jueves, 13 de abril de 2017

FIUV Position Paper 10: El ayuno eucarístico

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 10 y que versa sobre el ayuno eucarísrico, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de agosto de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


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El ayuno eucarístico

Sumario

Desde los más lejanos tiempos se ha recibido la comunión en ayunas, y el ayuno desde la medianoche previa, o incluso más largo, fue la norma durante siglos. Pío XII redujo el ayuno a tres horas, para hacer posible la celebración de la Misa a la caída del sol. Pablo VI, lo redujo a una hora en 1964, pero subrayó la importancia de la preparación espiritual para recibir la Comunión con provecho. San Juan Pablo II y Benedicto XVI han advertido el surgimiento de una actitud descuidada ante la recepción de la Sagrada Comunión. Una medida para contrarrestar esto, sería el estudio serio de la posibilidad de restaurar el ayuno de tres horas de Pío XII. Los inconvenientes menores que experimentarían los fieles, e incluso la necesidad de abstenerse de comulgar, subrayarían la importancia y el valor del Santísimo Sacramento, contrarrestando la tendencia a comulgar simplemente porque los demás lo hacen, y restauraría el “hambre y sed” de la Comunión que tanto deseaba San Juan Pablo II, al tiempo que fomentaría la práctica de hacer una Comunión espiritual, alabada tanto por San Juan Pablo II como por Benedicto XVI.

 Juan de Juanes, Cristo con la Eucaristía (S. XVI, Colección Esterházy, Budapest)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Texto

1. Los temas de estos artículos, además de cosas que se refieren específicamente a la forma extraordinaria del rito romano en aspectos en que ésta difiere de la forma ordinaria, incluyen otros que, al menos en principio, corresponden a la forma ordinaria (tales como la orientación litúrgica[1], o la forma de recibir la Comunión[2]), o que corresponden a ésta en algún grado (como el silencio[3], o el canto gregoriano[4]). En el presente artículo tratamos algo que se refiere al especial carácter de la forma extraordinaria, pero que conviene a todos los católicos de rito latino en virtud del Código de Derecho Canónico, es decir, el ayuno eucarístico.


Una revisión histórica del ayuno

2. Tertuliano escribe que el Santísimo Sacramento se recibe “antes que cualquier otro alimento”[5]. En la práctica de celebrar la Misa al amanecer, que se estableció en el siglo II[6], va implícito un ayuno desde la medianoche y este ayuno se difundió ampliamente como algo establecido[7], aunque en el Medioevo se impuso, a menudo, ayunos mucho más largos[8] y no sólo de agua y comida, sino también de relaciones maritales[9]. A los enfermos no se les exigía ayuno [10]. Aunque va contra al ejemplo de la Última Cena [11], el dar de comer a los fieles que ayunan es algo que está sugerido por la tipología, fuertemente eucarística, de la alimentación de los Cinco Mil con ocasión del milagro de multiplicación de los panes[12].

3. La frecuencia de la comunión de los fieles parece haber declinado fuertemente a partir del siglo IV, a pesar de las periódicas exhortaciones en contrario[13]. Un cambio decisivo se produjo con Pío X, en cuyo pontificado un decreto de la Sagrada Congregación del Concilio condenó algunos errores jansenistas que se arrastraban en este tema, y aclaró las condiciones para una recepción fructífera[14]. San Pío X fomentó también una Primera Comunión mucho más temprana, e introdujo algunas dispensas más generosas para ciertos casos difíciles. Pío XII estableció un ayuno de tres horas, que no se rompía por el “agua natural” (es decir, agua sin aditivos), primero con algunas condiciones en 1953 y luego como una norma general en su motu proprio Sacram Communionem (1957)[15], con generosas normas en lo relativo a los “enfermos” [16].

4. En 1964 Pablo VI redujo el ayuno a una hora, la que debía contarse retroactivamente desde el momento de la recepción, tanto para los sacerdotes como para los fieles [17], norma reiterada en el Código de Derecho Canónico de 1983[18].

 San Pío X, Papa de la Eucaristía


Ayuno y reverencia hacia el Santísimo Sacramento.

