jueves, 31 de agosto de 2017

Acerca de la duración de la Misa reformada

Les ofrecemos hoy un pequeño artículo escrito por D. Augusto Merino Medina, asiduo colaborador de esta bitácora, referido a la duración de la Misa reformada (Novus Ordo o Misa de Pablo VI). 

Podría creerse que este punto es una mera cuestión práctica que atañe a la persona concreta del celebrante, de suerte que con algunos sacerdotes la Misa durará más y con otros menos. Todo dependerá, entonces, de la iglesia donde uno oiga Misa. Esto es cierto, pero sólo en parte. Es verdad que la extensión de la Misa celebrada según la forma ordinaria debe mucho a la mayor o menor tendencia al "monicionismo" que tenga el celebrante, pues cuánto más guste de glosar las partes y oraciones de la liturgia tanto más durará la Misa. Sin embargo, detrás hay un aspecto estructural que queda bien reflejado en la respuesta dada por monseñor Bugnini, el artífice de la nueva Misa, cuando su primer esbozo (la llamada "Misa normativa") fue presentada en público. 

En diciembre de 1967, tuvo lugar una asamblea de la Unión Mundial de los Superiores Generales a la que fue invitado el Padre Annibale Bugnini para exponer el contenido de su Misa normativa, la misma que había sido presentada en el Sínodo de octubre de ese año ante el desconcierto de los obispos asistentes. El lazarista cumplió el encargo de manera cabal: para la participación de los fieles —dijo— había que cambiar toda la primera parte de la Misa, especialmente eliminando las oraciones al pie del altar y modificando el acto penitencial, suprimir el Ofertorio (que era una duplicación al lado del Canon) y las oraciones del sacerdote antes de la comunión, cambiar y diversificar las oraciones eucarísticas, etcétera. Tras la conferencia, que se extendió por una hora, comenzaron las preguntas de los Superiores asistentes. La primera de ellas fue directo al punto que ahora nos interesa: "¡Padre, si entiendo bien, después de suprimir el Confíteor y el Ofertorio, acortar el Canon y todo lo que usted nos ha dicho, una Misa privada durará entre diez y doce minutos como máximo!" El Padre Bugnini respondió con toda tranquilidad: ‘¡Así es, pero siempre se puede añadir algo más!"

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La duración en la nueva Misa

Augusto Merino Medina

El lenguaje no verbal es, en la comunicación humana, uno de los más ricos en contenido y más sugerentes. Todo lo que le falta en precisión, propia del lenguaje verbal cuando éste se apoya en el concepto, le sobra en fuerza y poder de convicción. Los hechos hablan, y con más elocuencia, a veces, que las palabras, cosa que saben –o debieran saber- los padres y maestros, puestos a la tarea de educar: más enseña el ejemplo de vida que un diálogo filosófico sobre la vida buena.

Hay un aspecto del lenguaje no verbal que es extraordinariamente sutil y muchas veces poco visible y, por lo mismo, capaz de producir efectos de insospechada fuerza y profundidad: la duración. El transcurso del tiempo en una actividad, el tiempo que se dedica a ella o a cada una de las partes que la componen, puede comunicar tanto o más que muchos otros elementos comunicativos que operan simultáneamente.

Y esto es algo importante de analizar en la Misa del nuevo rito, aquel aprobado por Pablo VI. Porque, en efecto, independientemente de lo que digan los textos escritos por los reformadores que intervinieron en su creación, por ese mismo Papa y por muchos otros partidarios del nuevo rito, éste gravita, en los hechos, en torno a la idea de “asamblea conmemorativa de la Cena del Señor”, idea que se puede formular también de varias otras formas, todas las cuales implican un mensaje básico, fundamental y, más todavía, fundacional: la Misa, en el nuevo rito, no es el sacrificio propiciatorio o satisfactorio de Cristo en la Cruz, representado de modo incruento en el altar por la intermediación del sacerdote que lo ofrece a Dios en nombre de la Divina Víctima (in persona Christi), sino una acción de los fieles –“empoderados”, como se dice ahora, por su calidad de “sacerdotes comunes”- que consiste en que ellos se constituyen en asamblea y rememoran aquel único sacrificio en su “puesta en escena” del Jueves Santo, o sea, como cena pascual.

Aparte del radical cambio de foco que el nuevo rito opera de esta manera, éste, tal como es llevado a cabo en la práctica cotidiana de nuestras parroquias, escenifica aquella “cena” de un modo tal que lo esencial viene a ser la palabra, la comunicación verbal, incluso la conversación entre el “presidente” y los asambleístas, en un tono muchas veces coloquial, como corresponde a una “cena”. 

  "Misa de sanación" en EE.UU.
Es, pues, a la palabra que se dedica la mayor parte del tiempo que la asamblea permanece reunida.

En la práctica, esto se transforma en un casi ininterrumpido discurso por parte del celebrante y de sus “ayudantes” que, desde lo que no podríamos sino llamar “podio”, hablan constantemente, exhortando, explicando, “animando”, mientras la “audiencia” oye más o menos distraída, a menos que se atraiga su atención con adecuadas técnicas retóricas e histriónicas (el repertorio, en este sentido, es inmenso, como atestiguan los innumerables abusos litúrgicos). La posesión y control del micrófono, por ejemplo, que a menudo el “presidente” empuña a lo largo de la ceremonia (o lo tiene siempre a centímetros de su boca) opera como poderoso símbolo de lo que se está haciendo en esta reunión de la “asamblea”. Este largo discurso, que suele no versar sobre la Sagrada Escritura (como imaginaron idealmente los Padres del Concilio Vaticano II) porque la consiguiente preparación exigiría un tiempo que el clero no siempre puede invertir en ella, toma la mayor parte de la Misa del nuevo rito.

De este modo, la larga duración de lo que hoy se denomina “Liturgia de la palabra” es un mensaje sutil, pero efectivo, de lo que realmente es, en esencia, la nueva Misa.

