jueves, 29 de junio de 2017

Monseñor Schneider y la renovación de la liturgia

Aunque publicada originalmente el 14 de febrero de 2015, OnePeterFive ha vuelto a dar circulación a una crónica escrita por Steve Skojec relativa a los diez elementos imprescindibles para la renovación de la liturgia que Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), enunciara en una conferencia pronunciada en el Paulus Institute de Washington. Si bien de ella existen ya (hasta donde sabemos) dos traducciones al castellano (véase aquí y aquí), como Redacción hemos hecho una propia para contribuir a la difusión de estas interesantes ideas que pueden ayudar a devolver la dignidad y un sentido de continuidad orgánica respecto de la tradición litúrgica al culto católico, favoreciendo así ese enriquecimiento entre las dos formas del rito romano que deseaba Benedicto XVI cuando promulgó el motu proprio Summorum Pontificum hace diez años. 

 Mons. Athanasius Schneider durante la celebración de una Misa Pontifical tradicional en Nueva Jersey (EE.UU.)

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 Mons. Schneider: diez elementos para la renovación de la liturgia

Steve Skojec

“¿Y por qué hablo del mundo futuro? Porque este misterio hace que esta tierra se convierta, aquí, en un cielo para nosotros. Abrid sólo un momento las puertas del cielo y mirad; pero no, no las del cielo, sino las del Cielo de los cielos. Y entonces vais a comprender de qué he estado hablando. Porque lo que hay allá de más precioso, eso os mostraré yo que existe en la tierra. Porque tal como en los palacios reales lo que hay de más glorioso no es ni las murallas ni los techos de oro sino la persona del rey sentado en su trono, así ocurre en el Cielo con el Cuerpo del Rey. Pero no se os permite ahora ver esto en la tierra. Porque lo que os muestro no son los ángeles, ni los arcángeles, ni los cielos, ni los Cielos de los cielos, sino al mismo Señor y Dueño de todo” (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre I Corintios, citado en Dominus Est, de Mons. Athanasius Schneider, p. 34). 

El 14 de febrero de 2015 Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kazajistán, dio una conferencia en Washington con el auspicio del Paulus Institute. En esa conferencia, Mons. Schneider propuso acciones concretas –diez elementos esenciales- que debiera ponerse por obra para llevar a cabo la renovación litúrgica.

En mi calidad de espectador, me impresionó una vez más la preocupación de Su Excelencia por la reverencia y la piedad en el culto católico. Debido al gran valor de las ideas que expuso, quisiera ofrecer aquí el resumen que hice de los principales temas. 

Mons. Schneider explicó que, desde los tiempos apostólicos, la Iglesia procuró tener una liturgia sagrada, y que es sólo mediante la acción del Espíritu Santo que podemos en verdad adorar a Cristo. Los gestos exteriores de adoración que expresan la reverencia interior son vitales en el contexto de la liturgia. Se incluyen entre ellos las reverencias, las genuflexiones, las postraciones y otras cosas semejantes. Su Excelencia citó los escritos de San Juan Crisóstomo sobre liturgia, concentrándose especialmente en el siguiente tema: la liturgia de la Iglesia es una participación en la liturgia celestial de los ángeles y debe tomarla como modelo.

La noción de liturgia celestial, y nuestra participación en ella en el Santo Sacrificio de la Misa, ofrece algunas perspectivas a aquellos que pudieran sentir la tentación de tomar como algo normal el increíble milagro que se produce en medio de nosotros. La realidad es que cada iglesia católica es, en sí misma, un lugar donde habitan los ángeles, los arcángeles, el reino de Dios y Dios mismo en su divina esencia. Si fuéramos capaces, de algún modo, de transportarnos a la liturgia celestial, no nos atreveríamos a dirigir la palabra ni siquiera a quienes conocemos y amamos. Cuando estamos en la iglesia, por tanto, deberíamos hablar sólo en voz baja, y sólo de cosas sagradas. 

En la Iglesia primitiva, el altar y los demás objetos sagrados eran cubiertos con un velo, como señal de respeto por el misterio sagrado en que les correspondía un papel. No existió, contra lo que piensa la gente en nuestros tiempos, la celebración de la Misa versus populum, y tampoco la práctica extendida de recibir la comunión en la mano. El sacerdote y los fieles miraban juntos hacia Dios en el oriente litúrgico.

Cuando celebramos la liturgia, es Dios quien debe estar en el centro. El Dios Encarnado, Cristo. Nadie más. Ni siquiera el sacerdote que actúa en lugar de Él.

La liturgia se empobrece cuando reducimos los signos y gestos de adoración. Toda renovación litúrgica debe, por tanto, restaurarlos y crear una liturgia terrenal más cristocéntrica y trascendente, más reminiscente de la liturgia de los ángeles.

 (Foto: Rorate Caeli)

Diez elementos de renovación.

Mons. Schneider enumeró los siguientes diez puntos que considera fundamentales para una renovación litúrgica:

1. Debe ponerse en el centro del presbiterio el tabernáculo, donde Jesucristo, Dios Encarnado, está realmente presente bajo las especies de pan, porque en ningún otro lugar en esta tierra está Dios, el Emanuel, tan realmente presente y tan cerca del hombre como en el tabernáculo. El tabernáculo es el signo que indica y contiene la Presencia Real de Cristo, y debiera por lo tanto estar más cerca del altar y constituir con éste la señal central más importante que apunta al misterio Eucarístico. El Sacramento en el tabernáculo y el Sacrificio en el altar no debieran oponerse ni separarse, sino estar ambos en el lugar central del presbiterio y próximos el uno al otro. La atención de quienes entren a la iglesia debiera espontáneamente dirigirse hacia el tabernáculo y el altar.

2. Durante la liturgia eucarística –al menos durante la Plegaria Eucarística- en que Cristo, el Cordero de Dios, es inmolado, los fieles no debieran ver el rostro del sacerdote. Aun los serafines se cubren el rostro (Isaías 6, 2) cuando adoran a Dios. Por el contrario, el rostro del sacerdote debiera estar vuelto hacia la cruz, ícono de Dios crucificado.

3. Debiera haber más signos de adoración durante la liturgia, específicamente genuflexiones, y en especial cada vez que el sacerdote toca la hostia consagrada.