5. Pablo VI, en su instrucción sobre la Sagrada Comunión Immensae caritatis (1973) enfatiza la “suprema reverencia debida a tan gran Sacramento”, y en una nota al pie de esta frase hace una larga cita del Concilio de Trento que insiste en la necesidad de confesión sacramental antes de la recepción, en caso de que el comulgante, laico o clérigo, tuviera conciencia de un pecado mortal. La cita comienza del siguiente modo:

“Es inconveniente tomar parte en una función sagrada sin santidad. Por lo tanto, mientras más los cristianos perciban la sacralidad y divinidad de este sacramento celestial, más deben extremar los cuidados para no recibirlo sin reverencia y santidad, especialmente dadas las terribles palabras de San Pablo: “Los que comen y beben indignamente, comen y beben su propia condenación, sin discernir el Cuerpo del Señor” (I Cor 11, 29). Quienes deseen recibir la Comunión deben recordar el mandato de San Pablo: “Examínese a sí mismo el hombre” (I Cor 11, 28)”[19].

6. San Juan Pablo II advirtió con gran dolor, en Dominicae Coenae (1980), la irreverencia ante el Santísimo Sacramento que se está dando entre los fieles. En dicho documento contrasta dos fenómenos: en primer lugar, aunque han desaparecido los escrúpulos que, en otro tiempo, desalentaban la Comunión frecuente, todavía hay muchos fieles que dejan pasar las oportunidades de recibir la Sagrada Comunión debido a una falta de “hambre” y “sed”, que es también señal de ausencia de una adecuada sensibilidad hacia el sacramento del amor, y una falta de comprensión de su naturaleza[20].

7. En segundo lugar, y a veces muy frecuentemente, todos quienes participan en la asamblea eucarística reciben la Comunión, y en algunas de tales ocasiones, como lo confirman algunos experimentados párrocos, no se tiene el suficiente cuidado de acercarse previamente al Sacramento de la Penitencia para purificar la conciencia[21].

Esto es el resultado de la ausencia de “una conciencia cristiana dotada de fina sensibilidad” [22]. Benedicto XVI también ha lamentado esta segunda actitud[23].

8. San Juan Pablo II y Benedicto XVI, en los pasajes recién citados, aluden a la recepción de la Comunión en la mano, que ambos vinculan con una falta de reverencia hacia el Santísimo Sacramento. Este problema ha sido discutido en otro ensayo[24]. Lo que nos preocupa aquí es la posibilidad de enfrentar con otras medidas el problema individualizado, es decir, mediante la reconsideración de la disciplina del ayuno eucarístico.

 El Siervo de Dios Pío XII celebrando la Santa Misa

Restaurar la norma de Pío XII

9. El requisito de un período extenso de ayuno antes de recibir la Comunión es un modo natural y tradicional de subrayar la gran significación del Santísimo Sacramento. Benedicto XVI habla de ponerle un “signo de exclamación”, cosa que él hizo dando la Comunión sólo en la lengua y a los fieles arrodillados[25]. Esto debería obligar a todos los fieles a pensar más seriamente antes de comulgar, cosa que requeriría una meditación previa y, en ocasiones, un sacrificio limitado pero simbólicamente elocuente. Pero, aunque esto en ocasiones exigiría algunos ajustes prácticos (horario de las Misas o de las comidas, por ejemplo), no ocasionaría los mismos problemas psicológicos, al momento de comulgar, que la suspensión de la autorización para comulgar en la mano.

10. La práctica más consagrada por muchos siglos de observancia es el ayuno desde la medianoche, pero su imposición hoy día crearía una serie de dificultades prácticas. Estas afectarían, sobre todo, a los afectos a la forma extraordinaria, que se celebra en horarios muy alejados del desiderátum, o sea, en horas en que los sacerdotes tienen tiempo y las iglesias están disponibles. Por eso, quisiéramos sugerir, en vez de dicho ayuno, la restauración de la norma establecida por Pío XII consistente en un ayuno de tres horas.

