sábado, 1 de abril de 2017

La Misa solemne de Dimas Antuña (I)

Desde hace algún tiempo hemos comenzado a publicar una serie dedicada a Dimas Antuña (1894-1968), a la cual tuvimos acceso debido a la generosidad del P. Horacio Bojorge SJ. A partir de esta entrada iniciamos la publicación por entregas de Inter convivas. Entre comensales. La Misa solemne contemplada y comentada, el libro que dicho autor dedicó a tal forma de Misa según la hoy denominada forma extraordinaria. 


***

1. Ver la Misa. La Misa: un misterio. Conversaciones sobre la Misa[1]

Reverendos Padres, Señores, Señoras: Agradezco a la Academia de Estudios Religiosos la oportunidad que me ofrece para iniciar en este momento, con Ustedes, estas conversaciones sobre la Misa.

La Misa, —todos lo sabemos—es el centro mismo de la vida cristiana, el acto más eminente del culto, el único necesario y el único obligatorio para todos, [por su rito, depende esencialmente de la INSTITUCIÓN del Señor. Por su contenido, por lo que el rito produce, depende de toda la economía redentora][2]. [Destruida la Misa, queda destruida la Iglesia][3].

 Meister des Marienlebens (1463- ca. 1490), La Misa de San Huberto (panel, National Gallery de Londres)

Por otra parte, la Misa, en sí misma, es un “misterio” [o sacramento, es decir: una acción ritual, sagrada, de una naturaleza especial][4]. Una realidad riquísima, sobrenatural, insondable, un don de Dios a los hombres y un encuentro, una comunicación[5]. Y más: una “comunión” de los hombres y Dios —en Cristo [se ve, se hace, se ejecuta, asistimos a ella y asentimos][6].

Como misterio [instituido y revelado ofrece, además,][7] infinidad de aspectos al conocimiento. De ahí que interese “formalmente” a muchas ciencias sagradas: Teología, Historia, Liturgia, Moral, etcétera.

Ahora bien, siendo así que yo soy ajeno a las disciplinas de esas ciencias, considero un deber concretar cuál es el objeto de estas reuniones, y qué propósito me guía —a mí, un laico— al atreverme a hablar sobre la Misa.



Ver la Misa


Mi propósito es muy sencillo y es únicamente éste: Ver la Misa. Verla como puede verla un hombre y un cristiano, es decir, con la razón y con los cinco sentidos[8]. Verla; ateniéndose a toda su realidad y percibiendo ésta tal como puede ser percibida, esto es humanamente (pues la Misa es un acto de este mundo) pero a la luz de la fe (porque la Misa es una institución divina).

Desde mi lugar

Ver, pues, la Misa como puede verla un hombre, y, puesto que ese hombre soy yo, es decir, un simple bautizado, verla desde mi punto de vista…

Ahora bien, al decir “desde mi punto de vista” debo advertir que este punto de vista no es “mío” subjetivamente. No se trata ni de capricho ni de lirismo. Y no es mío, tampoco, porque yo lo haya elegido.

Mi punto de vista no depende de mi voluntad sino de mi “lugar”. Y mi lugar en la Misa no es otro sino aquél que la Iglesia me asigna en la celebración de este misterio. 

Como miembro de la asamblea cristiana que ofrece el sacrificio yo tengo en él, un lugar. Este lugar resulta de mi fe y de acto decisivo, vital, de esa misma fe, es decir, mi bautismo. El bautismo, pues, al incorporarme a la Iglesia, al hacerme entrar, bajo la égida de Cristo, en el Templo Santo de Dios[9], me da la aptitud para participar del acto supremo de culto y me señala un lugar en la Misa.

Y ese lugar, —el lugar del pueblo, de la comunidad — determina por sí mismo, mi “punto de vista”. Ahora bien, un misterio que es el centro actual, activo, viviente del cristianismo como es la Misa, puede ser tratado no sólo “bajo diferentes razones” —como hemos dicho antes — sino también con diferentes lenguajes.