4. Los fieles que se acerquen a recibir al Cordero de Dios en la comunión debieran saludarlo y recibirlo con un acto de adoración, arrodillándose. ¿Qué momento en la vida de los fieles es más sagrado que éste de su encuentro con el Señor?

5. Debiera haber más espacio para el silencio en la liturgia, especialmente en aquellos momentos que expresan más plenamente el misterio de la Redención. En particular, cuando el sacrificio de la cruz se hace presente en la Plegaria Eucarística.

6. Debiera haber más signos exteriores que muestren la dependencia del sacerdote respecto de Cristo, el Sumo Sacerdote, que muestren más claramente que las palabras que el sacerdote pronuncia (por ejemplo “Dominus vobiscum”) y las bendiciones que da a los fieles dependen y fluyen de Cristo Sumo Sacerdote, y no de él, la persona privada. Nada de “yo os saludo” o “yo os bendigo”, sino “el Señor” es quien os saluda y bendice. Entre los signos apropiados podría estar (como se hizo durante siglos) el besar el altar antes de saludar a los fieles, para indicar que ese amor fluye no del sacerdote sino del altar. Y antes de dar la bendición, besar el altar y luego la bendición (esto se hizo así durante mil años y, desgraciadamente, ha sido abolido en el nuevo rito). También, inclinarse ante la cruz del altar para indicar que Cristo es más importante que el sacerdote. A menudo la liturgia –del rito antiguo- hacía que el sacerdote, cuando pronunciaba el nombre de Jesús, se volviera hacia la cruz y se inclinara ante ella, para mostrar que la atención debe estar en el Señor, no en él.

 Un joven sacerdote celebra ad orientem una Misa de acuerdo con el Misal de Pablo VI 
en Troy, Nueva York (EE.UU.)
(Foto: Catholicvs)

7. Debiera haber más signos que expresaran el insondable misterio de la Redención. Esto podría lograrse mediante el gesto de cubrir los objetos litúrgicos con un velo, porque el velar es un acto de la liturgia de los ángeles. Velar el cáliz, velar la patena con el velo humeral, velar el corporal, velar las manos del obispo cuando celebra solemnemente, también velar el altar con la reja del comulgatorio. Y también signos, signos de la cruz hechos por el sacerdote y por los fieles: por el sacerdote durante la Plegaria Eucarística, y por los fieles en otros momentos de la liturgia: el persignarse es una señal de bendición. En la antigua liturgia los fieles se persignaban tres veces, en el Gloria, en el Credo y en el Sanctus. Todas estas son expresiones del misterio. 

8. Debiera haber también en el lenguaje una señal continua que exprese el misterio, lo que se consigue mediante el uso del latín. Éste es la lengua sagrada que exigió el Concilio Vaticano II para la celebración de cada Santa Misa. En todo lugar debiera siempre decirse en latín al menos una parte de la Plegaria Eucarística.

9. Todos quienes tienen un papel activo en la liturgia, como los lectores, o los que se encargan de la oración de los fieles, debieran estar siempre revestidos con ropajes litúrgicos. Y debieran ser sólo varones, no mujeres, porque actúan en el presbiterio, cerca del sacerdocio. Incluso el leer las lecturas apunta hacia esta liturgia con la que celebramos a Cristo. Y por lo tanto, sólo varones revestidos con ropajes litúrgicos debieran estar en el presbiterio.

10. La música y los cantos durante la liturgia debieran reflejar más fielmente el carácter sagrado y debieran asemejarse al canto de los ángeles, como el Sanctus, para que se pueda cantar a una voz con los ángeles. Pero no sólo el Sanctus, sino la Misa entera. Hace falta que el corazón, la mente y la voz del sacerdote y los fieles se dirijan hacia el Señor. Y esto debiera manifestarse también por signos exteriores y gestos.

Hay aquí mucha materia para la reflexión. Cada uno de estos diez puntos me parece, al menos a mí, indispensable para lograr un culto verdaderamente reverente en nuestras iglesias. Ninguno de estos puntos es incompatible ni con la antigua liturgia de la Iglesia ni tampoco, lo que quizás es más importante, con la liturgia que imaginaron los padres del Concilio en Sacrosanctum Concilium.

Sería una bendición inmensa el que muchos obispos tomaran estos diez puntos como guía esencial para la liturgia en sus diócesis. Os animo a que los enviéis a vuestros propios obispos para que los consideren.

Tuve también la oportunidad de encontrarme brevemente con Mons. Schneider al finalizar la conferencia. Cuando le agradecí por su liderazgo en estos tiempos, en que parece haber tantos pastores que no proclaman con claridad las enseñanzas de la Iglesia, me dijo: “Sois vosotros quienes tenéis que hacerlo. Vosotros, los fieles, y sus familias. Vosotros debéis ser santos. Vosotros debéis enseñar la fe a vuestros hijos. Vosotros debéis motivar a los sacerdotes”. En el tema de las vocaciones, me dijo que debemos ofrecer nuestros hijos a Dios si queremos que reciban la vocación. Pareciera que con este consejo –junto con las sugerencias concretas que hizo en un artículo publicado anteriormente este año- nos está llamando a los laicos a comenzar una santa revolución, si es que queremos ver reformas en la Iglesia.

Es el momento de comenzar a hacerla.

martes, 27 de junio de 2017

Proust y la muerte de las catedrales

El célebre novelista francés Marcel Proust (1871-1922), autor de la monumental novela-río En busca del tiempo perdido (publicada en siete tomos entre 1913 y 1927), redactó en 1904 para el periódico Le Figaro un artículo en contra del proyecto de Ley de separación de la Iglesia y el Estado, el que seguidamente ofrecemos a nuestros lectores. Dicha ley, promulgada en 1905, vino a culminar un largo proceso de secularización emprendido por la Tercera República francesa (1870-1940) y fue condenada por San Pío X en la encíclica Vehementer nos (1906), por constituir un desconocimiento unilateral del Concordato de 1801 entre la Santa Sede y el Estado francés.

La crítica de Proust se dirige específicamente en contra de aquellas provisiones de la Ley que hicieron pasar las iglesias de Francia a propiedad del Estado francés. Más allá de la cuestión histórica-contingente y de las singularidades de Francia, las reflexiones de Proust mantienen una poderosa vigencia, especialmente en lo que respecta al profundo vínculo que une a la liturgia con la arquitectura sacra. La conservación inalterada de los ritos por la Iglesia contribuía, dice Proust, a mantener con vida las magníficas catedrales francesas, uniendo el presente con el pasado y evitando que se convirtieran en meros museos. La conservación de una misma Fe por los sacerdotes y el pueblo, no meramente de una misma estética, mantenía vigente el fin para el cual habían sido construidas, preservando así la vida integral de las catedrales. 

