domingo, 28 de mayo de 2017

Maria Montessori y la Santa Misa vivida por los niños

La médico y pedagoga italiana Maria Montessori (1870-1952) es ampliamente conocida como la creadora del innovador método de enseñanza que lleva su nombre, el cual, difundido por todo el mundo, es aplicado hoy en día en todos los niveles de la educación escolar. Maria Montessori fue ciertamente una pionera: nacida en Chiaravalle, Ancona (Italia), en el seno de una familia perteneciente a la burguesía, fue admitida en 1893 a los estudios de medicina en la Universidad de Roma (La Sapienza), luego de realizar estudios generales de ciencias naturales en la misma universidad. En 1896 se graduó como médico y tuvo el mérito de ser la primera mujer en Italia en obtener este grado académico, habiendo profundizado durante sus estudios en los campos de pediatría y psiquiatría. Fue su trabajo con niños discapacitados intelectualmente, durante el cual comprobó la importancia de la estimulación para el desarrollo intelectual de los niños, así como del cultivo de la independencia y la autodisciplina, lo que la llevó a dar sus primeros pasos hacia el desarrollo de lo que sería su método educativo, fundando luego en 1907 la primera Casa dei Bambini (Casa de los Niños), donde pudo aplicar su sistema de enseñanza, el que muy pronto encontró acogida en otros países europeos y en Estados Unidos de América, para luego difundirse por todo el mundo.

 Maria Montessori (1913)

Sin embargo, una faceta algo desconocida de la figura de Maria Montessori es su profunda Fe católica, la que marcó su vida y su trabajo en muchos aspectos, teniendo también en cuenta la vida religiosa de los niños en el esquema diario de actividades de su método de enseñanza. En esta entrada queremos compartir con ustedes el enlace a una obra suya publicada en 1936 en edición española (primera edición, Editorial Araluce, Barcelona, 1936), La Santa Misa vivida por los niños, la cual, hermosamente ilustrada, puede ser de ayuda para nuestros lectores que sean padres de familia en la tarea de acercar a sus hijos a los Divinos Misterios de los que somos testigos cada vez que acudimos a la Santa Misa (al libro digitalizado puede accederse aquí).

En el prefacio, Montessori destaca que los misalitos para niños deben tener en cuenta el respeto a la personalidad propia de los niños, diversa de aquella de los adultos, evitando que estos se conviertan en meros libros de instrucción en el rito que, a causa de la excesiva profusión de enseñanzas, entorpezcan la participación del niño en la Santa Misa, debiendo a juicio de la autora dejarse este aspecto de instrucción a un momento diverso de aquel de la asistencia a la liturgia. A juicio de Montessori, los misalitos para niños deben necesariamente incluir, tal como aquellos para los adultos, una reproducción de los textos litúrgicos, aunque dispuestos naturalmente de un modo apropiado para ellos.

Maria Montessori junto a un grupo de niños en Londres (1940)
(Foto: Caritas felices de María)

viernes, 26 de mayo de 2017

El capítulo 14 de Resurgent in the Midst of Crisis (II)

En 2014, el Prof. Peter Kwasniewski, frecuente invitado de esta bitácora, publicó el libro Resurgent in the Midst of Crisis. Sacred Liturgy, the Traditional Latin Mass, and Renewall in the Church. Dicha obra ha sido traducida al español y se encuentra pronta a ser publicada gracias al patrocinio de nuestra Asociación. Como anticipo, y con la autorización de su autor, les ofrecemos la segunda parte del capítulo 14 de esa obra, cuya primera entrega publicamos hace unas semanas.


 Peter Kwasniewski

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La procesión de Corpus Christi

La conexión es todavía más profunda, si examinamos el punto central de cada uno de estos tres aspectos. Comencemos con el más evidente. Como lo ha repetidamente enfatizado el Magisterio, la Sagrada Eucaristía es la “fuente y culminación” de la vida misma de la Iglesia[12]. Es la razón de ser de su sagrada liturgia, del misterio supremo que ha de celebrarse, conmemorarse, adorarse y recibirse. Puesto que el sacrificio del Señor en la cruz es el Alfa y el Omega de la economía cristiana, el Sacrificio Eucarístico es el punto central de la realidad cósmica, en relación con el cual se posiciona toda criatura intelectual. Todo ángel, todo hombre se relaciona de alguna forma, sea de salvación o de condenación, con el “pan de los ángeles”, Jesucristo en su Cuerpo y su Sangre. Por esta razón, la señal y medida de la salud de la liturgia no es otra que el vigor e intensidad de la devoción del pueblo por el misterio de Jesucristo real, verdadera y sustancialmente presente en el Sacramento del Altar, una devoción que se hará evidente en el anhelo de comulgar, en el gusto por la adoración, la presteza para confesarse para poder recibir dignamente la Comunión, y en la plétora de vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa, que son los modos de vida más explícitamente “eucarísticos”.
                             
Pero vuelve aquí al primer plano el segundo de nuestros temas: Santo Tomás de Aquino, el Doctor de la Eucaristía por excelencia. ¿Ha existido jamás algún gran teólogo de cuya vida y obra pudiera decirse que no fue fuente y culminación este Sacramento, que contiene a la Persona misma de Jesucristo? Y, entre todos los grandes teólogos (cuyo número no es precisamente inmenso), ¿no ha sido el Doctor Angélico quien ha evidenciado esta verdad del modo más admirable? En palabras de Juan Pablo II, Santo Tomás es y sigue siendo “el supremo teólogo y apasionado poeta del Cristo Eucarístico”[13]. El misterio del cual este maestro dominico de teología hizo un análisis dogmático que supera en sutileza a la metafísica de Aristóteles es, precisamente, aquél ante el cual, cotidianamente, se humillaba en ferviente adoración, y al cual dedicó místicos versos cuya serena belleza ha alimentado el corazón de los fieles durante siglos. Muy apropiadamente, el relicario dorado que contiene sus restos mortales bajo un altar en Toulouse, muestra al santo de pie, alerta y enérgico, mientras sostiene en una mano la flamígera espada de la Palabra de Dios y, en la otra, una custodia brillante que proclama la Presencia Real: la primera conduce a la segunda, y ambas, a la vida eterna. Sin el Pan de la Palabra y el Pan de la Vida, no hay vida ni Verdad, ni ascensión hacia Dios, en contraste con la espiral descendiente de la naturaleza caída.