11. La declinación en la frecuencia de la recepción de la Sagrada Comunión, mencionada en el párrafo 3, fue resultado de una comprensión más profunda de la realidad sobrenatural del Santísimo Sacramento y del desarrollo de las normas penitenciales. Se puso mayor énfasis en el ayuno eucarístico, pero éste se exigió a menudo antes de la asistencia a Misa, al menos en domingos y fiestas, aunque no se fuera a comulgar[26], por lo que no constituía un obstáculo adicional a la Comunión. La confesión más frecuente constituyó una solución a la preocupación por la debida dignidad de los comulgantes, pero exigió tomar ciertas medidas de infraestructura y de catequesis, lo cual lleva tiempo para implementarse[27].

12. San Pío X advirtió que el mayor obstáculo a la Comunión frecuente, a comienzos del siglo XX, no era por cierto el ayuno desde medianoche, sino la confusión sobre las condiciones espirituales necesarias para una recepción fructífera del sacramento. La idea de Pío XII de cambiar las reglas del ayuno fue no tanto hacer más fácil el ayuno, como hacer posible las Misas en diferentes horas del día, para facilitar su inserción en la jornada laboral o escolar[28].

13. Aunque no hay que exagerar la exigencia que conlleva la norma de Pío XII, ella supone que, de vez en cuando, comulgar se podría hacer más difícil por motivos prácticos, e incluso imposible para ciertas personas. Esto constituiría una forma de contrarrestar la tendencia de muchos fieles, advertida por San Juan Pablo II y Benedicto XVI, como se dijo en el párrafo 7, de aproximarse a comulgar sólo porque el resto de los presentes lo hace. Por otra parte, no ir a comulgar puede tener el riesgo de atraer hacia sí la atención de los demás, e incluso de escandalizar[29]. Quienes no estén en condiciones de comulgar debieran, en su lugar, hacer una “Comunión espiritual”, práctica alentada por San Juan Pablo II, quien citaba las alabanzas que le hace Santa Teresa[30], y por Benedicto XVI [31], quien pidió a los asistentes a la Misa papal del Día Mundial de la Juventud, en Madrid, hacer una Comunión espiritual cuando la distribución fuera imposible[32]. Esta práctica alimenta el “hambre y sed” de la Eucaristía que tanto deseaba San Juan Pablo II.

 S.S. Benedicto XVI administrando la Sagrada Comunión a una religiosa, de rodillas y en la boca

Conclusión     

14. Aunque podría parecer una propuesta radical, la restauración de la antigua norma sería una forma relativamente simple de subrayar el valor del Santísimo Sacramento y la importancia de prepararse para recibirlo. El problema contemporáneo de una actitud descuidada ante la Comunión exige una catequesis a fondo, y el ayuno de tres horas constituiría de por sí una catequesis que enfatiza la realidad sobrenatural del Santísimo Sacramento, quizá mucho más que una exhortación meramente verbal.

15. No debe suponerse que aumentar el peso de las normas que impone la Iglesia ha de conducir a un rechazo de esas normas o a su transgresión. Una disciplina exigente indica la seriedad del objeto de dicha disciplina, y las religiones más exigentes frecuentemente atraen más adherentes que las más relajadas[33]. Si la adopción por parte de los fieles de un ayuno más riguroso fuera opcional, ella no tendría ese poder catequético, ni tendría el mérito de un acto de obediencia. Una campaña pública para fomentar esa práctica opcional podría incluso hacer posible la acusación de fariseísmo.

16. Finalmente, hay que decir que la actual norma de un ayuno de una hora antes de la Comunión apenas causa alguna impresión en los fieles[34] y, por eso, es más posible que se la olvide o que no se la tome en serio. Además, insistir en una obligación trivial parece muy poco razonable[35]. A fin de restaurar el adecuado respeto por la Eucaristía, ciertamente hace falta una obligación que comande respeto.

 Ecce Agnus Dei


Apéndice A

Decreto de 1905, Sacra Tridentina Synodus, de la Sagrada Congregación del Concilio, en tiempos de Pío X (extracto):

1. La Comunión frecuente y diaria, como práctica muy vivamente deseada por Cristo nuestro Señor y por la Iglesia Católica, debiera ser posible para todos los fieles de cualquier rango y condición de vida, de modo que no se debe poner obstáculos a nadie que esté en estado de gracia y que se acerca a la Sagrada Mesa con una intención recta y devota (recta piaque mente).