Asístase a ella con el reloj en la mano y se podrá constatar lo que aquí decimos. Lo normal es que aparezca el “presidente”, se canten las “aclamaciones” que se ha introducido en lugar de las antiguas antífonas, se lea la primera lectura, luego el salmo responsorial (que en ocasiones es largo, si se lo canta), luego la segunda lectura (más los comentarios introductorios de ambas lecturas que hacen diversas personas que desfilan por el presbiterio), se “proclama” el Evangelio y, luego, tiene lugar la homilía. Todo este proceso toma, por lo bajo, 35 ó 40 minutos de la Misa dominical. Luego de la prédica vienen todavía otras adiciones discursivas, a veces larguísimas, como la “oración universal” (según el número de personas que se han enfermado o han muerto últimamente), más la procesión de “llevar las ofrendas –vinajeras- al altar” (por parte de algún matrimonio o de un par de niños meritorios), que suelen tomar, en conjunto, entre 5 y 10 minutos. Hasta aquí han corrido, normalmente, 45 ó 50 minutos. La “presentación de las ofrendas” –que reemplaza al antiguo Ofertorio- se despacha en un par de minutos, podándose a menudo el lavado de manos, por lo que casi no se cuenta. Se llega así al Prefacio y a la Plegaria eucarística II, invariablemente elegida por su brevedad, que ha tomado el lugar del milenario Canon romano. Prefacio y Plegaria toman 5 minutos. Luego, el Padrenuestro y la distribución de la comunión se despachan en no más de 10 minutos. Viene a continuación el “canto de meditación”, que reemplaza a la antífona de la Comunión (o la oración de San Ignacio de Loyola: “Cuerpo de Cristo sálvame”, conducida, abusivamente, por el “presidente”) y los infaltables cincos o más minutos adicionales que destina el “presidente” a anuncios parroquiales. Al término, oración de postcomunión y bendición que se despachan en un santiamén. 

 Misa reformada al aire libre en Argentina

La parte de estos 72 minutos, aproximadamente, que se dedica a lo que el Concilio de Trento e, incluso, el Concilio Vaticano II dicen que es lo esencial de la Misa, el sacrificio que el mismo Señor ofrece al Padre, que no supera los 7 minutos, significa que la esencia de la Misa, el Sacrificio, ocupe alrededor de un 10% del total, una décima parte.

¿Es una impertinencia o un absurdo efectuar estos cálculos? Lo sería si no prestáramos atención alguna a la importancia de ese lenguaje no verbal que es el mero transcurso del tiempo, la duración. Pero ocurre que, como sugeríamos anteriormente, este lenguaje dice más que mil palabras. Y lo que está diciendo a los “asambleístas” es que lo que más dura es lo más importante, y el resto, no tanto o, efectivamente, muy poco.

¿Se percatan los “presidentes” de este hecho? Muy posiblemente no. Ellos creen cumplir correctamente lo esencial de la “acción sagrada”, del nuevo rito. Ningún “presidente” creerá que tomar la palabra por media hora o más para predicarle a ese conglomerado que casi nunca se halla a su alcance en ninguna otra oportunidad sea algo indebido o reprochable.

Quizá no lo sea. Naturalmente, esto apunta a la existencia de un enorme problema relacionado con otras graves y complejas situaciones derivadas de la organización y operación de la “nueva Iglesia”, como la ausencia de estructuras para la catequesis fuera de la liturgia, el exceso de reuniones parroquiales para fines administrativos, descuido del contacto personal con los fieles (los párrocos ya no visitan las casas), y otras cosas análogas. 

Misa Novus Ordo en Carabobo, Venezuela

Finalmente, un par de sugerencias.

Considerando que una Misa dominical de 70 o más minutos es, dadas las circunstancias, un exceso que los fieles toleran de mala gana, y que el ideal sería una Misa que durara no más de 50 minutos, la primera medida que podría sugerirse sería elegir, en vez de algunas de las Plegarias eucarísticas, leídas vertiginosamente y con tono periodístico, el Canon romano, que tiene una extensión mayor y una riqueza de contenido inigualable, y recitarlo pausada y reverentemente: así, su duración comunicaría el mensaje de que es el Sacrificio el centro de la Misa. Esto exigiría abreviar el tiempo dedicado a otras partes de ella a fin de respetar el límite de 50 minutos, suprimiendo el exceso de palabrería que hoy tiende a darse y favoreciendo el silencio.

En segundo lugar, a fin de quitar a la acción sagrada el carácter de reunión semanal de la asamblea parroquial o de disminuirlo al máximo, se debiera suprimir el prosaísmo de informar a los fieles, después de la comunión y del modo y con el tono más informal posible, sobre una, a veces, larga lista de cuestiones de carácter administrativo o económico. Si éstas resultaran inevitables, y pese a lo que dice la Instrucción General del Misal Romano, tendrían un lugar adecuado al comienzo de la homilía, sin interrumpir o degradar la sacralidad de los ritos centrales que vienen a continuación. Después de la comunión, dése un alivio a los oídos y una oportunidad, aunque sea mínima, a la oración personal.

En resumen, dado que el nuevo rito de la Misa parece destinado a tener vigencia todavía por un largo tiempo, sería conveniente que el lenguaje no verbal de la duración no confundiera a los fieles sobre el contenido esencial de la Misa y se dedicara al ofertorio y el Canon un tiempo al menos equivalente al de la “Misa de los catecúmenos” o “ante Misa”, hoy conocida como “Liturgia de la palabra”.  

martes, 29 de agosto de 2017

Thomas Mann y la liturgia católica

Thomas Mann, autor de novelas inmortales como Los Buddenbrook (1901), La montaña mágica (1924) o el Doktor Faustus (1947) y de numerosos relatos magistrales, como La muerte en Venecia (1911), galardonado con el Premio de Literatura en 1929, nace en 1875 en el seno de una familia protestante perteneciente a la alta burguesía mercantil de Lübeck. En 1894 parte hacia Múnich, donde contraerá en 1904 matrimonio con Katia Pringsheim. Los Pringsheim, acaudalada familia industrial de raíces hebreas y originaria de Silesia, eran grandes patronos de la cultura y las artes. Pese a que durante la Primera Guerra se manifestó cercano a posiciones nacionalistas, Thomas Mann será después el más destacado intelectual opositor al régimen del Tercer Reich, lo que le significará un largo exilio, primero brevemente en Francia, luego en Suiza y, a partir de 1938, en los EE.UU., con una primera estación en Princeton y luego en Pacific Palisades (Los Ángeles, California). En 1952 retorna a Europa, tomando residencia en Suiza hasta su muerte, acaecida en 1955.