Todos los bienes en que confiamos durante nuestra peregrinación terrenal (la paz, la buena voluntad, el gozo, las virtudes sociales y las gracias que mantienen unidas a las comunidades), se debilitan y desaparecen cuando se cercena su principio sobrenatural, la caridad.  ¿Y dónde encontramos, del modo más íntimo, la caridad de Dios? ¿Dónde nos alegramos de este don divino? En el sacramentum caritatis, como lo llama Santo Tomás: el sacramento que muestra, encarna, comunica y confirma el amor de los hombres a Dios y entre sí. Sin la Eucaristía, por lo tanto, estamos absolutamente perdidos; perdidos como individuos, como familias, como sociedades y como naciones[14]. Del mismo modo, si los hombres desean ser libres y no esclavos, si las familias han de florecer y si han de surgir sociedades saludables, ello sólo podrá tener lugar cuando se hayan reunido alrededor del altar, de rodillas delante del Rey de Reyes. Aun en nuestra oscura época hay comunidades así, compuestas de fieles laicos y clero, a menudo oscuras y pobres, que demuestran, sin embargo, de modo silencioso, la irrefrenable vitalidad del Evangelio. Es aquí donde está el futuro de la Iglesia.

Consideremos más de cerca la salvación y curación de la sociedad. A la pregunta sobre cuáles son los principios fundamentales de la enseñanza social católica se han dado muchas convincentes respuestas, porque es un área doctrinal muy rica. Sin embargo, creo que dos de los grandes principios de este cuerpo doctrinal, tal como se ha desarrollado en los últimos 150 años, son, ciertamente, el bien común y la dignidad de la persona humana. En el siglo XX se ha tendido a ver estos dos conceptos como dos opuestos unidos en una irreconciliable tensión: la persona, en cuanto tal, posee una especie de valor ilimitado, que hace que no esté subordinada a nadie; sin embargo, la comunidad como tal merece que la persona la sirva devotamente, e incluso puede pedirle el sacrificio de su propia vida. Pero plantear las cosas de este modo deja entrever una concepción superficial de ambos principios. En realidad, la persona deriva su gran dignidad de su capacidad de ordenarse a Dios (más, todavía: de su efectivo ordenamiento a Él), el bien infinito; y Dios, precisamente en cuanto este bien inextinguible, es el bien común extrínseco de todo el universo, justamente amado cuando es amado en cuanto infinitamente comunicable[15]. En otras palabras, lo que hay de más personal y valioso en la persona es lo que le es más profundo, es decir, la bondad que recibe como don, y que la impele a comunicarse con su Donante; y el bien que es máximamente común y digno de nuestra absoluta abnegación, no es un bien terrenal  y creado, sino Dios solo, que nos creó junto con todas las cosas.

 Procesión de Corpus en Berlín (1928)
(Foto: Bundesarchiv, Wikimedia Commons)

Ahora bien, ¿cuál es la conexión entre estos dos principios aparentemente abstractos y el “pan de cada día” de la Eucaristía? Hay aquí una compenetración perfecta. Como enseña Santo Tomás, el bien común de todo el universo está en Cristo[16], y todo Cristo está en la Eucaristía. La Eucaristía es, por lo tanto, el bien común de toda la humanidad, de todas las razas y sociedades y naciones. Un pueblo o nación que no se ordena activamente a la adoración de la Eucaristía, con todo lo que ello conlleva, tanto remota como inmediatamente –preservación de la ortodoxia de la fe y de una elevada moral, preocupación por un culto reverente, sostenimiento de una sana educación, creación de arte y arquitectura de calidad, etcétera- es una nación con un bien común deficiente y moribundo, una nación que se desmenuza en facciones y, luego, en egos envidiosos y libidinosos[17]. Hay una cura para este desastre, la cual ha tenido éxito en muchas ocasiones en el pasado, y seguirá teniéndolo en el futuro cada vez que se la aplique. Tal cura es la medicina de la inmortalidad: la Sagrada Eucaristía. Y, una vez más, ¿es acaso coincidencia que el teólogo que nos ofrece el más pleno y sólido tratamiento del bien común –divino, cósmico, político- sea Santo Tomás de Aquino, “supremo teólogo y apasionado poeta del Cristo Eucarístico”?

El símbolo más intenso que haya experimentado, en toda mi vida, del fluir conjunto de los tres tesoros de que estamos hablando, está constituido por las procesiones públicas del día del Corpus Christi en que participé muchas veces, durante los años que viví en el campo en Austria, donde, por la gracia de Dios, sobreviven todavía estas prácticas tradicionales.

En ese día, el más espléndido de todos, el párroco, revestido con ornamentos dorados y bajo un palio bordado, encabeza la procesión en la calle principal, al alcance de la vista y oídos de todo el poblado, acompañado por la banda marcial, por los acólitos con campanillas e incienso, por las niñitas que arrojan pétalos de flores, y por los aldeanos vestidos con sus trajes tradicionales. Los líderes cívicos desfilan en segundo lugar (el lugar que les corresponde), seguidos por el resto de los niños, los favoritos del Señor, por sus familias y por todos los que se sienten llamados a participar. Nadie es excluido, todos son bienvenidos, porque es una ocasión de gozo y de fiesta. El sacerdote da cuatro veces la bendición con el Santísimo, en cuatro estaciones adornadas con ramas frescas recién cortadas en los bosques cercanos, bendiciendo al pueblo y la aldea hacia los cuatro puntos cardinales. Esto es un acto político, no una devoción privada: simboliza una ciudad ordenada a –y alimentada por- la “Palabra-hecha-Carne”, el Cuerpo y la Sangre del Salvador, que se entrega por amor a nosotros, para hacernos uno con Él y uno entre nosotros. Pero es también un acto litúrgico, que brota de la Misa, en la que se ha consagrado la hostia, y retorna a la Misa, en el tabernáculo del altar mayor, donde es colocada finalmente la custodia, después de horas de veneración. Incluso en un país que sucumbe a los atractivos de la secularización, todavía se da al Cuerpo de Cristo este tratamiento: cierran todos los comercios y oficinas, el poblado entero desfila por las calles, el tránsito entre ciudades se ve obligado a detenerse mientras se eleva a lo alto la custodia dorada entre nubes de incienso.