Puede ser tratado, ante todo, por el Sacerdote que predica, es decir, que instruye al pueblo usando la palabra de Dios y enseñando en ejercicio jerárquico de la potestad (del munus) que ha recibido para ello. Luego —en la línea ya de la simple trasmisión del conocimiento— puede ser tratado por el Teólogo, por ejemplo, que investiga especulativamente en sus razones y formula lo formulable: su doctrina. O por el Historiador, que indaga conforme a las disciplinas críticas y discierne los orígenes que ha tenido la Misa en el pasado (pues la Iglesia es “apostólica” y la Misa es un rito radicado en el tiempo). O por el Liturgista que escruta su ley, su rito, su alcance. O por el Moralista, que explica la obligación de justicia, que tiene todo cristiano de asistir a este acto esencial y único de la fe.

Inter Convivas[10]

Pero eso no impide que la Misa pueda también ser objeto de una conversación entre cristianos, basada en la frecuencia sencilla, directa, que tenemos unos y otros de este misterio. 

A este ejercicio de interesarnos por “eso que tenemos delante”, es decir, por esa acción sagrada, esa cosa santa que la Iglesia celebra y de la cual, nosotros, por nuestro bautismo somos asistentes y participantes, es a lo que yo llamo ahora “ver la Misa”.

Incluidos en ella por nuestro bautismo la vemos como nos es dada: inter convivas, entre los comensales[11]

2. ¿Qué Misa?

Determinado nuestro propósito y nuestro punto de vista conviene declarar ahora “lo que nos proponemos ver”, pues si bien la Misa, en su realidad intrínseca —como sacrificio y misterio de culto— es una sola, en su celebración puede estructurarse con diferentes ritos, y, se estructura así, en efecto, debido a las diferentes líneas que resultan de la tradición apostólica.

Y desde luego que, con este carácter de “testimonio de una cosa que vemos, yo no puedo hablar de la Misa de rito griego o armenio, por ejemplo, que muy raras veces he visto, y que voy a referirme únicamente a nuestro conocido (y muy querido) rito romano.

La Misa Solemne

Pero, como este rito romano tiene a su vez diferentes formas, debo decir cuáles dejo fuera de consideración. Primero: las dos formas mayores: La Misa papal (que yo nunca he visto) y la Misa pontifical (que raras veces puede verse). Y luego, las dos formas menores o ritualmente más simples, es decir, la Misa “cantada”, esto es, la Misa sin diácono ni subdiácono en la cual actúa solamente el Sacerdote acompañado del coro y uno o más acólitos; y la Misa “rezada”, que, como sabemos, se reduce a la sola acción del Sacerdote, sin diácono ni subdiácono ni coro, asistido solamente por uno o más acólitos.

Misa Solemne de Navidad en la Forma Ordinaria, The London Oratory of St. Phillip Neri
(Fuente: New Liturgical Movement)

Entre esas dos formas superiores, Misa papal y mMisa pontifical, y esas dos formas de rito simplificado: Misa cantada y Misa rezada, en el rito romano existe lo que se llama la Misa solemne. Esta Misa solemne es una forma orgánica, ritualmente plena y compleja, que permite contemplar con gran nitidez el desarrollo del servicio divino, pues en ella actúan con funciones propias y bien diferenciadas el Sacerdote, los ministros mayores y menores y el coro.

Nuestro propósito, pues, es “ver la Misa”, y la Misa que nos proponemos ver (desde nuestro lugar, desde nuestro bautismo— y espero en Dios que sin salirme yo imprudentemente de ese lugar) es la Misa solemne de rito romano. 

Veamos cómo es esta Misa

El Sacerdote celebra asistido por dos ministros mayores, el Diácono y el Subdiácono, y por tres menores: dos acólitos y un turiferario. Y a esa acción del Sacerdote y los ministros responde el pueblo asistido por el coro.

Actores: Sacerdotes, Ministros y Coro

Diácono y subdiácono, acólitos y turiferario, esto es, los cinco ministros de orden, están referidos inmediatamente al Sacerdote. Y el Coro, dentro de su misterio propio, que es ser la voz de la Iglesia, asiste a la comunidad.