En la vida y obra de Mann estuvo siempre presente una cierta tensión entre el Norte protestante y el soleado y católico Mediodía. Su madre, Julia da Silva-Bruhns, nacida en Brasil como hija del matrimonio de un alemán y de una criolla de origen portugués, fue bautizada por el rito católico, mientras que sus hijos serían bautizados como luteranos. Algunos años luego de la muerte de Thomas Mann, su nieto favorito, Frido (1940), retratado por su abuelo como el niño Eco en Doktor Faustus, se convertiría al catolicismo, aunque acabaría por abandonar la Iglesia en 2009, motivado, según manifestó, por el levantamiento de la excomunión a los cuatro obispos ordenados por Monseñor Lefebvre.

Thomas Mann (der.) junto a su hermano Heinrich en 1902

Después de recibir el Premio Nobel de Literatura, en enero de 1930 Thomas Mann pasa unos días en Ettal, Baviera, donde redacta el escrito autobiográfico Relato de mi vida (Lebensabriss), que abarca desde su nacimiento hasta la obtención de dicho galardón. En dicho texto encontramos dos referencias a la impresión que la liturgia católica causó en este protestante que fue un buscador infatigable de la belleza y la perfección. 

El primer recuerdo dice relación con el viaje a Roma que Thomas Mann realizó entre julio y octubre de 1895. En esa ciudad vivía su hermano Heinrich (1871-1950), también escritor, y cuatro años mayor. Cuenta nuestro autor cuánto le impresionó la Santa Misa celebrada por el Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro (1843-1913), Secretario de Estado de León XIII (1878-1903), en la Basílica de San Pedro del Vaticano. 

Considerábamos Roma como un refugio de nuestra existencia anómala, y yo al menos no vivía allí por amor al sur, que en el fondo no me gustaba, sino sencillamente porque en mi patria no había todavía sitio para mí. Las impresiones estéticas e históricas que aquella ciudad puede ofrecer las acogí con respeto, pero sin tener el sentimiento de que afectasen is asuntos ni de que pudiera serme de utilidad inmediata. Las esculturas antiguas del Vaticano me atraían más que las pinturas del Renacimiento. El Juicio final me conmovió, pues lo vi como apoteosis de mi estado de ánimo, completamente antihedonista, pesimista-moralista. Prefería visitar San Pedro cuando celebraba Misa, con una humildad llena de pompa, Rampolla, el cardenal secretario de Estado. Era una personalidad extraordinariamente decorativa, y por razones estéticas lamenté que motivos diplomáticos impidieran su elevación al pontificado.   

 El Cardenal Rampolla (retrato de Philip de Lázsló, 1900)

Algo cabe decir del mentado Cardenal Rampolla, quien fue uno de los favoritos para suceder a León XIII en el solio pontificio. Al comienzo del cónclave sus posibilidades eran las más altas de todo el Colegio Cardenalicio. De hecho, después de las dos primeras votaciones, la alternativa de la candidatura del cardenal Girolamo Maria Gotti (1834-1916) era borrosa. Fue entonces cuando al tercer día de cónclave, el 2 de agosto de 1903, el emperador austríaco Francisco José planteó, a través del cardenal Jan Puzyna de Kosielsko (1842-1911), arzobispo de Cracovia, el veto imperial contra el cardenal Rampolla, discretamente ya anunciado antes de que comenzase la elección. El Imperio Austro-Húngaro era una de las tres naciones católicas (las otras eran Francia y España) que gozaban del privilegio que concedía el llamado veto secular, veto papal o derecho de exclusión (en latín: ius exclusivæ). Al año siguiente, el cardenal Puzyna fue recompensado con la concesión de la condecoración más alta del imperio, la Gran Cruz de San Esteban de Hungría. La razón del veto provenía de la política filofrancesa y antiaustríaca que había tenido Rampolla durante su época como Secretario de Estado, a lo que se sumaba cierta antipatía personal del emperador austriaco hacia su persona debida a su actitud tras el suicidio de su hijo Rodolfo. Esa misma noche del 2 de agosto, el Cardenal Giuseppe Sarto, Patriarca de Venencia, recibió 30 votos contra los 21 de Rampolla. Los partidarios de este último decidieron entonces hacer converger los votos hacia el cardenal Sarto, sabiendo que tenía por entonces más posibilidades de ser elegido. El 4 de agosto de 1903 Sarto fue elegido como el 256° sucesor de San Pedro con 50 votos sobre los 62 cardenales participantes en el cónclave, y adoptó el nombre de Pío X. El primer acto del nuevo papa, sin embargo, fue abolir el veto secular merced de la Constitución Apostólica Commissum nobis, bajo amenaza de excomunión a quien lo utilizase. 

Los fieles aguardan expectantes la salida del nuevo Sumo Pontífice (San Pío X) luego del anuncio del Habemus Papam
(Foto: Wikimedia Commons)

El segundo recuerdo del escritor alemán tiene que ver con España y el viaje que a esa país realizó en la primavera de 1923, después de haber recorrido Holanda, Suiza y Dinamarca. El viaje lo hizo en barco, evitando la costa francesa como por entonces era obligado tras el resultado de la Primera Guerra Mundial, yendo desde Génova a Barcelona. De ahí se trasladó a Madrid, Sevilla y Granada. Después de atravesar la península, se dirigió al norte, a Santander y, a través del golfo de Viscaya, con parada en Plymouth, regresó a Hamburgo. Sólo tres años antes, en 1920, la Editorial Espasa había publicado la primera traducción castellana de Thomas Mann (un volumen que contenía La muerte en Venecia y Tristán), debida a José Pérez Bances (1880-1933).

Recordaré siempre el día de la Ascensión en Sevilla, con la Misa en la catedral, la magnífica música de órgano y la corrida de fiesta por la tarde. Pero, en conjunto, el sur andaluz me atrajo menos que el territorio español clásico: Castilla, Toledo, Aranjuez, la granítica fortaleza-monasterio de Felipe II, y aquel viaje a Segovia, dejando a un lado El Escorial, al otro lado del Guadarrama coronado de nieve. 