Óigase con atención… óigase los bellos himnos de la Misa y del Oficio del día y las oraciones.  ¿Quién los ha escrito? Nada menos que Santo Tomás de Aquino. La polis, la piedad litúrgica y el príncipe de los teólogos coinciden en este sereno instante.

 Procesión de Corpus en Roma, litografía (circa 1830)

Un ecosistema cristiano

Desde el ángulo que se las mire, las conexiones están ahí, y son profundas. Un individuo inquisitivo, tarde o temprano, comienza a preguntarse por qué esto tiene que ser así. Conduzcan o no  mis reflexiones a una respuesta adecuada, el primer paso es percatarse de que corresponde que esas realidades vayan juntas, como por necesidad, formando, si se me permite la analogía, un ecosistema cristiano. Cada una de ellas prospera en presencia de las demás, cada una sufre con la ausencia de las demás. Existe un peligro real de extinción masiva si no tenemos el cuidado de preservar los componentes fundamentales del medioambiente sobrenatural. Para decirlo metafóricamente: en esta época decisiva de la Iglesia, cuando sus enemigos son más numerosos y sus estratagemas más sutiles que nunca, no carecemos de armas para la batalla, ni medios de inteligencia superiores. Y, por último, misteriosamente, la victoria ya se ha logrado, porque Cristo murió y resucitó.  De algo estamos seguros: el Señor no nos fallará (cf. 2 Tm 2, 11-13). La pregunta es, pues, si le fallaremos nosotros a Él (Lc 18, 8). Esa es la pregunta que todos tenemos que formularnos, mientras hacemos lo que está de nuestra parte para que se renueve la vida católica en nuestra época.

¿Qué es, pues, lo que debe hacerse? ¿Hay alguna esperanza? ¿Existe algún “plan” para producir un auténtico renacimiento religioso, una auténtica primavera? Sólo hay un camino seguro: respetar y amar la Tradición siempre viva de la Iglesia, y dejar de imaginar que podemos inventar una nueva Tradición a fin de reemplazar la Tradición perenne, santa y hermosa, que es el regalo del Señor a su Esposa en la tierra. El papa Juan Pablo II pidió perdón por los crímenes de todos los pecadores que han deshonrado a la Iglesia con sus pecados, y llegó incluso a pedir perdón por los crímenes cometidos por los Cruzados y por los católicos en la época de la Inquisición. ¿No será ya el momento de pedir perdón a Dios, con profunda humildad, por todos los crímenes que los Papas, cardenales, obispos, sacerdotes y laicos han cometido contra la sagrada Tradición de la Iglesia?

A la pregunta sobre qué es lo que debe hacerse, quien ama la Tradición católica tiene una respuesta que es clara y confiable, con la ventaja adicional de que nuestros pastores pueden comenzar a ponerla por obra de inmediato, supuesto que tengan el coraje necesario, es decir, el necesario para sanar las heridas exactamente allí donde se ha recibido el golpe. La resurrección de la Iglesia debe consistir en –o al menos incluir-  lo siguiente:

1. Restauración de la liturgia tradicional.

2. Proclamación de la enseñanza social de la Iglesia en toda su plenitud.

3. Restablecimiento de Santo Tomás de Aquino como Doctor Común.

Si alguien sintiera la tentación de decir “del dicho al hecho, hay gran trecho, ahora que hemos experimentado ya casi cincuenta años de corrupción”, la respuesta correcta sería: “hemos hecho el voto, en el Bautismo, de ser fieles a Cristo en cualquier caso, por lo que debemos cargar nuestra cruz y pelear la buena batalla hasta el fin”. Santa Teresa de Lisieux dijo una vez que el desaliento también es soberbia. Lo que quiso decir con esto es que el desaliento indica falta de fe, falta de confiado abandono en las manos de la Providencia. Lo que decimos realmente en el desaliento es “yo sé muy bien lo que debiera ocurrir y no está ocurriendo. Y siento ira”. El punto crucial es la confianza en Dios, la entrega a su Voluntad. Dios sabe “quién es Él mismo”, como dijo alguna vez el Cardenal Newman[18]. Dios tiene un propósito cuando permite la corrupción o el caos. Sólo Él puede hacer que el mal produzca un bien. Nosotros no conocemos sus propósitos, pero sí sabemos que Él es sabio, misericordioso y justo. “Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio” (Rm 8, 28).  

 Carlo Crivelli, Altar de San Domenico in Ascoli (políptico, detalle, 1476, National Gallery de Londres)

Por lo demás, no es tan claro que estas tres metas sean inalcanzables. Cualquier obispo con visión y perseverancia puede reintroducir el estudio de Santo Tomás entre sus seminaristas, educar a sus sacerdotes y a su pueblo en la doctrina social católica, y restaurar la sacralidad de la liturgia de muchas maneras, tanto negativas (por ejemplo, aboliendo las mujeres acólitos, restringiendo los ministros extraordinarios de la comunión), como positivas (ordenando entonar los Propios de la Misa en latín o castellano, o alentando el uso del incienso, de nobles ornamentos, del órgano, y del culto ad orientem). De hecho, en el pontificado de Benedicto XVI vimos a muchos obispos poner por obra algunas de estas medidas, a menudo con gran vigor y con fervor catequético, siempre con frutos  tangibles de auténtica renovación.

Y desde la perspectiva final –aquélla que debemos tener, si queremos permanecer cuerdos en este valle de lágrimas-, Dios nos promete, después del abrumador peregrinaje de esta vida, después de que hayamos vagado por largo tiempo en este valle de sombras de muerte, una parte de su gozo: “Si hijos, entonces herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, siempre que padezcamos con Él para ser también glorificados con Él. Considero que los sufrimientos de esta vida no son nada en comparación con la gloria que se nos revelará” (Rm 8, 17-18). “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). “Entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 21).

