sábado, 19 de agosto de 2017

Fundaciones benedictinas reformadas tradicionales (I): La abadía cisterciense de Vyšší Brod (Hohenfurth)

Son numerosas las órdenes, tanto monásticas como mendicantes, que han pasado en su historia por procesos de reforma luego de relajarse la observancia de la respectiva regla, buscándose mediante una observancia más estricta un retorno a la pureza original de ésta. Es también el caso de la tradición benedictina, a partir de la cual han surgido numerosos movimientos reformados, entre los que destacan los cistercienses, los trapenses, camaldulenses y silvestrinos.

En tiempos recientes, en que los frutos prometidos del Concilio Vaticano II tampoco se han manifestado en el monasticismo (el que desde hace al menos medio siglo se encuentra en una innegable y profunda crisis), algunas comunidades, a través del retorno a la liturgia tradicional y, en especial, a su rito propio (en el caso de aquellas que lo tengan), han expresado su deseo de regresar a una vida monástica más auténtica y más acorde con la espiritualidad original de San Benito. Esto como efecto secundario positivo ha suscitado en algunos de esos monasterios un aumento de las vocaciones jóvenes. Habiéndonos ya referido en una entrada al monasticismo tradicional benedictino no reformado, hemos preparado para nuestros lectores una serie de dos entradas dedicadas a comunidades monásticas benedictinas reformadas que han retomado la liturgia tradicional; la primera, que publicamos ahora, dedicada a la abadía cisterciense de Vyšší Brod (República Checa) y la segunda, de próxima aparición, a la Trapa de Mariawald (Alemania).

 Los tres santos abades fundadores del Císter (miniatura, S. XIII)

La orden cisterciense

La orden cisterciense (llamada hoy de la Común Observancia, por oposición a la reforma trapense) fue fundada en Francia en 1098 en Císter o Cîteaux (Cistercium, en latín, de donde deriva el nombre de la orden), localidad cercana a Dijon, donde un grupo de monjes provenientes de la abadía de Molesmes fundaron una nueva abadía, en la cual esperaban retomar la observancia original de la regla de San Benito, la que consideraban había sido descuidada por los monasterios seguidores del movimiento de Cluny al abandonar éste el trabajo manual y al acumular gran cantidad de prebendas y privilegios. Entre aquellos monjes destacan San Roberto de Molesmes, San Alberico de Císter y San Esteban Harding, quienes fueron los tres primeros abades de la abadía de Císter, cuya vida fue novelada con gran acierto por el trapense M. Raymond (1903-1990) en la obra Tres monjes rebeldes (hay una versión castellana publicada por la Editorial Herder). En 1113 ingresó a la abadía San Bernardo de Claraval junto a varios familiares y acompañantes (hasta treinta, según algunas fuentes), quien sería determinante en la rápida expansión de la orden por toda Europa.

 Filippino Lippi, Aparición de Nuestra Señora a San Bernardo (1486, Badia Fiorentina)
(Imagen: Wikimedia Commons)

La clave de la vida cisterciense fue la observancia literal de la regla de San Benito, procurándose la austeridad de vida y el cultivo del trabajo manual, en especial de la agricultura. A través de este énfasis, la orden cisterciense logró grandes avances técnicos, especialmente en los campos de la agricultura, la arquitectura, la ingeniería hidráulica y la metalurgia, desempeñando un papel clave en el desarrollo tecnológico durante la Edad Media. 

Sin embargo, la orden sufrió un declive considerable en su influencia, primero por el surgimiento de las órdenes mendicantes a partir del siglo XIII y por las dificultades para mantener la observancia estricta en todos los monasterios de la orden, y posteriormente por la disolución de los conventos por Enrique VIII y la reforma protestante en Inglaterra, por la Revolución Francesa y por la oposición del movimiento ilustrado a la vida monástica, la que se manifestó especialmente en los dominios de los Habsburgo en las medidas del Josefinismo contra los monasterios y conventos. Sin embargo, algunas comunidades sobrevivieron y a partir del siglo XIX se constata una recuperación de la vida cisterciense. En los años del posconcilio, la orden, que adoptó de modo generalizado el Misal reformado de Pablo VI y abandonó el rito propio cisterciense, ha sufrido también con la baja generalizada de vocaciones, aunque subsisten numerosas comunidades repartidas en varios continentes. Según estadísticas oficiales de la orden, ésta cuenta actualmente con 1626 miembros masculinos, entre profesos solemnes, temporales y novicios (2015), y 825 religiosas de la rama femenina (2014).