2. La recta intención consiste en que el que aproxima a la Sagrada Mesa debe hacerlo no por rutina o por respetos humanos, sino por el deseo de agradar a Dios, de estar más unido con Él por la caridad, y de recurrir a esta divina medicina para sus debilidades y defectos.

3. Aunque es especialmente apropiado que quienes reciben la Sagrada Comunión frecuentemente o diariamente estén libres de pecado venial, al menos de aquéllos que son claramente deliberados, y de todo afecto a ellos, es suficiente que estén sin pecado mortal y tengan el propósito de no pecar nunca más. Y si tienen este propósito sincero, es imposible que los que comulgan a diario no se liberen gradualmente de los pecados veniales y del afecto a ellos.

4. Aunque los sacramentos de la Nueva Ley producen sus efectos ex opere operato, ese efecto es mayor en proporción a la buena disposición de quien los recibe, por lo que debiera tenerse cuidado de que la Sagrada Comunión esté precedida de una cuidadosa preparación y seguida de una apropiada acción de gracias, de acuerdo a las fuerzas, circunstancias y deberes de cada uno.

5. Debe consultarse la opinión del confesor a fin de que la Comunión frecuente o diaria sea recibida con mayor prudencia y produzca mayores y más meritorios frutos. Los confesores, a su vez, se guardarán de desanimar a nadie de comulgar frecuente o diariamente, supuesto que esté en estado de gracia y se acerque a comulgar con recta intención.

 6. Puesto que es claro que con la recepción frecuente o diaria de la Sagrada Eucaristía se fortalece la unión con Cristo, se alimenta más abundantemente la vida espiritual, el alma se enriquece con más virtudes y se concede al comulgante más seguramente la prenda de la felicidad eterna, los párrocos, confesores y predicadores, ateniéndose a las enseñanzas aprobadas por el Catecismo Romano, exhortarán a los fieles a menudo y con conveniente celo a que realicen esta devota y saludable práctica. 

Apéndice B
      
Sacram Communionem, motu proprio de Pío XII, 1957 (extracto):

1. Los ordinarios del lugar, excluidos los vicarios generales que no estén en posesión de un mandato especial, pueden permitir que la Santa Misa sea dicha todos los días después del mediodía, si esto es necesario para el bien espiritual de un número considerable de fieles.

2. Los sacerdotes y los fieles, antes de la Santa Misa y de la Comunión, respectivamente, deben abstenerse durante tres  horas de alimentos sólidos y líquidos alcohólicos, y durante una hora de líquidos no alcohólicos. El agua no rompe el ayuno.

3. De ahora en adelante, el ayuno debe ser observado por el lapso indicado en el número 2, incluso por aquéllos que celebran o que reciben la Sagrada Comunión a medianoche o en las primeras horas del día.

4. Los enfermos, aunque no estén postrados en cama, pueden tomar bebidas no alcohólicas y aquellas cosas que son real y propiamente medicinas, ya sea en forma líquida o sólida, antes de la Misa o de la Sagrada Comunión, sin límite de tiempo.

Exhortamos encarecidamente a los sacerdotes y fieles que puedan hacerlo a observar la antigua y venerable forma de ayuno eucarístico antes de la Misa y de la Sagrada Comunión. Todos aquellos que hagan uso de estas concesiones deben compensar el beneficio recibido siendo ejemplos brillantes de vida cristiana y principalmente realizando obras de penitencia y de caridad.

Apéndice C

Los “enfermos” en la norma de Sacrum Communionem:

El motu proprio Sacrum Communionem, sección 4, sobre los “enfermos” exige alguna interpretación a la luz del Derecho Canónico. Aunque esto pueda parecer complicado, ilustra la gran preocupación de Pío XII de no imponer a los fieles carga alguna que no sea razonable[36].

(i) Son “enfermos” aquellos a quienes el ayuno significa un inconveniente “moderadamente grave”. Este puede deberse a una enfermedad, a la edad, a un largo viaje, a una condición temporal o crónica o a cualquier otro motivo. Se incluye en el concepto a quienes corren el riesgo de enfermar, han de someterse a una operación, etcétera, como también a los enfermos antes de comulgar, puesto que en ambos casos el ayuno impone una carga al individuo. Aquellos para quienes el ayuno no significa una inconveniencia grave, no son “enfermos” para los fines de la ley (por ejemplo, una persona con un brazo quebrado).