Afortunadamente, la liturgia de los cielos no cambia jamás. No hay que temer en ella la promulgación de otra editio typica más, con nuevas lecturas y oraciones. La Ciudad Celestial es eternamente gobernada por Cristo Rey, el Eterno y Sumo Sacerdote. La sabiduría que Santo Tomás nos enseñó, tal como él alcanzó a divisarla al final de su vida, es “paja” en comparación con la visión beatífica de la gloria de Dios. Si parece que la Iglesia en la tierra yerra por algún tiempo, si incluso sus dirigentes caen, ¿podría esto sorprendernos, especialmente cuando nos acercamos al final de los tiempos? “Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc. 18, 8). “Se enfriará la caridad de muchos” (Mt. 24, 12). Que no se nos diga, cuando estemos ante el trono de Cristo, que nuestra caridad se enfrió porque preferimos la oscuridad del pesimismo al fuego ardiente de su Corazón.

Disponemos de pocos años para conocer, amar y servir a Dios. Luchemos para conocerlo mejor con la ayuda de Santo Tomás y de todos los grandes santos. Luchemos para amarlo más, entrando más profundamente en la sagrada liturgia y recibiendo más devotamente el don inefable del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Luchemos para servirlo mejor a medida que caminamos en este mundo, guiados por la enseñanza social integral de la Iglesia. Lo que importa no es cuántos progresos hagamos sino cuán grande es nuestra perseverancia en el camino de la verdad. Como dijo Santa Teresa de Calcuta: “Dios no me pide que tenga éxito, sino que sea fiel”[19]. Si obramos así, no cabe duda alguna de que oiremos aquellas palabras, tan esperadas: “Entra en el gozo de tu Señor”.


Andrea di Bonaiuto, El triunfo de Santo Tomás de Aquino (fresco, Basílica de Santa María Novella, 1366-1367)
(Imagen: Wikimedia Commons)



[12] Esta famosa frase procede de Lumen Gentium 11, pero se hace eco de temas tan antiguos como los contenidos en los escritos de la edad apostólica.

[13]summus theologus simulque Christi eucharistici fervidus cantor” (Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 62). Adviértase que esta frase fue traducida en forma incorrecta en la versión oficial inglesa.

[14] Este fue, de modo cada vez más claro, el mensaje de León XIII hacia el final de su pontificado. Ello es claro en su encíclica de 1902 sobre la Eucaristía, Mirae Caritatis, pero también en Tametsi Futura (1900), Annum Sacrum (1899) y en la Carta Apostólica, retrospectiva, Annum Ingressi Sumus (1902).

[15] Véase la clásica obra de Koninck, C., The Primacy of the Common Good, en The Writings of Charles de Koninck: Volume II, trad. Ralph McInerny (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2009), pp. 65-164; Santo Tomás, De caritate, artículo 2.

[16] Véase Super I ad Cor.,  cap. 12, lec. 3.

[17] Tengo presente aquí la noción de San Agustín de libido dominandi, el poder de controlar y manipular, que está en la raíz de los pecados sociales.

[18] Meditations and Devotions, “Meditations on Christian Doctrine”, 8 de marzo de 1848. El trozo completo, titulado “Hope in God”, es lectura excelente, y está disponible aquí.

[19] Esto ha sido citado de diversas formas, pero la idea es la misma: los criterios de éxito del mundo son, como era de esperarse, mundanos; Dios juzga con otras medidas, las del corazón.

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Actualización [5 de junio de 2017]: El capítulo 1 del libro del Prof. Peter Kwasniewski, dedicado a la solemnidad como problema central del resurgimiento católico en medio de la crisis, ha sido también traducido al español por Jack Tollers y se encuentra disponible aquí para su descarga. 

martes, 23 de mayo de 2017

Las Rogativas

La Ascensión del Señor es una fiesta cristiana que se celebra cuarenta días después del Domingo de Resurrección, todavía durante el Tiempo Pascual, y que conmemora el ascenso de Jesucristo al Cielo en presencia de sus discípulos tras anunciarles que les enviaría el Espíritu Santo para que los asistiera hasta su Segunda Venida. Esta solemnidad es una festividad litúrgica de muy antigua data. Aunque no hay evidencia documental de su existencia previa al siglo V, cuando ya es posible encontrar dípticos y frescos alusivos, san Agustín de Hipona señaló que era una celebración de origen apostólico, y se refirió a ella como una festividad de carácter universal en la Iglesia desde antes de su tiempo. Este año de 2017, la Ascensión del Señor se celebra el jueves 25 de mayo. 

 Pietro Perugino, Políptico de San Pedro (La Ascensión de Cristo), Musée des Beaux-Arts de Lyon, Francia
(Imagen: Wikimedia Commons)

Según el calendario litúrgico tradicional, la Iglesia celebra las llamadas "Rogativas" durante los tres días previos a la Ascensión del Señor, vale decir, los días 37°, 38° y 39° después de la Pascua. La expresión "rogativas" viene del latín, así como el término "letanías" proviene del griego, y es sinónimo de oraciones, súplicas e invocaciones. En un sentido más estricto, reciben este nombre las oraciones públicas hechas por la Iglesia en los tres días que preceden a la fiesta de la Ascensión, para pedir a Dios la conservación de los bienes de la tierra y la gracia de estar libres de los azotes y desgracias. El Directorio de piedad popular incluye las Rogativas dentro de las procesiones y las define como "una súplica pública de la bendición de Dios sobre los campos y sobre el trabajo del hombre, y tienen también un carácter penitencial" (núm. 245). Incluso, el mismo mismo V Domingo de Pascua recibe el nombre de "Domingo de Rogativas". La razón es que el Evangelio de esa domínica Cristo nos enseña que cuanto pidamos al Padre en su nombre nos será dado (Jn 16, 23). 

Se atribuye la institución de las rogativas a San Mamerto, obispo de Vienne, quien hacia 474 exhortó a los fieles del Valle del Ródano y del Delfinado a hacer oraciones, procesiones y obras de penitencia durante tres días a fin de aplacar la justicia divina y obtener la cesación de los terremotos, incendios y devastaciones de bestias feroces que afligían la zona. El resultado de estas oraciones hizo se continuasen como una manera de preservar al pueblo contra semejantes calamidades. En 511 el Concilio de Orleans dispuso que se hiciesen tales rogativas en toda la Francia, añadiéndose pronto la práctica del ayuno. Este uso pasó a España a principios del siglo VII, pero en esta nación se destinó el jueves, viernes y sábado después de Pentecostés, ya concluido el Tiempo Pascual. En 816 el papa León III adoptó también las Rogativas en Roma, haciéndolas pronto extensivas a toda la Iglesia universal. La legislación civil dio respaldo a esta costumbre. Carlomagno y Carlos el Calvo prohibieron al pueblo trabajaren tales días y sus leyes fueron observadas durante largo tiempo. 