La abadía de Vyšší Brod
(Imagen: Wikimedia Commons)

La historia de Vyšší Brod (Hohenfurth)

La abadía de Vyšší Brod (en alemán, Hohenfurth; en latín, Altum Vadum) se ubica en la actual República Checa, muy cercano a la frontera austríaca. Junto con la abadía de Osek, es la última abadía todavía existente de las numerosas abadías cistercienses históricas fundadas en la antigua Bohemia y Moravia (diez en Bohemia y tres en Moravia). Cuatro de ellas fueron destruidas en el curso de las Guerras husitas y otras siete fueron suprimidas a consecuencia de las medidas del Emperador José II en contra de la vida monástica

Vyšší Brod fue fundada en 1259 por Vok de Rožmberk (Rosenberg), Mariscal del Reino de Bohemia, quien se dirigió al Abad General de la orden cisterciense para que éste proveyera a la recién fundada abadía de monjes que la habitaran. El Abad General dispuso que monjes provenientes de la abadía de Wilhering, ubicada cerca de Linz (Austria), en la ribera del Danubio, poblaran Vyšší Brod. En 1870, Vyšší Brod obtuvo autonomía jurisdiccional de manos del Emperador Francisco José I.

 Escena de la Natividad del Señor del Altar de Vyšší Brod, obra del llamado Maestro de Vyšší Brod o de Hagenfurth (circa 1350)

Pese a haber resistido las grandes vicisitudes que supusieron las Guerras husitas, la Guerra de los Treinta Años, las reformas del Josefinismo y la Primera Guerra Mundial, la abadía fue disuelta por primera vez en 1941 por las autoridades alemanas luego de la anexión de los Sudetes por parte del Tercer Reich. Los monjes, que en ese momento sumaban 69 (el mayor número alcanzado en los 700 años de historia de la abadía y que hacía de ella en ese momento la abadía cisterciense con más miembros), fueron dispersados. Durante la Segunda Guerra Mundial, veintiún monjes, entre sacerdotes, seminaristas y hermanos legos, fueron enrolados, muriendo diez de ellos.  

En 1945, algunos de los monjes que eran pastores de las parroquias asociadas a la abadía, fueron expulsados junto con los fieles de etnia alemana. En 1948 las autoridades comunistas se apoderaron de la abadía y el último abad, Dom Tecelin Jaksch, debió huir a Austria, país en el cual la mayor parte de los monjes fueron acogidos en las abadías cistercienses allí existentes. En 1950 la abadía fue suprimida oficialmente por el gobierno comunista, pasando a ser una barraca y puesto fronterizo del ejército checoslovaco durante diez años, siendo luego abandonados los edificios. Luego de un fallido intento de refundación por parte del Prior Regente en Schillingsfürst (Bamberg, Alemania), la abadía de Vyšší Brod acordó en 1959 una fusión con la abadía de Rein, a la cual la unían desde su fundación estrechos lazos (la abadía de Wilhering había sido poblada a su vez por monjes de la abadía de Rein en 1146). Para 1977 la comunidad de Vyšší Brod se reducía a nueve miembros. 

Luego de la caída del comunismo en 1990, los últimos dos Padres checos pudieron regresar a Vyšší Brod. Otros miembros de la comunidad que vivían en Alemania no pudieron hacerlo debido a su avanzada edad. Pese a las grandes dificultades, una pequeña comunidad más joven pudo celebrar en 1998 en Vyšší Brod los 800 años de la orden cisterciense. La Providencia y la ayuda material proveniente de Austria han facilitado el restablecimiento de la vida monástica en la abadía.


Interior de la abadía
(Foto: Czech Tourism)

El retorno a la liturgia tradicional

A partir de 2012, la comunidad de Vyšší Brod regresó a su rito propio, el rito cisterciense, celebrándose actualmente tanto la Misa conventual diaria como la totalidad del Oficio Divino en conformidad con dicho rito

Debe aclararse que la Misa es celebrada al modo en que era celebrada por los cistercienses inmediatamente antes de la reforma litúrgica posconciliar, pues, en estricto rigor, el rito cisterciense original (uno de aquellos que San Pío V, al momento de promulgar el Misal Romano, permitió seguir celebrando por su antigüedad mayor a 200 años) había sufrido en el siglo XVII bajo Dom Claude Vaussin (1608-1670) como Abad General (1643-1670) una fuerte romanización, la cual redujo considerablemente las diferencias del Misal cisterciense respecto del Misal Romano tradicional, aunque se conservaron varias particularidades (sobre la historia del rito y sus singularidades antes y después de la reforma romanizante puede verse aquí; fotos del rito previas al Concilio Vaticano II pueden verse aquí). Los intentos de reconstrucción del rito cisterciense medieval en tres casas de la orden durante las décadas de 1930 y 1940 no pasaron de ser experimentos aislados, que finalmente no prosperaron.


Misa en la abadía
(Fotos: Rorate Caeli)


Video de la Misa Pontifical tradicional celebrada en 2012 en Vyšší Brod por el Dom Josef Vollberg OCSO, Abad de Mariawald

jueves, 17 de agosto de 2017

Declaración de la Conferencia Episcopal chilena sobre la despenalización del aborto

Durante esta semana se conocen en el Tribunal Constitucional los requerimientos presentados por senadores y diputados de la Alianza por Chile destinados a que el proyecto que despenaliza el aborto en tres supuestos sea declarado inconstitucional y, por consiguiente, no pueda ser promulgado como ley. 