No puede dejarse de notar el contraste de estas ideas con el desprecio que se observa en los últimos cincuenta años respecto de la tradición litúrgica y el desarrollo orgánico de los ritos, pareciendo ser hoy para muchos la ruptura con el pasado y con quienes nos precedieron en la Fe y la creación caprichosa ex nihilo de la liturgia según la sensibilidad subjetiva de cada celebrante la máxima que los impulsa.

 Jacques-Émile Blanche, Proust a los veintiún años (1892, Musée D'Orsay)
(Imagen: Wikimedia Commons)

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La muerte de las catedrales

Marcel Proust

Con este título publiqué hace tiempo, en Le Figaro (16 de agosto de 1904), un estudio que tenía por objeto combatir uno de los artículos de la Ley de Separación.

Supongamos por un momento que se ha extinguido el catolicismo desde hace siglos, que se han perdido las tradiciones de su culto. 

Sólo subsisten las catedrales, secularizadas y mudas, monumentos hoy ininteligibles de una creencia olvidada. Un día llegan unos sabios a reconstituir las ceremonias que allí se celebraban en otro tiempo, para las que se constituyeron esas catedrales y sin las que no se encontraba en ellas más que una letra muerta; cuando unos artistas, seducidos por el sueño de devolver momentáneamente la vida a esos grandes navíos que habían encallado, quieren rehacer por una hora el escenario del misterioso drama que allí se desarrollaba, en medio de los cantos y de los perfumes, emprenden, en una palabra, en cuanto a la Misa y a las catedrales, lo que los felibres [Nota de la Redacción: poeta provenzal moderno] realizaron en cuanto al teatro de Orange y a las tragedias antiguas. 

Desde luego, el gobierno no dejaría de subvencionar semejante tentativa. Lo que ha hecho por unas ruinas romanas no dejaría de hacerlo por unos monumentos franceses, por esas catedrales que son la expresión más alta y más original del genio de Francia. 

Así pues, he aquí unos sabios que han sabido encontrar la significación perdida de las catedrales: las esculturas y las vidrieras recuperan su sentido, un aroma misterioso flota de nuevo en el templo, un drama sagrado se representa en él, la catedral vuelve a cantar. 

El gobierno subvenciona con razón, con más razón que las representaciones del teatro de Orange, de la Ópera Cómica y de la Ópera, esta resurrección de las ceremonias católicas, de tanto interés histórico, social, plástico, musical, y a la belleza de las cuales sólo Wagner se ha acercado, imitándola, en Parsifal. 

Caravanas de esnobs van a la ciudad santa (sea Amiens, Chartres, Bourges, Laon, Reims, Ruán, París), y una vez al año sienten de nuevo la emoción que antaño iban a buscar a Bayreuth y a Orange: gustar la obra de arte en el marco mismo que fue construido para ella. 

Desgraciadamente, aquí como en Orange, no pueden ser más que unos curiosos, unos diletantes; hagan lo que hagan, ya no habita en ellos el alma de antaño. Los artistas que han venido a ejecutar los cantos, los artistas que representan el papel de sacerdotes, pueden enterarse, penetrarse del espíritu de los textos. 

Pero, a pesar de todo, no podemos menos de pensar cuánto más bellas debían de ser esas fiestas cuando eran sacerdotes quienes celebraban los oficios, no para dar a los letrados una idea de aquellas ceremonias, sino porque tenían en su virtud la misma fe que los artistas que esculpieron el Juicio Final en el tímpano del porche, o pintaron la vida de los santos en la vidrieras del ábside; no podemos menos de pensar cómo la obra toda debía de hablar más alto, más preciso, cuando todo un pueblo respondía a la voz del sacerdote, se inclinaba de rodillas cuando sonaba la campanilla de la elevación, no como en estas representaciones retrospectivas, como fríos comparsas muy compuestos, sino porque también ellos, como el sacerdote, como el escultor, creían. 

Esto es lo que se diría si hubiera muerto la religión católica. Ahora bien, existe, y para imaginarnos lo que era, viva y en el pleno ejercicio de sus funciones, una catedral del siglo XIII, no tenemos necesidad de hacer de ella escenario de reconstituciones, de retrospectivas quizá exactas, pero gélidas. No tenemos más que entrar a cualquier hora, cuando se celebra un oficio. Aquí la mímica, la salmodia y el canto no están encomendados a unos artistas. Son los ministros mismos del culto quienes ofician, en un sentimiento no de estética, sino de fe, tanto más estéticamente. No se podrían pedir unos comparsas más vivos y más sinceros, puesto que es el pueblo, sin duda alguna, el que se toma el trabajo de representar para nosotros. 

 Domenico Quaglio (1787-1837), La catedral de Reims (Museum der bildenden Künste, Leipzig)

Puede decirse que, gracias a la persistencia de los mismos ritos de la Iglesia católica, y, por otra parte, de la creencia católica en el corazón de los franceses, las catedrales no son únicamente los más bellos momentos de nuestro arte sino los únicos que viven aún su vida integral, los únicos que permanecen en relación con la finalidad para la que fueron construidos. 

Ahora bien, por la ruptura del gobierno francés con Roma, parece próxima la discusión y probable la adopción de un proyecto de ley en tales términos que, al cabo de cinco años, las iglesias podrán ser secularizadas, y muchas lo serán; el gobierno no sólo dejará de subvencionar la celebración de las ceremonias rituales en las iglesias, sino que podrá transformarlas en todo lo que le plazca: museo, sala de conferencias o casino. 

Cuando ya no se celebre en las iglesias el sacrificio de la carne y de la sangre de Cristo, ya no habrá en ellas vida. La liturgia católica forma una unidad con la arquitectura y la escultura de nuestras catedrales, pues aquélla y éstas se derivan de un mismo simbolismo. Hemos visto en el estudio precedente que en las catedrales apenas hay escultura, por secundaria que parezca, que no tenga su valor simbólico. 

Y lo mismo ocurre con las ceremonias del culto. 