(ii) Los “líquidos no alcohólicos” incluyen aquellos que tienen valor nutricional, como las sopas. En contraste, a los no enfermos, según la sección 2, sólo se les permite “bebidas” (tomadas “per modum potus”) durante las primeras dos horas del ayuno. El alimento sólido rompe el ayuno aún para los enfermos.

(iii) Las medicinas, incluso cuando el alcohol es un ingrediente (por ejemplo, están disueltas en alcohol, etcétera), no rompen el ayuno. Las bebidas alcohólicas, incluso si son tomadas para fines medicinales por indicación de un médico, rompen el ayuno.




[1] Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 4: La orientación litúrgica [véase aquí].

[2] Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 3: El modo de recibir la Comunión [véase aquí].

[3] Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 9: El silencio y la inaudibilidad en la forma extraordinaria [véase aquí].

[4] De próxima aparición.

[5] La frase “ante omnem cibum”, usada por Tertuliano (Ad uxorem II, 5: PL 1, 1296) podría traducirse también “antes de cada comida”, y se ha sugerido que se recibía la Eucaristía antes de las comidas a modo de antídoto de posibles venenos. Véase Sammut, A., The Eucharistic Fast in the Light of the Last Papal Documents (Roma, Miscellania Francescana, 1959) pp 14-15, y Jungmann, J., The Mass of the Roman Rite: Its Origins and Development (trad. inglesa, Nueva York:,Benzinger, 1955, vol. II p. 236, nota 34. También esta interpretación indicaría que la Sagrada Comunión se recibía antes, y no al final, de una comida.   

[6] Durante algunos siglos se hizo una excepción a la norma de las Misas en la mañana para el Jueves Santo, lo cual significaba que en ese día la Comunión tenía que recibirse sin ayuno. Véase, por ejemplo, el Tercer Concilio de Cartago (397), canon 29: “Nadie puede celebrar el Sacramento del Altar sino en ayunas, excepto el único día en que se celebra la Cena del Señor” (“Ut sacramenta altaris nonnisi a ieiunis hominibus celebrentur, excepto uno die in quo coena Domini celebrantur”). El Concilio de Braga en 572 condenó esta excepción: véase Sammut, The Eucharistic Fast, cit., pp. 28-29.

[7] Véase Tomás de Aquino, Summa Theologica, III q.80, a. 8 ad 5: “Que este sacramento deba entrar en la boca de un cristiano antes que cualquier otro alimento no debe entenderse en términos absolutos y todo el tiempo, porque entonces quien ya alguna vez ha comido o bebido no podría nunca más recibirlo: debe entenderse, por el contrario, relativamente a un mismo día, y aunque el comienzo del día varía según los diferentes sistemas de computarlo (para algunos comienza al mediodía, para otros a la puesta del sol, para otros a medianoche, para otros al salir el sol), para la Iglesia romana el día comienza a medianoche. Por lo tanto, si alguien toma cualquier forma de alimento o de bebida después de la medianoche, no puede ese día recibir el sacramento, pero puede hacerlo si tomó el alimento antes de medianoche” (“cum dicitur, hoc sacramentum prius quam alii cibi debet mitti in os christiani, non est intelligendum absolute respectu totius temporis, alioquin qui semel comedisset et bibisset,  nunquam postea posset hoc sacramentum accipere. Sed est intelligendum quantum ad eumdem diem. Et licet principium diei secundum diversos diversimode sumatur, nam quidam a meridie, quidam ab occasu, quidam a media nocte, quidam ab ortu solic diem incipiunt; Ecclesia tamen, secundum Romanos, diem a media nocte íncipit. Et ideo, si post mediam noctem aliquis sumpserit aliquid per modum cibi vel potus, non potest eadem die hoc sumere sacramentum, potest vero si ante mediam noctem”).

[8] Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., vol .II, pp. 363-364.

[9] Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., vol. II, p. 363, nota 23.