En ese marco, el pasado lunes 14 la Conferencia Episcopal de Chile hizo público un documento donde hace presente a dicho organismo sus observaciones al así denominado “proyecto de ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo en tres causales” presentado por el gobierno de la Presidente Michelle Bachelet. En dicho texto, el Episcopado recuerda que “desde el anuncio del proyecto y durante su tramitación ha insistido en la enseñanza reiterada y constante de la Iglesia acerca de la defensa y promoción de la vida en toda circunstancia”. Ella, condensada en el Catecismo de la Iglesia Católica, consiste en la invariable reiteración de "la malicia moral de todo aborto provocado [...] El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral" (CCE 2271). De ahí que "la cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana" (CCE 2272). Sobre el punto, reproduciendo la declaración hecha en 2010 por la Conferencia Episcopal, tratamos en esta entrada

El texto con las observaciones de la Conferencia Episcopal de Chile puede ser consultado aquí

Feto de 10 semanas de gestación. El proyecto chileno permite el aborto hasta la duodécima semana

Asimismo, resulta recomendable la lectura los otros documentos recientes del episcopado chileno sobre la materia:




(d) El derecho humano a la vida, a una vida digna para toda persona. Mensaje de la Conferencia Episcopal de Chile en torno al proyecto de ley sobre despenalización del aborto (25 de marzo de 2015).

miércoles, 16 de agosto de 2017

Introducción a Magnificat. Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas (II)

Ya hemos señalado en la primera parte de esta serie que, como parte de los preparativos del IV Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, fijado para 2019, dedicaremos cada cierto tiempo alguna entrada a tratar diversos aspectos relacionados con la música sagrada, tema al cual se abocará dicha versión. Con ésta cerramos la reproducción de la introducción de Magnificat. Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas escrito por el Rvdo. Milan Tisma Díaz, capellán de nuestra Asociación, y publicado en 2004 por la Editorial Cor Salvatoris. 

Francesco Bergamini, Frailes franciscanos en el coro
(Imagen: Pinterest

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Introducción

Un canto veraz

Esta es una cuestión de capital importancia: el canto y la música en la liturgia deben estar al servicio de la verdad cultual. Es decir, han de estar verdaderamente orientados a establecer la comunión de los hombres con Dios. El canto y la alabanza son respuesta amorosa a Dios que se revela. Esa respuesta requiere una disciplina que incluye la paz, la reverencia y el rechazo a todo elemento que impida la adoración en espíritu y en verdad. El canto debe expresar nuestro sitio y postura ante Dios y brindar elementos básicos para entrar en comunión con el misterio celebrado y con los hermanos en la fe. El canto es un medio y no un fin en sí mismo; con sus acentos graves o alegres –pero siempre religiosos- nos debe conducir al asombro y al respeto y transmitirnos con nitidez el sentimiento de lo sagrado.

Otro aspecto de la veracidad es el referido al contenido textual de los cantos. La Iglesia ha entendido tradicionalmente que su modo de hacer música difiere sustancialmente de la forma profana, puesto que esta es autónoma y la suya remite directamente al contenido recibido por medio de la Revelación. Es Dios mismo, ya desde el Antiguo Testamento, quien en los salmos inspira y revela los contenidos de la plegaria que le es grata. Esto significa que la alabanza, cantada como respuesta humana a la manifestación de Dios para ser correcta, debe incluir las expresiones que el propio Dios ha enseñado. Es por esto que en el vocabulario litúrgico resuenan casi siempre, a manera de eco, los modos de hablar de la Escritura. Es el lenguaje con el que Dios-Esposo se dirige a la Iglesia-Esposa. Un verdadero canto litúrgico será, por tanto, un canto referido a la Palabra de Dios y al itinerario celebrativo de la Iglesia. Es decir, un canto de la Iglesia, para ser veraz debe estar asociado al canto eterno del Verbo Divino en el seno del Padre.

Cristo es ese himno sublime que Dios se canta a sí mismo eternamente y que brota en inenarrables armonías desde las profundidades de su propia divinidad. El Padre Eterno encuentras sus complacencias en este canto ya que expresa cabalmente sus infinitas perfecciones. Pero desde el momento de la Encarnación, el Verbo asoció a toda la creación a ese himno grandioso de alabanza y, una vez terminada su misión redentora en la tierra, Cristo dejó a su amadísima Esposa -la Iglesia- el encargo de perpetuar a través de los tiempos ese canto que, incoado por Él aquí en la tierra, ahora dirige vivo y glorioso desde el cielo como Cabeza del cuerpo místico. Esa es la liturgia y esta es la esencia misma del canto sagrado: cantar, por boca de la Iglesia, las alabanzas del mismo Cristo ofrecidas a Dios Padre en el Espíritu Santo.