Los ministros de orden dependen del altar. Ellos son los que actúan, los que hacen el sacrificio. Pero como esa acción no es una acción de ellos, (es decir que no hacen ellos allí nada como personas privadas, sino que actúan ‘revestidos’ y ‘oficialmente’, esto es, como ministros de la Iglesia) esa acción es de todos y referida a Dios únicamente, interesa, incluye a su vez, a toda la comunidad.

Presbítero, Diácono y Subdiácono.
Misa Solemne el día de la entrada en vigencia del motu proprio 'Summorum Pontificum 
(Asociación Litúrgica Magnificat)

La comunidad, la Iglesia toda es quien la ofrece, mediante el poder, el munus, que el Señor ha conferido para ello a sus ministros de orden. Y por eso, porque la acción de los ministros es una acción ‘común’, según ésta se va produciendo y según vamos pasando en ella por las diferentes partes del rito, el coro —frente al altar pero formando parte ya de la casa (puesto que el salmistado no es de orden)— expresa lo que la Iglesia ‘padece’ a lo largo de la acción sagrada, es decir, ‘lo afectivo’.

La voz del coro es canto, adhesión, sentimiento. La voz del coro es ‘asistencia’. Su voz es ‘voz de enlace’ y, así, como voz de la Esposa y como boca del pueblo, podemos decir, verdaderamente, que la voz del coro es ‘nuestra voz’ ante el misterio del altar.

3. El espacio litúrgico: la Casa

Hemos ya enumerado los actores de la Misa: el Sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo. Demos ahora otro paso. “Vengamos ahora a la pregunta que hace el Señor cada día a mi querido amigo Juan Pablo Terra” [12]: “¿En dónde está el aposento en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?”[13]

Respondamos a esta palabra del Señor. Coloquemos en el espacio a los actores de la acción sagrada. Está recomendado, cuando se medita, hacer una ‘composición de lugar’. Pero en este caso el lugar está compuesto y compuesto por la Misa misma. El lugar, en este caso, es la iglesia, como casa, la Casa de Dios.

Noten Ustedes que la Misa, así como por su misterio propio de impulso de vida crea la comunidad y la sustenta, así también, por exigencia de su rito, crea la casa y determina su estructura.

La Iglesia-comunidad y la Iglesia-casa resultan de la Eucaristía y no habrían existido nunca en el mundo sin ella. No hagamos, pues, composición de lugar ya que el lugar está compuesto. Pero hagamos un reconocimiento que nos permita advertir las partes de este lugar y ver bien la correlación que guardan.

Esto nos dará inteligencia de cómo y por qué este lugar está compuesto así, es decir, en función de qué realidades tiene esa determinada estructura, y no otra.

Dos espacios: El santuario y la nave

Si entramos en una iglesia cualquiera notaremos enseguida que ese interior nos presenta ‘dos partes’. La una es el santuario con el altar en el medio. La otra, la nave, el lugar del pueblo. Esas dos partes están siempre separadas por una grada y una baranda baja o cancel, y este límite es ‘precioso’.

De la baranda para allá se alza el altar y el espacio que lo circunda que corresponde a los ministros sagrados. Esa parte de la iglesia, es lo que llamamos el santuario. De la grada para acá, se extiende la casa, la nave, el lugar destinado a la comunidad, es decir, el lugar donde NO actúan los que sirven al altar, sino que está ocupado por la multitud de los fieles.

Misa Solemne (Forma Extraordinaria) en la Iglesia de St. James (Spanish Place) Londres
(Fuente: A Catholic Life)

El santuario es el lugar del altar. La nave el lugar del pueblo, y, —como lo veremos al contemplar nuestra Misa solemne— en el decurso de toda la acción, entre el santuario y la nave, entre el altar y el pueblo, entre los ministros y la comunidad, entre los que hacen y los que asisten y participan, se produce un intercambio, un comercio, una comunicación ininterrumpida.