[10] Sammut, The Mass of the Roman Rite, cit., p. 29. Véase también más abajo.

[11] Mt 26, 26: “durante la cena, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo”; Mc 14, 22: “y mientras comían Jesús tomó pan y bendiciéndolo lo partió y se lo dio diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo”. Cfr. 1 Cor 11, 18-30, sobre la conexión entre la Eucaristía y la “comida ágape” en la Iglesia primitiva. 

[12] Mc 6, 34-44; Lc 9, 11-17; Jn 6, 4-13.

[13] Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., vol. II, pp. 360-362.

[14] Sagrada Congregación para la Implementación del Concilio de Trento, decreto Sacra Tridentina Synodus (1905). Véase Apéndice A.

[15] Véase Apéndice B.

[16] Véase Apéndice C.

[17] Decreto Tempus Eucharistici ieiunii servandi reducitur, 21 de noviembre de 1964 [AAS 57 (1965) 186]: “Vistas las dificultades que se experimentan en muchos países en relación con el ayuno eucarístico, el Supremo Pontífice, accediendo benévolamente a las peticiones de los obispos,  concede que el ayuno de alimentos sólidos se reduzca a una hora antes de la Comunión, tanto para los sacerdotes como para los fieles. En esta concesión se incluye también el uso de las bebidas alcohólicas, observándose sin embargo una debida moderación” (“Attentis multarum regionum difficultatibus quoad ieiunium eucharisticum, Summus Pontifex, petitionibus Episcoporum benigne annuens, concedit ut ieiunium quoad cibos solidos reducatur ad una horam ante Sanctan Communionem, et quiden tum pro sacerdotibus tum pro fidelibus. In hac autem concesiones includitur quoque potum alchooloricum usus, servata tamen debita moderatione”). Cfr. Osservatore Romano, 4 de diciembre de 1964, p. 2.

[18] Código de Derecho Canónico de 1983, canon 919, núm. 1: “La persona que va a recibir la Sagrada Eucaristía debe abstenerse al menos una hora antes de la Comunión de todo alimento y bebida, excepto sólo agua y medicinas” (“Sanctissimam Eucharistiam recepturus  per spatium saltem unius horae ante sacram communionem abstineat a quocumque cibo et potu, excepta tantummodo acqua atque medicina”).

[19] Concilio de Trento, sesión 13, cap. 7: “Si non decet ad sacras ullas functiones quempiam accedere nisi sancte, certe, quo magis sanctitas et divina coelestis hujus sacramenti viro Christiano comperta est, eo diligentius cavere ille debet, ne absque magna reverentia et sanctitate ad id percipiendum accedat, praesertim cum illa plena formidinis verba apud apostolum legamus: Qui manducat et bibit indigne, judicium sibi manducat et bibit, non dijudicans corpus Domini. Quare communicare volenti revocandum est in memoriam ejus praeceptum: Probet autem seipsum homo”.

[20] Juan Pablo II, Carta Dominicae coenae (1980), núm. 11: “deficiente “fame” et “siti” eucharistica, sub qua latet similiter parum sufficiens aestimatio atque intellegentia ipsius naturae huius excellentis Sacramenti amoris”.

[21] Juan Pablo II, Carta Dominicae coenae (1980), núm. 11: Interdum scilicet, immo compluribus in casibus, cuncti eucharisticae celebrationis participes ad communionem accedunt, tametsi nonnumquam –ut comprobant periti rerum pastores- habita non est debita cura, ut prius Paenitentiae Sacramentum reciperent propriam ad conscientiam mundandam”.

[22] Juan Pablo II, Carta Dominicae coenae (1980), núm. 11: bonum quod subtilitas est christianae conscientiae impulsae”.

[23] Seewald, P., The Light of the World: the Pope, the Church and the Signs of the Times (trad. inglesa, Londres, Catholic Truth Society, 2010), p. 156: “Existe un gran peligro de superficialidad [en la recepción de la Sagrada Comunión] precisamente en el tipo de eventos masivos que se celebran en San Pedro […] En este contexto, en que la gente cree que automáticamente todos deben comulgar –“todos van, por lo que yo voy también”- quise enviar una señal clara […] Esto no es un mero rito social en que uno puede participar si así lo desea”. Cfr. la cita de Benedicto XVI, Exhortación post-sinodal Sacramentum Caritatis (2007), en la nota 25 de este trabajo. 