Un tercer aspecto de la veracidad es el de la adecuación de los recursos musicales a ese contenido objetivo de la vox sponsae (voz de la esposa). Un contenido noble requiere un continente igual o proporcionalmente noble puesto que hay que tratar santamente las cosas santas. Este es un principio elemental de la liturgia cristiana y uno de los aspectos más distintivos de nuestro rito romano. El canto y la música deben ser nobles ya que están al servicio de contenidos tremendos y misteriosos.

Esta nobleza significa que, llevados por un espíritu de genuina reverencia, tratamos de ofrecer a Dios lo mejor, reconociendo que Él es la Belleza suma, que merece de nuestra parte una alabanza armoniosa y que nuestra naturaleza redimida está orientada a la bienaventuranza eterna.

El canto debe ser bello para reflejar el esplendo de la verdad y anunciar a todos los hombres el triunfo de la Resurrección. No puede hacerse cómplice de un modo musical trivial o pueril que incapacite gradualmente para escuchar y expresar los contenidos de la fe.

Para que el canto y la música no se emancipen de la liturgia o se prostituyan ante contenidos ajenos a ella, resulta conveniente tener en cuenta otros principios elementales.

 José Gallegos y Arnosa, El coro

La continuidad de nuestra tradición litúrgico-musical

Desde la tradición continua y homogénea de la Iglesia se nos recuerda que la Sagrada Liturgia es participación en el diálogo trinitario: no es primariamente un hacer nuestro, sino ante todo un “opus Trinitatises decir, acción de Dios en nosotros y con nosotros. Un énfasis en la acción sagrada tal como es propuesta y ordenada por la Iglesia libera a la liturgia, y en particular al canto, del verbalismo desatado que todo lo quiere explicar racionalmente. De este modo los cantos, cuando son verdaderamente sagrados, dejan a la liturgia hablar por sí misma y animan a los fieles en el verdadero espíritu litúrgico evitándoles la divagación por zonas imprecisas de la expresión religiosa.

La continuidad de nuestra tradición litúrgico-musical supone también dar un sitio de honor a la herencia de la música sagrada, la cual constituye un tesoro de valor estimable. Cantar y tocar la buena música del pasado es una manera en la que los creyentes permanecen en contacto con su rica herencia y la preservan. Hoy los encargados de la música tienen un desafío sin precedentes: deben realzar la celebración con nuevas creaciones llenas de variedad y riqueza, compaginándolas con aquellas composiciones del tesoro litúrgico. Más aún, han de incorporar aquellas nuevas formas musicales que se hayan desarrollados orgánicamente a partir de las ya existentes. Como prudentes administradores, los músicos de Iglesia deben sacar de su arca lo nuevo y lo antiguo.

Mantener esta continuidad con nuestras tradiciones va más allá de una simple restauración del pasado, puesto que la continuidad siempre supone un desarrollo. Este desarrollo es, en la liturgia de la Iglesia, un proceso delicado, análogo al que se da en la progresiva comprensión de las verdades doctrinales. De modo que hacer o concebir hoy la música litúrgica sin tener en consideración la riquísima tradición precedente sólo conduce a soluciones transitorias, de poca calidad y culturalmente insignificantes.

 Miniatura medieval que muestra al canto gregoriano como un acto de culto verdadero a Dios

La fidelidad a la Iglesia

La fidelidad es mejor entendida en términos de "comunión", un concepto de la naturaleza eclesial muy estimado en nuestros días. La fidelidad a las normas litúrgicas es un signo concreto de la comunión con nuestro obispo y de nuestra comunión con la sede de Pedro. La fidelidad en la liturgia es una cuestión de caridad, unidad y, en último término, de fe. Como ministros de la Iglesia cada uno debería valorar la Sagrada Liturgia como algo que nos supera por ser más grande que nosotros mismos. Es cierto que supone una labor humana fruto de una experiencia multisecular, pero ese itinerario eclesial ha sido inspirado continuamente por el Espíritu Santo que ordena con su sabiduría lo grande y lo pequeño.

La fidelidad también requiere un profundo “sensus Ecclesiae (sentido de Iglesia). Es decir, una comprensión de la liturgia como “Mysterium” que, confiado por la Iglesia a sus ministros, se debe celebrar para el bien de todo el pueblo de Dios según la mente de la misma Iglesia. Puesto que la Sagrada Liturgia es un bien peculiar de toda la Iglesia debemos, con espíritu de profunda fe y obediencia, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana frente a ella. Sería muy triste que el canto, servidor tan efectivo de la comunión con Dios y con los hermanos, por estar tan estrechamente vinculado a la celebración donde “congregavit nos in unum Christi amor”, se hiciera instrumento de divisiones y graves distorsiones en el seno de la comunidad a causa del olvido o ignorancia de las normas establecidas por la autoridad de la Iglesia.