Tal comunicación termina en comunión, y, cuando ésta se realiza, es decir, cuando el pueblo accede a los dones del altar, su entrega, tiene lugar en esa grada que separa el santuario de la nave, esa grada, precisamente, de la que venimos hablando. Esa grada que separa el santuario de la nave y que, al distinguir, dentro de la unidad total de la Iglesia, al sacerdocio ordenado del sacerdocio común de los fieles, muestra el alcance orgánico que tienen estos dos sacramentos: el orden y el bautismo, y su referencia común al centro de toda la vida cristiana, es decir, al altar, a la Eucaristía[14]

Bautismo

El centro, pues, del santuario es el altar. Los ministros del Orden dependen de él y están referidos a él. Lo están en diferentes grados, según la proximidad mayor o menor que cada orden tiene, en su oficio, con la Eucaristía.

Pero el altar, a su vez, es el centro de toda la iglesia, y, si nos preguntamos por qué la comunidad forma ‘Iglesia’, es decir, por qué la comunidad no es una simple multitud sino una asamblea, un cuerpo y tiene capacidad orgánica, como comunidad, para ofrecer y sustentarse de los dones del sacrificio que ofrece —hallaremos que eso depende del Bautismo.

El Bautismo es nuestro único título en la Misa. Sin él quedamos excluidos del altar. Ninguno de nosotros podría asistir a Misa si careciera del ‘carácter’ que le imprime el bautismo. 

Baptisterio, Catedral de Westminster, Londres
(Fuente: Wikipedia Commons)

Por eso, y parar recordárnoslo, junto a la puerta de la iglesia tenemos una pila de agua, y, nuestro primer acto individual, al entrar para asistir a Misa, consiste en persignarnos tomando agua de esa pila. Esto quiere decir que los cristianos no somos tales ni entramos al altar, si no es en Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y por virtud de la Cruz. Es decir, de la muerte y resurrección de Cristo que nos da, a cada uno, en el agua del bautismo, ese ‘ser’ propio, nuestro ‘ser’ de cristianos.

La pila de agua bendita, pues, consecuencia, imagen, memoria de la Pila Bautismal está ahí en la puerta para recordarnos nuestro origen. Es un memento. Al memento de la Caída: Memento homo, quia pulvis es!, el agua opone ahí —al dar nosotros el primer paso dentro[15] de la Iglesia de Dios— el memento de nuestra regeneración, y, el nombre de esta ‘novedad de vida’ en nombre de ‘lo que somos’ en Cristo. Esa agua nos dice al presentarnos al altar: ‘¡Acuérdate, cristiano, que has nacido de nuevo; acuérdate de que eres hijo de la resurrección! Memento homo, y conoce tu dignidad’[16].

Dos partes tiene pues la iglesia como casa: el santuario y la nave, y esas dos partes dependen de dos sacramentos: el Orden y el Bautismo.

Nicolas Poussin (1594-1665), El Bautismo de Cristo (National Gallery of Art, Washington D.C.)

El altar, que funda y da sentido al santuario, es el lugar de los ministros de Orden. La nave, que es el lugar propio del pueblo, se llena por obra del bautismo.

La grada que separa el santuario de la nave no puede ser franqueada por quien no haya recibido algún grado de orden (o tenga por lo menos aptitud para recibirlo), una mujer, en consecuencia, no puede traspasarla ni actuar de ningún modo, como ministro, en la Misa. 

4. Presbiterio y coro

Mi lenguaje hasta ahora ha sido bastante aceptable. Estoy hablando de cosas evidentes. La iglesia, el templo, la casa de Dios, la casa de Dios con los hombres, tiene dos partes y en ella en el santuario, por dependencia del altar, vemos a los ministros de Orden, y en la nave, por obra del bautismo vemos al pueblo reunido.

Bien. Pero ahora debo señalar algo que no es corriente ver en Montevideo y que es esencial para la inteligencia de la Misa. Me refiero a una doble zona, a dos cuadriláteros que existen el uno en el santuario, entre la baranda del comulgatorio y el altar[17]; y el otro en la nave, entre esa misma baranda y el lugar ocupado por el pueblo.