Esta práctica de piedad existía también en Inglaterra antes del cisma y se dice que todavía se conservan algunos vestigios de ellas en la costumbre observada en muchas parroquias anglicanas de recorrer en procesión los deslindes parroquiales durante los tres días que preceden a la Ascensión.

 Bendición (anglicana) de los campos en el Domingo de Rogativas en Hever, Kent (Inglaterra), 1967

Se cree que la costumbre de las rogativas llegó a las Islas Británicas en el siglo VII y el primer texto del Uso de Salisbury (Sarum) que la menciona data del siglo XII. Las procesiones eran acompañadas con numerosos estandartes con imágenes de personajes bíblicos y santos, siendo precedidos por uno con la imagen de un dragón, representación de Poncio Pilato, seguido de otro de un león, que representaba a Cristo. Textos del Uso de Salisbury de los siglos XIII a XV indican que en la Víspera de la Ascensión el estandarte del dragón era desplazado al final de la procesión, siendo reemplazado por el león, simbolizando así el triunfo de Cristo. En el siglo XVI se añadieron portadores de reliquias y turiferarios. Durante el reinado de Enrique VIII las procesiones de rogativas enfatizaron el aspecto de invocación de la protección divina sobre las cosechas. Luego de la Reforma protestante, durante el reinado de Eduardo VI las rogativas no encontraron ningún reconocimiento oficial, pero, luego del Acta de Uniformidad (1558) de Isabel I, fueron expresamente incorporadas a la liturgia anglicana. Sin embargo, las procesiones ya no contaban con iconos ni turiferarios, al tiempo que, para distanciarlas de la práctica católica, se hizo hincapié en el sentido ya mencionado con el que aún subsisten de recorrido de los deslindes parroquiales, para asegurar la conservación e integridad de éstos (aunque las procesiones con este sentido precedían a la Reforma protestante y tenían antecedentes remotos en el tiempo previo a la invasión normanda de las Islas Británicas). En la actualidad no se trata de una costumbre ampliamente observada en la iglesia anglicana, pero la fiesta existe en numerosas comunidades.
Ilustración (inicios del S. XVI) de un procesional del Uso de Salisbury para la procesión del día de la Ascensión
(Ilustración: Wikimedia Commons)

Las procesiones de las Rogativas se llamaron pequeñas letanías, letanías menores o letanías galicanas, porque habían sido instituidas por un obispo de esas tierras y para distinguirlas de las Letanías Mayor o Letanía Romana, que es la procesión que se hace el 25 de abril, día de San Marcos y cuya institución se atribuye a San Gregorio Magno, cuyo pontificado comporta un punto de referencia ejemplar de una relación fecunda entre liturgia y piedad popular (Directorio de piedad popular, núm. 27). 

En un comienzo, esta procesión tenía por objeto celebrar el aniversario de la entrada de San Pedro en Roma para hacer de ella la capital del mundo cristiano. El 25 de abril se celebrada en esa ciudad la fiesta pagana de las Robigalia, y ésta consistía principalmente en una procesión que, saliendo de la urbe por la puerta Flaminia, se dirigía al puente Milvio, para terminar en un templo suburbano, situado junto a la Via Claudia, donde se inmolaba una oveja en honor de Robigo, el dios romano de la roya del trigo. De esta forma, la Letanía Mayor no consistió más que en sustituir dicha fiesta pagana por una celebración cristiana. En ella, todos los fieles de Roma iban a la Iglesia de San Lorenzo in Lucina, la más próxima a la puerta Flaminia, para comenzar una procesión que hacía estación en San Valentín, atravesaba el puente Milvio y de allí torcía a la izquierda en dirección al Vaticano. Después de detenerse junto a una cruz, ella entraba solemnemente en la Basílica de San Pedro para la celebración solemne de la Santa Misa. Hacia el siglo VI se añadieron a esta procesión algunas oraciones destinadas a pedir el alejamiento de las calamidades y la conservación de los productos de la tierra. 


Letanías Mayores en Roma

En el siglo VIII se fijó para ese mismo día, 25 de abril, la fiesta de San Marcos, de donde procede el nombre con el que se conoce a esta práctica, sin que exista conexión entre ambas celebraciones. Esta es la razón por la cual, cuando el 25 de abril cae dentro de la Octava de Pascua, se hace la procesión en el día señalado y la fiesta de San Marcos se traslada para después de concluida ella. Las Letanías Mayores sólo se trasladan cuando coinciden con el Día de Pascua, caso en el cual se desplazan para el martes siguiente. 


Procesión de Rogativas en Maleizen, Bélgica

La estructura de las celebraciones litúrgicas de estos tres días previos a la Ascensión es doble, pues se contemplan las Rogativas propiamente tales y la Misa de Rogativas. 

Las Rogativas propiamente tales están compuestas por las Letanías de los Santos, los Salmos y las oraciones que se cantan durante la procesión. Ellas tienen por fin alejar del pueblo los azotes de la Divina Justicia y atraer las bendiciones de su misericordia sobre los sembrados. Se prescribe el color morado en señal de penitencia. Originalmente, esta procesión recorría todo el contorno del territorio jurisdiccional de la parroquia, deteniéndose en las cruces estacionales que servían de hitos. Este es el origen de las cruces que se encuentran en los caminos rurales de Europa y que todavía se puede ver en algunas zonas del campo chileno. 

Durante la procesión de Rogativas destaca especialmente el canto o recitación de las Letanías de los Santos. Ellas son una estructura litúrgica ágil, sencilla, popular, atestiguada en Roma desde los inicios del siglo VII, donde convergen elementos procedentes de la tradición litúrgica junto con otros de origen popular. Su entonación es expresión de la confianza de la Iglesia en la intercesión de los Santos y de su experiencia de la comunión de vida entre la Iglesia de la Jerusalén celeste y la Iglesia todavía peregrina en la ciudad terrena (Directorio de piedad popular, núm. 235).