La fidelidad a las normas trae consigo muchas ventajas para la vida litúrgica de la comunidad, tanto en el plano espiritual como ritual. Entre todas estas ventajas deseo resaltar aquí una especialmente significativa: la fidelidad a la Iglesia nos libra del tribalismo litúrgico-musical. Comparando el modo de ejecutar la música y el canto en las diversas comunidades cristianas, se advierte enseguida la ausencia de un repertorio mínimo en común y la falta de unidad en torno a los textos del gran patrimonio litúrgico. Es por esto que la fidelidad a las prescripciones se transforma en una ayuda para tomar clara conciencia de que un canto, para que sea plegaria de la Iglesia, es necesario que supere el ámbito puramente personal o local y tenga un matiz verdaderamente eclesial o comunitario en el significado más pleno de la palabra. Dicho de otro modo, el canto debe abarcar, por su contenido y forma de ejecución, no simplemente a la pequeña asamblea reunida, sino que debe expresar la plegaria de la Iglesia Católica.

 Jean Georges Vibert, El coro conventual

El sentido pastoral de la Liturgia

La fidelidad a las normas litúrgicas supone también una fidelidad al pueblo católico ya que el canto mientras se afana en dar gloria al Señor busca la santificación de los fieles. Un ejercicio auténticamente pastoral del ministerio musical debe estar conformado por los principios más arriba expuestos.

-        (i) La música y el canto deben ser veraces y poner a Dios en el centro de la celebración.

-        (ii) Estar dotados de las cualidades que los hagan aptos para el culto divino.

-        (iii) Mantener la continuidad con la tradición litúrgica; y 

-        (iv) Ser fieles a las normas de la Iglesia.

Estos principios nos invitan a dar al pueblo creyente lo mejor, para que su participación en la acción sagrada con canto sea cada vez más digna, más profunda y penetre en la vida personal trayendo el gozo de la alabanza y el esplendor de la gracia.

El sentido pastoral incluye también una preocupación constante por la promoción de la participación plena, consciente y activa del pueblo en los oficios divinos, la iniciación gradual en formas musicales más perfectas y logradas y el cuidado en procurar los medios catequéticos y pedagógicos para que la participación cantada sea espiritualmente provechosa a todos.

Un modo auténticamente pastoral de hacer música sacra debe hoy tener en consideración lo que los pastores indican sobre este delicado ministerio, sin dejar por ello de tener en debida cuenta el respeto a los valores humanos, a la sensibilidad y a la capacidad de cada comunidad. Así entendida, la “sapienti libertate (sabia libertad) litúrgica, que legitima y ordenadamente se puede dar en materias musicales –cuando la Iglesia así lo permite- debe respetar estrictamente las exigencias de la acción litúrgica y las características distintivas de la música sagrada, teniendo presente la comunidad concreta de vida, su cultura musical y su modo peculiar de expresar la fe.

En el exordio del tercer mileno no deberíamos subestimar la enorme fuerza evangelizadora del culto católico cuando éste es auténtico. Hace siglos un canto veraz fue capaz de disponer el corazón de San Agustín a su conversión definitiva. Hoy la música sacra sigue poseyendo esta enorme virtualidad en la medida que conserva su originalidad y personalidad propia. En nuestros días la tentación es utilizar la música en la liturgia disponiendo de las melodías y textos autónomamente, como de un bien propio, imprimiéndoles un estilo demasiado personal y arbitrario, buscando el recurso fácil y entretenido. A esto, que parece en algunas ocasiones producir efectos mayores y más inmediatos, se le ha dado erróneamente el apelativo de “pastoral”, cuando en realidad un tal modo de proceder denota una piedad subjetiva, un gran individualismo y una confianza excesiva en la capacidad del simple esfuerzo humano en detrimento de la fe en la eficacia santificadora de la plegaria oficial de la Iglesia.

Si queremos tocar el corazón de nuestros contemporáneos con la belleza increada, si queremos de verdad cantar un cántico siempre nuevo; cantar a Dios y encantar al mundo, atrayendo a muchos a la fe de Cristo, será necesario acallar nuestro propio canto y asociarnos a aquel himno que por virtud del Espíritu continuamente el Verbo entona ante el Padre eterno. Dejemos que nuestro canto litúrgico se convierta en auténtico opus Dei (obra de Dios). Ese será el canto más hermoso, el más grato al Señor, el más útil para la santificación de los hombres y, por lo mismo, el más pastoral.

lunes, 14 de agosto de 2017

Los libros litúrgicos (VI): el Breviario

En esta entrada trataremos del Breviario Romano, cerrando con ello la serie dedicada a los libros litúrgicos. 