[24] Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 3: El modo de recibir la Comunión, especialmente núm. 5-8 [véase aquí].

[25] Seewald, The Light of the World, cit., p. 156.

[26] Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., vol. II, p. 366: “A través de toda la Edad Media se observó estrictamente no sólo el precepto de ayunar en relación con la Sagrada Comunión, sino que también se los prescribió, repetidas veces, para la asistencia a Misa (como en el sínodo de Brixen, en 1453), o al menos se lo aconsejó para la Misa”. Esto sorprende menos cuando se considera el gran significado que se atribuía a mirar la Hostia y a las Comuniones Espirituales, analizadas por Jungmann en las páginas precedentes, en el contexto de la muy infrecuente Comunión sacramental. Cf. Duffy, E., The stripping of the Altars: Traditional Religion in England c. 1400-c.1580 (New Haven, Yale, 1992), donde se aborda el ayuno antes de la Misa (p. 42) y el sentido de “mirar la Hostia” (pp. 95-102).

[27] Duffy, The stripping of the Altars, cit., pp. 53-56 y 93-94, advierte el gran esfuerzo organizacional y catequético que requería implementar la decisión del Concilio Laterano IV (1215) de que todos los católicos se confesaran y comulgaran una vez al año. Las órdenes mendicantes fueron una enorme ayuda en hacer posible esto, y fue esencial el desarrollo del sistema parroquial en los siglos precedentes. Cfr. Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., vol. II, p. 363: “Pero en la Edad Media, con las prescripciones parroquiales prevalecientes y la insuficiente organización de la cura de almas, no sólo no había la voluntad sino que, en gran medida, tampoco la posibilidad de confesarse para poder comulgar frecuentemente”.

[28] Sammut, The Eucharistic Fast, cit., p. 101: "las Misas vespertinas constituyeron indudablemente un gran beneficio y la concesión más amplia de las que surgieron de los documentos [por ejemplo, Christus Dominus (1953) y Sacram Communionem (1957)]. El ayuno de tres horas facilitó la comunión en las Misas que tenían que ser programadas para después del desayuno, como en los días de escuela y en las Misas principales de las parroquias, así como en las Misas vespertinas".

[29] Peters, E., “The Communion Fast: a Reconsideration”, Antiphon 11/3 (2007) pp. 234-244: el actual ayuno breve “priva a los que tienen la conciencia cargada de una forma fácil de evitar aproximarse al Cuerpo y la Sangre del Señor en un estado en que se corre el riesgo de una profanación ( 1 Cor 11, 27)” [p. 243].

[30] Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), núm. 34: “es bueno cultivar en nuestros corazones el constante deseo de recibir la Eucaristía. Tal fue el origen de la práctica de la comunión espiritual, que afortunadamente se ha establecido en la Iglesia desde hace siglos y ha sido recomendada por algunos santos que fueron maestros de la vida espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: 'Cuando no se recibe la Comunión y no se oye Misa, se puede hacer una Comunión espiritual, que es una práctica muy beneficiosa, porque por ella se imprime en uno el amor de Dios'" (“opportunum est continuatum Sacramenti eucharistici desiderium alere. Inde “communionis spiritualis” orta est consuetudo, quae feliciter complura iam saecula in Ecclesia viget quaeque a vita spiritalis Sanctis magistris commendatur. Sancta Teresia a Iesu scripsit: 'Cum communionem non sumitis neque Missae estis participes potestis spiritaliter communicare, id quod est valde frugiferum… Sic Domini nostri amor multum in vobis imprimatur'”) (La cita de Santa Teresa proviene de su Camino de perfección, cap. 35).