 Primera edición alemana de El elegido (1951)
(Imagen: Wikimedia Commons)

En sus años finales, el Mago, como era conocido Thomas Mann en su ambiente familiar, tuvo la oportunidad de ser recibido en audiencia privada por el papa Pío XII, quien se sentía atraído por la cultura alemana. Fue en abril de 1953 y la visita le causó el autor una gran emoción, al punto que llegó a calificarla como la culminación de su estadía en la Ciudad Eterna. De camino al Vaticano, "el espíritu lleno de dioses de este protestante nórdico, que vestía para la ocasión un traje negro-solemne, con el emblema rojo de la Legión de Honor en un ojal, se divertía en comentar: 'De seguir viviendo aquí, acabaría por volverme católico'. Al besarle el Anillo del Pescador no pudo dejar de acordarse de El Elegido [Der Erwählte]". Esta última es una novela publicada en 1951 que versa sobre las bajas pasiones y el arrepentimiento. En ella, el autor se sirve de la figura de Gregorius, el papa Gregorio V (996-999), y de la galería de personajes que pulularon a su alrededor para mostrar la corrupción de la Iglesia en el fin del primer milenio, pero sobre todo para explorar el alma humana. Junto a una convincente recreación de la época, lo más atractivo de esta gran novela de Mann son los pensamientos, sentimientos, las dudas y los conflictos personales a los que enfrenta a sus personajes. Tras visitar al Papa, y para hacer frente a las críticas habituales sobre sus gestos y actuaciones, Mann escribirá: "No me arrodillé ante un hombre y un político, sino ante un ídolo espiritualmente clemente que encarna los dos mil años de historia". 

Nota de la Redacción: Los dos textos aquí transcritos han sido tomados de Mann, T., Relato de mi vida, trad. de Andrés Sanchéz-Pascual, Madrid, Hermida Editores, 2016, pp. 19-20 y 52. Las citas respecto de la audiencia con el papa Pío XII fueron tomadas respectivamente de Bayón, F., "Una composición del siglo XX: vida de Thomas Mann", en Revista Anthropos. Huellas del conocimiento 210 (2006), p. 50, y de la reseña de Kurzke, H., Thomas Mann. La vida como obra de arte (trad. de Rosa Sala, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003, 763 pp.) publicada por Jaime Siles en El Cultural

domingo, 27 de agosto de 2017

El trono y el faldistorio

En la entrada del martes pasado explicamos las maneras en que el obispo puede celebrar la Santa Misa conforme a la forma extraordinaria. Ahí veíamos que el obispo puede celebrar pontificalmente desde el trono o desde el faldistorio. Hoy queremos insistir sobre ambos elementos litúrgicos y precisar su utilización. 

El trono o cátedra del obispo

Se denomina cátedra (del griego καθέδρα, que significa sede) el lugar que ocupa el obispo en su catedral, desde el que preside las celebraciones litúrgicas. Por extensión, el mismo nombre recibe aquella especie de púlpito con asiento donde los catedráticos y maestros leen y explican las ciencias a sus discípulos. De ahí deriva asimismo el término catedral con que se designa la iglesia mayor de una diócesis donde se sitúa la sede del obispo. 

 S.E.R. Robert C. Morlino, obispo de Madison (Wisconsin, EE.UU.) celebra una Pontifical (Usus antiquior) al trono 

Se han encontrado cátedras episcopales en las catacumbas y se encuentran en el testero de los cubículum talladas en la misma roca y teniendo forma de sillón de brazos con respaldo. Se sabe que las cátedras de los apóstoles y por los primeros obispos eran guardadas celosamente en las iglesias, llegando a ser símbolo de autoridad y magisterio superior. En Roma, la sede de San Pedro fue enseguida objeto de culto litúrgico, como evocación de su suprema paternidad espiritual. Desde el siglo II comienza a representarse a Cristo sentado en la cátedra, como Maestro que enseña a los apóstoles situados a su alrededor. 

En las primeras basílicas y durante la época románica estuvo la cátedra en el fondo del ábside o de la capilla mayor levantada sobre el suelo con tres o más escalones. Ostentaba una rica ornamentación formada con relieves cuando la silla era de piedra o mármol, ricamente adornada con mosaicos o esculturas, añadiéndose incrustaciones de marfil si constaba de madera. De este tipo es la cátedra del Papa en la Basílica de San Juan de Letrán, que el Papa hacía llevar para celebrar la Misa en las iglesias estacionales de Roma. Excepcionalmente, el obispo se desplazada de la sede y subía a un ambón cuando deseaba ser mejor entendido, como era costumbre de San Juan Crisóstomo. Al trasladarse el coro al medio de la catedral, se cambió igualmente la posición de la cátedra del obispo aunque también se situara en el presbiterio. Desde el siglo XIV, la cubre un dosel de respeto. Del baldaquino o palio como trono de los obispos habla Inocencio III (1198-1216) como ornamento litúrgico usado ya en el siglo XII. 

 Al fondo, la cátedra papal en San Juan de Letrán

La cátedra es un símbolo de autoridad, pues representan el magisterio y la jurisdicción del obispo sobre la porción del pueblo de Dios que se le ha confiado y que procede directamente de los Apóstoles. Por eso, la liturgia representa esta dignidad de la cátedra mediante la ceremonia de la entronización, que forma parte desde la más alta antigüedad del ritual de consagración de los obispos y del mismo Papa. El Pontifical Romano tradicional, siguiendo en esto a los más antiguos rituales medievales, prescribe que, si el nuevo obispo es consagrado en su iglesia propia, después de que haya recibido las insignias pontificales, sea llevado solemnemente por el consagrante a sentarse sobre la cátedra episcopal, con el fin no sólo de tomar por medio de él posesión simbólica de la diócesis, sino especialmente de designar de manera explícita a los fieles en su persona al que será para ellos pastor, maestro y sumo sacerdote. 

De ahí que en la catedral de cada diócesis únicamente se pueda sentar el obispo diocesano o el obispo a quien éste se lo permita expresamente. En cambio, las Misas papales siempre se celebran “al trono”, porque la jurisdicción del Papa es suprema. Los cardenales, salvo cuando están en la Ciudad Eterna, también celebran “al trono”. Un arzobispo también puede celebrar “al trono” en las catedrales de las diócesis sufragáneas de su arquidiócesis.