El Breviario Romano (Breviarium Romanum) es un libro litúrgico que contiene el rezo eclesiástico de todo el año. En síntesis ahí se recogen las oraciones, lecturas bíblicas y salmos que deben ser rezados o recitados en las diferentes horas del día y según el correspondiente período del año litúrgico. Su finalidad es acompañar la Santa Misa con la manifestación pública de la fe en forma de plegaria, por lo que existe sincronía en la progresión de las lecturas.  

Canto del oficio divino
(Ilustración: Divinum Officium)

Los orígenes del Breviario Romano

En latín clásico, breviarium significa el índice, el extracto o el resumen de una obra. Entre los Santos Padres, el término se emplea usualmente en este sentido, y también se observa en ciertos documentos de carácter profano (por ejemplo, el Breviario de Alarico). En el uso litúrgico de la baja Edad Medida designaba muchas veces el folio o fascículo que contenía brevemente las normas para la exacta recitación del Oficio o de la Misa. De ahí que el título de breviario haya servido para designar al código del Oficio Divino (llamado Liber horarum), sea porque representaba el extracto o, mejor dicho, la fusión de varios libros litúrgicos necesarios para su rezo, o también porque, habiendo incluido el fascículo (breviarium) de las normas rubricales, éste, por sinécdoque, acaba por dar el nombre a todo el volumen. Por ejemplo, el Liber horarum en uso en la diócesis de Augsburgo, impreso en 1489, dispone cada una de sus partes siguiendo este orden: Calendarium, Psalterium, Hymnarium, Breviarium, Commune, etcétera. 

La formación del Breviario como libro litúrgico canónico no va más allá del siglo XI y tiene sus comienzos en Italia. Se origen se debió, por una parte, a las exigencias de la recitación privada del Oficio, que se iba extendiendo cada vez más, y por otra parte, a cierta necesidad de coordinación y simplificación de la liturgia, que por esa época se iba abriendo paso. Se sabe que el Oficio fue creado y compuesto para la recitación pública, en coro. Tal fue la forma general en la Iglesia, tanto entre los monjes como entre los sacerdotes seculares, hasta después del siglo XI, aunque en ciertos casos particulares se permitía la recitación privada, siempre de manera reducida (por ejemplo San Pacomio y San Benito la autorizaban para los monjes que están de viaje o tienen otras dificultades). A esta exigencia de celebración se sumaba el hecho de que para el rezo del Oficio era necesario contar con diversos libros, todos ellos difíciles de transportar debido a su gran tamaño. Para su recitación era necesario contar con el Salterio, el Leccionario (integrado por el Antiguo y el Nuevo Testamento), el Homiliario, donde se recogían los escritos de los Padres de la Iglesia, el Martirologio para la vida de los santos, el Antifonario, el Responsorial, el Pasionario o Legendario, el Himnario y el Oracional o Colectario. Estos libros eran diferentes para cada período especial del año litúrgico (Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua) y para el hoy denominado "tiempo ordinario", siendo tal aquel en que no se celebraban las festividades centrales del nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Estos libros formaban, en toda iglesia de cierta importancia, una verdadera biblioteca, tanto por el número como por sus proporciones. Incluso más, para sostenerlos fue diseñado con el tiempo el facistol (término que proviene del occitano antiguo), el cual es un atril grande en que se ponen el libro o libros para cantar en la iglesia y que, en el caso del que sirve para el coro, suele tener cuatro caras que permiten colocar varios volúmenes simultáneamente, cada uno de ellos correspondientes a una voz. 

 Facistol de coro (catedral de Sevilla)

Primero se comenzaron a reunir todos estos volúmenes en uno o dos, dividiéndolos según las estaciones de invierno o verano. En un segundo momento se fundieron juntos de forma ordenada, distribuyendo los distintos elementos (himnos, responsorios, etcétera) en cada oficio y presentándolos en el orden en que debían cantarse. En cambio, cuando el volumen se compilaba para el rezo privado, se limitaba a poner el incipit de los salmos, himnos, antífonas, etcétera, suprimiendo toda notación musical y dejando las lecturas reducidas a pocas líneas. Estos breviarum portatilia, o de cámara, en uno o dos volúmenes, se encuentran ya poco antes del siglo XIII. En los viajes se llevaban sujetos con anillas a la cintura y muchas veces, en las iglesias, se fijaban mediante pequeñas cadenas al atril del coro (de ahí su nombre de breviari incatenati), para comodidad de los sacerdotes que debían trasladarse de un lugar a otro. 

Un tipo de estos breviarios de cámara fue el que se formó en Roma, durante los siglos XII y XIII, en la corte pontificia de Letrán, bajo el auspicio de las tormentosas vicisitudes que no dieron tregua y le obligaron a moverse de un lado a otro de Italia. Inocencio III (1198-1216) lo aprobó y, poco tiempo después, San Francisco de Asís (1181-1226) lo hizo adoptar en la Segunda Regla (1233) por los hermanos menores que eran clérigos, recibiendo sanción del papa Nicolás III (1277-1280). Con el título de Breviarium secundum consuetudinem Romanae Curiae fue ampliamente difundido por los franciscanos y sirvió de base para aquel sancionado por San Pío V. 