Catedral de Westminster, Londres 
(Fuente: LMS Chairman)

En las iglesias catedrales o abaciales el espacio que rodea el altar es muy amplio. Pasa holgadamente por detrás del altar[18] y se extiende, por delante, formando un cuadrilátero. En este espacio, pues, se ven, en la parte del fondo, a derecha e izquierda del altar, las dos credencias, es decir, las dos mesas de piedra subsidiarias de la mesa del sacrificio, una destinada a los vasos sagrados, la otra, a las luces de los niños acólitos. Y, en la parte de adelante, en este gran cuadrilátero espacioso a que me refiero, se ve, del lado de la Epístola, tres asientos destinados a los ministros mayores, y del lado del Evangelio, dos escabeles para los niños acólitos.

Este espacio tiene que ser tenido en cuenta por Ustedes de una manera clara y precisa pues en él van a moverse los ministros y esas acciones de que tendré que hablar parecerán confusas o imposibles si antes no realizamos bien, mentalmente, la capacidad y el aspecto de este lugar.

Pero he ahí que, para acá de la baranda que divide el santuario de la nave, en las iglesias donde se celebra diariamente la Misa solemne tenemos otro espacio (correlativo al del cuadrilátero del santuario) el cual está ocupado por el coro.

Allí, respaldados por los estalos[19] vemos a los cantores de perfil. Están alineados frente a frente en dos filas que forman dos semi-coros y dejan en el medio un espacio vacío. A ese espacio veremos adelantarse en determinado momento (en uno de los momentos más bellos de la Misa) a los cuatro cantores que dirigen el coro, revestidos de capa, y, uno de ellos, el coreuta, con vara de plata en la mano.

Coro en la Nave Central, Catedral de Albi, Francia
(Fuente: Wikipedia Commons)

Comprendo que estos dos espacios, el de los ministros en el santuario y el del coro en la nave, parezcan un poco extraños. Requieren un esfuerzo para ser vistos[20]. Si yo tuviera que hablar de cómo es la disposición de un teatro a personas que sólo hubieran conocido las salas de los cines, tendría que explicar muy claramente estas dos cosas nunca vistas y ajenas por completo al ambiente de un cine, es decir, entre la sala y las candilejas, el foso de la orquesta, y entre las candilejas y el telón de fondo, espacio y la capacidad del escenario.

La Misa solemne, pues, requiere que los ministros de orden tengan un espacio proporcionado adonde moverse con dignidad, y requiere además que el coro, que no puede estar compuesto de menos de diez cantores y que es corriente ver, magníficamente, en una masa numerosa, alineada en tres filas, de cuarenta o sesenta (yo recuerdo haber visto coros hasta de cien) aparezca visiblemente y en la actitud que le es propia, es decir, de pie. 

5. El argumento de la Misa

Los cinco actos 

Hemos enumerado los actores de la Misa solemne, el sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo; y hemos registrado la casa, es decir, (1) la disposición del espacio litúrgico, (2) las partes de que se compone y (3) su correlación. Ahora, antes de empezar a ‘ver la Misa’ conviene que digamos una palabra acerca de su ‘argumento’.

Recordar de antemano cuál es el objeto de esta acción, facilitará el ejercicio de lo que ‘vamos a ver’. Si tenemos presente la trama podremos percibir con nitidez la progresión y el desarrollo de las partes. Este conocimiento de una estructura completa, que es ‘normativa’, que es ‘fija’, nos dará, además, la perspectiva necesaria para poder saber ‘qué es lo que se hace’ a medida que ‘eso que se hace’ se va haciendo.

La Misa es ‘una acción’. Ahora bien ¿qué es lo que se hace en la Misa? Esencialmente, la Iglesia no hace (ni puede hacer) en la Misa sino aquello que el Señor hizo, cuando, al instituir este misterio, dijo a sus Apóstoles: “Haced esto en memoria de mí”.

Peter Paul Rubens (1577-1640), La Última Cena (Pinacoteca di Brera, Milán)

Es un hecho dogmático que la Última Cena fue la primera Misa, y que el Señor instituyó nuestra Eucaristía dentro de aquel cuadrado ritual de la Pascua de la Antigua Ley. En el curso de aquella cena, pues – que no era común, sino sagrada – el Señor introdujo un acto ritual nuevo, único, propio de él; no integrante de los ritos que allí se hacían y referido a ellos, pero, a su vez trascendente e inconmensurable con ellos. Y este acto, el Señor no lo hizo de una manera episódica o accidental, sino con carácter de ‘institución’, esto es, para que fuera ‘permanente y durable’, y, como tal, como ‘institución’, lo confió allí mismo a la autoridad de los Apóstoles en quienes fundaba su Iglesia, diciéndoles: “Haced ESTO, en memoria de mí”.