En un libro admirable [Nota de la Redacción: se refiere a L'Art religieux du XIIIe siècle en France, 1899], el señor Emile Mâle analiza así, siguiendo el Rationale divinorum officiorum de Guillaume Durand [Nota de la Redacción: conocido en castellano también como Guillermo Durando, c. 1230-1296, canonista y liturgista francés], la primera parte de la fiesta del Sábado Santo: Por la mañana se empieza por apagar en la iglesia todas las lámparas, para indicar que queda abolida la antigua Ley que iluminaba el mundo. 

Después, el celebrante bendice el fuego nuevo, que representa la Ley nueva. Lo hace brotar del pedernal, para recordar que Jesucristo es como dice San Pablo, la piedra angular del mundo. Entonces el obispo y el diácono se dirigen al coro y se detienen ante el cirio pascual. 

El cirio, nos enseña Guillaume Durand, es un triple símbolo; apagado, simboliza a la vez la columna oscura que guiaba a los hebreos durante el día, la antigua Ley y el Cuerpo de Jesucristo; encendido, significa la columna de luz que Israel veía durante la noche, la Ley nueva y el Cuerpo glorioso de Cristo resucitado. 

El diácono alude a este triple simbolismo recitando ante el cirio, la fórmula del Exultet. 

Pero insiste sobre todo en la identidad del cirio y del Cuerpo de Cristo. Recuerda que el cirio inmaculado ha sido producido por la abeja, a la vez casta y fecunda como la Virgen que trajo al mundo al Salvador. Para hacer sensible a los ojos la similitud del cirio y del cuerpo divino, hunde en el cirio cinco granos de incienso, que recuerdan a la vez las cinco llagas de Cristo y los perfumes comprados por las santas mujeres para embalsamarlo. Por último, enciende el cirio con el fuego nuevo y, para representar la difusión de la nueva Ley en el mundo, se encienden las lámparas en toda la iglesia. 

Pero esto, se dirá, no es más que una fiesta excepcional. He aquí la interpretación de una ceremonia cotidiana, la Misa, que, como veréis, no es menos simbólica. 

"Abre la ceremonia el canto grave y triste del Introito, que afirma la espera de los patriarcas y de los profetas. El coro de los clérigos es el coro mismo de los santos de la antigua Ley, que suspiran por la llegada del Mesías, al que no verán. Entonces entra el obispo y aparece como la viva imagen de Jesucristo. Su llegada simboliza el advenimiento del Salvador, esperado por las naciones. En las grandes fiestas llevan delante de él siete antorchas para recordar que sobre la cabeza del Hijo de Dios están los siete dones del Espíritu Santo. Avanza bajo un palio triunfal cuyos cuatro portadores se pueden comparar con los cuatro Evangelistas. A su derecha y a su izquierda van dos acólitos, representando a Moisés y a Elías, que aparecieron en el Tabor a ambos lados de Cristo. Nos enseñan que Jesús tenía la autoridad de la Ley y la autoridad de los profetas. 

 David Roberts, Interior de la catedral de Amiens (c. 1827, Princeton University Art Museum)

El obispo se sienta en su trono y guarda silencio. 

No parece tener ninguna intervención en la primera parte de la ceremonia. Su actitud contiene una enseñanza: nos recuerda con su silencio que los primeros años de la vida de Jesucristo transcurrieron en la oscuridad y en el recogimiento. Mientras tanto, el subdiácono se dirige al atril y, mirando a la derecha, lee la Epístola en voz alta. Aquí entrevemos el primer acto del drama de la Redención.

La lectura de la Epístola es la predicación de San Juan Bautista en el desierto. Habla antes de que el Salvador comience a hacer oír su voz, pero no habla más que a los judíos. Por eso el subdiácono, imagen del Precursor, mira hacia el Norte, que es lado de la antigua Ley. Terminaba la lectura, se inclina ante el obispo, como el Precursor se humilla ante Jesucristo. El canto del Gradual, que sigue a la lectura de la Epístola, se refiere también a la misión de San Juan Bautista, simbolizando las exhortaciones a la penitencia que dirige a los judíos la víspera de los tiempos nuevos. Por último, el celebrante lee el Evangelio, momento solemne, pues es aquí donde comienza la vida activa del Mesías; por primera vez se oye en el mundo su Palabra. La lectura del Evangelio es la representación misma de su predicación. 

El Credo sigue al Evangelio como la fe sigue a la anunciación de la Verdad. Los doce artículos del Credo se refieren a la vocación de los Doce Apóstoles. La vestidura misma que el sacerdote lleva al altar —añade Mâle—, los objetos que sirven para el culto, son otros tantos símbolos. La casulla que se pone sobre las otras vestiduras es la caridad, que es superior a todos los preceptos de la ley y que es ella misma la ley suprema. La estola que el sacerdote se pone al cuello es yugo ligero del Señor, y como está escrito que todo cristiano debe amar este yugo, el sacerdote besa la estola al ponérsela y al quitársela. La mitra de dos picos del obispo simboliza la ciencia que debe tener del Antiguo y del Nuevo Testamento; lleva dos cintas para recordar que la Escritura debe ser interpretada según la letra y según el espíritu. La campana es la voz de los predicadores. La armazón de la que está colgada es la figura de la cruz. La cuerda, hecha de tres cabos retorcidos, significa la triple inteligencia de la Escritura, que debe ser interpretada en el triple sentido histórico, alegórico y moral. Cuando se coge la cuerda con la mano para tocar la campana, se expresa simbólicamente la verdad fundamental de que el conocimiento de las Escrituras debe traducirse en la acción."

De suerte que todo, hasta el menor gesto del sacerdote, hasta la estola que reviste, está de acuerdo para simbolizarlo con el sentimiento profundo que anima a toda la catedral. Jamás fue ofrecido a los ojos y a la inteligencia del hombre un espectáculo comparable, un espejo tan gigantesco de la ciencia, del alma y de la historia. El mismo simbolismo abarca hasta la música que se oye entonces en el mismo navío, y cuyos siete tonos gregorianos representan las siete virtudes teologales y las siete edades del mundo. Puede decirse que una representación de Wagner en Bayreuth (con mayor razón de Emile Augier o de Dumas en un escenario de teatro subvencionado) es poca cosa comparada con la celebración de la Misa mayor en la catedral de Chartres. 