Hasta la reforma litúrgica, y aunque el Ceremonial de los obispos preveía la posición antigua en medio del ábside, el lado de la cátedra sólo ser a la izquierda del altar, vale decir, al lado del Evangelio que el obispo tiene por misión predicar, pues desde ahí, sentado, daba su sermón y podía ver lo que ocurría en la ceremonia. Esta ubicación estaba ya en el Ordo Romano V, donde se decía que, durante el sacrificio, el obispo se desplazada al lado izquierdo del altar. Por lo general, se trataba de una silla de madera, móvil. Actualmente, no existen indicaciones expresas y puede situarse donde la mejor disposición del presbiterio lo aconseje. Lo usual suele ser, con todo, que el trono quede situado detrás del altar, como en las basílicas romanas. 

 S.E.R. Mons. Thomas Wenski, Arzobispo de Miami (Florida, EE.UU.) lee la homilía durante una Misa pontifical (Usus antiquior)

En principio, la funda y cojines del trono, y si es posible también las cortinas, lambrequines, toldo y dosel del baldaquino que lo cubre, deben conformarse al color litúrgico correspondiente a la celebración.

El faldistorio

El faldistorio (del bajo latín faldistorium, y éste del occitano antiguo faldestol, de donde proviene "facistol") es el nombre que recibe un asiento especial que usan los obispos en algunas funciones pontificales, cuya apariencia es la de una silla sin respaldo, con cuatro pilares pequeños en los ángulos y las patas en forma de tijera que puede trasladarse fácilmente. Se ordena cubrirlo con seda de color rojo, verde, violeta y blanco para que corresponda con el tiempo litúrgico o el rango del prelado. Es posible que alguna vez fuera como un taburete y acompañara al obispo en sus viajes.

 S.E.R. Mons. Robert Morlino celebra una Misa pontifical desde el faldistorio

El faldistorio recuerda la silla curul, como se denominaba al sitial sobre el cual los magistrados veteranos o los promagistrados que poseían imperium tenían derecho a sentarse durante la Repúlica romana y el Imperio. En su construcción se empleaban diversos materiales, incluso de los más costosos. Por ejemplo, el rey Carlos, rey de Nápoles, le regaló al Papa Clemente IV (1265-1268) uno hecho de oro y piedras preciosas. Algunos eran de plata, de metal dorado, de ébano o de madera. A veces eran ricamente tallados, terminaban en pies como garras y las cuatro esquinas en la parte superior representaban el cuello y la cabeza de animales. Los cubrían con telas de seda de una textura rica en oro y plata. El antiguo ritual inglés prescribía un faldistorio para la consagración de un obispo. De Hugo Pudsey, obispo de Durham (m. 1195), se nos dice que, al tomar la cruz para la guerra santa, entre las cosas que había hecho para llevar consigo, había una magnífica silla de plata.

El uso del faldistorio depende de la forma del rito romano de que se trate. En la forma extraordinaria, el obispo lo utiliza en funciones pontificales fuera de su catedral, si no ha recibido la autorización de usar el trono, o dentro de ella si no está en su cátedra; también la usan otros prelados que gozan del privilegio de pontificales completos. Las rúbricas lo prescriben como asiento en el otorgamiento del bautismo y las órdenes sagradas, en la consagración de los óleos el Jueves Santo, en las ceremonias del Viernes Santo y, en general, en todas aquellas situaciones en las cuales la posición del obispo celebrante queda en lateral con respecto al altar e impide el empleo de la cátedra. En ese caso, el faldistorio se sitúa frente al altar. Se prescribe también su uso como un genuflexorium en la puerta de la iglesia en la recepción solemne de un obispo, en el altar del Santísimo Sacramento y ante el altar mayor. En el rito reformado se prevé la opción de que las funciones litúrgicas sean presididas por el obispo desde la cátedra o desde “una sede” especial colocada frente al altar (Ceremonial de los obispos, nn. 493, 499, 532, 546, 576).

 Faldistorio usado por el Papa Pío XI

El hecho de que el Papa siempre celebre “al trono” no significa que no se utilice el faldistorio en la liturgia papal. Se hace uso de él, pero no como asiento, sino con función de reclinatorio. De esta manera, el Santo Padre pone las rodillas sobre un cojín y recarga los brazos y el tronco sobre el faldistorio. Los cardenales utilizan el faldistorio en Roma, donde no puede sentarse al trono. 

Faldistorio anglicano

En el anglicanismo, el faldistorio es una especie de reclinatorio donde se recita una letanía. También reciben este nombre los reclinatorios tapizados que se disponen para el soberano británico y su consorte durante los servicios religiosos más importantes, tales como coronaciones y bodas.

jueves, 24 de agosto de 2017

Fundaciones benedictinas reformadas tradicionales (II): La Trapa de Mariawald

Luego de haber comenzado esta serie de dos entradas sobre fundaciones benedictinas reformadas que han regresado a la liturgia tradicional con la abadía cisterciense de Vyšší Brod (Hagenfurth), queremos presentar a nuestros lectores la abadía trapense de Mariawald, único monasterio trapense masculino de Alemania, ubicada en las cercanías de Heimbach (distrito de Düren, en el estado de Renania Septentrional-Westfalia), en la zona boscosa conocida como el Eifel. Mariawald, a partir de 2009 y con la autorización expresa del Romano Pontífice entonces reinante, S.S. Benedicto XVI, regresó a la celebración de la Misa y del Oficio Divino en conformidad con el rito cisterciense.


Retrato del Abad Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, impulsor de la reforma trapense (Hyacinthe Rigaud)

La reforma trapense

La Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (O.C.S.O., Ordo Cisterciensis Strictioris Observantiae) nace en 1664 como una reforma de la Orden del Císter en la abadía de la Trapa (La Trappe, conocida hasta el S. XX como la Gran Trapa, la Grande-Trappe), de la cual proviene el nombre con el que estos monjes son habitualmente conocidos y que está ubicada en Orne (Baja Normandía, Francia). Quien condujo la reforma fue el entonces abad de la Trapa, Armand Jean Le Bouthillier de Rancé (1626-1700), ahijado del Cardenal Richelieu y quien ingresó a la vida monástica luego de su conversión y de abandonar su vida mundana previa. Considerando que la observancia de la Regla de San Benito se había relajado en los monasterios del Císter, Le Bouthillier de Rancé renuncia a los privilegios otorgados por la Santa Sede para retornar a una observancia más literal y estricta de la Regla benedictina. Debido a los turbulentos sucesos de la Revolución Francesa, los monjes de la Trapa debieron huir a Suiza en 1791, bajo la dirección del entonces Maestro de Novicios Augustin de Lestrange (quien sería a partir de 1815 abad de la Trapa), pudiendo regresar recién en 1814. Como consecuencia del exilio, se fundaron en medio de grandes vicisitudes monasterios en Friburgo (Suiza), España, Italia, Westfalia (Alemania), Polonia e Inglaterra.