ESTO 

Esto ¿qué? Todos lo sabemos: en la noche en que fue traidoramente entregado, el Señor Jesús tomó el pan y dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo que por vosotros será entregado, haced esto en memoria de mí. Y de manera semejante con el Cáliz, (después de haber cenado) diciendo: Este es el cáliz del nuevo Testamento en mi Sangre, cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria de mí.

El Señor, pues, en aquel acto suyo, propio, que él instituyó en la Cena, y mandó expresamente reiterar en su memoria hasta su vuelta, hizo tres cosas: Primero: tomó el pan; luego, dio gracias, y finalmente lo partió y lo dio a comer a sus discípulos. Y de manera semejante hizo también esas tres cosas con el Cáliz.

Caravaggio (1571-1610), La Cena de Emaús (National Gallery, Londres)

Ahora bien, esas tres cosas, (a) asir el pan, asir el cáliz, (b) hacer la eucaristía del pan y del vino, y (c) dar de comer esos elementos ‘eucaristiados’, es decir, consagrados, convertidos, por la ‘acción de gracias’, son hechas fielmente en nuestra Misa y a ellas corresponden las tres partes del santo sacrificio.

El Señor tomó el pan, tomó el Cáliz: tal es el acto de nuestro Ofertorio.

El Señor dio gracias, es decir, hizo la eucaristía del pan, y la eucaristía del vino, esto es: hizo lo que él mismo hace ahora por mano de su ministro en la parte central de nuestra Misa.

El Señor dio a sus discípulos el Pan y el Vino diciéndoles: tomad comed; tomad bebed. Entrega en comida y bebida de su cuerpo y su sangre es lo que constituye nuestra comunión.

Nuestra Misa es, pues, en su acción específicamente sacrificial. Tiene tres partes: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, las cuales corresponden a los tres gestos del Señor en la Cena. 

El Ofertorio es la presentación al altar del pan y del vino de la Eucaristía. La Eucaristía, su consagración, es decir, la acción de gracias que convierte aquella oblación de pan y vino hecha por la Iglesia en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y la Comunión, la participación del altar, mediante la entrega a los hombres de ese sacrificio ya ofrecido a Dios y que Dios, el Padre, ha recibido y que él nos da allí –en su mesa– a fin de recibirnos, a su vez en comunión, es decir, en común-unión con el misterio de su Hijo –hecho hombre por nosotros y muerto y resucitado por nosotros– para introducirnos a nosotros en Dios.

6. Ante Misa, Reunión, Lección divina

Ahora bien, este acto, esta eucaristía del pan y del vino, pudo haber sido una simple bendición, una simple acción de gracias por la comida y la bebida (como tantas del Antiguo Testamento). Pero la intención y la palabra omnipotente del Señor quisieron que fuera la Eucaristía de su Cuerpo y de su Sangre –de su Cuerpo entregado por nosotros y de su Sangre derramada– el Señor no la hizo con ‘cualquiera’ sino con sus discípulos, es decir con aquéllos que Él mismo había llamado y elegido, que lo habían dejado todo por seguirle y que creían en su palabra.

Los discípulos eran hombres elegidos y ‘llamados’, ‘congregados’ y eran ‘discípulos’, es decir, reconocían al Señor por Maestro y habían recibido realmente su palabra: “¿A dónde iremos nosotros? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”[21]. De ahí pues, que en nuestra Misa, a la parte específicamente sacrificial (Ofertorio, Eucaristía, Comunión) preceda una parte ‘dispositiva’. Y no preparatoria del sacrificio mismo sino dispositiva del pueblo de la comunidad que ofrece este sacrificio.