Seguramente sólo los que han estudiado el arte religioso de la Edad Media son capaces de analizar completamente la belleza de semejante espectáculo. Y esto bastaría para que el Estado tuviera la obligación de velar por su perpetuidad. Subvenciona los cursos del Colegio de Francia, aunque se dedican sólo a un pequeño número de personas y aunque, junto a esta completa resurrección integral que es una Misa mayor en una catedral, parecen muy fríos. Y al lado de la ejecución de tales sinfonías, las representaciones de nuestros teatros también subvencionados corresponden a necesidades literarias muy mezquinas. Pero apresurémonos a añadir que los que puedan leer a libro abierto en el simbolismo de la Edad Media no son los únicos para quienes la catedral viva, es decir, la catedral esculpida, pintada, cantante, es el más grande de los espectáculos. Se puede sentir la música sin conocer la armonía. 

Ya sé que Ruskin, indicando las razones espirituales que explican la disposición de las capillas en el ábside de las catedrales, ha dicho: "Nunca podrán encantaros las formas de la arquitectura si no sentís afinidad con el pensamiento de donde salieron". No es menos cierto que todos conocemos el hecho de un ignorante, de un simple soñador, entrando en una catedral, sin intentar comprender, dejándose llevar de sus emociones y sintiendo una impresión sin duda más confusa, pero acaso igualmente fuerte. Como testimonio literario de este estado de ánimo, seguramente distinto del docto de que hablábamos hace un momento, paseando en la catedral como en una "floresta de símbolos, que lo observan con ojos familiares", pero que permiten, sin embargo, encontrar en la catedral, a la hora de los oficios, una emoción vaga pero intensa; citaré la bella página de Renan titulada "Doble plegaria" [Nota de la Redacción: se trata de "La double prière", contenida en el volumen Feuilles Détachées, 1892]: 

"Uno de los más bellos espectáculos religiosos que todavía se puedan contemplar en nuestros días (y que pronto ya no se podrán contemplar, si la Cámara vota el proyecto de que se trata) es el que ofrece al anochecer la antigua catedral de Quimper. Cuando la sombra invade las partes bajas del vasto edificio, los fieles de uno y otro sexo se reúnen en la nave y cantan en lengua bretona la oración del crepúsculo con un ritmo simple y conmovedor. Sólo dos o tres lámparas alumbran la catedral. En la nave, a un lado, están los hombres, de pie; al otro, las mujeres, arrodilladas, forman como un mar inmóvil de cofias blancas. Las dos mitades cantan alternativamente, y la frase comenzada por uno de los coros la termina el otro. Lo que cantan es muy hermoso. Cuando lo oí, me pareció que, con unas leves transformaciones, se podría adaptarlo a todos los estados de la humanidad. Esto, sobre todo, me hizo pensar en una oración que, mediante ciertas variaciones, pudiera servir igualmente para los hombres y para las mujeres." 

Entre este vago pensar, que no carece de encanto, y los goces más conscientes del "entendido" en arte religioso, hay muchos grados. Recordemos, por ejemplo, el caso de Gustave Flaubert estudiando, pero para interpretarlo en un sentimiento moderno, una de las partes más bellas de la liturgia católica: "El sacerdote mojó el pulgar en el santo óleo y comenzó las unciones, primero sobre los ojos...; después en las ventanas de la nariz, golosas de brisas tibias y de perfumes de amor; en las manos que se habían deleitado en los contactos suaves...; por último, los pies, tan rápidos cuando corrían a satisfacer sus deseos y que ahora ya nunca más caminarían" [Nota de la Redacción: se trata de la descripción de la recepción de los Últimos Sacramentos por parte de la protagonista de Madame Bovary].

Decíamos hace un momento que, en una catedral, casi todas las imágenes eran simbólicas. Algunas no lo son en absoluto. Son las de las personas que, habiendo contribuido con sus dineros a la decoración de la catedral, quisieron conservar en ella para siempre un sitio para poder seguir silenciosamente los oficios desde las balaustradas del nicho o desde el hueco de la vidriera, y participar sin ruido en las oraciones, in saecula saeculorum. Hasta los bueyes de Laon que subieron cristianamente a la colina donde se levanta la catedral los materiales que sirvieron al arquitecto para construirla, los recompensó éste erigiendo sus estatuas al pie de las torres, donde todavía podemos verlos hoy, en el son de las campanas y en la estagnación del sol, levantar las cornudas cabezas por encima del arco santo y colosal hasta el horizonte de las llanuras de Francia, su "sueño interior". 

Si bien no han sido destruidos, ¿qué no han visto en esos campos donde cada primavera ya no florecen más que tumbas? No se podía hacer otra cosa con unos animales: situarlos así afuera, saliendo como de una gigantesca arca de Noé que se hubiera parado sobre este monte Ararat, en medio del diluvio de sangre. A los hombres se les concedía más. 

Claude Monet, La catedral de Ruán (1893, Musée D'Orsay)

Entraban en la iglesia, ocupaban en ella su sitio, que conservaban después de su muerte y desde el cual podían seguir, como cuando vivían, el divino sacrificio, lo mismo si, asomados fuera de su sepultura de mármol, orientan ligeramente la cabeza hacia el lado del Evangelio o hacia el lado de la Epístola, pudiendo ver, como en Brou, y oler en torno a su nombre el enlazamiento apretado e infatigable de flores emblemáticas y de iniciales adoradas, conservando a veces hasta la tumba, como en Dijon, los colores esplendorosos de la vida, que si, en el fondo de la vidriera, con sus mantos de púrpura, de ultramar o de azur que el sol aprisiona, que de sol se inflama, llenan de color sus rayos transparentes y bruscamente los liberan, multicolores, errando sin meta por la nave que tiñen; en su esplendor desorientado y perezoso; en su palpable irrealidad, siguen siendo donantes que, por serlo, merecieron la concesión de una plegaria a perpetuidad. Y todos quieren que el Espíritu Santo, en el momento de descender a la Iglesia, reconozca bien a los suyos. No son únicamente la reina y el príncipe quienes llevan sus insignias, su corona o su collar del Toisón de Oro. 