En 1892, a solicitud de la Santa Sede, las comunidades trapenses se separaron de la orden cisterciense, convirtiéndose en una orden monástica independiente. Su primer abad general (1892-1904) fue Dom Sébastien Wyart. En 1903, los cistercienses fueron una de las cinco órdenes masculinas que fueron autorizadas a mantener sus actividades en Francia luego del decreto de expulsión de las congregaciones emitido por la República.


Abadía de Nuestra Señora de la Trapa (Francia)
(Imagen: Wikimedia Commons)

La abadía de Mariawald

El lugar donde actualmente se asienta la abadía de Mariawald era originalmente una pequeña ermita construida en 1470 por el artesano de Heimbach Heinrich Fluitter y destinada a acoger una Pietá que había adquirido y a servir de lugar de peregrinación. En 1479 el párroco de Heimbach, Johann Daum, quien había construido una capilla en el lugar, le pide a los cistercienses del monasterio de Bottenbroich que se hicieran cargo de la iglesia y de dar acogida a los peregrinos. Ls primeros monjes se mudaron al recién construido priorato en 1486. 

La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue un período de muchas penurias para el monasterio, pero lo peor vendría luego de la ocupación (1794) de Renania por tropas revolucionarias francesas: en 1795 los monjes se ven obligados a abandonar Mariawald. La Pietá fue llevada a Heimbach y la tierra y el mobiliario fueron subastados (algunos de los vitrales de la iglesia se encuentran hoy en el Victoria and Albert Museum de Londres).

 Vista aérea de Mariawald (2015)

Recién en 1860 el priorato vuelve a fundarse, esta vez por monjes trapenses venidos de la abadía alsaciana de Oelenberg, cuyo abad, Ephrem van der Meulen, había adquirido el monasterio. Desgraciadamente, durante el período del Kulturkampft ("lucha cultural") entre el Imperio alemán y la Iglesia católica, los monjes deben abandonar nuevamente Mariawald en 1875, regresando en 1887. En 1909, el priorato es elevado a abadía. Durante la Primera Guerra Mundial, 33 monjes son enrolados como soldados, muriendo tres de ellos en el frente de batalla.

En 1941, el monasterio es cerrado forzosamente por las autoridades nacionalsocialistas y los monjes pudieron regresar al final de la guerra, en 1945. Sin embargo, el monasterio, luego de haber servido como lazareto, resultó en gran medida destruido durante la Ofensiva de las Ardenas, por lo que fue necesario reconstruirlo. Algunos de los monjes habían sido enrolados en la Wehrmacht y tres de ellos cayeron en combate y otros tres fueron enlistados como desaparecidos; algunos habían muerto en el exilio. Los trabajos de reconstrucción concluyeron recién en 1959. Entre 1962 y 1964 se realizaron trabajos para adaptar la iglesia a los cambios litúrgicos propiciados por el Concilio Vaticano II.

En 1995 se funda una Corporación de amigos y donantes de Mariawald (Verein der Freunde und Förderer der Abtei Mariawald e.V.) para apoyar materialmente a la abadía. Mariawald cuenta con una librería, una casa de huéspedes, una taberna y produce un licor propio para la venta, además de otros productos alimenticios, todo lo cual contribuye a sustentar financieramente el monasterio (la abadía cuenta con una tienda en línea para adquirir sus productos). Las actividades económicas son realizadas tanto por los monjes mismos como por colaboradores externos, algunos de ellos voluntarios. Las tierras de labranza ya no son trabajadas por la abadía, la que desde 2006 ha cedido en arriendo 100 hectáreas al Parque Natural del Eifel.


Iglesia abacial de Mariawald


El retorno a la liturgia tradicional

Mediante un escrito de 21 de noviembre de 2008, S.S. Benedicto XVI, a petición de su abad, Dom Josef Vollberg OCSO (1963), le otorgó a Mariawald el privilegio de retornar al rito cisterciense, tanto para la celebración de la Misa como respecto del Oficio Divino, lo que hizo de la abadía la primera comunidad monástica germanoparlante (y, hasta ahora, la única) en volver a celebrar la liturgia tradicional. Es, además, la única comunidad trapense en el mundo en volver al uso cisterciense. Además, desde 2010, Mariawald cuenta con formación propia para sus candidatos al sacerdocio, oferta que es abierta a miembros de otras comunidades monásticas o institutos de vida consagrada.

Desgraciadamente, este regreso no ha estado libre de incomprensión, polémicas y dificultades. En mayo de 2016, una visita del abad de la abadía de Tilburg, Bernardus Peeters, como representante de la abadía madre de Oelenberg, acompañado del abad de la abadía inglesa del Monte San Bernardo, comprobó que un grupo de monjes mayores rezaban la Liturgia de las Horas reformada separadamente del abad y de los otros monjes, quienes rezaban el Oficio Divino según el uso tradicional cisterciense, de conformidad con el privilegio papal concedido. Además, el número de monjes había caído desde 2010 a un número inferior al requerido (12) para que una abadía pueda ser independiente, contando en 2016 con nueve monjes y un postulante con votos temporales. 

En una situación que muchos fieles allegados a la vida espiritual de la abadía recibieron con preocupación, el abad de Mariawald presentó su renuncia en octubre de 2016. A partir del primer domingo de Adviento, el 27 de noviembre de 2016, Bernardus Peeters, actuando como Pater Immediatus, nombró al mismo Josef Vollberg como prior de Mariawald, posición en la que permanece hasta la actualidad. En una carta de diciembre de 2016 dirigida a la Corporación de amigos y donantes de Mariawald, Dom Bernardus Peeters, además de intentar disipar las dudas suscitadas en torno a la voluntariedad de la renuncia del abad de Mariawald, aseguró su respeto al camino que había decidido seguir la abadía al retornar a la liturgia tradicional, garantizando a los monjes más jóvenes las condiciones para vivir su vida monástica en conformidad con la liturgia tradicional y con las Constituciones cistercienses de 1963, comprometiéndose a adoptar todas las medidas que aseguren la subsistencia de Mariawald como abadía. 


