sábado, 5 de agosto de 2017

Los libros litúrgicos (V): el Memorial de Ritos y el Martirologio Romano

En esta ocasión, y siguiendo con la serie dedicada a los libros litúrgicos, trataremos de dos que han tenido distinta suerte tras la reforma posconciliar: el Memorial de Ritos y el Martirologio Romano

 Memoriale rituum
(Foto: Loome books)


El Memorial de Ritos 

El Memorial de Ritos (Memoriale Rituum) o Ceremonial rural (Caeremoniale parvum) es un libro litúrgico compuesto como pequeño manual y que contiene las ceremonias simplificadas para la Fiesta de la Candelaria (2 de febrero), el Miércoles de Cenizas y la Semana Santa. Fue compuesto originalmente por el cardenal dominico Vincenzo Maria Orsini (1649-1730) para su diócesis de Benevento (sede que retuvo desde 1686 hasta su muerte) con el fin de facilitar a sus sacerdotes las celebraciones litúrgicas más solemnes en las iglesias pequeñas y con poco clero, las cuales preveían la comparecencia de diácono y subdiácono en el Ceremonial de los Obispos. Elegido Papa con el nombre de Benedicto XIII (1724-1730), aprobó oficialmente su texto en 1725, año del sínodo romano lateranense, para que fuese empleado por las parroquias más pequeñas de Roma. En 1830, el papa Pío VIII (1829-1830) extendió su uso a toda la Iglesia universal. En 1915, San Pío X incluyó el Memorial de los Ritos en el elenco de los libros litúrgicos oficiales, y Benedicto XV publicó una nueva edición típica en 1920. A partir de la reforma de la Semana Santa de 1956 (concretada en el Ordo Hebdomadae Sanctae instauratus), que contempla también la posibilidad de su celebración simplificada, el Memorial de Ritos ya no es de aplicación en este capítulo, aunque continúa siendo útil para la bendición de las candelas del 2 de febrero y la de las cenizas al inicio de la Cuaresma. Seis años antes, en 1950, se había impreso una edición postípica, que es la que debe usar en la forma extraordinaria. Los nuevos ritos de Semana Santa quedaron reproducidos después íntegramente en el Misal Romano de 1962.

Dada la simplificación de los ritos tras la reforma posconciliar, en la actualidad no existe un equivalente al Memorial de los Ritos en la forma ordinaria. 


 Martyrologium romanum
(Imagen: Thorn books)


El Martirologio Romano

El Martirologio Romano (Martyrologium Romanum) es libro donde se incluyen todos los santos, mártires o no, reconocidos por la Iglesia y dispuestos según el orden del calendario. De modo más general, cabe definirlo como el conjunto de las fiestas eclesiásticas celebradas anualmente en una fecha determinada. Ha de ser considerando un libro litúrgico, puesto que se utiliza obligatoriamente en la hora de prima del oficio divino monástico y catedralicio o colegial, siendo optativo en el rezo privado. 

Con carácter previo, valga una prevención: la inclusión de una persona en el martirologio no suponía su canonización. Sin embargo, como aclaraba el papa Benedicto XIV, esto no podrá jamás demostrarse con certeza teológica. De ahí, agregaba, que la infalibilidad pontificia no podía estar comprometida por la inserción de los santos en un martirologio, salvo que medie una canonización propiamente dicha. 

El primer martirologio es oriental y data del siglo IV. Se trata del Martirologio Siríaco, de origen arriano. El texto publicado en traducción está fechado en Edesa (Mesopotamia) en noviembre de 411. Representa la traducción y resumen de un martirologio griego perdido, elaborado entre 362 y 381. Lleva como título: «Nombres de nuestros señores mártires y victoriosos, con las fechas en que recibieron sus coronas». Presenta la lista de nombres de los mártires del Imperio romano y a continuación siguen nombres de santos de Babilonia y Persia. Guarda una estrecha relación con la obra histórica de Eusebio de Cesarea (263-339), a quien incluye entre los santos. El compilador se sirvió además de los calendarios de otras iglesias.