Los cambistas se han hecho representar comprobando la ley de las monedas; los peleteros, vendiendo sus pieles (véase en la obra de Mâle la reproducción de estas dos vidrieras); los carniceros, abatiendo vacas; los caballeros, ostentando su blasón; los escultores, labrando capiteles. Oyendo desde sus vidrieras de Chartres, de Tours, de Sens, de Bourges, de Auxerre, de Clermont, de Toulouse, de Troyes, toneleros, peleteros, tenderos de ultramarinos, peregrinos, labriegos, armeros, tejedores, canteros, carniceros, cesteros, zapateros, cambistas, no oirán ya la Misa que se habían asegurado donando para la construcción de la iglesia el más claro de sus dineros. Ya los muertos no gobiernan a los vivos. Y los vivos, olvidadizos, dejan de cumplir los votos de los muertos...

Nota de la Redacción: La traducción castellana ha sido tomado de Gloria.tv y se publica con algunas correcciones, alteraciones de estilo y notas de la Redacción. Se trata de una versión ligeramente condensada del artículo original de Le Figaro de 1904. El original (en francés) puede leerse aquí.

domingo, 25 de junio de 2017

Los libros litúrgicos (I): el Misal romano

Comenzamos hoy una serie dedicada a los libros litúrgicos. Reciben este nombre aquellos que contienen las preces y ceremonias determinadas por la Iglesia católica para la administración de los sacramentos, la celebración de la Santa Misa Misa y, en general, el ejercicio de las demás funciones sagradas.

En la actualidad, los principales libros litúrgicos son el Misal, el Leccionario, el Breviario, el Ritual, el Pontifical, el Ceremonial de los obispos y el Martirologio, todos ellos mandados a componer íntegramente después del Concilio Vaticano II. Un fenómeno similar había ocurrido tras el Concilio de Trento, aunque con una diferencia esencial: entonces sólo se ordenó revisar los libros vigentes para la Iglesia de rito romano y fijar lo que en ellos había de permanente, quitando añadidos superfluos. 

Comenzaremos con el Misal romano (Missale Romanum), nombre con el que se designa el libro litúrgico que contiene todas las ceremonias, oraciones y rúbricas para la celebración de la Santa Misa en el rito romano. De ahí su nombre, que significa Liber de la Misa. La palabra aparece por primera vez en el Dialogus de Egberto de York († 766), donde el autor habla de un antifonario "cum missalibus" que había consultado en Roma. 

 Edición de 1725 del Misal de San Pío V

En un comienzo, los textos utilizados para celebrar la Santa Misa no estaban reunidos en un solo volumen. Existían así un Epistolario y un Evangelario, los que después fueron reunidos en un libro común que recibió el nombre de Leccionario; un Antifonario o Gradual que se empleaba para los cantos que correspondían al coro, y un Sacramentario donde se recogían todas las partes recitadas o cantadas por el celebrante. Al generalizarse las Misas privadas se vio la necesidad de contar con un libro único. Los primeros ensayos de estos misales plenarios no se encuentran antes del siglo X. El misal de Bobbio y el de Stowe contienen ya un leccionario y un sacramentario. El más antiguo de los misales plenarios se encontró en la Ambrosiana y está datado en el siglo X, aunque un vestigio de misal con oraciones y las dos lecturas se encuentra ya en el códice de Bruselas del siglo VIII. 

Al principio, algunas iglesias unieron el sacramentario con el antifonario e incluso con el leccionario por razones económicas. Otros escribieron en los márgenes de los sacramentarios las partes que faltaban, vale decir, aquellas contenidas en los libros destinado a los cantores y lectores. 

El elemento distintivo de los misales es el lugar señalado al canon. Para mayor comodidad se lo encuentra con mucha frecuencia en medio del libro, entre el propio del tiempo y el de los santos. A veces inmediatamente antes de la fiesta de Pascua, como ocurría en el misal plenario vaticano (siglos X-XI) y en casi todos los misales más recientes. Usualmente comienzan con la Misa de Navidad, pero no faltan manuscritos que comienzan con el Adviento, como el de Areezzo del siglo XI. Un vez que el canon quedó fijado hasta en sus detalles más pequeños, las diferencias posteriores sólo afectan al principio y al fin de la Misa. Paulatinamente se van añadiendo más fiestas de la Virgen y de los santos. Después del siglo XIII, los misales plenarios predominan sobre los sacramentarios hasta que pronto estos últimos llegan a desaparecer por completo. En la propagación del misal plenario cumplieron un papel fundamental los franciscanos, quienes en 1223 habían adoptado el misal de la curia con los ajustes necesarios a su práctica mendicante. 

 Inicio del Canon (Ratisbona, 1870)

Con la aparición del protestantismo hubo de reforzarse la autoridad del misal romano. En la sesión XXV del Concilio de Trento (3 y 4 de diciembre de 1563), los padres conciliares pidieron al Papa que acometiera esa revisión, dado que ellos no la habían podido realizar por falta de tiempo. El papa Pío IV (1559-1565) instituyó una comisión para este fin, posteriormente reformada por San Pío V, la que trabajó durante siete años (1563-1570). Como fuere, esta comisión no pretendió elaborar una nueva forma de celebración de la Santa Misa, sino que limitó su cometido a retocar y poner al día el misal en uso por la Curia Romana desde hacía un siglo y cuyos antecedentes se remontan hasta el siglo IV. De ahí que este nuevo misal sea sustancialmente coincidente con el codificado en 1474, que provenía de aquel adaptado por los franciscanos y adoptado por el papa Clemente V de Aviñón (1305-1314) para su propia corte pontificia. Este nuevo misal redujo las Misas votivas y las propias de los santos; revisó las oraciones privadas y los gestos del celebrante, eliminando algunas expresiones desordenadas fruto de una piedad individual malentendida; y suprimió la mayoría de las secuencias. Esta reforma fue completada en 1588 por el papa Sixto V (1585-1590) con la creación de la Sagrada Congregación de Ritos, encargada de velar por la corrección de las celebraciones litúrgicas. 

Su labor casi se limitó a desterrar de la liturgia un corto número de elementos extraños que habían hecho su aparición sobre todo en los países del Norte de Europa cuando declinaba la Edad Media. Tras su publicación, el misal romano tuvo algunas modificaciones en las rúbricas y en la inclusión de formularios para los nuevos santos por disposición de los papas Clemente VIII (1604), Urbano VIII (1634) y Benedicto XV (1920). Por su parte, tanto Benedicto XV (1920) como Pío XI (1929) introdujeron nuevos prefacios, dos cada uno de ellos. Estas reformas, empero, no afectaron la estructura del rito, sino que se limitaron a adaptar la música de la Iglesia a las formas solemnes de culto, regular las Misas rezadas y fomentar la participación de los fieles en las funciones litúrgicas. 