Interior de la iglesia abacial

Finalmente, queremos compartir con nuestros lectores una entrevista concedida en 2013 por Dom Josef Vollberg al periódico alemán Die Tagespost, en la que cuenta de la transición de Mariawald a la liturgia tradicional según el uso cisterciense y de los valiosos frutos espirituales que ésta supuso para la vocación contemplativa de los miembros de la comunidad. La traducción que ofrecemos fue publicada originalmente en Adelante la Fe y es de Rocío Murra.

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Entrevista al Abad (hoy Prior) de Mariawald, Dom Josef Vollberg OCSO

 
(Die Tagespost, Mayo 23 de 2013)


 Dom Josef Vollberg celebra una Misa pontifical durante el Congreso Litúrgico de Colonia 2011

 
Reverendo Padre Abad, hace cuatro años, Usted cambio su abadía a la forma extraordinaria. ¿Como cambió la vida de su monasterio con esto?

Pudimos celebrar la primera Misa Solemne en el rito romano clásico aquí en Mariawald en enero de 2009. Y un mes después, empezamos a celebrar Misas Conventuales en la forma extraordinaria. Al principio, no todos los hermanos recibieron con agrado este cambio. Pero desde entonces a la fecha, la situación ha mejorado. Por supuesto, que como sacerdote, uno tiene que aprender a celebrar el rito, el cual es demandante y nada fácil. Además, hay que refamiliarizarse con el latín. Poco a poco, hemos ido completando el cambio. El segundo paso fue cantar el oficio de Tercia en la forma tradicional, los domingos antes de la Santa Misa. De esta manera pudimos establecer unidad litúrgica. Y, gradualmente fuimos cambiando también el rezo de las Horas Menores, Sexta, Nona y Completas. Un poco después hicimos lo mismo con las Vísperas y los Laudes, Y por último, desde 2009 a 2010 lo hicimos con las Vigilias. Esto significó entregarnos totalmente a esta liturgia, en su carácter teocéntrico mas intenso, que se acomoda de una manera especial a nuestra vocación contemplativa.

¿Que tipo de desarrollo espiritual ha notado desde entonces? ¿Cual ha sido en su comunidad el efecto de este cambio a la forma extraordinaria?
 
No debemos subestimar el enriquecimiento espiritual que ha llegado junto con la búsqueda y el redescubrimiento de las fuentes. Importantes características de la tradición eclesiástica pueden nuevamente jugar un rol mas significativo. Nuestra vocación monástica, recibe su carácter de la Regla de San Benito, la cual hemos hecho voto de observar. La Regla de San Benito y la liturgia en latín en su forma antigua, constituyen una simbiosis, dentro de la cual la una apoya el entendimiento y el significado de la otra. De la misma manera en que se ofrece el Santo Sacrificio diariamente, igualmente se lee una porción de la santa Regla cada día, y usualmente es a mí al que le toca interpretarla. Indudablemente hay mucho de cierto en el viejo adagio “mantén la Regla y la Regla te mantendrá a ti”. Debe agregarse, y con verdad, que nadie puede sobrevivir sin el Santo Sacrificio de la Misa. La forma tradicional en la que celebramos la Misa ahora, parece encajar en nuestra orden en un grado extraordinario. Y también, el despertar la sabiduría de siglos parece ayudar al sacerdote a convertirse más en sacerdote y al monje más en monje. No hay duda que esta reforma ha cambiado a algunos de nosotros, y Mariawald ha cambiado. Pero el evaluar la escala de este cambio, seria pedirnos demasiado. Debemos dejar todo eso a Dios y a su Santísima Madre, a quienes este lugar está dedicado. 

 Monje trapista en oración privada
   
¿Han aumentado las vocaciones después de los cambios, que fue, después de todo, para lo que se hicieron?

Yo diría que ese no fue el objetivo de la reforma. No se debería usar lo sagrado de esa manera. En primer lugar, fue una cuestión sobre Dios y el honor que se le merece. Por supuesto que un monasterio debe ponerle mucha atención a las vocaciones, pero estas no son su principal meta. Y, si, esperábamos que un reforzamiento de los ideales católicos y monásticos llevados a cabo con la reforma, podría resultar en una renovada atracción de vocaciones. Y es cierto, que han entrado más hombres desde entonces. Sin embargo, el que alguien ame la forma extraordinaria no es suficiente para que sea admitido. Así como tampoco es suficiente un amor por las peculiaridades de nuestro rito cisterciense con sus pequeñas variaciones litúrgicas en el calendario, con sus algunas veces ligeramente modificados formularios de la Misa. Para empezar, un hombre debe tener el llamado a ser monje. De aquí la importancia de ser muy cuidadosos en la elección de los postulantes. Uno necesita llegar a conocerlos muy bien. Así, que antes del postulantado, está el periodo probatorio de por lo menos cuatro semanas. Esta fase de mutuo conocerse en muy importante para tomar la decisión correcta a la hora de admitir candidatos. Son muchos los que han demostrado interés en nuestro monasterio. Desde 2009, hemos oído de más de 40. 2012 fue un buen año, tuvimos un profesión solemne, un evento poco usual. También tuvimos la vestidura de un novicio. Así que hasta el momento, las cosas van bien. La vida de un monje presenta retos excepcionales, ya que no hay monje si no hay sacrificio, el simple hecho de tener que levantarse a la mitad de la noche no es fácil, ya que también el monje es humano. Es cierto, su compromiso es especial. 