En Occidente, hacia el siglo VI ocurrió la primera redacción de un famoso martirologio, llamado jeronimiano (Hieronymianum), porque está atribuido falsamente a San Jerónimo. En realidad, es obra de un desconocido que tradujo del griego al latín el martirologio (perdido) que había dado lugar al martirologio Siríaco, y combinó con este texto las depositio romanas y el calendario de África. El martirologio jeronimiano presenta diversas fiestas que habrían ido introduciéndose en las iglesias locales y que ahora pasaban a engrosar el martirologio: la conmemoración de las dedicaciones de iglesias, los traslados de reliquias, los aniversarios de los titulares o fundadores de las iglesias, los benefactores insignes de las comunidades, los cuales, al igual que los ascetas más reconocidos, empezaron a ser venerados por los fieles. 

Con el tiempo se creyó oportuno unir al nombre de los santos una breve noticia biográfica de los mismos. Surgieron de este modo los llamados «Martirologios históricos». Ese nombre reciben los martirologios recopilados por diversos autores a partir del siglo VIII, donde los nombres de los santos van acompañados de algunos datos provenientes de las historias de sus pasiones y de otras fuentes literarias. En la base de estos trabajos de compilación está ante todo el martirologio jeronimiano, sobre el que convergen otras fuentes locales. La denominación con que son conocidos no implica de ninguna manera que su valor histórico sea superior al de los otros. Se distinguen tres grupos principales: (i) el inglés representado por el martirologio de Beda († 735); (ii) el grupo lionés con el martirologio lionés (siglo IX), el martirologio de Floro de Lyon († circa 860) y el martirologio de san Adón de Viena († 875), este último evidentemente tendencioso en el uso de las fuentes en que se inspira; y (iii) el romano, que adoptó el martirologio de Usuardo († 877), muy influido precisamente por la obra de Adón, y que gozó de mayor favor entre las iglesias.

 Martyrologium romanum
(Imagen: Thorn books)

Como fuere, la Iglesia no contó con un libro oficial de los santos hasta después del Concilio de Trento (1545-1562) y su promulgación coincidió con el nuevo calendario. 

El papa Gregorio XIII (1572-1585), contemporáneamente con los estudios para introducir el calendario que lleva su nombre (reemplazando con ello el cómputo temporal que hasta entonces se hacía con el calendario juliano), se propuso ya en 1580 la publicación de un martirologio que fuese susceptible de recibir su aprobación oficial. Nombró para ello una comisión especial, presidida por el cardenal Gugliemo Sirleto (1514-1585) y de la cual e cardenal Cessare Baronio (1538-1607) fue el miembro más preclaro por su erudición y por su eficacia. Después de haber publicado algunos ensayos parciales, salió a la luz pública en Roma, en 1583, el primer martirologio romano con el título de Martyrologium Romanum ad novam Kalendarii rationem et ecclesiasticae histórice veritatem restitutum, Gregorii XIII Pont. Max. iussu editum, el cual no contó con sanción oficial de parte de la Sede Apostólica. Cabe recordar que el nuevo calendario (llamado gregoriano en honor al Papa que lo adoptó) había sido sancionado el año anterior merced a la bula Inter Gravissimas. Al año siguiente apareció la primera edición oficial del novísimo Martirologio Romano, indicado «para la lectura en el coro», autentificada por la Constitución apostólica Emendato iam Kalendario, de 14 de enero de 1584. Desde entonces, se impuso su uso exclusivo para toda la Iglesia de rito latino en reemplazo de los diversos martirologios históricos hasta entonces en uso (el Jeronimiano, el del Venerable Beda, el de Rábano Mauro, el de Usuardo, etcétera). En 1586 se publicó el Martyrologium Romanum cum notationibus Baronii , el que contiene las fuentes literarias de que se sirvió Baronio para la realización de su trabajo.