La razón de la proliferación de estos breviarios de cámara proviene de la creación de numerosas parroquias rurales, atendidas muchas veces por un solo sacerdote, y de las ordenes mendicantes (franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, mercedarios, etcétera), donde el recorrido de largas distancias para predicar la fe imposibilitaba el rezo del Oficio en coro. De ahí que se hacía imperioso fijar y simplificar los textos a fin de poder recogerlos en algunos volúmenes fácilmente transportables. La invención de la imprenta facilitará todavía más su composición en pequeños formatos. 

 Breviario romano en formato pequeño (Ratisbona, 1936)

El Breviario Romano promulgado por orden del Concilio de Trento

Como ocurrió con todos los libros litúrgicos, el Concilio de Trento ordenó componer un Breviario común para todas las iglesias de rito romano. Hasta entonces, cada obispo tenía autoridad para fijar el texto que debía rezarse en su diócesis, y lo mismo ocurría con las órdenes religiosas. En cumplimiento de ese mandato, San Pío V (1566-1572) terminó la reforma comenzada por el Concilio y promulgó la primera edición típica del Breviario Romano (Breviarium Romanun ex Decreto Sacrosancti Concilio Tridentini Restitutum Summorum Pontificum Cura Recognnitummediante la bula Quod a nobis, de 9 de junio de 1568, permitiendo el uso de todos aquellos otros breviarios que tuviesen una antigüedad probada de al menos 200 años. 

El Breviario tridentino está compuesto de ocho oficios repartido durante la noche y el día: Maitines (antes del amanecer), Laudes (al amanecer), Prima (primera hora después del amanecer, sobre las 6.00 de la mañana), Tercia (tercera hora después de amanecer, sobre las 9.00 horas), Sexta (mediodía, justo después del Ángelus durante el año o el Regina Coeli por Pascua), Nona (sobre las 15.00 horas, Hora de la Misericordia), Vísperas (tras la puesta del sol, habitualmente sobre las 18.00 horas, después del Ángelus durante el año o el Regina Coeli por Pascua) y Completas (antes del descanso nocturno, las 21.00 horas)Cada hora está compuesta por los siguientes elementos: (i) invocación inicial; (ii) himno; (iii) salmodia (a la que se añaden en las horas mayores textos bíblicos no sálmicos llamados cánticos); (iv) lectura bíblica (y lectura patrística en Maitines); (v) responsorio (cántico evangélico, preces y Padre Nuestro en el caso de Laudes y Vísperas); (vi) oración final y despedida. La forma habitual de editar el Breviario era en cuatro tomos o partes, uno para cada estación del año: pars verna, pars aestiva, pars autumnalis y pars hiemalisTambién existía el Diurnal (Diurnale), en un solo tomo, en el que se reunían todas las horas canónicas menos Maitines: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas.


Con posterioridad, el Breviario fue ligeramente modificado por Gregorio XIII (1572-1585) en 1582 para adaptarlo al nuevo calendario, y por Sixto V (1585-1590), quien reintrodujo en  algunas fiestas suprimidas por San Pío V (por ejemplo, la Presentación de la Virgen María). La obra de este último fue continuada por Clemente VIII (1592-1605), quien promulgó una nueva edición típica a través de la bula Cum in Ecclesia, de 10 de mayo de 1602. En ella se corrigieron muchas lecturas hagiográficas y patrísticas, se aceptó la nueva Vulgata, y se aumentó el santoral y el común. Poco después, y a diferencia de sus predecesores, Urbano VIII (1633-1644) decidió reestructurar completamente el breviario desde el punto de vista estilístico por la bula Divinam psalmodiam, de 25 de enero de 1631, con el propósito de adaptar el conocimiento del latín a la época, especialmente en los himnos. Aunque estos himnos se publicaron en 1629, el Breviario recién fue publicado tres años después. Clemente X (1699-1676) también hizo algunas modificaciones, como aumentar las fiestas del calendario y su categoría litúrgica, aunque en 1671 promulgó un decreto, a través de la Congregación de Ritos, que prohibía hacer nuevas reformas por los próximos 50 años, el cual fue confirmado por Clemente XI (1700-1721) y Benedicto XIV (1740-1758).

Sin embargo, todas estas reformas fueron muy tradicionales y respetaron la estructura general del Oficio Divino según la liturgia romana de los siglos IX y X. Por el contrario, la reforma llevada a cabo por San Pío X (1903-1914), merced a la bula Divino afflatu, de 1º de noviembre de 1911, supuso una verdadera revolución en cuanto al desarrollo orgánico del rito. Ella revalorizó el oficio dominical y temporal (casi completamente desplazado por el santoral en el curso de los siglos) y redujo el número de salmos en ciertas horas. Pese a los cambios que efectivamente se concretaron, la reforma tenía un alcance mucho mayor: la propia bula anunciaba el nombramiento de una comisión que debía preparar una revisión más amplia del Breviario y del Misal, la cual no llegó a concretarse por la muerte del Papa en 1914.