Permítame aclarar esto un poco más. Existen otras profesiones, cuyos deberes incluyen turnos de noche, ya sea en los rieles del tren, en una panadería, o en un hospital. Como monjes, no tenemos que hacer un trabajo específico que brinde ayuda concreta a otros, y aun así nos queremos levantar a las 2:30 de la mañana. Para esto nos basamos en Cristo, quien rezaba de noche. También pienso en San Pablo, que rezaba de noche en la prisión, y en los primeros monjes quienes deliberadamente lo hacían de noche, justo cuando el día estaba todavía totalmente fresco y sin cargas. Y en cientos y cientos que han seguido sus ejemplos desde entonces. “Dios primero”, es por lo que literalmente luchamos en la vida. San Benito dice que nada debe de estar antes que la adoración a Dios, y es por esto que empezamos nuestra oración a las 3 de la mañana, a nombre de muchas personas en la Iglesia, y en el mundo, como para atravesar la oscuridad que muy a menudo nos rodea. Y para absorber algo de la luz de Dios que brilla en la oscuridad.  

¿Cómo reaccionaron los fieles que asisten a sus Misas?

Sus reacciones variaron grandemente. Afortunadamente, hubo muy pocas protestas. De entre nuestros fieles regulares, aparte de los que se quedaron, hubo algunos que decidieron ir a otra parte. Y también, hubo varios que vinieron por primera vez. Desde la reforma, y esto ha sido muy notorio, los jóvenes continúan viniendo, lo cual nunca había sucedido. Y de vez en cuando, se establece una relación duradera después de una visita casual. Podría ser que a través de la forma clásica de la liturgia, se ofrece al mundo moderno algo de lo cual carece, este mundo tan lleno de tecnología, cálculos, finanzas y placer. Y son precisamente los jóvenes quienes descubren en nuestra liturgia una manera discreta de encontrar paz y oración. Aquí nadie es forzado a unirse a un diálogo organizado y constante. Uno se puede sentar calladamente y adentrarse en lo que está sucediendo, puede seguirlo y agregar sus propias intenciones. La Divina Liturgia ofrece un espacio, que afortunadamente no está bajo nuestro dominio. Si, en verdad, Dios viene a nosotros, si nos abandonamos en la liturgia, si nos ofrecemos a Él, presente aquí en el centro de las cosas. Me alegra decir que hemos recibido numerosas cartas y correos electrónicos muy positivos. Sin embargo, algunos fueron muy negativos, con mucho odio, dándole voz a las más grandes incomprensiones. El rechazo a la forma extraordinaria a menudo se asocia con rechazo al Santo Padre, él mismo que lo ha autorizado y promovido con generosidad paterna. Uno puede sentir la presencia de una sutil incomprensión e incluso estupidez rodeando al monasterio. Y ya que el Papa mismo aprobó nuestra empresa, espero que la reforma tenga la bendición de Dios, ya que, al fin de cuentas, es para rendirle honor a Él y también para salvar almas, un aspecto frecuentemente olvidado hoy en día. Creemos en Dios, creemos en la vida eterna, que Él nos tiene preparada para los que lo amamos. En el Credo durante la Santa Misa profesamos nuestra Fe en la vida eterna. Nuestra vida terrena debería conducirnos hacia esa eternidad. Y la reforma de Mariawald nos debería ayudar a alcanzar esa meta.

 Monje trapista durante un momento de estudio en su celda

¿Están en contacto con otras comunidades alrededor del mundo?

Bueno, en realidad, muy poco. Nuestro problema es que somos muy pocos y, a menudo,  es difícil para nosotros mantenernos en contacto con otros monasterios. Hay solamente diez de nosotros, de los cuales varios ya son ancianos. Y, yo como Abad, estoy muy ocupado por los deberes de la casa. Ha habido mas estrechos contactos con algunos monasterios benedictinos tradicionales en Francia, como Le Barroux y Fontgombault, o con otros, o con Vyssi Brod en la República Checa. Y muy a menudo con los sacerdotes de la Fraternidad de San Pedro, que laboran “en el mundo” y quienes están muy cercanos a nosotros a través de a Misa. Sin embargo, el trabajo en un monasterio contemplativo es a menudo muy diferente. Por supuesto, algunas veces debemos dejar nuestro pequeño mundo para atender ciertos asuntos importantes. Pero usualmente, el trabajo dentro de la casa es tan demandante que nuestra vida está más que llena.

¿Volvería a recorrer el camino de la reforma otra vez?

Sin duda alguna lo haría, aun cuando sé que no es un camino fácil en el que sólo hagas amigos. Algunos ven la reforma como un ataque hacia sus territorios personales, de hecho, como un ataque a sus supuestos derechos soberanos de interpretación. Ellos consideran que el Papa puede equivocarse, pero no ellos. Pero nosotros creemos que la reforma es importante. Es una cuestión de valores importantes que se han perdido en muchos lugares y que están en peligro de perderse en la vida monástica también. Que de hecho, se han perdido también ahí. ¡Por supuesto uno no puede copiar totalmente los tiempos pasados, pero uno debe tratar de recuperar los tesoros preciosos, uno de los cuales es la liturgia, con su claro enfoque en Dios, tan importante en la vida contemplativa! Mucha gente no se da cuenta que es una cuestión de la plenitud de la Fe, donde no hay pie a elegir. La Fe debe ser respetada y apreciada en su totalidad. Hay muchos tópicos a discutir en la Iglesia católica, pero algo de gran urgencia es la catequesis básica, que abarca el Credo y todo lo que constituye nuestra Fe. Negamos lo que le pertenece desde el principio y, por lo tanto, lo que le pertenece hoy, lo que le pertenecerá en el futuro. El renacer de la Tradición puede ponerle fin a esta amenaza, puede ganar aceptación de la Fe en su totalidad. En todo esto me anima lo que descubro en la Escrituras: es un asunto de nada más y nada menos que de la Verdad, de la realidad, las cuales no dependen de la opinión de la mayoría. Me recuerda a Moisés, él a menudo estaba en situaciones desesperadas, de hecho, lo quisieron apedrear. Otras veces me recuerda a algún profeta del antiguo Israel, quien era tratado de forma similar. Considerar sus firmezas le da a uno consuelo y confianza. La Verdad no la tiene fácil, pero viene de Dios, de hecho Dios mismo es Verdad, no en el abstracto, sino en la forma altamente concreta de Cristo mismo. Déjeme decirlo otra vez: la Verdad no depende de la opinión de la mayoría, y vemos esto en Cristo mismo, en Nuestro Señor. Él mismo no era movido por la opinión de la mayoría. ¡Así que nos encontramos en la mejor compañía! Y por lo tanto, sí, lo volvería a hacer todo nuevamente.