El papa Juan XXIII dispuso la agregación de un nuevo cuerpo de rúbricas a este misal, ordenando la promulgación de una nueva edición típica merced a un decreto de 23 de junio de 1962, respecto del cual parece que el criterio mayoritario entre los liturgistas se decanta a favor de señalar que en él resulta escaso el poso específico de San Pío V. En dicha edición se incluía también una modificación de la oración del Oficio de Viernes Santo, el que ya había sufrido cambios (como toda la Semana Santa) merced a la reforma piana de 1955. A fines de aquel mismo año fue agregada al canon la referencia a San José, obra de piedad filial que ha sido completada recientemente mediante la incorporación del Santo Patriarca en las restantes tres plegarias eucarísticas del nuevo misal por decreto de la Congregación del Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos de 1 de mayo de 2013. 

 Misal de altar de la edición típica de 1962 del Missale Romanum
(Imagen: Sancta Missa.org)

Tal era el estado del misal romano al comienzo y durante del Concilio Vaticano II, el que habría de alterar sustancialmente la forma de celebración de la Santa Misa más allá de la cuestión lingüística (SC 36) o de la orientación del sacerdote (IGMR 299), también posibles en la hoy denominada forma ordinaria. El nuevo misal sancionado por el papa Pablo VI en 1969 sólo contiene las oraciones que deben decirse en la Santa Misa, quedando las lecturas (ahora dos entre semana, dividas en años pares e impares, y tres los domingos, según un ciclo de tres años) para el leccionario. 

El misal tridentino comienza por insertar algunos documentos pontificios referentes al misal, y algunas oraciones para la preparación de la Misa y de acción de gracias para después de ella, que fueron apareciendo desde el siglo XI. El cuerpo del misal propiamente tal se ordena de la siguiente forma: (i) las Misas del tiempo, desde Adviento hasta Pascua; (ii) el ordinario de la Misa sin las bendiciones episcopales, y en un principio con sólo once prefacios (en 1962 contaba con quince, sin contar el propio de algunos santos, como San José, Santa Teresa, etcétera); (iii) las Misas del tiempo desde Pascua hasta Adviento; (iv) el propio de los santos; (v) el común de los santos y Misas votivas; (vi) las fórmulas de bendiciones relacionadas con la Misa, el agua, los alimentos, cirios, ornamentos sacerdotales, etcétera, y (vii) el propio diocesano. 


Misal Romano reformado (3a ed., 2002)

Desde el motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, este misal corresponde a la forma extraordinaria del rito romano. La forma ordinaria es, por su parte, la tercera edición típica del misal publicado en 1970.

Conviene recordar que, con anterioridad a la reforma de 1969, los sacerdotes con problemas de visión obtenían fácilmente el indulto para celebrar exclusivamente las Misas votivas de la Virgen María en Sábado (se trata de cinco formularios en total según el tiempo litúrgico, tres de los cuales usan la Misa Salve sancta Parens con pequeñas modificaciones) y la de difuntos, fuese de memoria, fuese siguiendo el Missale caecutientium, que reproducía los textos correspondientes pero impresos en caracteres de gran tamaño. En la actualidad, el sacerdote ciego o que sufre otra enfermedad puede celebrar el Sacrifico eucarístico con cualquier texto de la Misa de entre los aprobados (canon 930 § 2 CIC).


Missale caecutientium
Fuera del rito romano existen también otros misales, donde se contienen las oraciones, rúbricas y ceremonias propias de los demás ritos admitidos por la Iglesia. Existe así un misal para el rito mozárabe, bracarense, lionés y ambrosiano. En el caso del primero y el último, hay además una versión reformada conforme a las indicaciones posconciliares. También algunas órdenes religiosas poseen misales propios, como es el caso de los dominicos, los carmelitas, los cartujos, los cistircenses y los premonstratenses.  

viernes, 23 de junio de 2017

50 años de Magnificat: la conferencia del Rvdo. Andrés Chamorro (segunda parte)

Les ofrecemos hoy la segunda parte de la ponencia presentada por el Rvdo. Andrés Chamorro de la Cuadra, miembro de la Comisión Doctrinal y ex Rector del Seminario de la Diócesis de San Bernardo, en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, celebrado en agosto de 2016 para festejar el quincuagésimo aniversario de nuestra Asociación. 


Rvdo. Andrés Chamorro
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Santa Misa, verdadero Sacrificio: sus fines y sus frutos

Rvdo. Andrés Chamorro 


1. Los fines y frutos de este Sacrificio[1]

Si la Misa es sacrificio, ha de tener todas las finalidades que por su esencia corresponden a todo sacrificio, lo que no rebaja el valor del sacrificio de Cristo en la Cruz, como sostienen los protestantes, porque lo que hace es actualizar y aplicar el valor meritorio de la satisfacción sobreabundante de Jesucristo.

La enseñanza constante de la Iglesia, fundada en la Escritura y la Tradición apostólica afirma cuatro fines en la Misa: latréutico, eucarístico, propiciatorio e impetratorio. Es necesario definirlos adecuadamente para conocer su eficiencia.


(a) El fin latréutico es la adoración y el culto que se le debe a Dios como Creador, Conservador y Gobernador de todo lo creado. Comporta el acto de la virtud de la religión que es esencial y primario en todo sacrificio.

(b) El fin eucarístico es el agradecimiento a Dios que se le debe en justicia en cuanto autor de todos los innumerables beneficios que nos dispensa; y esta finalidad es también esencial al sacrificio en cuanto es un obsequio a Dios. 

(c) La tercera finalidad admite a su vez tres dimensiones inseparables entre sí, que sin embargo se distinguen. El pecado es una ofensa a Dios que exige una penitencia interna en cuanto detestación de dicha ofensa; pero además, en justicia, requiere una reparación de la injuria cometida, por eso el sacrificio se llama satisfactorio en cuanto ofrece una compensación conveniente y proporcionada a Dios; se llama propiciatorio en cuanto pretende hacer a Dios propicio, es decir, que haga desaparecer el rechazo divino hacia el pecado y el pecador; y el sacrificio se llama expiatorio en cuanto quiere destruir el impedimento para la unión y amistad con Dios en la persona del pecador.