El Martirologio Romano tuvo una acogida calurosa. Las reimpresiones se sucedieron por todas partes, lo cual trajo consigo la multiplicación de errores. Las ediciones de Urbano VIII en 1630 y de Inocencio XI en 1681 presentan correcciones críticas más o menos felices e incluyeron los nuevos santos canonizados en el tiempo intermedio. En la primera de ellas, por ejemplo, se recogieron las correcciones del ya citado cardenal Baronio, quien era además el autor del interesantísimo tratado que sirve de prefacio al Martirologio. En 1748 apareció una nueva edición que lleva el sello de la autoridad de Benedicto XIV (1740-1748), quien se propuso corregir la obra de Gregorio XIII par adaptarla a las normas sobre la canonización y beatificación de nuevos santos, como consta en su carta al rey Juan V de Portugal donde explica los alcances de su edición típica. Fue tal su entusiasmo que él mismo participó en persona en el trabajo de corrección. De esta manera, con su autoridad de pontífice, de erudito y de jurista, adoptó decisiones respecto de algunos puntos problemáticos, como la supresión de algunos nombres (los de Clemente de Alejandría y Sulpicio Severo, entre otros) y la conservación de otros que algunos discutían (por ejemplo, el papa Siricio). San Pío X declaró «típica» la edición de 1913, y lo propio hizo Benedicto XV con la nueva edición de 1922, que fue presentada como una versión «corregida». Entre 1748 y 1922, las modificaciones se habían reducido a introducir los nuevos santos elevados a los honores del culto en esos años. Por el contrario, en la edición de 1922 se efectuaron adiciones y correcciones que fueron muy mal recibida por los eruditos de la época. Bajo Pío XII se reeditó el martirologio en dos ocasiones, en 1948 y en 1956. Esta última es, por tanto, la edición postípica que debe ser usada en la forma extraordinaria. 


Martirologio Romano reformado

En los años previos al Concilio Vaticano II era casi un lugar común la afirmación de que el Martirologio, más que ningún otro libro litúrgico, estaba necesitado de una cuidadosa y equilibrada revisión, como se hacía evidente por las recientes investigaciones hagiográficas y a causa de la estrecha relación que tiene con la parte correspondiente al santoral en el breviario.  Fue así que se emprendió igualmente su revisión, como también se hizo con  todo el calendario litúrgico y el breviario. La primera edición típica del Martirologio Romano reformado, intitulado Martyrologium romanum ex Decreto Sacrosancti Æcumenici Concilii Vaticani II Instauratum auctoritate Ioannis Pauli PP. II promulgatum, fue promulgado el 29 de junio de 2001 por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos mediante el decreto Victoriam Paschalem Christi. Tres años después se promulgó una segunda edición típica, mediante el decreto A Progenie in Progenies, donde se hicieron correcciones y actualizaciones a la primera. Esta segunda edición es la que permanece vigente en la actualidad, y desde la que se han hecho las traducciones a las lenguas vernáculas (la edición española data de 2007). Para cada día, el nuevo Martirologio incluye la referencia de entre 15 y 20 santos y beatos, sea con veneración universal o local. 

En un comienzo, la lectura del martirologio se hacía durante la Misa. Hacia el siglo VIII pasó al oficio. El Concilio de Aquisgrán dispuso en 817 que ella se hiciese al fin de prima. Gregorio XIII aprobó este uso para todos, y exhortó que esa lectura se hiciera también en la recitación privada del oficio. Al mismo tiempo, prohibió que se añadiese algo al texto oficial, salvo el anuncio de las fiestas locales. En las comunidades religiosas no obligadas al coro y en lo seminarios puede hacerse la lectura del martirologio al principio o al fin de la comida de mediodía. También se solía aconsejar la lectura del Martirologio Romano en lengua vulgar al final de los ejercicios vespertinos de las parroquias, para que los fieles tuviesen un conocimiento mayor de los santos que la Iglesia venera y se encomendasen a su intercesión. Como decía San Agustín, «no tardemos en imitar a aquellos cuya fiesta queremos celebrar».

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