 Procesión de Rogativas (en alemán Hagelprozession, "Procesión del granizo") en Westfalia (Alemania), 1992

La Misa de Rogativas tiene un propio que se repite durante el lunes, martes y miércoles que preceden a la fiesta de la Ascensión del Señor. El color litúrgico propio es el morado y durante la Misa no se enciende el cirio pascual. Hay una iglesia estacional para cada día: el lunes corresponde estación en Santa María la Mayor, el martes en San Juan de Letrán, y el miércoles en San Pedro del Vaticano. Todo el propio inculca cuál sea la eficacia de la oración del justo cuando es humilde, confiada y perseverante. Elías con su oración cerró y abrió los cielos en la prolongada sequía que afligió al pueblo de Israel (Epístola), y nuestro Señor mismo nos muestra mediante dos parábolas cómo Dios da su Espíritu Santo a los que se lo piden, porque es bueno y misericordioso (Evangelio y Aleluya). En nuestras aflicciones pongamos en Él nuestra confianza y seremos oídos (Introito y Oración).   

Tras la reforma posconciliar del calendario litúrgico, las Rogativas fueron conservadas, pero con indicación de que ellas pueden ser celebradas en cualquier tiempo, correspondiéndole a las respectivas conferencias episcopales fijar su disciplina (Ceremonial de los obispos, núm. 382, y Directorio de piedad popular, núm. 245). El Ceremonial de los obispos exhorta a los ordinarios a procurar la celebración de las Rogativas junto al pueblo que les sido confiado (núm. 383), y señala que para la Misa de cada uno de esos días se escogerá de entre las Misas para diversas necesidades aquella que sea más apropiada a la intención por la cual se hacen las súplicas(núm. 384). 


Procesión de Rogativas de la Parroquia San Juan Evangelista de Montreal, Canadá
(Foto: New Liturgical Movement)

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Actualización [26 de mayo de 2017]: New Liturgical Movement ha publicado una entrada con la procesión de Rogativas celebrada por la Fraternidad de San José Custodio en La Londe Les Maures, Francia. Por razones de último momento, la ceremonia debió ser trasladada del Lunes de Rogativas al sábado anterior, lo que explica que se haya rezado la Misa de San Bernardino de Siena con ornamentos blancos. 

Actualización [1° de junio de 2017]: New Liturgical Movement ha publicado un reportaje sobre la procesión y Misa de Rogativas celebrada el pasado lunes 22 de mayo por la Comunidad de San Felipe Neri en la localidad húngara de Balatonederics, un pequeño pueblo en la ribera norte del Lago Balatón.

domingo, 21 de mayo de 2017

Las fundaciones benedictinas tradicionales

En esta entrada les ofrecemos un recuento de las fundaciones benedictinas tradicionales que han sido reconocidas por la Santa Sede o por los distintos ordinarios del lugar. 

1. La Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault (Francia).

La Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault fue fundada en el Valle del Loira por Pedro de la Estrella en 1091. Por distintas razones históricas dejo de ser un monasterio benedictino, restableciéndose en 1948 el culto monástico. Desde su restablecimiento ha cuidado la tradición litúrgica gregoriana y, a partir de 1985, celebra exclusivamente conforme a los libros litúrgicos anteriores a la reforma postconciliar. 



Esta abadía se hizo conocida por haber albergado entre el 22 y el 24 de julio de 2001 unas Jornadas litúrgicas que contaron con la participación del entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger, más tarde elevado a la Cátedra de Pedro con el nombre de Benedicto XVI, quien dio dos interesantes conferencias, una de ellas la de clausura. Según dijo en esa ocasión el abad Dom Antonine Forget, las Jornadas estaban destinadas a dar inicio a un nuevo Movimiento Litúrgico, el que en parte se hizo realidad con la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum en 2007.

En la actualidad es la comunidad más numerosa de la Congregación de Solesmes, con más de setenta monjes, lo que ha posibilitado la fundación de otros nuevos monasterios que también usan la forma extraordinaria y pertenecen a esa célebre abadía:

(a) La Abadía de Nuestra Señora de Randol, fundada en 1971 en la Región de Auvernia (Francia), también adoptó la liturgia tradicional en 1984.



(b) La Abadía de Nuestra Señora de Triors, fundada en 1984 en la Región de Ródano-Alpes (Francia), adoptó en 1988 la liturgia tradicional. 



(c) La Abadía de Nuestra Señora de Gaussan, fundada en 1994 en la Región de Languedoc-Rosellón (Francia), adoptó desde su creación el uso de los libros litúrgicos tradicionales. En 2007, la abadía fue traslada la Región de Mediodía-Pirineos (Francia). Hoy se llama Abadía de Nuestra Señora de Donezan.



(d) La Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación de Clear Creek, fundada en 1999 en Oklahoma (EEUU), adoptó desde su creación el rito romano tradicional. Existe también una rama femenina, las Benedictinas de Clear Creek, que están establecidas en el Monasterio de María, Madre de los Ángeles. Fueron reconocidas en 2012 como un instituto de vida religiosa por S.E.R. Edward J. Slattery, Obispo de Tulsa. 



(e) La Abadía de San Pablo de Wisques está situada en la Región de Alta Francia, donde los monjes provenientes de Fontgombault llegaron en 2013 para dar un nuevo impulso a la comunidad establecida ahí desde 1889. En adelante, la abadía adoptó la forma extraordinaria. 