(d) El cuarto fin es el impetratorio, por medio del cual se reconoce a Dios como autor de todos los bienes y que nosotros necesitamos de Él; es un reconocimiento de su poder y de su bondad por el que le suplicamos que siga otorgándonos su protección.


La Misa tiene estos cuatro fines y con un valor infinito en razón de que es una acción de Cristo como sacerdote o causa principal; el sacerdote ministerial es causa instrumental que no puede desvirtuar o disminuir este valor. Y también la Misa tiene valor infinito en razón de la víctima ofrecida que es el mismo Cristo.

En razón del Sacerdote principal y de la Víctima, la eficacia de la Misa para obtener sus fines esenciales puede decirse que es ex opere operato, es decir, en virtud de la misma acción realizada. Sin embargo, esta eficacia puede quedar limitada por razón del sujeto o término  a que se refieren sus fines.

Los fines latréutico, eucarístico y propiciatorio que tienen por término a Dios a quien se adora, se agradece y se hace propicio, son de eficacia infinita y no quedan limitados por las criaturas.

Pero cuando los fines se refieren a los hombres, por su misma naturaleza no pueden alcanzar un efecto o valor infinitos. Tal es el caso del fin impetratorio de dones y gracias, del fin expiatorio de los pecados y del fin satisfactorio de las penas temporales debidas a los pecados ya perdonados en cuanto a las culpas, ya sea en esta vida o en el Purgatorio.

Las razones de esta eficacia finita son tres:


(a) La capacidad finita del sujeto a que refieren estos tres fines (imperatorio, expiatorio y satisfactorio). 

(b) La práctica de la Iglesia que ofrece o hace ofrecer multiplicidad de Misas para obtener un determinado fin expiatorio de pecados, o impetratorio de una misma gracia, o en sufragio de un mismo difunto. Con lo cual da a entender que estos frutos se consiguen, con cada Misa, en manera limitada.

(c) La razón última tiene que buscarse en la voluntad de Cristo que así lo quiso al instituir este sacrificio. Y así como los sacramentos, que son acciones de Cristo, obtienen su fruto de una manera limitada en el sujeto que los recibe, lo mismo hay que pensar de los frutos de la misa.

Aunque algunos fines o frutos de la Misa sean de este modo limitados en un sujeto por lo que se aplican, no por ello los frutos de la Misa se limitan a pocos sujetos, como acción sacrificial de Cristo, tiene capacidad para extender su acción y eficacia de una manera indefinida. Así, la Misa no disminuye su capacidad o eficacia fructífera porque sea oída o aplicada por muchos.

 (Imagen: Wikimedia Commons)

Los frutos de la Misa alcanzan a diversos sujetos:


(a) A toda la Santa Iglesia, es decir, a todos los fieles cristianos vivos y difuntos: se llama fruto general.

(b) A todos los están presentes en una Misa, han procurado que se celebre o ayudan en ella: se llama fruto especial.

(c) Al mismo sacerdote celebrante en cuanto ha realizado el acto voluntario de celebrarla y en cuanto es una acción sacrificial instrumental: se llama fruto especialísimo.

(d) A quien o a quienes el sacerdote ministerial ha querido aplicar una determina intención, en cuanto es dispensador de los ministerios de Dios y pertenece a su ministerio el ofrecer el Sacrificio: se llama fruto ministerial[2].

Finalmente, hay que tener presente que, como en todos los sacramentos, quienes asisten a Misa recibirán mayor intensidad de sus frutos, o más perfectamente, según las disposiciones internas con las que se encuentren. Etas disposiciones no se refieren solamente a las necesarias para recibir este Sacramento en la Comunión, sino también y antes en el Sacrificio mismo que tiene su momento esencial en la transubstanciación o consagración; y que se pueden sintetizar en el ejercicio actual de las virtudes teologales y de la virtud de la religión, a la que pertenece la oración y el sacrificio u ofrenda personal a Dios, en unión a los fines de la Misa.

Terminemos escuchando la voz del Doctor Angélico que nos muestra el grandísimo amor de nuestro Señor Jesucristo por nosotros en este Santísimo Sacramento: "Mientras tanto, sin embargo, no ha querido privarnos de su presencia corporal en el tiempo de la peregrinación, sino que nos une con él en este sacramento por la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por eso dice en Jn 6, 57: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Por tanto, este sacramento es signo de la más grande caridad y aliento de nuestra esperanza, por la unión tan familiar de Cristo con nosotros"[3].

 (Imagen: Radio Cristiandad)



[1] Cfr. NICOLAU, M., Nueva Pascua de la Nueva Alianza (Santiago, Ediciones Studium, 1973), pp. 179-215.

[2] Es respecto de este fruto ministerial o aplicación de la intención de la Misa, como suele denominársele, que se ha puesto un interrogante en la época contemporánea y que se refiere a la dimensión canónica de estos conceptos teológicos, y que aquí solamente menciono brevemente: la problemática de las llamas Misas de “intención colectiva. Se trata de una práctica que comenzó después del Concilio Vaticano II en algunos países, especialmente latinoamericanos en razón de la escasez de sacerdotes y otros motivos. Pero fue clarificado canónicamente sólo en el año 1991  por la Santa Sede mediante un Decreto (cfr. Congregación del Clero, Decreto Mos lugiter, de 22 de febrero de 1991, el que se reproduce como anexo). En el Código de Derecho Canónico de 1983 permanece la norma tradicional de que por cada Misa que se celebre el sacerdote puede aplicarla por una intención con un solo estipendio. Las Misas “colectivas” son aquellas que con una sola Misa se satisfacen las intenciones de varias personas oferentes. En el referido decreto se precisa que esas personas deben de estar de acuerdo y así solicitarlo, y el sacerdote sólo puede recibir el dinero correspondiente al monto de un estipendio y el resto se ocupará según los fines establecidos por el Ordinario propio. Este tipo de Misas sólo está permitido celebrarlas dos veces a la semana en un mismo lugar. Teológicamente, esto es posible, según lo dicho más arriba, en razón de la extensión indefinida del valor de la Misa. No es el caso de la limitación de algunos frutos en razón de la limitación del sujeto por quien se ofrece.

[3] Summa Theologica, III, q. 75, a. 1 in c.