuidarnos siempre de ésos que dudan de la capacidad de los demás, ya se trate de su capacidad de aprender o de comprender o de vivir una vida moral.

Un último aspecto curioso surge cuando el P. Ryan se queja del tenor de la nueva traducción que reemplaza a la antigua, y que “enfatiza el mérito en vez de la misericordia, el pecado en vez de la dignidad”. Primero, no hay oposición alguna entre mérito y misericordia. De hecho, es sólo por la misericordia de Dios, que nos regala su propia Vida y nos regenera (otra mala palabra), que podemos, en absoluto, merecer, cooperando con la gracia de Dios.

Pero el problema principal con esta crítica es más profundo, porque el P. Ryan habla aquí de diferencias sustanciales, no meramente estéticas. Pero no estamos aquí ante una cuestión de tono o de gustos, sino de lo que la oración en realidad dice: si ella habla de mérito, ¿no debiera ello reflejarse en el inglés que se emplea?

Lo que el P. Ryan sugiere aquí va mucho más allá de la traducción del texto latino universal. El P. Ryan no quiere simplemente expresar la esencia del latín de un modo inglés más contemporáneo, sino lo que quiere es cambiar el significado del texto latino mismo. Donde el latín habla de pecado, el P. Ryan quiere insertar referencias a nuestra dignidad. Esto equivale a que el sacerdote le pida a uno, en el confesionario, que hable de sus éxitos más que de sus pecados: esto es errar absolutamente el blanco, y demuestra un deseo no de traducir de nuevo el misal, sino simplemente de reescribirlo. La traducción no debiera ser usada como un caballo de Troya para introducir conceptos novedosos en la liturgia de la Iglesia.

Pero el peligro mayor de la propuesta del P. Ryan es el tipo de apoyo que dice tener su argumentación. Escribe, en efecto:

“Hay más que tomar en cuenta aquí, además de un estilo y una sintaxis y una teología muy cuestionable. Lo que hay que tomar en cuenta es el Papa Francisco y la época de transformaciones que ha inaugurado en la Iglesia, el aire fresco, la invitación al diálogo, la revisión de las prioridades, la búsqueda de la simplicidad. Y están también sus escritos, especialmente Evangelii Gaudium. Aunque el Papa no se concentra en la Misa o en el misal, habla del lenguaje, de la comunicación, de los modos de expresión y de la adaptación cultural, cosas todas que tienen significativas implicancias en el modo en que oramos.”

El papa Francisco señala la importancia de la simplicidad, de la claridad, de la franqueza y de la adaptación “al lenguaje de la gente, a fin de que pueda ser tocada por la palabra de Dios (…) y se puede compartir su vida” (n° 158). A la luz de esto, ¿cómo podríamos justificar el uso de palabras como “consustancial”, “conciliación”, “oblación” o “regeneración”?



El Papa Francisco inciensa el altar durante la celebración de la Misa de clausura de las celebraciones de los 800 años de la Orden de Predicadores, en la Basílica de San Juan de Letrán de Roma, el pasado 21 de enero
(Foto: CNS/Paul Haring)

El P. Ryan ejecuta aquí dos sutiles movidas. Primero, aplica las palabras del papa Francisco sobre la comunicación del mensaje evangélico a la cuestión de cómo debiera traducirse la Misa. Pero esta movida es ilegítima. Aunque la Misa misma es un medio primordial de comunicar el Evangelio, el modo de la liturgia misma es totalmente diferente del de una homilía, una conferencia o una conversación, debido a que la liturgia es, primera que nada, un acto de adoración, y es en el contexto de la Misa, en tanto que acto de culto, que su lenguaje debe ser entendido y evaluado. Para retomar el último argumento de C.S. Lewis que citábamos, la Misa no es una charla con un amigo, sino un acontecimiento más solemne, que requiere otro tipo de lenguaje. Lo que debiera analizarse es esto: ¿cómo debería ser el lenguaje litúrgico?

El P. Ryan implícitamente alega poder responder esta pregunta: al hablar del “movimiento de transformaciones” en la Iglesia, el P. Ryan sugiere que la personalidad y las preferencias del papa Francisco debieran ser el factor determinante en la forma y estilo de la liturgia. Lo dice posteriormente de modo brutal: “Los principios de Liturgiam Authenticam contradicen la visión que tiene el papa Francisco”. La cuestión, para el P. Ryan, no es si el documento de la Iglesia que rige las traducciones litúrgicas se basa en principios sólidos, o en ideas que corresponden a las tradiciones y a la teología de la Iglesia en estas materias, sino si refleja los rasgos característicos del Papa reinante. ¿Es esto lo que la liturgia debiera hacer?

Liturgiam Authenticam afirma ser una expresión genuina de los principios litúrgicos de la Iglesia y de sus tradiciones. La argumentación del P. Ryan realiza aquí un giro: en vez de decir “esto no es lo que me parece que la liturgia debe ser”, dice “esto no es lo que al papa Francisco le parece que la liturgia debe ser”; pero no plantea este argumento sobre la base de los comentarios efectivos del papa Francisco sobre la liturgia, sino de otras declaraciones más generales que el Papa ha hecho en otros contextos.

El argumento implícito del P. Ryan en estas cuestiones es una especie de ultramontanismo: “esto es lo que al papa Francisco le gusta, y esto es lo que debemos hacer porque él es el Papa”.  Pero no es éste el modo de enfocar un tema tan central para la fe como lo es la liturgia, la cual, según enseña el Concilio Vaticano II, tiene una función inherentemente didáctica o docente. La liturgia pertenece a toda la Iglesia a través del tiempo y del espacio, y no debe ser manipulada según los antojos de un determinado Papa.

 Vittore Carpaccio, Visión de San Agustín (1502, Scuola di San Giorgio degli Schiavoni, Venecia)

Para emplear una analogía, piénsese en el lugar que ocupan en nuestra fe los Padres de la Iglesia. Determinada cosa no es parte de la Sagrada Tradición sencillamente porque San Agustín o San Basilio son Padres y la sostuvieron sino que, más bien, se los venera como Padres debido a que expresaron tan bien la Tradición. Del mismo modo, nada es, o no debiera ser, parte integral de nuestra fe meramente porque concuerda con el estilo del Papa actual; por el contrario, es deber del Papa tomar las medidas para que sus palabras y acciones se conformen con la sustancia y las Tradiciones de la Fe. Imagínese el caos que significaría reformular el catolicismo para concordar con las características de cada pontífice a lo largo del tiempo. Imagínese la histeria del P. Ryan si, por ejemplo, el cardenal Burke o el cardenal Sarah llegaran a ser papas e impusieran su propia visión de lo que la liturgia de la Iglesia debe ser (visión a la que, podemos razonablemente suponer, el P. Ryan se opondría). Pero, si tal es el principio, habría que aplicarlo quienquiera sea que esté en el trono de Pedro, por lo que el P. Ryan no podría haber objetado en su momento si San Juan Pablo II hubiera aprobado Liturgiam Authenticam como lo que a él le gustaba. La verdad es que todo esto parece ser un intento del P. Ryan de usar la popularidad de la imagen del papa Francisco para proponer su propio programa. Esto es una movida política, no una movida pastoral, y tales movidas no tienen lugar en la Iglesia o en la liturgia de la Iglesia.