[31] Benedicto XVI, Exhortación post-sinodal Sacramentum caritatis (2007), núm. 55: “Claramente, la participación plena en la Eucaristía tiene lugar cuando el fiel se acerca al altar en persona para recibir la Comunión. Y aunque esto es verdadero, debe cuidarse de que los fieles no deduzcan de ello que el mero hecho de estar presentes en la iglesia durante la liturgia les da el derecho o les impone la obligación de aproximarse a la mesa de la Eucaristía. Incluso en aquellos casos en que no es posible comulgar sacramentalmente, la participación en la Misa sigue siendo necesaria, importante, significativa y fructífera. En esas circunstancias es beneficioso cultivar el deseo de una unión total con Cristo mediante la práctica de una comunión espiritual, alabada por Juan Pablo II y recomendada por algunos santos que fueron maestros de vida espiritual” (“Sine dubio plena participatio Eucharistiae habetur cum quis accedit etiam personaliter ad altare Communionis recipiendae gratia. (169) Attamen cavendum est ne haec iusta affirmatio introducat inter fideles quendam automatismum, quasi quispiam ob solam praesentiam in ecclesia, liturgiae tempore, ius habeat, vel forsitan etiam officium, ad Mensam eucharisticam accedendi. Etiam cum non datur facultas ad sacramentalem communionem accedendi, participatio Sanctae Missae manet necessaria, valida, significans et fructuosa. Bonum est his in rerum adiunctis desiderium plenae cum Christo coniunctionis colere per consuetudinem exempli gratia communionis spiritalis, memoratae a Ioanne Paulo II et commendatae a Sanctis vitae spiritalis moderatoribus”). Este pasaje se refiere a la encíclica Ecclesia de Eucharistia de San Juan Pablo II (2003), núm. 34, citada en la nota precedente.  

[32] Luego de que un temporal hiciera inseguras las carpas usadas para guardar las hostias consagradas que habrían de distribuirse en la Misa papal que iba a tener lugar a las afueras de Madrid el 21 de agosto de 2011, sólo una parte de la asamblea de más de un millón de personas pudo recibir la Comunión. A los demás se les alentó a hacer una Comunión espiritual. El portavoz del Vaticano, el P. Federico Lombardi SJ, comentó más tarde: “Esto nos ayudó a recordar las preciosas palabras de un documento reciente del Papa en que se nos alerta que '[d]ebemos tener cuidado de que [los fieles] no deduzcan que el mero hecho de estar presentes en la iglesia durante la liturgia les da el derecho o les impone la obligación de aproximarse a la mesa de la Eucaristía. Aun en aquellos casos en que no es posible comulgar, la participación en la Misa sigue siendo necesaria, importante, significativa y fructífera'. En estas circunstancias tenemos que 'cultivar el deseo de una unión plena con Cristo' haciendo una Comunión espiritual, como lo recomienda la antigua y bella tradición […] el deseo intenso de unirse con Él es también una efectiva fuente de comunión” (Zenit, 4 de septiembre de 2011).

[33] Van Vugt, M./Ahuja, A., Selected: Why some people lead, why others follow, and why it matters (Londres. High Profile Books, 2010), p. 85: “Paradojalmente, mientras más cuestan los ritos asociados a un sistema de creencias, más duradero es éste. Un estudio sobre las comunidades religiosas en los Estados Unidos en el siglo XIX ha demostrado que aquellas que hacen las exigencias más extremas a sus seguidores –renunciar a sus bienes terrenales, celibato, evitar el contacto con los extraños, renunciar a ciertos alimentos y al alcohol- son las más duraderas”. Los autores citan una cantidad de estudios que confirman esta generalización.

[34] Cfr. Peters, “The Communion Fast: a Reconsideration”, cit., p. 241: “Si, como lo sugiere un milenio y medio, algún nivel significativo de ayuno conduce a una recepción respetuosa de la Eucaristía, debe admitirse francamente que una cosa semejante no puede lograrse en nuestros días”. Peters agrega (p. 243) que debe restaurarse un ayuno de tres horas, pero calculado desde el comienzo de la Misa, a fin de estar seguros de cuándo debe comenzar el ayuno.

[35] Peters, “The Communion Fast: a Reconsideration”, cit., p. 236: “No debiera legislarse sobre costumbres inútiles, para que no surja el desprecio por la ley”.

[36] Para un tratamiento en extenso de esto, véase Sammut, The Eucharistic Fast, cit., pp.  83-88 y 116-117.

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