En total todos estos monasterios formados desde Fontgombault suman más de doscientos monjes que siguen la regla de San Benito. Un dato interesante es que todos estos monasterios no celebran exactamente con los libros litúrgicos vigentes en 1962 (como ocurre con quien se sirve del derecho que concede el motu proprio Summorum Pontificum), sino con el así denominado "Ordo de 1965". Ellos mismos explican así su decisión de no existir estrictamente la llamada "forma extraordinaria" (véase aquí el original en francés): 

"[...] los monjes de las cuatro abadías fundadas por Fontgombault no celebran con el misal llamado 'de San Pío V' utilizado por los sacerdotes 'tradicionalistas' y cuya última versión fue aprobada por [San] Juan XXIII en 1962. En la Misa conventual, los benedictinos celebran según el Ordo Missae de 1965. Los mismos liturgistas se han olvidado de que el papa Pablo VI publicó un nuevo Ordo aquel año (el cual fue muy bien recibido por Mons. Lefebvre). Ciertamente las simplificaciones que presentaba eran mínimas respecto a la Misa puramente 'tridentina', pero ellas ameritan ser recordadas.  Así, el Ordo de 1965 retomaba la antigua proclamación de las intenciones de rezar antes del ofertorio (oraciones universales), suprimió una parte de las 'oraciones al pie del altar' así como el 'último Evangelio' (Prólogo de San Juan), y preveía que aquello que era cantado por la schola o la asamblea no fuera repetido en privado por el celebrante. El Pater Noster era cantado por toda la asamblea junto al celebrante, práctica que se hacía desde varios años ya en las parroquias y que puede encontrarse hoy mismo en ciertos 'incondicionales' de la modalidad pura de la 'forma extraordinaria' del rito romano. Pero sobre todo, el Ordo de 1965 restauraba el ritual de la concelebración que había sido abandonando en el transcurso de la Edad Media".

2. La Abadía de Santa Magdalena del Barroux (Francia).

Otro gran monasterio benedictino que sigue la forma extraordinaria es el la Abadía de Santa Magdalena del Barroux, situada en la Región de Provenza-Alpes-Costa Azul (Francia) y que cuenta actualmente con cerca de sesenta monjes. Fue fundado por Dom Gérard Calvet en 1978, siendo en su origen un monasterio asociado a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X creada por S.E.R. Marcel Lefebvre. Tras las consagraciones episcopales, el 25 de julio de 1988 la abadía regularizó su situación con la Santa Sede a través de la recién erigida Pontificia Comisión Ecclesia Dei. Diez años después, el 25 de septiembre de 2008, la abadía se integró en la Confederación Benedictina y a la Congregación de Subiaco. El 24 de septiembre de 1995, el Cardenal Joseph Ratzinger celebró la Misa conventual con una gran presencia de fieles. 



La Abadía ha fundado un priorato y una abadía de monjas benedictinas. De ahí proceden los dos monjes que dieron origen a los Benedictinos de la Inmaculada, hoy un instituto de vida consagrada de derecho diocesano independiente.

(a) El Priorato de Santa María de la Guarda fue fundado en 2002 en la Región de Nueva Aquitania (Francia).



(b) La Abadía de la Anunciación del Barroux es una comunidad femenina de monjas benedictinas fundada en 1979 en los alrededores del monasterio de Santa Magdalena, que en 1989 regularizó su situación canónica con la Santa Sede.  



3.  El Instituto Religioso de la Santa Cruz de Riaumont (Francia).

El Instituto Religioso de la Santa Cruz está establecido en Riaumont, una colina situada en la Región Norte-Paso de Calais (Francia), y mezcla la espiritualidad benedictina con el escultismo (conocido también como "movimiento scout"), el cual tiene mucha fuerza entre los grupos católicos franceses. 

Fue fundado por el Padre Albert Revet (1917-1986) en 1958, siguiendo la inspiración del Padre Jacques Sevin SJ (1882-1851), quien tenía la idea de hacer realidad "una vida religiosa en el espíritu del escultismo al servicio de los jóvenes", bebiendo para ello de la rica espiritualidad benedictina. En 1971, los estatutos del instituto fueron aprobados por Dom Jean Roy, abad de Fontgombault, y S.E.R. Jean Rupp, obispo de Mócano, quien había sido el prior general de la primera fundación del Padre Sevin, la Orden de la Santa Cruz de Jerusalén. En 1991, las constituciones del instituto fueron aprobados definitivamente por San Juan Pablo II y por S.E.R. Henri Derouet, obispo de Arras, la diócesis donde se halla situado Riaumont, permitiendo que ella quedase regida por las normas del motu proprio Ecclesia Dei afflicta. Ahí funciona el instituto religioso, tiene su sede el grupo de escultismo asociado y existe una residencia infantil. La comunidad celebra la liturgia conforme a los libros vigentes en 1962.



4. La Abadía de San José de Clairval (Francia).

Otro monasterio francés que sigue la forma extraordinaria es la Abadía de San José de Clairval. Situada en la Región de Borgoña-Franco Condado, se trata de una abadía autónoma de derecho diocesano afiliada a la Confederación Benedictina. Fue creada en 1972 y nunca tuvo vínculos formales con la Fraternidad de San Pío X, pese a que S.E.R. Marcel Lefebvre fue quien ordenó sacerdotes a varios monjes. El 2 de febrero de 1988, la abadía fue reconocida oficialmente por el obispo de Dijon. 

Por petición del obispo, la Misa conventual se oficia según la forma ordinaria del rito romano, aunque se hace en latín, ad Orientem y sin concelebración. Esto permite que los monjes pueda celebrar su Misa rezada conforme a la forma extraordinaria si así lo desean, como de hecho ocurre en la mayoría de los casos. 



5. El Monasterio de San Benito (Francia).

S.E.R. Dominique Rey, Obispo de Fréjus-Toulon (Francia), erigió en diciembre de 2011 el Monasterio de San Benito, que sigue la forma extraordinaria del rito romano. Sus celebraciones se realizan en la iglesia parroquial de localidad La Garde-Freinet y son públicas.



6. El Monasterio de San Benito (Italia).

En Italia existe el Monasterio de San Benito, que se encuentra en Nursia, localidad natal del Santo Fundador. La comunidad está formada por jóvenes monjes deseosos de vivir la fidelidad a la Regla Benedictina y el espíritu monástico tradicional. El P. Cassian, que fue presidente del Pontificio Instituto Litúrgico, junto a otros jóvenes norteamericanos inició su andadura monástica en 1998 en un apartamento alquilado en Roma. En el año 2000, a petición del Arzobispo de Spoleto-Norcia, se establecieron en la Basílica de San Benito en Nursia, la que fue gravemente afectada por el terremoto de 2016. Desde hace algunos años, los monjes se encontraban restaurando un antiguo convento capuchino a las afueras de Nursia, lugar que estará destinado al reposo y la contemplación, mientras que el monasterio de la ciudad estaba pensado para seguir atendiendo el culto de la Basílica, hoy en proceso de reconstrucción. 