Esta parte preparatoria o ante-Misa, consiste en ‘reunión’ y ‘palabra’, es decir, exactamente, en reunir ante el altar, mediante la entrada del Sacerdote revestido, a los que el Señor ha llamado. Y en anunciarles, enviada desde ese altar, por mano de los ministros de orden del altar, la ‘palabra’.

Esta parte preparatoria tiene, pues, dos actos: uno de entrada y reunión y otro de lección divina. Y cuando el pueblo reunido da testimonio, en el Credo, de la palabra ‘recibida’, es decir, de la fe que lo reúne y lo constituye orgánicamente como ‘Iglesia’, la parte preparatoria de la Misa termina. Y empieza el sacrificio propiamente dicho con sus tres partes sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía y Comunión.




[1] Notas del editor: Conferencia inaugural de un Cursillo sobre la Misa dictado en la Academia de Estudios Religiosos a invitación de su director, el entonces canónigo Monseñor Miguel Balaguer, luego obispo de Tacuarembó. La Academia dictó sus cursos en locales del Club Católico, Cerrito 475, Montevideo. En el programa de 1948 se registran dos exposiciones de Dimas Antuña los miércoles 23 y 30 de junio. Ésta pudo ser la primera. Aunque es también posible que sea la primera de un cursillo más prolongado en fecha posterior.

[2] Los textos entre paréntesis rectos son notas a mano adicionados al texto. Éste pasaje ha sido escrito a lápiz en el margen superior.

[3] Agregado al margen derecho con lápiz de tinta rojo refiriéndolo a lo expresado en todo le párrafo.

[4] Agregado al margen derecho con lápiz común, y se le agrega ‘ritual’.

[5] La frase va en cursiva porque está subrayada a mano con lápiz de tinta rojo.

[6] Agregado al margen derecho con lápiz común.

[7] Interpolado con lápiz de tinta rojo.

[8] Tachado: “con ojos limpios, que sepan mirar, y con el corazón dispuesto a entender”.

[9] Anotación entre paréntesis (Ingrediens in templum Dei).

[10] Entre comensales invitados al banquete.

[11] Agrega: “David, Mefiboshet: yo y la casa de mi padre no merecíamos sino la muerte, pero tú me pusiste a mí, tu siervo inter convivas, entre los comensales de tu mesa. Ver 2 Samuel 4, 4ss. Mefiboshet arquetipo bíblico con que Dimas Antuña quiere subrayar lo inmerecido de nuestro puesto en este banquete y la vergüenza o rubor con que tomamos puesto en él.

[12] Anotación al margen con lápiz de tinta roja: “Vengamos ahora a la pregunta que hace el Señor cada día a mi querido amigo Juan Pablo Terra”. En los años 1960 y siguientes este arquitecto y político uruguayo comenzaba su acción política y por lo visto asistía a la conferencia.

[13] Lucas 22, 11.

[14] Tachada la descripción o definición de la Eucaristía: “al misterio humano y divino, visible e invisible, al misterio —de fe— del sagrado cuerpo de Cristo”.

[15] Agregado al margen a lápiz: en esta ‘extraterritorialidad’ de lo divino en ese espacio que ha sido consagrado y como tal asimilado al cielo, y con capacidad sacramental para que ejerzamos en él nuestros derechos de civis superorum, de ciudadanos de lo alto, hijos de Dios, con-ciudadanos de los Ángeles’.

[16] Agregado a mano con lápiz de color, ampliando la idea de la nota anterior, comenta así la “dignidad” del cristiano: “Derecho de extraterritorialidad. Un espacio en este mundo es santo: separado. Al entrar a la iglesia, al tomar agua bendita ejercemos un derecho. Confesamos que nuestra 'república', 'polis' está en lo alto, que somos hijos de Dios conciudadanos de los Ángeles”.

[17] Nota marginal: “El altar es una mesa, un cubo sin valor por sí mismo”.

[18] Nota marginal: “El altar no es una cosa absurda, cargada de porquerías y enchufada en un retablo”.

[19] Asientos en el coro.

[20] Tres líneas tachadas donde se lee: “Como acerca de tantas cosas preciosas no faltará quien diga: ut quid perditio ista [= ¿Para qué esta inutilidad?]”.

[21] Juan 6, 68.

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