El relevo reformista fue tomado Pío XII, quien  hizo publicar en 1956 una nueva edición del Breviario, en la cual quedaron incorporados: (i) el Salterio piano [elaborado por Agustin Bea (1881-1968), creado cardenal en 1959, y promulgado por el motu proprio In cotidianis precibus, de 24 de marzo de 1944], (ii) una simplificación de las rúbricas (a través del decreto de la Sagrada Congregación de Ritos De rubricis ad simpliciorem formam redigendis, de 23 de marzo de 1955) y (iii) las reformas de la Semana Santa (puestas en vigor por el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos Maxima redemptionis, de 16 de noviembre de 1955). En 1962, San Juan XXIII publicó una nueva edición típica del Breviarium Romanum para conformar éste al nuevo código de rúbricas (promulgado con el motu proprio Rubricarum instructum, de 25 de julio de 1960). Fue la última edición típica antes de la introducción de la reforma litúrgica postconciliar, de suerte que tal es el texto que debe seguirse hoy en la forma extraordinaria. 

 (Foto: Catholic Quotes)

El Concilio Vaticano II y el Oficio Divino reformado

Pese a la reforma de Pío XII, todavía subsistía el deseo de simplificar más el Oficio Divino, conservando lo esencial del Breviario Romano y quitando todo aquello extraño que se había agregando con los siglos. El Concilio Vaticano II recogió esta inquietud y el Capítulo IV de la Constitución Sacrosanctum Concilium dispuso la completa revisión del Oficio Divino. Es más, ya desde antes del Concilio el término "Breviario" se había vuelto impropio, pues la Liturgia de las Horas no es (como antaño) un resumen de ninguna otra cosa, sino ella misma la oración colectiva de la Iglesia. Conjuntamente con la promulgación del Misal reformado, el beato Pablo VI promulgó el nuevo Oficio Divino (Officium divinum ex decreto Concilii Oecumenici Vaticani II instauratum) mediante la Constitución apostólica Laudis canticum, de 1° de noviembre de 1970. La Liturgia de las Horas, como se denomina habitualmente, se edita en cuatro volúmenes, ya en latín, ya en lengua vernácula. También existe una versión impresa en un volumen único, donde no se incluye el Oficio de Lecturas. 

Se distinguen en general dos niveles de celebración en la liturgia, las llamadas horas mayores o principales (el Oficio de Lectura, que reemplaza a Maitines, Laudes y Vísperas) y las horas menores (las horas intermedias, vale decir, Tercia, Sexta y Nona, y Completas). Las primeras son de rezo obligado, pudiendo situarse el Oficio de Lectura en cualquier momento del día; de las segundas, en tanto, se cumple la obligación canónico con el rezo de una sola de ellas. 

Cabe tener presente que el rezo del Oficio Divino es obligatorio para quienes llevan alguna forma de vida consagrada, siendo para ellos obligatorio su rezo sub gravis. Esto significa que su omisión voluntaria equivale a materia de pecado mortal, según la respuesta de 15 de noviembre de 2000 dada por la Congregación para el Culto Divino y la Congregación del Clero (véase aquí su texto). Por cierto, el Concilio Vaticano II animaba a rezar esta liturgia a todos los fieles, pues en ella se condensa la forma más perfecta de oración pública de culto a Dios.

 (Foto: Lisa Graas)


Para comprar el Breviario Romano tradicional

Para quienes deseen rezar el Breviario Romano tradicional, la asociación española Sapientiae Sedei Filii ha preparado una edición bilingüe latín-castellano. El Breviario contiene: Laudes I, Laudes II, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, para todo el año litúrgico tradicional. Está dividido según costumbre: (i) Introducción y Ordinario; (ii) Salterio para cada día de la semana en castellano y latín en traducción paralela; (iii) el Propio del Tiempo en castellano y latín en traducción paralela; (iv) el Propio de los Santos en español y latín en traducción paralela; (v) el Común de Santos en castellano y latín en traducción paralela; (vi) las Letanías Mayores en castellano y latín en traducción paralela; (vii) el Oficio de la Bienaventurada Virgen María in Sabbato en castellano y latín en traducción paralela; (viii) el Oficio de Difuntos en castellano y latín en traducción paralela. La edición incluye además: (i) el Oficio Parvo de la Bienaventurada Virgen María para cada día de la semana y según el tiempo litúrgico, con las siguientes horas: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas; y (ii) el Martirologio Romano completo, según la versión de Pío XII, siendo así el único Breviario en toda la historia que facilita ese anexo para el rezo de la Hora Prima en coro, o para su rezo en privado. El Breviario puede adquirirse aquí