7. Los Benedictinos de la Inmaculada (Villatalla).

Los Benedictinos de la Inmaculada son una comunidad fundada el 2 de julio de 2008 por dos monjes procedentes de la Abadía de Santa Magdalena del Barroux (Francia), quien se instalaron en Villatalla, un pequeño pueblo italiano situado en Liguria sobre las alturas de Imperia, muy cerca de Ventimiglia y de la frontera francesa, a petición de S.E.R. Mario Oliveri, a la sazón obispo de Albenga-Imperia. El 21 de marzo de 2017, fiesta del Tránsito de San San Benito, S.E.R. Guglielmo Borghetti, actual obispo de Albenga-Imperia, erigió el monasterio en instituto de vida consagrada de derecho diocesano. La comunidad celebra conforme a los libros litúrgicos vigentes en 1962. 



8. El Priorato de Silverstream (Irlanda).

El Priorato de Silvestream es una fundación benedictina sancionada en 2012 por S.E.R. Michael Smith, Obispo de Meath, Irlanda. Se encuentra situado en la localidad de Stamullen, en el condado que lleva el mismo nombre que la diócesis. Esta comunidad tiene la particularidad de que es la primera fundación masculina que toma el carisma particular de la Sierva de Dios Matilde de Bar (1614-1698), fundadora de las Benedictinas del Santísimo Sacramento, adoptando el nombre de Benedictinos dela Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento. El fundador es Mark Daniel Kirby, un antiguo monje cisterciense, quien se trasladó a Irlanda después de una inundación que dejó inutilizables los terrenos en la Diócesis de Tulsa (Oklahoma, Estados Unidos) donde habían recibido la invitación de instalarse. En 2017, la Santa Sede aprobó definitivamente la fundación como un instituto diocesano de vida consagrada. La Santa Misa y el Oficio Divino son celebrados conforme a los libros litúrgicos vigentes en 1962.


9. La Abadía de Santa María y San Luis (Estados Unidos).

La Abadía de Santa María y San Luis es una fundación dependiente de la Congregación benedictina inglesa situada en el Condado de San Luis, Missouri (Estados Unidos). Fue fundada en 1955 y recibió el rango de abadía en 1989. En la actualidad es el monasterio más numeroso en los Estados Unidos de la Congregación benedictina inglesa, con casi treinta monjes, y atiende el Oratorio de San Gregorio y San Agustín de Canterbury, una de las dos parroquias personales donde se celebra la Misa tradicional en la Arquidiócesis de San Luis. La liturgia en el abadía se oficia conforme a la forma extraordinaria, pero siguiendo la hermenéutica de la continuidad enseñada por Benedicto XVI. 


10. La Abadía de Nuestra Señora de la Fidelidad (Francia).

La Abadía de Nuestra Señora de la Fidelidad es un monasterio de monjas benedictinas situado en Jouques, Departamento de Bocas del Ródano, cerca de Aix-en-Provence, Francia, que celebra la Santa Misa y el oficio divino conforme a la forma extraordinaria del rito romano.  

Esta abadía fue fundada en 1967 por monjas provenientes de la Abadía de San Luis del Temple (conocida como Abadía de Limon, en el Departamento francés de Essonne) y se convirtió en priorato autónomo en 1970. En 1981, la comunidad fue elevada al rango de abadía. Ella cuenta actualmente con 45 religiosas. 

El crecimiento paulatino de las vocaciones permitió fundar en 1991 la Abadía de Nuestra Señora de la Misericordia en la localidad francesa de Rosans, perteneciente a la Diócesis de Gap, donde hoy viven 20 monjas. Asimismo, a petición de S.E.R. Pascal N'Koué, Obispo de Natitingou, en 2005 fue erigido el monasterio de Nuestra Señora de la Escucha en Benin, el que cuenta actualmente con una docena de religiosas.

11. Las Benedictinas de María, Reina de los Apóstoles (Estados Unidos).

Las Benedictinas de María, Reina de los Apóstoles, son una comunidad religiosa establecida en Gower, Missouri (Estados Unidos). Ella nació en 1995 como una pequeña fundación de benedictinas bajo el alero de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, estableciéndose en la Diócesis de Scranton, Pennsylvania. Se denominaron inicialmente como "Oblatas de María, Reina de los Apóstoles". En 2006, ya en su nueva ubicación, fueron erigidas por S.E.R. Robert Finn, Obispo de Kansas City-Saint Joseph, como una asociación privada de fieles. Se han hecho conocida por sus grabaciones de música gregoriana, que han figurado en la lista de Billboard. La comunidad celebra la Santa Misa y el Oficio Divino según los libros litúrgicos en vigor en 1962.


12. Una posible fundación benedictina de habla castellana (España). 

En 2013 comenzó una iniciativa destinada a evaluar la factibilidad de erigir una fundación benedictina tradicional en España. Se creo al efecto una bitácora. De acuerdo a la última información ahí registrada, el proyecto se encuentra en suspenso. Tal es lo dicho al respecto: 

Hemos intentado con la ayuda de seglares, oblatos benedictinos y sacerdotes traer, en primera instancia, a algunos monjes de la Abadía Sainte Madeleine de Le Barroux. Al estar fundando en Agen el monasterio de Sainte Marie de la Garde, no ha sido posible convencerles. La Abadía de Fontgombault de la congregación de Solesmes, mostró su interés y su beneplácito, viniendo a España y visitando un monasterio para la posible fundación. Sin embargo, desde su congregación les pidieron recuperar la Abadía de Wisques (Normandía); este hecho hizo que cambiaran de parecer y denegaran la petición. Ulteriormente, con varios sacerdotes hemos realizado retiros y encuentros para comprobar las posibilidades de iniciar la vida cenobítica, independientemente de los monasterios anteriormente citados. Sin contar las dificultades que se han presentado para encontrar e implantarse en el lugar idóneo. Por esta razón, en espera de tiempos más propicios, encomendamos este proyecto al Gran Patriarca de los monjes, Nuestro Padre san Benito, para que él nos libre de los obstáculos y tentaciones a las que nos pretende librar el demonio, para que con su ayuda y la de la ingente pléyade de santos benedictinos podamos obtener del Cielo, la gracia inmensa de contar un día en nuestra patria con un monasterio tradicional fiel a la Santa Regla.